44. El gobernador de Metz
El gobernador de Metz
La vara de plata del maître des cérémonies golpeó el mármol y la sala del Consejo se recogió en un silencio de iglesia.
En lo alto, las flores de lis coronaban el dosel; en el centro, Enrique II se irguió con severidad de hierro; a su diestra, Catalina de Médici observaba como una estatua florentina a la que le hubieran prestado pensamiento.
Un paso atrás, Diana de Poitiers, vestida de negro y con un precioso collar de perlas que el rey le había regalado.
—Francisco de Lorena, duque de Guisa.
Entró el hombre que media Francia había empezado a pronunciar como promesa.
Tenía treinta y tres años. Era alto, de hombros anchos, cuello de toro domado por el protocolo, el rostro ovalado curtido por intemperies, barba recortada con disciplina de cuartel y un surco fino —más sombra que cicatriz— en el pómulo izquierdo, recuerdo de Italia.
En los ojos grises, una claridad fría: la de quien ha aprendido a medir a los hombres con la misma exactitud con que mide un talud o una brecha.
El andar era de capitán, aunque vestía damasco: pasos sin prisa, talón firme, planta que no vacila.
La espada colgaba muda: no necesita hablar por él.
Detrás del nombre había una Casa: Guisa, rama lorenesa de ambición antigua.
Era hijo de Claudio de Lorena, el que fijó a los Guisa en el corazón de Francia; hermano del cardenal de Lorena, que extendía los dedos de la familia en Roma y en los púlpitos.
Detrás del porte llwvaba una vida de campaña: Italia —donde se aprende que el plomo tiene lógica y las ciudades, almas—; Boulogne, donde resistió bajo viento y salitre; los campos de Picardía; la frontera con el Imperio.
Y detrás de los honores, méritos: un año antes, por mano del rey se convirtió en Gran Chambelán de Francia.
Guisa se detuvo a tres pasos de la tarima.
La reverencia fue exacta: ni un grado más del debido, ni uno menos.
Enrique II lo miró con esa mezcla de estima y recelo que los reyes reservan a los hombres útiles que, de tanto servir, se vuelven imprescindibles.
Catalina anotaba sin pluma: porte, templanza, obediencia.
Diana midió el magnetismo y guardó la cifra en silencio: no había necesidad de palabras.
—Acercaos, duque —ordenó el rey.
Subió un peldaño. La luz de las velas repasó el bruñido de la coraza ceremonial y el listón blanco en el hombro, señal discreta de mando. Habló con una voz grave, que no necesitó alzarse para ocupar la sala.
—Majestad.
—Sabéis por qué estáis aquí. En Chambord hemos tomado partido en Alemania: Mauricio de Sajonia abre las puertas y Francia entra a Metz, Toul y Verdún. El viejo Habsburgo vendrá a cobrárnoslo. Necesito un gobernador que convierta Metz en piedra.
Guisa sostuvo la mirada. Antes de responder, el Consejo merecía oír quién era el hombre al que se le daba una frontera. El rey mismo lo fijó con su voz:
—Francia no olvida vuestro paso por Italia, donde aprendisteis a resistir cuando otros corrieron; ni Boulogne, donde mantuvisteis en pie el nombre del reino; ni los invierno de Picardía ni las marchas en Lorena.
Por eso fuisteis hecho Gran Chambelán el año pasado.
—Tomó de un cofrecillo un pergamino sellado y un bastón de mando de plata—.
Por eso te nombro ahora Gobernador de Metz.
Catalina intervino con la serenidad de quien manda sobre las arcas y el tiempo:
—Tendreis oro, trigo y hombres si dais orden, disciplina y cuentas. Las murallas se trazan con piedra y se sostienen con paga.
Guisa asintió. No prometía imposibles; enumeró lo necesario, como un ingeniero que ha visto hundirse bastiones por falta de clavos:
—Seis mil infantes, dos mil caballos; doce piezas largas, seis culebrinas; pólvora para tres meses; ingenieros de Picardía; carpinteros para puentes; cirujanos para la pestilencia del asedio; salarios a tiempo. Con eso, Metz aguantará
—Lo tendreis —replicó Catalina—. Lyon libra letras; Rouen y Dijon mueven víveres.
Enrique descendió un escalón y extendió la patente:
—Francisco de Guisa, por esta carta os confío Metz. Si Carlos de Habsburgo viene, que aprenda allí lo que es Francia.
Guisa recibió el bastón.
—Defenderé Metz. Y la haré mía para Francia.
El rey lo clavó con los ojos, buscando la fisura invisible entre la ambición y la lealtad. No la encontró.
—Partid —dijo el rey—. Reunid, fortificad y resistid.
Catalina añadió, hilo de acero bajo terciopelo:
—Con prudencia. Las plazas se pierden por arrebatos y por cuentas mal hechas.
Un chambelán irrumpió con la cortesía del que trae prisa:
—Señor, de Lorena: movimientos en el Rin.
—Después —cortó Enrique—. Ahora terminamos.
Guisa besó la mano del rey; se inclinó ante la reina. Cuando giró hacia la puerta, la sala entendía quién acaba de salir: no era un cortesano con bastón, sino un muro con piernas. La vara de plata golpeó de nuevo. El eco parece decir Metz, Metz, Metz.
En el patio, mientras ensillaba su caballo, el duque recordó de dónde venía: de Claudio de Lorena, que lo enseñó a no pedir dos veces; del cardenal hermano, que hilaba redes en Roma; de Italia, que lo marcó en la piel; de Boulogne, que lo marcó en el alma.
A dónde iba lo sabía todo París: a poner su nombre donde otros pondrían sólo un turno de guardia.
—A Metz —ordenó.
Las crines se alzaron; los estandartes se hincharon con un viento que llegaba del este, como si la ciudad llamara por su nombre al hombre que habría de sostenerla.
Dentro, Catalina hacía cuentas; Enrique afilaba el rencor en la memoria de su padre; Diana guardaba su silencio como una daga. Y sobre el pergamino aún fresco, el lacre rojo decía lo que en Francia valía más que una fanfarronada: estaba escrito.