48. El ocaso del César
El ocaso del César
La lluvia había cesado, pero el barro seguía tragándose los pasos. El campamento imperial seguía extendiéndose sobre los llanos del Mosela. Las hogueras chisporroteaban débiles, ardiendo con madera húmeda.
En la lejanía, Metz resistía. Desde las murallas llegaban ecos de campanas y disparos aislados en el rumor de un pueblo que no dormía. Entre las tiendas, los soldados imperiales caminaban arrastrando los pies. Algunos vendaban a los heridos, otros rezaban, otros simplemente esperaban morir.
El invierno había derrotado a los hombres antes que las armas. Y en el centro del campamento, bajo una lona negra salpicada de barro y cera, estaba el Emperador.
La tienda era amplia y el brasero apenas lograba templar el aire.
Carlos estaba sentado, enfundado en su armadura.
No podía ya sostener el peso de una espada, pero sí la dignidad ante su ejército.
Tenía el rostro pálido, la barba descuidada y los ojos hundidos, pero fijos.
De cuando en cuando apretaba los dientes por el dolor de la gota que le había deformado el pie; cada movimiento era un suplicio. Pero no se quejaba.
Afuera, se oía el crepitar del hielo. Dentro, el silencio de un hombre que piensa en el fin de todas las cosas.
El duque de Alba había estado allí horas antes, insistiendo en que el Emperador ordenara la retirada. Carlos lo había escuchado sin interrumpirlo, luego había dicho, simplemente:
—No se abandona un sueño porque el cuerpo duela.
Cuando el duque se retiró, mandó llamar a Granvela.
Antonio Perrenot de Granvela entró sin pedir permiso. El ministro se inclinó profundamente, pero no dijo palabra. Su rostro, siempre sereno, mostraba ahora el peso de la compasión. Sabía que aquel hombre que tenía frente a sí no era sólo un rey, sino el símbolo de un mundo que se extinguía.
Carlos levantó la vista.
—Siéntate, Antonio.
Granvela obedeció, en silencio.
El Emperador tomó un pergamino de la mesa.
—He recibido cartas de Bruselas. Dicen que Felipe gobierna con prudencia. El muchacho parece haber heredado la paciencia de su madre… y no mi terquedad.
Granvela asintió.
—Ha aprendido de vos, majestad.
—No. —Carlos esbozó una sonrisa amarga—. Aprende de lo que no soy.
Guardó silencio un instante, luego añadió:
—¿Sabes lo que me dijo el duque de Alba esta mañana? Que el ejército no aguanta más, que el invierno nos devora. Pero ¿cómo abandonar mientras mis hombres aún me miran con fe?
El ministro observó las manos del Emperador, hinchadas y amoratadas.
—A veces, señor, la retirada también es una forma de vencer.
—No —replicó Carlos—. La retirada es el privilegio de los que pueden regresar.
Yo ya no volveré a la guerra, Antonio. Pero antes quiero dejar todo dispuesto.
He decidido que, si caigo aquí, no haya confusión.
Felipe gobernará España, Flandes, Italia y el Nuevo Mundo.
Mi hermano Fernando quedará al frente del Imperio. Tú prepararás los documentos.
Granvela asintió lentamente.
—¿Y cuándo lo anunciaréis?
—Aún no. Si lo hago ahora, mis enemigos lo olerán como sangre fresca. Los lobos saldrían de sus cuevas: el Papa, los príncipes alemanes, los franceses…
—Entonces guardadlo, majestad —dijo el ministro—. Guardadlo en silencio. Dejad que el mundo crea que el César sigue entero.
Carlos lo miró con una mezcla de cansancio y gratitud.
—Hablas como si ya me hubieses enterrado, Antonio.
—No, señor. Hablo como quien protege a su señor incluso de sí mismo.
El Emperador suspiró.
—Has sido más que un consejero. Junto a tu padre, has sido mi memoria en estos últimos años.
—Mi deber es serviros.
—Y el mío, dejar de ser servido.
Se recostó un instante, mirando el techo de lona.
Las sombras del fuego bailaban sobre él, dibujando formas que parecían las alas rotas de un águila.
—¿Sabes lo que pienso cuando miro estas murallas? —preguntó.
—Decidlo, señor.
