51. La alianza más poderosa
La alianza más poderosa
La nieve caía despacio sobre los tejados de Bruselas, cubriendo los canales de un silencio antiguo.
El frío no era el de la estación, sino el de un tiempo que se estaba muriendo.
En el palacio de Coudenberg, donde los tapices flamencos apenas conseguían retener el calor, Carlos observaba la ciudad desde la ventana de su estudio.
A su alrededor, los cirios chisporroteaban en la penumbra.
El emperador, apoyado en un bastón de ébano, tenía el rostro hinchado por la gota y las ojeras profundas de quien ha dormido más con la guerra que con la paz. Había pasado medio siglo gobernando medio mundo y ahora —en ese invierno— lo sostenía sólo con la voluntad.
Detrás de él, en silencio, Antonio Perrenot de Granvela, su consejero más fiel, esperaba. Sabía que cuando el emperador tardaba tanto en hablar, lo que estaba a punto de decir no era un pensamiento cualquiera, sino una decisión de las que cambiaban el siglo.
Carlos levantó la mirada, gris y cansada.
—Ya queda poco para soltar las riendas del imperio, Antonio —murmuró al fin, con voz grave—. Estoy harto de príncipes protestantes, de los franceses que se arrastran hasta el Papa y de los turcos siguen esperando a que nos devoremos entre nosotros.
—La guerra en Metz nos ha costado demasiado —respondió el consejero—. Y Francia no ha sido derrotada, sólo herida.
—Herida, sí… pero no muerta. Y eso, en política, es casi peor.
—Francia aquí, Inglaterra allá. Nosotros, en medio. Y un hijo que debe aprender a gobernar un imperio que ya no cabe en un hombre. —Carlos sonrió sin alegría —.Por eso lo he mandado llamar. Felipe ya está de camino.
Un mensajero había traído las últimas noticias de Alemania: Mauricio de Sajonia, aquel príncipe que había traicionado a su propio emperador dos años antes, había muerto en el campo de Sievershausen, herido por la lanza de su antiguo aliado.
Carlos había recibido la noticia con un silencio más elocuente que cualquier júbilo.
No había odio en su gesto, sino cansancio.
—Los hombres como él —dijo a Granvela aquella mañana— son necesarios para que la historia siga moviéndose.
Traicionan, vencen, caen… y los que quedamos recogemos los pedazos.
Y mientras tanto, Francia se fortalece. El rey Enrique II no ha perdido un día desde la muerte de su padre.
Tiene el apoyo del Papa y la fuerza del duque de Guisa.
—Sí, Guisa… —repitió el emperador con desdén—. Ese joven sueña con expulsarnos de Italia.
En los últimos meses, los ejércitos franceses habían vuelto a moverse en el norte de la península itálica apoyados por el nuevo papa, Julio III, cuya fe era tan sincera como voluble.
Carlos sabía que Roma jugaba a dos bandos: bendecía sus victorias cuando los franceses perdían, y rezaba por su alma cuando ellos ganaban.
Pero no podía permitirse otra guerra prolongada.
El imperio necesitaba un respiro, y ese respiro sólo podía venir de una nueva alianza.
—Inglaterra —dijo Carlos al fin, con voz baja.
Granvela alzó la vista.
—¿Inglaterra, majestad?
—Sí. La reina María. Hija de mi tía Catalina. La única que puede devolvernos la fe en aquella isla.
El consejero asintió, comprendiendo. El emperador planeaba una jugada maestra: unir a su hijo Felipe con la nueva reina inglesa. Una alianza matrimonial que sellara la Europa católica contra Francia y contra el protestantismo.
—Inglaterra será el ancla del Imperio —dijo Carlos—. Y mi hijo, el hierro que la mantenga firme.
La comitiva de Felipe llegó a Bruselas a comienzos de enero del año siguiente.
Nevaba, y los caballos avanzaban con dificultad sobre el empedrado.
El príncipe tenía veintiséis años. Su porte era el de un soldado que no había conocido la derrota, ni tampoco la victoria.
pero sus ojos eran los de un hombre que había aprendido pronto que el poder se ejerce sin mostrar el alma.
No amaba el viaje ni la idea de dejar España. Tampoco le agradaba el frío del norte ni la pompa flamenca. Pero su deber no conocía el cansancio. Su padre lo había criado para gobernar un imperio, y para los Habsburgo, eso significaba aprender a obedecer antes que a mandar.
Cuando llegó al Coudenberg, el emperador lo esperaba sentado, envuelto en una capa negra. A su lado, aguardaba de pie, Granvela.
El encuentro fue silencioso. No había efusividad entre padre e hijo, sino una especie de respeto endurecido por los años.
—Hijo —dijo Carlos.
—Señor —respondió Felipe, inclinando la cabeza.
Durante un instante, el emperador observó la serenidad del muchacho. Era como mirarse en un espejo sin juventud.
—Has hecho bien en venir —dijo Carlos—. El tiempo se nos acaba, y hay guerras que sólo se ganan con bodas.
