46. Le Bafabré
Le Bafabré
Boulogne. Siete años antes.
El amanecer sobre la costa de Flandes era un cuchillo.
El mar, gris y denso, se arrojaba contra las rocas con el sonido de un ejército cansado.
En las colinas, miles de tiendas empapadas por la lluvia parecían un cementerio de lona.
Y sobre la línea del horizonte, entre el humo y la bruma, se alzaba Boulogne, la herida más honda del orgullo francés.
Francisco de Lorena, conde de Aumale —aún no duque de Guisa—, observaba la ciudad con una calma que engañaba. Tenía veintiséis años, el cuerpo forjado por las campañas italianas y la mirada de los hombres que ya han matado lo suficiente para no sentir vértigo.
El cabello era oscuro y espeso, le caía hasta los hombros; la barba, recortada al estilo de los lansquenetes, le endurecía las facciones.
Sus ojos, grises y fríos, parecían reflejar el hierro de sus armas.
Bajo el manto azul con las flores de lis, llevaba una armadura que aún conservaba el polvo de Parma.
No era un noble de corte, sino un soldado con título.
Y Boulogne sería su prueba.
—Monseñor —le dijo su capitán gascón, arrodillado junto a la trinchera—, los cañones están listos.
Guisa no respondió.
La ciudad inglesa, con sus torres ennegrecidas y sus bastiones de piedra, parecía desafiarle.
Aquel pedazo de costa francesa había caído en manos del enemigo un año antes, con el viejo rey Francisco desangrándose en guerras contra el emperador Carlos.
Enrique Tudor había enviado a treinta mil de sus hombres, y Boulogne, tras un sitio feroz, se rindió.
Los ingleses fortificaron la plaza y clavaron su bandera roja sobre la muralla. Desde entonces, los pescadores franceses alzaban el puño cada vez que veían el pabellón con la cruz de San Jorge ondear sobre su costa.
Guisa lo sabía. No era sólo una ciudad. Era una humillación. Y la humillación era algo que un Lorena no toleraba.
—¡Disparad! —ordenó, y el aire tembló.
Los primeros cañonazos hicieron estremecerse la tierra. Las bombardas rugieron desde las lomas, escupiendo proyectiles de piedra del tamaño de una rueda. Las murallas inglesas respondieron con arcabuces y piezas ligeras.
La línea del horizonte se convirtió en una danza de humo y fuego. El joven comandante caminaba entre las baterías, indiferente al estruendo. Los artilleros le abrían paso, inclinando la cabeza. Nadie hablaba.
En torno a él había algo que imponía silencio, un peso invisible hecho de certeza y peligro.
Cuando el sol cayó, los franceses habían ganado terreno. La artillería había abierto dos brechas menores y una gran fisura en el bastión sur. Guisa la observó al atardecer, con la mano sobre el pomo de la espada.
—Por ahí entraremos mañana —dijo.
Su lugarteniente lo miró con escepticismo.
—Monseñor, ese bastión está defendido por los arcabuceros de Devon.
—Entonces los devonianos conocerán la mirada de un francés antes de morir —respondió, y se alejó hacia su tienda.
Aquella noche, el campamento parecía una ciudad fantasma. Guisa no dormía.
El cirujano Ambroise Paré, un hombre robusto, de manos curtidas y rostro severo, entró sin anunciarse.
—Monseñor, hace días que no coméis.
Guisa no levantó la vista.
—Descuidad. Comeré cuando se rinda esa ciudad.
—Y si no se rinde, moriréis de hambre antes que de bala.
—Si muero antes de tomarla, enterradme mirando al mar.
Paré suspiró.
—Siempre decís lo mismo, los de vuestra casa.
—Por eso seguimos aquí —replicó Guisa.
El cirujano se inclinó y lo miró a los ojos.
—Tenéis la misma fiebre que vuestro padre antes de Marignano. Esa que sólo se cura con sangre ajena.
Guisa sonrió apenas.
—Entonces mañana tendré el remedio
El ataque comenzó al amanecer. Las trompetas sonaron entre el estrépito de los cañones. Los soldados franceses, con lanzas y escalas, avanzaron bajo la lluvia de plomo y con el barro llegándoles a las rodillas.
Guisa iba al frente montado a caballo, espada en mano, sin casco, la capa pegada al cuerpo por la humedad. Subió por la zanja hasta el parapeto enemigo. Un grito, un destello, y de pronto el mundo estalló.
Un arcabuz inglés tronó desde la torre. La bala le entró por la mejilla derecha, atravesándole el rostro y destrozándole la mandíbula, haciendo que cayese de espaldas, en silencio.
El caballo se encabritó, los soldados gritaron.
—¡El conde está muerto!
Pero no lo estaba. Guisa respiraba. Mal, pero respiraba.
Dos hombres lo arrastraron fuera del fuego y pudieron ver que la sangre le cubría el pecho. Sus labios se movían, intentando pronunciar órdenes, pero sólo salió un gemido.