—Que ya no peleo contra Francia, ni contra Guisa, ni siquiera contra el tiempo. Peleo contra mí mismo. Contra el hombre que fui.
Granvela bajó la cabeza.
—Y sin embargo, majestad, ese hombre sigue inspirando a todo un ejército.
—Quizá por eso no puedo morir todavía. Un emperador sólo muere cuando su silencio deja de mandar.
Afuera, el viento soplaba con furia. El cuero de la tienda crujía, el brasero se apagaba poco a poco. Granvela se levantó para avivar el fuego, pero el Emperador alzó la mano.
—Déjalo. El frío también enseña humildad.
Se hizo un silencio largo. Carlos hablaba ahora casi en susurros.
—Antonio, cuando vuelva a Bruselas —si es que regreso—, prepara los documentos.
Que Felipe reciba las posesiones de Italia cuanto antes.
Nápoles, Milán, Génova. Eso se puede hacer ya, antes que lo otro.
Es su herencia y su prueba. Y dile que gobierne con fe, no con miedo.
Pero que recuerde que el poder no se comparte: se sostiene o se pierde.
Granvela anotó con letra rápida sobre un pergamino.
—Así lo haré, señor.
—Hazlo en secreto. Ni los duques ni el Papa deben saberlo. De momento, el César sigue aquí. Y el mundo aún tiembla con su nombre.
El ministro inclinó la cabeza. Sabía que aquellas palabras eran un acto de poder… y de despedida.
Cuando Granvela salió de la tienda, el aire helado lo golpeó como una espada. A lo lejos, escuchó los gemidos de los heridos, los cascos de los caballos, el murmullo de los rezos. Por un instante, miró hacia las murallas de Metz, iluminadas por el resplandor lejano de los incendios.
Pensó en lo que acababa de presenciar: no sólo el ocaso de un sitio, sino el principio del fin del Imperio.
El César no moriría en el campo de batalla, pero aquella noche, bajo aquella lona empapada, había empezado su última campaña: la de entregar el mundo a sus herederos.
Al día siguiente, el Emperador salió de la tienda al alba. El cielo era de un gris metálico. Los hombres lo miraron pasar, sorprendidos de que aún caminara. Llevaba la coraza puesta, el rostro pálido, la mirada firme.
No dijo palabra. Sólo levantó la mano, y los tambores comenzaron a sonar.
El ejército se preparó para otra jornada de resistencia. Pero el invierno no entendía de órdenes. La nieve caía sobre los estandartes y el barro devoraba las ruedas de los cañones.
Al otro lado de la muralla, Guisa observaba el movimiento enemigo. Sabía que el final se acercaba.
—El César no se rinde —murmuró.
—Entonces lo hará el invierno —respondió su lugarteniente.
Días después, la fiebre y el hambre acabaron por decidir lo que los hombres no pudieron. Las tropas comenzaron a desertar. Los víveres se agotaron. Y el Emperador, al fin, comprendió lo inevitable y mandó llamar al duque de Alba y a Granvela. Su voz era apenas un hilo, pero aún sonaba imperial.
—Metz no ha caído —dijo—, pero tampoco yo. Nos retiramos. El Imperio retrocede, no su fe.
Alba bajó la cabeza, era lo que debía hacerse, pero sintió compasión por el hombre que había vencido al emperador.
Granvela no dijo nada. Sabía que aquella decisión era, en realidad, un acto de grandeza.
Esa noche, cuando todos dormían, Carlos pidió que lo dejaran solo. El fuego del brasero era débil. Tomó un pergamino y escribió unas líneas con mano temblorosa:
“He gobernado sobre un mundo demasiado grande. He vencido y he sido vencido.
Pero en mi derrota encuentro paz, porque he visto lo que ningún hombre volverá a ver:
la fe y el imperio confundidos en una sola voluntad.”
Luego apoyó la pluma y miró el fuego.
—Antonio tenía razón —murmuró—. A veces el silencio también gobierna.
Y mientras las últimas llamas se consumían, el Emperador Carlos V comprendió, al fin, que su guerra no era contra Francia, ni contra el tiempo, sino contra sí mismo. Y que al rendirse ante el invierno, ganaba la única victoria que aún le quedaba: la de saber cuándo debía marcharse.
PARTE IV: El Umbral de Otro Mundo