Carlos V. Trilogía Completa 45. Venciendo al tiempo
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45. Venciendo al tiempo

Venciendo al tiempo

El fuego ardía con una lentitud obstinada, consumiendo la madera como si también ella estuviera enferma.

Fuera, la nieve se amontonaba en los tejados y los soldados imperiales se movían entre sombras, encendiendo antorchas, herrando caballos y ajustando monturas.

En esa noche sin luna, el viento soplaba desde el valle con el rumor de una plegaria.

En la estancia principal del cuartel imperial, el emperador estaba sentado junto a una mesa.

Su mano derecha temblaba sobre los papeles, pero no era el temblor de la debilidad, sino de la fiebre.

Los médicos le habían suplicado que descansara.

Él había respondido que descansar es un lujo de los que no gobiernan el mundo.

El duque de Alba aguardaba frente a él, de pie con las manos cruzadas tras la espalda.

Había llegado aquella tarde, tras una marcha agotadora desde el sur de Alemania.

Su capa estaba aún húmeda de nieve. El Emperador no lo invitó a sentarse, el protocolo era innecesario entre los dos hombres que, más que compañeros, eran los últimos supervivientes de un ideal.

Carlos levantó los ojos, cansados pero duros.

—Hablad, duque. Decidme qué ocurre más allá de estas montañas.

Alba desenrolló un legajo. El fuego se reflejaba en sus anillos de hierro.

—Majestad, la situación en Italia no mejora. —Hizo una pausa breve, midiendo las palabras—. Parma sigue siendo una herida abierta. Los Farnesio, apoyados por Francia, desafían la autoridad imperial. Y Julio III, el nuevo Papa, mira hacia otro lado.

Carlos entrecerró los ojos.

—¿El papado juega otra vez a los equilibrios?

—Sí, señor. Desde Roma os nombran “protector de la fe”, pero en susurros temen vuestra sombra. La curia se ha vuelto complaciente con los embajadores franceses. Dicen que el cardenal de Lorena, hermano del duque de Guisa, ha sido visto a menudo en las estancias del Papa.

El Emperador soltó un bufido amargo.

—Los franceses siempre huelen la sangre antes de la batalla.

El duque asintió.

—El hermano del cardenal, el duque de Guisa, ha sido nombrado gobernador de Metz. Lleva semanas fortificando la plaza. Tiene consigo ingenieros italianos, víveres y artillería moderna. Su rey lo elogia como el nuevo Marte de Francia.

Carlos guardó silencio un instante.

Aquel nombre —Metz— se había convertido en una astilla clavada en su mente desde que oyó las primeras noticias. No era sólo una ciudad. Era una afrenta.

—No permitiré que Enrique de Francia, convierta un obispado imperial en un trofeo francés —dijo con voz baja, pero cargada de acero—. Si el Papa no condena esa ocupación, lo hará la historia.

El duque mantuvo la calma.

—Majestad, hay más. En Nápoles, los virreyes informan de que Francia intenta agitar a los príncipes italianos. Ferrara y Mantua vacilan. Pero Cosme de Médici, duque de Florencia, sigue fiel.

Carlos lo miró con interés.

—¿Cosme de Médici? —repitió—. Ese florentino tiene más juicio que medio colegio de cardenales.

—Así es, señor. Ha enviado mensajeros ofreciendo su lealtad y apoyo logístico. Ha prometido puertos, víveres y dinero si la guerra se traslada a la península. En sus palabras: “Mientras Dios tenga a Vuestra Majestad en el trono, Florencia servirá al Imperio.”

Una sombra de satisfacción cruzó el rostro del Emperador.

—Florencia… —murmuró—. Al menos una ciudad italiana recuerda quién la liberó de su propia ruina.

Alba asintió.

—Cosme ve en vos la garantía de su poder. Sin el Imperio, los franceses entrarían en la Toscana en una semana.

Carlos se incorporó un poco. La gota le atenazó el pie y tuvo que apoyarse en el bastón, pero su mirada recuperó un brillo antiguo.

—Entonces Florencia nos servirá de ancla. Si Roma vacila, la Toscana será nuestra muralla. —Guardó silencio un instante—. Lo demás… lo demás se arreglará con fuego.

El duque lo observó en silencio. Sabía que cuando Carlos hablaba de fuego, no se refería sólo a cañones. Era el fuego de su orgullo, del viejo ideal de un Imperio unido bajo una sola fe.

