49. La fe de Inglaterra
La fe de Inglaterra
Julio había llegado húmedo y gris sobre Londres.
En los jardines del palacio de Greenwich, el Támesis pasaba lento, como si presintiera el fin de una dinastía.
Dentro del palacio, el aire estaba cargado de humo de velas y murmuraciones, entre sus paredes, el joven Eduardo VI, hijo del gran Enrique VIII y de Jane Seymour, agonizaba.
Tenía quince años. Sus manos parecían de cera, el pecho estaba hundido por la enfermedad y los labios permanecían resecos pronunciando oraciones entrecortadas.
Llevaba semanas consumido por la fiebre, pero en su mirada aún ardía la obstinación del deber: era hijo del rey que había roto con Roma y fundado una Iglesia nueva, y no pensaba permitir que su medio hermana María —la católica, la hija de Catalina de Aragón— echara por tierra su fe.
En torno al lecho del enfermo los consejeros hablaban en susurros. Uno de ellos destacaba sobre todos: John Dudley, duque de Northumberland, señor de la política inglesa, ambicioso, frío y brillante, un hombre que creía que el poder no se heredaba, se arrebataba.
Eduardo lo miró con dificultad.
—El Señor me llama —susurró—. Pero Inglaterra no puede volver al error.
Dudley inclinó la cabeza, como quien recibe una orden divina.
—No lo hará, majestad. Vuestra voluntad será la ley de Dios en esta tierra.
Fue entonces cuando el joven rey firmó, con una mano temblorosa, el documento que alteraría la historia: la “ Devise for the Succession”, por el que declaraba heredera a su prima protestante, Lady Juana Grey y excluía a sus hermanas María e Isabel.
Pocos días después, el niño rey murió. Tenía la corona más pesada del mundo y el cuerpo más débil de Inglaterra.
Dudley actuó con precisión quirúrgica. Selló el palacio, impuso silencio a médicos y sirvientes, y durante tres días ocultó la muerte del rey.
Los heraldos no tocaron las trompetas. El cuerpo fue embalsamado en secreto.
En los pasillos del poder sólo una orden corría: “Preparad la proclamación de la nueva reina”.
En su estudio de Whitehall el duque desplegó sus cartas.
Sabía que María Tudor era el mayor peligro: hija legítima de Enrique, amada por el pueblo y símbolo de la vieja fe.
Si llegaba a Londres todos los nobles cambiarían de bando.
Así que tejió la trampa en una carta falsa y un pretexto piadoso, un viaje que debía acabar en prisión.
—Decidle que su hermano desea verla antes de morir —ordenó—. Y que venga sin escolta.
Pero María Tudor, en su residencia de Kenninghall recibió la carta y supo al instante que olía a veneno.
La habían engañado demasiadas veces para no reconocer el peligro.
Montó a caballo aquella misma noche, cabalgó con su comitiva hacia el este y se refugió en Framlingham, una fortaleza de piedra gris que había pertenecido a sus antepasados.
Mientras el duque sellaba las puertas de Londres, María enviaba cartas a los condes de Oxford y Sussex, al duque de Norfolk, a los alcaldes de Norwich y Bury, invocando su derecho legítimo al trono. En cada línea, una mezcla de fe y fuego:
“Soy la hija del rey Enrique, nacida de matrimonio bendecido por la Iglesia. Pido no venganza, sino justicia. Dios juzgará entre nosotros.”
A los pocos días, en Whitehall, una muchacha de dieciséis años fue coronada.
Era Lady Juana Grey, rubia, pálida, con los ojos azules del miedo, se arrodilló ante el arzobispo Cranmer.
Su voz tembló cuando juró lealtad al reino.
En el salón, los grandes de Inglaterra fingían sonrisas. Detrás de ellos, el pueblo murmuraba.
Juana lloró en silencio. Sabía que el trono que le daban estaba maldito. El cuerpo de su primo Eduardo aún no había sido enterrado y los rezos por su alma se mezclaban con las aclamaciones forzadas de una reina impuesta.
A su lado, su esposo, Guildford Dudley, hijo del duque, miraba con orgullo y avidez. Su padre, en cambio, pensaba ya en la siguiente jugada.
Una nueva proclama que venía sellada con el escudo de la hija de Catalina de Aragón, recorrió Inglaterra:
“ A todos los nobles, caballeros y súbditos del reino:
se ha cometido traición. Mi hermano, el rey Eduardo, ha muerto y un usurpador ha levantado a una doncella contra el derecho divino. Por la memoria de mi padre y la salvación de Inglaterra, os llamo a defender la verdadera fe y la corona legítima.”
