50. El dolor de un hijo
El dolor de un hijo
Un velo de polvo cubría la llanura, y los rayos del sol, filtrados entre las montañas del Taurus, parecían de cobre.
El campamento del ejército otomano respiraba como un organismo vivo: los caballos resoplaban, los soldados afilaban dagas, los cañones reposaban envueltos en lonas.
Cien mil hombres, y sin embargo, un silencio extraño, premonitorio.
En el centro del campamento, la tienda imperial se alzaba como una fortaleza de seda. Bajo su dosel bordado en oro, el sultán Solimán, emperador del orbe islámico, conquistador de reinos y legislador de hombres, estaba sentado en su trono portátil.
No llevaba corona, sólo el turbante blanco, la barba cuidada y el gesto petrificado de quien se sabe obligado a hacer lo impensable.
A su alrededor, los visires aguardaban sin hablar. En primera línea, Rüstem Paşa, el gran visir y yerno del sultán y de Roxelana, con el rostro grave y las manos cruzadas sobre el pecho. Sabía que aquel día podía ser su victoria o su tumba.
Solimán respiró hondo, pero el aire le dolió como si fuera fuego.
A sus cincuenta y nueve años, con las piernas inflamadas por la gota, seguía siendo el hombre más poderoso del mundo.
Y, sin embargo, nunca se había sentido tan viejo.
No por él, sino por partir lejos de Roxelana, quién en los últimos años padecía un dolor en el pecho para el que no había ni remedios ni ungüentos.
Marchó porque ella le pidió que cumpliese con su deber, no solo como sultán, sino también como padre.
El mensajero se inclinó.
— 28 Padishah, el príncipe se acerca.
El sultán asintió sin hablar. Luego, lentamente, apoyó las manos sobre las rodillas y se incorporó. La armadura ceremonial pesaba como una losa pero no se permitió mostrar debilidad. El ejército lo observaba. Y un ejército que ve dudar a su sultán empieza a buscar otro.
A unas leguas de allí, Mustafá avanzaba a caballo.
No llevaba escolta armada: sólo un puñado de servidores y eunucos.
Había dejado atrás Amasya, sus dominios, sus hombres, a su pequeño hijo y su destino.
Los jenízaros que custodiaban el camino lo saludaban con respeto.
Algunos lo vitoreaban y otros bajaban la mirada, como si temieran contagiarle la desgracia.
Era un hombre de treinta y tres años, alto, fuerte, con el porte de los héroes que las crónicas comparaban con Alejandro.
Su barba negra, recortada, le daba un aire de dignidad.
Los soldados lo adoraban —su sola presencia en el campo bastaba para devolverles el ánimo— Sabía que lo llamaban el “nuevo Mehmed”, y sabía también que ese título era su sentencia.
Mientras cabalgaba, recordó una conversación con su madre, Mahidevran, la mujer que nunca dejó de verlo como a un niño.
—No vayas, hijo —le había suplicado ella.
—Si no voy, me llamarán cobarde.
—Si vas, no volverás.
—¿Y si no voy, qué seré?
—Serás un hombre vivo, al menos.
—Madre, un príncipe que teme a su padre no merece el trono.
Ella lo había abrazado. Tenía las manos frías. Tenía el presentimiento de que aquel abrazo era una despedida.
Dentro de la tienda imperial, el sultán aguardaba. El sonido de los tambores le llegó primero. Luego, el murmullo creciente del ejército. Los jenízaros golpeaban los escudos con el puño:
—Mustafá, Mustafá, Mustafá...
Solimán apretó los puños. No podía permitir que el ejército amara más a su hijo que a su sultán. En la historia de su casa, esa devoción había significado siempre guerra. Un príncipe fuerte era una amenaza, y Mustafá era demasiado fuerte.
Entró Rüstem Paşa.
—Está a las puertas.
El sultán se volvió hacia él.
—¿Tú también has querido a Mustafá, Rüstem?
—Yo sólo sirvo al imperio.
—¿Y qué hay del corazón?
—Los corazones no gobiernan, señor.
