54. La sangre del emperador
La sangre del emperador
La humedad de Flandes había vuelto a entrar por las ventanas del palacio de Coudenberg como un huésped indeseado. Era un verano templado, gris, de esos en los que la lluvia se confunde con el aliento de los hombres cansados.
En los pasillos, el eco de las botas resonaba como un recordatorio de que la maquinaria del Imperio seguía en marcha, aunque su dueño se agotara.
El emperador Carlos vivía sus últimos años de gobierno bajo la sombra de tres guerras: Francia, el Turco y la Religión.
En Italia, las tropas imperiales resistían el empuje francés en Piamonte y Saboya; en el norte, Enrique de Francia no cejaba en su empeño por recuperar el prestigio perdido.
Y mientras tanto, en el corazón del imperio, los príncipes protestantes —aún con las brasas de la guerra de Esmalcalda humeando en la memoria— seguían negociando entre Dios y la conveniencia.
Carlos lo sabía. Sabía que el tiempo se le escapaba entre las manos deformadas por la gota. Sabía también que la corona ya pesaba más que nunca. Por eso aquel día, mientras esperaba a Luis de Quijada, pensó que las verdaderas herencias no eran de oro ni de tierra, sino de carne y de silencio.
Sobre la mesa había cartas recién llegadas: una de Augusta, informando de los movimientos del duque de Saboya en el norte de Italia; otra de Bruselas, sobre la paz inestable con el rey francés; y una tercera de Inglaterra, con el sello de Felipe.
La última era la que había abierto primero.
Su hijo se felicitaba por el éxito de la boda con María Tudor, celebrada en julio en Winchester.
El enlace había sellado la alianza anglo-habsbúrgica, devolviendo a Inglaterra a la órbita católica y consolidando el sueño imperial de su padre.
Era la única noticia buena que había recibido en semanas.
Carlos había leído la carta con mezcla de orgullo y alivio.
Aquel matrimonio era su última gran jugada diplomática.
Lo sabía: Inglaterra era la llave del equilibrio contra Francia.
Pero también sabía que Felipe, con su frialdad castellana, tardaría en ganarse el corazón de una reina más vieja que él y de un pueblo que lo miraba con desconfianza.
La política no se regía por el amor, sino por la conveniencia. Y esa, al menos, estaba asegurada.
Guardó la carta con cuidado y pidió que hicieran pasar a Quijada.
Luis de Quijada entró en silencio. Llevaba el rostro curtido de un hombre que ha servido más años de los que ha vivido tranquilo. Había nacido en Castilla, de tierra seca y palabra justa.
El emperador lo había tenido junto a él en Túnez, en Ratisbona, en Milán y en Alemania. Y si ahora lo llamaba, era porque no quedaba nadie más en quien confiar lo que no podía escribirse en papel.
Carlos levantó la vista. La luz de la mañana entraba oblicua, iluminando las vetas del escritorio. El emperador no tenía corona ni manto. Sólo una túnica negra y un rosario entre los dedos.
—Don Luis, —empezó— el mundo sigue ardiendo, y cada día tengo menos fuerzas para apagarlo.
El castellano permaneció de pie, firme, esperando mientras el emperador seguía hablando.
—En Francia, Enrique no se da por vencido.
El duque de Guisa se mueve en el norte con más ambición que obediencia.
Y el Papa, que debía ser mediador, juega sus cartas entre Roma y París.
En Italia, algunos príncipes vuelven a dudar.
La fe se tambalea en Alemania. Y mientras tanto, los turcos saquean el Adriático como si Dios les hubiese concedido el mar.
Carlos respiró hondo.
—Y sin embargo, en medio de todo esto, una sola cosa me ocupa hoy. Algo que no tiene que ver con guerras, ni tronos, ni mapas. Tiene que ver con sangre.
Quijada no se movió. Sabía lo que venía.
Desde hacía un par de años cuidaba de la discreta custodia de un niño, hijo del emperador, criado hasta entonces bajo la protección del músico de cámara Francisco Massy y su esposa.
Había visto al muchacho, lo había oído leer, lo había observado montar un pequeño caballo de escuela.
Era listo, rápido, y tenía una energía que no se apagaba.
El emperador habló sin rodeos.
—El niño está creciendo. Ya no debe seguir en casa ajena. Ha aprendido lo que podía aprender allí. Ahora necesita disciplina y sobre todo, ejemplo. —Hizo una pausa—. Os lo encomiendo, Luis. Lo llevaréis con vos a Villagarcía de Campos para que viva en vuestra casa, con vuestra esposa, Magdalena.
Quijada siguió guardando silencio. El peso de aquel secreto de hundía más en su espalda. Él debía ser responsable ahora de la crianza.
—¿Yo? Es… es una gran responsabilidad y un gran honor que no creo… que no creo poder…
—Siento pedíroslo… y sí, os lo pido como amigo y no os lo ordenó como emperador… no puedo pedírselo a nadie más. Tenéis que ser vos.
—¿Qué necesitáis?
Carlos sonrió:
—No ha de faltarle instrucción, pero tampoco rigor. No es un príncipe, ni debe comportarse como tal. Es sólo un muchacho al que quiero dar oportunidad de ser hombre ¿Entendido?