Las copias de la carta se multiplicaron. En las aldeas, los párrocos la leían desde los púlpitos, y el nombre de María Tudor se volvió plegaria.
A medida que el mensaje avanzaba el poder del duque se deshacía.
En el patio interior del castillo de Framlingham, María apareció ante miles de campesinos y soldados.
Vestía una capa de terciopelo oscuro, sin joyas, sin corona, con un crucifijo de oro al pecho.
Subió al parapeto, el viento agitó su cabello rojizo, y cuando habló su voz resonó como una campana de acero.
—Ingleses, no vengo a prometeros oro ni guerra. Vengo a recordaros quién soy. Soy María, hija del rey Enrique, legítima nacida de la reina Catalina, educada en la fe que hizo grande a nuestro reino.
La multitud rugió, pero ella levantó la mano.
—Dicen que soy enemiga del reino, que quiero destruir la nueva fe.
Os juro, ante el Dios que me escucha que no deseo más sangre, pero sí justicia.
El duque de Northumberland ha traicionado a su rey muerto, ha engañado a su consejo y pretende vestir con mi corona a una niña que no la pidió.
¿Debo callar mientras roban el nombre de mi padre?
¿Debo aceptar que los hombres de ambición decidan quién merece reinar? Yo os digo que no.
Un murmullo recorrió el patio. Los campesinos apretaban los puños.
María continuó, con la voz encendida:
—No me rebelo contra Inglaterra. Yo defiendo a Inglaterra. Y si he de morir por ello, moriré como hija de un rey y no como sombra de una mentira.
Los vítores la ahogaron. Algunos soldados lloraban abiertamente. Aquel día, la princesa se convirtió en reina.
Dudley se enteró de la proclama en Londres. Su ira fue tan grande que golpeó la mesa con la empuñadura de su daga.
—Esa mujer no reinará mientras yo viva.
Reunió ocho mil hombres, la mayoría mercenarios o reclutas forzados, y partió hacia el este.
Antes de irse dejó a Juana en la Torre de Londres custodiada como reina. Ella le suplicó que no marchara. Pero él no la escuchó.
A cada milla que avanzaba su ejército se desmoronaba: los nobles desertaban; las ciudades se negaban a abrirle las puertas; los campesinos colgaban banderas con la rosa de los Tudor.
En Framlingham, María recibía informes de cada victoria moral. Los pueblos la proclamaban reina antes de que llegaran sus tropas: Norwich, Bury, Thetford... El reino giraba a su favor como un barco en la corriente.
Y a los pocos días, cuando el sol se alzó sobre los campos, el Consejo Privado de Londres cambió de bando, abandonando a Juana y proclamó oficialmente a María Tudor, reina de Inglaterra.
Las campanas de St. Paul repicaron sin orden, las calles se llenaron de gritos y lágrimas. En la Torre, Juana supo que su destino estaba sellado
Dudley se hallaba en Cambridge cuando lo alcanzó la noticia. La tropa se disolvió en pocas horas. Intentó huir, pero sus propios capitanes lo entregaron. Lo llevaron encadenado a Londres. Por las mismas calles donde había desfilado como vencedor, marchaba ahora como traidor.
En la Torre de Londres, María lo recibió con una mirada serena.
—Habéis traicionado no sólo mi nombre, sino la paz de Inglaterra. Que Dios os juzgue como hombre. Yo sólo lo haré como reina.
Dudley inclinó la cabeza, vencido.
Fue ejecutado.
Sus últimas palabras:
—Muero católico.
De esa manera el círculo se cerraba con amarga ironía.
María Tudor entró triunfante en Londres. Cabalgaba entre banderas y tapices. El pueblo se arrodillaba a su paso. Desde los balcones caían flores y los monjes entonaban himnos en latín por primera vez en mucho tiempo.
A su lado cabalgaba su media hermana Isabel con el rostro serio y como quien contempla el amanecer de un nuevo peligro.
María saludaba y sonreía, pero en su interior sentía el peso del destino.
Sabía que no habría paz, que aquel reino dividido no se uniría sin dolor y que el fuego del trono ardería más para ella que para ningún otro.
Y sin embargo, cuando se detuvo ante la catedral de St. Paul, levantó la mirada al cielo y murmuró, casi para sí:
—He esperado toda una vida por este día y he aprendido que la paciencia también tiene su precio.
Ese verano, una mujer que había sido despreciada, bastarda, marginada y perseguida, tomó el trono más peligroso de Europa y lo sostuvo con la fuerza de su fe. Había terminado el reinado del niño.
Comenzaba el de la sangre.