Carlos V. Trilogía Completa 47. El emperador de hierro
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47. El emperador de hierro

El emperador de hierro

Campamento imperial.

El Mosela discurría gris. Sobre la orilla oriental, los campamentos imperiales se extendían como una ciudad improvisada de lona, humo y disciplina. Las fogatas chisporroteaban bajo la lluvia; los soldados comían pan duro, miraban el horizonte y murmuraban plegarias que olían más a miedo que a fe.

En medio de aquel lodazal, rodeado de capitanes, Carlos se mantenía erguido, enfundado en su armadura.

Brillaba apagada bajo la llovizna. Los criados le habían rogado que permaneciera en la tienda: el reuma le torturaba las manos, la gota lo había dejado casi cojo, y la tos le desgarraba el pecho.

Pero él había ordenado que lo vistieran con la coraza imperial.

Lo hizo por deber, porque sabía que su ejército necesitaba verle de pie. Era la última moneda que le quedaba: su presencia.

El duque de Alba lo observaba en silencio, con el ceño fruncido. Llevaba toda la mañana intentando convencerlo de que descansara. Carlos le había respondido sin levantar la voz:

—El hierro sostiene al hierro, duque.

Y allí seguía.

Las gotas resbalaban por el acero de su armadura como si el cielo llorara por él. A su alrededor, los oficiales alemanes esperaban órdenes. Carlos extendió la mano —temblorosa, pero firme— sobre el mapa extendido en una mesa improvisada.

—Atacaremos por el norte —dijo—. Quiero que la artillería se concentre en el bastión de Saint-Thiébault. Es su punto más débil.

—Majestad, los franceses han reforzado esa zona —intervino Alba—. Los bastiones de tierra amortiguan las explosiones.

Carlos alzó la mirada.

—Entonces los enterraremos en su propia tierra.

El silencio cayó sobre los capitanes. Nadie se atrevía a replicar.

El emperador giró lentamente, observando los rostros empapados de sus oficiales.

Muchos lo miraban con una mezcla de respeto y compasión.

Sabían que estaba enfermo. Sabían que apenas podía montar a caballo.

Pero allí estaba, firme, con el yelmo bajo el brazo, desafiando al invierno y al tiempo.

—Recordadlo —dijo con voz ronca—: no hemos venido por una ciudad. Hemos venido por la memoria del imperio.

Al otro lado de la muralla.

Dentro de Metz, el duque de Guisa recorría las murallas. El viento del norte aullaba entre las almenas. Los soldados lo saludaban al pasar, sucios, agotados, cubiertos de hollín. Guisa les devolvía el saludo con una sonrisa breve, de esas que valen más que un discurso.

Había ordenado reforzar cada bastión con sacos de tierra húmeda, desmontar los techos de las casas cercanas para evitar incendios, y concentrar la pólvora en los sótanos de la catedral.

Los ingenieros italianos —hombres de Florencia y Ferrara— trabajaban día y noche cavando contrafosos.

Cada golpe de pala era un desafío al César.

Guisa sabía que el enemigo estaba ahí fuera, enorme, terrible, pero cansado. Había oído los rumores: el emperador estaba enfermo, casi viejo. Y sin embargo, seguía al frente, y aquello lo inquietaba más que cualquier cañón.

«Un hombre que lucha cuando ya debería estar muerto, no teme perder»

Subió a la torre de la puerta de Alemania y miró hacia el este. En la distancia, el campamento imperial se extendía como una herida en el paisaje. Se distinguían las fogatas, los estandartes, el humo. Y, entre ellos, un punto inmóvil, metálico, que brillaba bajo la lluvia.

—El César —dijo Guisa en voz baja.

A su lado, su lugarteniente asintió.

—Dicen que no se quita la armadura ni para dormir.

Guisa sonrió.

—Entonces sabemos que todavía vive.

Campamento Imperial

El primer cañonazo sacudió la tierra poco después del amanecer.

La artillería imperial, alineada en las colinas, comenzó a rugir.

Las bombardas milanesas, piezas de más de tres toneladas, escupían fuego y piedra contra las murallas.

Los proyectiles caían como meteoros, arrancando tejados, derribando torres, deshaciendo los muros.

Desde su tienda de campaña, Carlos escuchaba el estruendo. Cada disparo era una plegaria que devolvía sentido a su existencia. Durante años había gobernado sobre mapas. Ahora volvía a gobernar sobre fuego.

El duque de Alba entró sin anunciarse.

—Majestad, las piezas flamencas se recalientan. La lluvia ablanda la pólvora.

—Entonces que las limpien con vino —replicó Carlos—. No quiero oír excusas, duque. Quiero oír disparos.