—No… me… quitéis… el acero… —balbuceó—. No… he… terminado
Paré llegó con sus ayudantes. Su voz cortó el caos como una espada.
—A un lado todos. ¡Traed vino y trapos limpios!
Le abrieron la herida. El rostro del joven noble era un amasijo de carne. El cirujano vertió vino caliente, limpió los fragmentos de hueso y cosió la piel con hilo grueso.
——¡Ahhhhhhhggggg!
Guisa no se desmayó. Gritó, sí, pero no se desmayó. El sudor le corría por la frente y le empañaba los ojos.
—¿Voy a morir, Paré? —preguntó entre dientes.
—No —respondió el médico, firme—. No mientras yo tenga manos.
Cuando terminó, cubrió la herida con un vendaje blanco.
—No habléis, ni comáis.
Guisa asintió, sangrando.
—Pero miraré —murmuró.
—¿Qué?
—Mirar a Boulogne. No quiero que piense que me ha vencido.
Durante semanas, la fiebre lo devoró. Deliraba con voces, con batallas pasadas, con el nombre de su padre. A veces, Paré lo escuchaba murmurar entre dientes:
—No me rindo… no me rindo…
Cuando abrió los ojos por fin, lo primero que pidió fue salir de la tienda. El cirujano intentó detenerlo.
—Monseñor, no podéis.
—Soy un Guisa. No nacimos para quedarnos en cama.
Se levantó, temblando, y salió al aire libre. Los hombres lo vieron aparecer entre las filas, envuelto en una capa y el rostro cubierto de vendas. Un murmullo recorrió el campamento. Alguien gritó su nombre.
Y otro.
Y otro.
Pronto todo el ejército lo coreaba:
—¡Guisa! ¡Guisa! ¡Guisa!
Él alzó la mano, en silencio. Los ojos grises relucían tras el vendaje. Y en ese instante, supieron que no había bala inglesa capaz de matarlo.
—Aun nos queda mucho por hacer en esta plaza— dijo con un esfuerzo en un hilo de voz —. Acabemos con ellos.
—¡Guisa! ¡Guisa! ¡Guisa! — repitieron cientos de gargantas.
El sitio continuó.
Los franceses avanzaron metro a metro, construyendo galerías y quemando los puestos avanzados.
El joven comandante, mudo por la herida, dirigía con gestos. Se comunicaba con la espada: un giro para avanzar, dos para disparar Los soldados decían que podía oírse el mar rugiendo cuando él pasaba, y quizá era cierto, porque Boulogne empezó a rendirse por cansancio antes que por derrota.
Una noche los ingleses enviaron emisarios para pedir una tregua. Guisa los recibió de pie, el rostro aún cubierto.
—Boulogne no se entrega —dijo uno de los capitanes enemigos—.Guisa se quitó lentamente la venda. La cicatriz, aún fresca, le cruzaba el rostro de pómulo a mandíbula.
—Entonces muere —replicó, y se dio media vuelta.
El inglés no volvió.
La noticia del asedio llegó a Fontainebleau cuando el invierno ya estaba terminando. El rey Francisco seguía agravando su enfermedad. Tenía el rostro consumido, los ojos hundidos y las manos temblorosas.
En su lecho de plumas, rodeado de conseejeros, escuchaba el informe del mariscal de Montmorency.
—Majestad, el joven Guisa ha sido herido, pero vive. La plaza caerá en breve.
Francisco cerró los ojos y respiró con dificultad.
—¿Guisa? —murmuró.
—El conde de Aumale, señor.
—Sí… el hijo de Claudio.
Una sonrisa cansada le cruzó el rostro.
—A ese joven lo hizo la guerra. A mí, me deshizo.
Pidió que le trajeran una vela y un mapa. Con dedos temblorosos señaló Boulogne.
—Dile… que no pare —susurró.
—Majestad, está débil.
—Entonces, que la debilidad la sienta el enemigo.
En ese mismo instante, en un campamento del norte, un joven con una cicatriz recién cerrada alzaba su espada sobre la ciudad conquistada que semanas atrás había jurado recuperar. El viento le golpeaba el rostro, pero él no se movía.
Cuando volvió a París después del asedio, los niños se apartaban al verlo.
Su rostro era una máscara: la cicatriz le partía la cara en dos.
Las damas de la corte, escandalizadas y fascinadas a partes iguales, lo observaban de reojo.
Los soldados lo saludaban con respeto. Y los cronistas empezaron a llamarlo Le Balafré : el del tajo, y su fama creció.
La primera vez que el nuevo rey, Enrique II, lo vio entrar en la sala del trono, comprendió lo que su padre había intuido antes de morir: aquel hombre no sólo servía al reino. Encarnaba a Francia.
Porque Francia, como él, seguía viva,
aunque cubierta de cicatrices.