Solimán cerró los ojos. Luego, con un gesto seco, dijo:
—Que entre.
El príncipe cruzó el umbral. Enseguida notó el aire de la tienda: sofocante, pesado, como si todo el campamento contuviera la respiración.
Mustafá se inclinó profundamente. No habló. Tampoco su padre. El silencio duró lo suficiente como para que el miedo tomara forma.
Solimán lo miró: veía al joven que había sido su orgullo, el que había cabalgado junto a él en sus primeras campañas, el que le había traído el agua en su primera oración de victoria. Y también veía al hombre que podía destronarlo.
—Dicen que has tratado con el sah de Persia —dijo el sultán, con voz baja.
—Mienten.
—Dicen que los jenízaros te aclaman como nuevo señor del imperio.
—También mienten en eso. Yo sólo sirvo a mi padre ¿Quién es el que vierte esas acusaciones? Dímelo y le cortaré la lengua.
Solimán asintió lentamente.
—No sé que pensar, hijo. Quien te juzgará no seré yo. —Levantó la mano —. Lo dejo en manos de Alá.
Los boğucular, los verdugos sordomudos, salieron de las sombras. Cuatro hombres vestidos de negro. Sus rostros, impasibles. En las manos portaban una cuerda de seda trenzada.
Mustafá sorprendido retrocedió un paso.
—¡Padre…¡ —susurró con una expresión que parecía súplica.
—No hay padre ni hijo aquí. Sólo el sultán y su súbdito.
El príncipe dio un paso adelante.
—¡Si he pecado, júzgame. Pero no así¡
—La justicia de los sultanes no necesita testigos.
Los verdugos avanzaron. Mustafá se revolvió como un león. Derribó a uno con un puñetazo, apartó a otro con el codo. La tienda se llenó de ruido y gritos ahogados.
Rüstem retrocedió. Los soldados no se movieron. El sultán tampoco.
El príncipe logró liberar una mano, arrancó un trozo de tela del dosel. Por un instante, pareció que podría escapar, pero los verdugos eran expertos. Uno le rodeó el cuello. Otro tiró del extremo y el lazo se tensó.
Mustafá cayó de rodillas, buscando los ojos de su padre. Los encontró. Por un momento, creyó ver duda, pero ya era demasiado tarde.
El último sonido fue un golpe seco, como una puerta que se cierra para siempre.
Nadie habló. Los verdugos se apartaron del cuerpo que yacía inmóvil. Mustafá se quedó con los labios aún entreabiertos, como si quisieran decir una última palabra que no llegó nacer.
Solimán permaneció de pie, con sus manos temblando levemente, pero su rostro era una máscara. Después de un tiempo imposible de medir, dijo:
—Que nadie lo toque sin mi orden.
Salió de la tienda. El aire del amanecer era helado. Respiró, pero sintió que el aire lo quemaba por dentro.
Rüstem se inclinó.
—Sultán, el ejército espera explicación.
—Diles que se ha hecho justicia.
—¿Y si no lo creen?
—Entonces diles que se ha hecho voluntad de Alá.
—Mustafá tenía un hijo nacido de una concubina hace unos tres años ¿Qué hacemos con él? ¿Deseáis que sea criado en palacio?
Solimán clavó sus ojos en el suelo.
—El niño crecerá, se hará preguntas, buscará justicia cuando se convierta en un joven león. El legado de Mustafá debe terminar hoy.— Solimán miró Rüstem con los ojos vidriosos, como si su voluntad fuese en una dirección opuesta a sus palabras.
—Quiero que sea rápido y que ese niño no sufra más de lo necesario.
En Amasya, Mahidevran Sultan rezaba. Las criadas habían encendido lámparas. Ella lo sabía porque las madres saben.
El mensajero llegó al amanecer. Traía una carta sellada. No la abrió, no hacía falta.
Cayó de rodillas. No gritó. El dolor no tiene voz cuando es demasiado grande.
—Te dije que no fueras, mi niño… te dije que no fueras…
Notas
28. ↩ Título que se usaba en el Imperio Otomano, que significaba Gran Rey o Maestro Rey.