Felipe no preguntó. Esperó. Sabía que su padre prefería hablar despacio, como si cada palabra pesara en el aire. Pero enseguida sabía de lo que se trataba y nos reía la romera vez que tendrían aquella conversación.
—La reina María de Inglaterra —continuó el emperador— ha devuelto su reino a la fe. Pero está sola. Rodeada de herejes y de consejeros que aún obedecen a Francia. Si cae, Inglaterra volverá a la apostasía. Si se mantiene, la isla será nuestra aliada contra el mundo.
Felipe comprendió al instante. Y también entendió el precio.
—Seguís queriendo que me case con ella.
—Quiero que el imperio sobreviva.
Esa noche, mientras Bruselas dormía, el emperador y Granvela repasaron los términos del futuro acuerdo. El consejero escribía, el emperador dictaba.
—Felipe no podrá imponer leyes en Inglaterra. No podrá llevar tropas sin permiso del Parlamento. Ni nombrar ministros extranjeros.
—Así evitarán llamarlo conquistador —dijo Granvela, sin levantar la pluma.
—Exactamente. Y sin embargo, será el rey más poderoso de Europa.
Carlos se reclinó en la silla. La gota le hacía sentir dolor en cada articulación, pero sus ojos seguían ardiendo con la lucidez del estratega.
—¿Y si el pueblo inglés se opone? —preguntó Granvela.
—Recuerdo cuando yo llegué a Castilla. El pueblo se acostumbra al poder cuando no tiene alternativa. Y la reina los convencerá, porque ama su fe más que su vida.
Granvela asintió. Sabía que el emperador no hablaba en vano.
Detrás de esa aparente frialdad había una visión que abarcaba continentes.
En otro tiempo, aquel hombre había visto caer a Francisco de Francia, derrotó a los protestantes en Mühlberg, resistió al turco y a la peste.
Ahora, cansado y enfermo, seguía moviendo las piezas del tablero.
No con la fuerza del brazo, sino con la precisión del pensamiento.
A la mañana siguiente, Felipe fue convocado de nuevo. El emperador lo recibió en su cámara privada, acompañado sólo de Granvela y de un escribano.
—Hijo —comenzó Carlos—, lo que te pido no es un sacrificio, sino un deber. El matrimonio con la reina de Inglaterra consolidará nuestra fe, y unirá sus puertos y sus ejércitos a los nuestros.
—Dicen que me odian allí —respondió el príncipe—. Que temen a los españoles.
—También temían a tu abuelo en Flandes. Y luego le construyeron catedrales.
Felipe no replicó. Sabía que la voluntad del emperador era ley. Pero dentro de él se abría una sombra. La reina María tenía casi una década más que él, y según los informes de Renard, el embajador imperial, su carácter era severo, su salud frágil y su devoción inquebrantable.
No era el matrimonio que habría deseado. Pero tampoco era hombre de desear, sino de cumplir.
—Serviré al Imperio —dijo al fin.
—Y al cielo —añadió su padre.
El emperador extendió la mano y la apoyó sobre el hombro de su hijo.
—Recuerda siempre esto, Felipe: un Habsburgo no ama, gobierna. Y cuando gobierna, no tiene patria, sólo responsabilidad.
Días después, Simon Renard, el embajador imperial en Londres, recibió las instrucciones cifradas desde Bruselas. En ellas se detallaban los capítulos matrimoniales, redactados personalmente por Granvela. El documento era una obra maestra de equilibrio político.
Felipe sería rey consorte de Inglaterra pero sin autoridad independiente. No podría arrastrar al país a guerras extranjeras ni nombrar ministros sin el consejo de la reina. A cambio, Inglaterra se comprometía a mantener la fe católica y a apoyar militarmente al Imperio en caso de agresión francesa.
Renard leyó la carta y sonrió. Era, en esencia, una trampa elegante: Inglaterra creería conservar su independencia, y el Imperio, en la práctica, ganaba un aliado vital.
Envió respuesta al emperador:
"La reina parece dispuesta.
Teme a Francia, y ve en vuestro hijo al defensor que su padre nunca fue."
Carlos leyó aquellas líneas y exhaló con alivio. Sabía que estaba cerrando su última gran jugada política
El día que Felipe partió hacia Inglaterra, el emperador lo acompañó hasta el embarcadero de Laredo. El viento del norte azotaba los estandartes imperiales. Carlos apenas podía caminar, pero se negó a quedarse en Bruselas.
Antes de que el príncipe subiera a bordo, lo tomó del brazo con una fuerza inesperada.
—Hijo, si esta boda tiene éxito, asegurarás la fe de medio mundo. Si fracasa, habremos abierto la puerta a los herejes. Recuerda que el destino de los reinos se escribe con las renuncias de los hombres que los gobiernan.
Felipe asintió. No hubo abrazos. Sólo el gesto seco de dos generaciones que se entendían sin palabras.
El emperador lo observó marchar. Sabía que era la última vez que veía a su hijo como príncipe. La próxima vez que lo viera, sería rey… y él, un hombre al borde del retiro.