El duque de Alba no compartía el optimismo del emperador. Ni siquiera lo entendía. El hubiese hecho las cosas de otra forma, pero quién iba a rebatirle.

—Entendido.

Carlos salió de la tienda, ignorando el dolor que le mordía las piernas.

El barro le llegaba hasta los tobillos, la lluvia le empapaba el rostro.

Pero avanzó entre los soldados, despacio, con la dignidad de un rey que camina sobre su tumba.

Los hombres lo veían pasar y se cuadraban, sorprendidos.

Nadie esperaba que el emperador estuviera allí, bajo la lluvia, entre ellos.

Carlos levantó el yelmo y lo encajó sobre la cabeza. El acero helado le arrancó un estremecimiento, pero su voz resonó firme:

—¡Por el Imperio, por el honor, por la gloria!

Un grito unánime respondió desde las filas. Durante unos instantes, el frío y el hambre desaparecieron y los hombres volvieron a creer.

Al verlo, el duque de Alba comprendió. El emperador no lo hacía por el imperio, lo hacía por él mismo, para demostrarse que aún valía.

Al otro lado de la muralla.

Dentro de la ciudad, Guisa no se quedó inmóvil. Los cañones franceses contestaron con igual furia. Sus artilleros, apostados tras parapetos de tierra, disparaban sin descanso. Los proyectiles caían entre las filas imperiales, destrozando carros, hombres y caballos.

Guisa bajó de la muralla, cubierto de hollín, y se dirigió al hospital improvisado en la iglesia de Saint-Simplice. Allí, los heridos gemían sobre paja ensangrentada.

El duque se arrodilló junto a un muchacho con el brazo destrozado.

—¿De dónde eres, hijo?

—De Dijon, señor —balbuceó el soldado.

—Entonces dile a Dijon que sigues vivo, y que Metz no caerá.

El soldado intentó sonreír. Guisa se levantó, y antes de salir gritó a los presentes:

—¡Si el Habsburgo quiere nuestras murallas, que las venga a buscar él mismo!

El eco de sus palabras llegó hasta la torre más alta. Y en el silencio que siguió, el trueno de la artillería pareció menos aterrador.

Campamento imperial.

A medida que pasaban los días, el sitio se convertía en un infierno.

La lluvia no cesaba. El barro tragaba las ruedas de los cañones.

La peste comenzaba a extenderse entre los campamentos.

Los caballos morían, la comida escaseaba, los soldados murmuraban.

Y sin embargo, Carlos seguía apareciendo cada mañana, vestido con su armadura.

No hablaba mucho. Caminaba entre las tiendas, saludaba a los capitanes, escuchaba los informes.

Cuando veía a un soldado caído, lo ayudaba a levantarse.

Cuando un cañón se atascaba, era él quien daba la orden de fuego.

Un día, Alba lo encontró apoyado en una empalizada, pálido, exhausto.

—Señor, debéis descansar.

—Descansaré cuando Metz caiga.

—Si morís aquí, el imperio quedará huérfano.

Carlos lo miró con una media sonrisa.

—Hace tiempo que el imperio aprendió a vivir sin su padre.

El duque bajó la cabeza. Sabía que discutir con aquel hombre era inútil. Carlos no era ya un emperador: era un símbolo que se negaba a desaparecer.

Aquella misma noche, el cielo de Metz ardió con dos luces.

En el campamento imperial, las hogueras brillaban como estrellas caídas.

En la ciudad, las antorchas iluminaban los muros ennegrecidos.

A un lado del río, Carlos V velaba en silencio junto a sus cañones.

Al otro, Guisa recorría las murallas. Ninguno dormía porque ambos sabían que el otro hacía lo mismo.

Carlos pensó en Isabel, su esposa muerta; en su madre encerrada en la locura; en su hijo Felipe, al que apenas conocía. Y pensó también en Dios. En si todo aquello —la gloria, el poder, el imperio— no era más que una prueba para medir la resistencia de su alma.

Guisa, en cambio, pensaba en el futuro. En París, en su hermano cardenal, en el rey que lo había enviado allí para escribir la historia.

Soñaba con la victoria y con su nombre grabado en ella.

No sabía que aquella noche, más que una batalla, estaban librando un relevo.

Era el fin de una era. El ocaso del César y el amanecer de un nuevo tipo de Francia.

El viento sopló desde el norte, helado y seco.

Carlos se levantó con esfuerzo y miró las murallas.

Guisa, al mismo tiempo, miró hacia el campamento.

Durante un instante, los dos parecieron verse como dos hombres separados por la historia, unidos por la misma obstinación.

Y cuando la primera luz del amanecer tocó las piedras de Metz, ambos murmuraron lo mismo, sin saberlo:

—Aún no hemos terminado.