El castellano inclinó apenas la cabeza.
Carlos continuó, más despacio, como si pesara cada palabra:
—No basta con darle techo. Quiero educación completa.
Que se le enseñe letras y cuentas, latín, música, monta, armas, y doctrina cristiana.
Nada de lujos, nada de complacencias. Y quiero informes regulares, claros y sin adornos.
Cada mes una carta. Si aprende, me lo decís.
Si falla, también. Si enferma, me avisáis de inmediato.
Si miente, lo sabré; si dice la verdad aunque le pese, también.
Ni favores ni silencios. Busco la verdad, no el consuelo.
Cuando acierte, premio justo; cuando yerre, corrección breve. Nada más.
Quijada asintió sin mover un músculo.
—Así se hará, majestad. Plan, estudio, disciplina e información puntual.
Carlos lo miró un instante. Había en esa mirada el cansancio del hombre que ha comprendido que ya no puede gobernarlo todo, pero sí puede cuidar lo que deja atrás.
—Gracias… gracias. Y de nuevo os doy las gracias como un amigo… no como un emperador.
El silencio que siguió fue casi religioso.
Quijada inclinó la cabeza, saludó con respeto y se retiró.
Carlos quedó solo, mirando por la ventana.
Fuera, el cielo de Flandes se teñía de cobre.
El emperador pensó, quizá, que su hijo Felipe gobernaría reinos.
Pero aquel otro niño, el oculto, podría heredar algo más difícil: su sombra.
Villagarcía de Campos. Otoño de 1554
El carruaje se detuvo frente a la fachada sobria del palacio.
El polvo del camino flotaba aún cuando doña Magdalena de Ulloa salió al zaguán.
El niño, Jerónimo, bajó del vehículo sin miedo.
Miró el edificio, el pozo del patio, los establos, el perro que lo observaba desde la sombra. Nada parecía asustarlo.
Quijada lo observaba en silencio. Había visto hombres a los que el poder los hacía titubear. Aquel pequeño de seis años, en cambio, tenía una compostura que no se aprende. Era como si el aire mismo se le cuadrara al pasar.
—Ésta será tu casa —le dijo—. Aquí aprenderás a servir a Dios y a los hombres.
El niño asintió.
Los primeros días fueron de observación y aprendizaje. Jerónimo era despierto, preguntaba lo justo y escuchaba más de lo que hablaba. Tenía una inteligencia serena, sin arrogancia. A los pocos días ya sabía la rutina: madrugar, misa, letras, números, paseo y oración.
Una tarde, Magdalena lo vio desde la galería mientras practicaba con una vara. El niño la movía con la precisión de quien ha nacido con reflejos de combate. Cuando tropezó, no se quejó: se levantó, limpió el polvo y repitió.
La mujer sintió algo parecido a orgullo. No era madre, pero aquel niño ya le pertenecía.
Las cartas al emperador comenzaron pronto.
Carta de don Luis de Quijada a Su Majestad, octubre de 1554:
“Majestad, el niño se halla sano y animoso. Aprende con presteza, come bien y duerme sin sobresaltos. En lectura, ya une las sílabas sin tropiezos; en escritura, corrige lo torcido sin protesta. En cuentas, suma y resta con acierto. En el caballo, mantiene asiento firme. No miente. Si se le llama, acude; si se le reprende, acepta. Si mantiene constancia, servirá.”
Y al leerla Carlos sintió un calor que hacía mucho no sentía. Algo parecido al orgullo de padre.
La respuesta llegó a las semanas:
“ Proseguid. Constancia. Sin mimos. Si aprende pronto, dadle más; si se atranca, paciencia breve y vuelta a empezar.
Dios os guarde.”
Quijada guardó la carta, satisfecho. No necesitaba más. Sabía que cada palabra del emperador era meditada, como una orden en mitad de un campo de batalla.
El otoño flamenco caía sobre Bruselas con la pesadez de la lluvia interminable. Carlos recibía informes de guerra casi a diario. Francia seguía tensa: el duque de Guisa preparaba movimientos en el norte, y Enrique tanteaba una ofensiva que amenazaba Flandes.
Pero las noticias de Inglaterra eran distintas: Felipe, tras su boda con María Tudor, había logrado restablecer relaciones diplomáticas con Roma, y los consejeros ingleses empezaban a confiar en él.
El emperador, al leer la carta de su hijo, sintió algo que no era exactamente orgullo, pero se le parecía.
«Al menos» pensó « algo empieza a salir bien»
Después abrió la carta de Quijada.
Las líneas eran cortas, exactas, escritas con mano de soldado:
“El niño progresa. Muestra inclinación por el estudio y fuerza para el trabajo. No miente. Ha cometido una falta: usar la vara sin permiso. Fue corregido. Lo aceptó con humildad. Es inteligente y constante.”
Carlos la leyó dos veces y luego la dejó sobre la mesa.
Se quedó mirando por la ventana, en silencio.
Nadie en la corte sabía lo que pasaba por su mente.
Quizá pensó en su juventud, en Isabel, en los campos de batalla, en los hijos que conocía y en el que no debía conocer.
O tal vez pensó simplemente que aquel niño, en una casa de Castilla, era lo último que había hecho bien.