Ese fuego era lo único que aún lo mantenía vivo. El emperador se volvió hacia el mapa extendido sobre la mesa. El dedo tembloroso siguió la línea del Rin, bajó por el Mosela, se detuvo en un punto marcado con tinta roja. Metz.

—Aquí. —Su voz se volvió grave—. Aquí es donde el mundo verá si el imperio sigue respirando.

El duque se acercó.

—Señor, los hombres están agotados. Hemos perdido miles en Alemania. La artillería necesita reparaciones. Y el invierno se acerca.

Carlos no respondió. Sólo murmuró:

—El invierno nunca ha detenido a los hombres que creen en su causa.

El silencio se extendió entre ellos. Sólo el fuego sonaba. Finalmente, el Emperador alzó la vista.

—Duque, preparad todo. Reunid las tropas de Flandes, las compañías de Baviera y los tercios de Milán. Quiero treinta mil hombres marchando antes de la luna nueva.

—Así se hará, Majestad.

—Y escribid a Cosme de Médici. Decidle que le agradezco su fidelidad y que pronto necesitaré sus puertos. Si el Papa nos vuelve la espalda, será desde Toscana desde donde el imperio hable a Italia.

El duque se inclinó levemente.

—¿Y vos, señor?

Carlos sonrió apenas.

—Lo primero que haré será dividir a nuestros enemigos. Renunciaré al sueño de una sola religión en el imperio y les ofreceré a los príncipes alemanes libertad religiosa.

—¿También a Mauricio?

—También a Mauricio —respondió el emperador con desagrado —. No me gusta, pero es necesario. Los tratados eliminan ejércitos mejor que los cañones. Y cuando esté todo listo…

—¿Qué? — preguntó Alba.

—Yo mismo iré al frente. No mandaré mi última guerra desde un lecho.

Alba quiso replicar, pero se contuvo. Sabía que la voluntad del emperador era más obstinada que su enfermedad.

—Entonces que Dios os guarde, señor —dijo al fin.

—Dios guarda a quien se mueve —replicó Carlos—. No a quien se lamenta.

Durante días, Villach se transformó en un nido de actividad. Los mensajeros galopaban de noche entre la nieve. Las órdenes de reclutamiento partían hacia todas las provincias.

En la plaza principal, los herreros trabajaban a la luz de las antorchas fundiendo bolas de cañón, los curas bendecían las enseñas, los escribanos preparaban listas de raciones, pólvora y medicinas, y el Emperador, mientras tanto, dictaba cartas con una claridad que asombraba a sus secretarios:

A Felipe: “ Prepárate para gobernar. Si no vuelvo, sabrás qué hacer.” A Cosme de Médici: “Tu lealtad no será olvidada. Llegará el día en que Italia deba elegir entre los que sirven a Dios y los que sirven al oro.”

Y al Papa Julio III: “ Os exhorto, Santo Padre, a no confundir neutralidad con debilidad. El Imperio no ha muerto.”

Las cartas salieron selladas con cera roja, una tras otra. Eran las últimas palabras de un hombre que ya se sabía parte de la historia.

La víspera de la partida, Carlos volvió a ver al duque de Alba. El fuego del hogar proyectaba en las paredes la sombra de ambos. El Emperador parecía más viejo, pero su voz sonaba con una serenidad que imponía respeto.

—Duque, me diréis loco, pero lo siento aquí —se tocó el pecho—. Siento que será mi última campaña.

—No sois loco, señor —replicó Alba—. Sois Emperador.

Carlos asintió lentamente.

—Y como Emperador moriré. No en un palacio, no en una cama de monje, sino en el camino.

Caminó hasta la ventana.

Fuera, el amanecer teñía de rosa las montañas.

—Mirad, duque. Ese sol saldrá mañana sobre nuestro ejército. Que sea testigo de que aún quedan hombres en Europa que no saben rendirse.

El duque inclinó la cabeza.

—Así será, señor.

Y esa misma noche, mientras en Roma el Papa negociaba con Francia y en Florencia Cosme reforzaba sus murallas, Carlos de Habsburgo, enfermo, envejecido, pero aún dueño de su destino, preparó su armadura y decidía marchar contra el duque de Guisa y su nueva fortaleza de Metz.

Era su última apuesta. La de un emperador que había gobernado el mundo, y que ahora sólo quería demostrar que aún podía sostener su espada.