Carlos V. Trilogía Completa 43. La traición de Sajonia
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43. La traición de Sajonia

La traición de Sajonia

Era la primavera, pero nadie lo hubiera dicho. Las montañas aún guardaban hielo en las cumbres, y las aldeas entre los valles despertaban cada mañana con un temblor de incertidumbre.

Decían que el ejército de Mauricio de Sajonia avanzaba hacia el sur, que los pueblos rendían sus llaves antes de escuchar el primer tambor.

Nadie ofrecía resistencia: marchaban bajo una bandera nueva y una vieja consigna, aquella que hacía vibrar los corazones luteranos desde hacía veinte años: “Alemania debe ser libre”.

Mauricio no creía ya en proclamas. Creía en el poder, en el oro, en la oportunidad.

Y aquella era la suya. Cabalgaba al frente de un ejército de veinticinco mil hombres, veteranos de todas las guerras imperiales, campesinos hambrientos convertidos en soldados, caballeros con más ambición que linaje, pastores de fe dura que llevaban los salmos en los labios y el odio en el acero.

Había prometido libertad, pero lo que llevaba era una traición.

Detrás de él, los normalistas franceses, enviados por Enrique II de Francia, marchaban entre el polvo y la arrogancia. Habían cruzado el Rin con banderas desplegadas, convencidos de que la vieja Francia se vengaría, por fin, de aquel emperador que había humillado a su reino durante treinta años.

El Tirol se abría ante ellos como una puerta sin cerrojo. Las guarniciones locales, pequeñas y mal pagadas, abandonaban las posiciones o se unían al ejército del nuevo libertador. Los alcaldes ofrecían pan, vino y miedo.

En la mirada de todos había una mezcla de esperanza y terror: ¿acaso este nuevo señor sería distinto de los anteriores?

Mauricio no lo sabía. Ni le importaba.

En Innsbruck, mientras tanto, el emperador, intentaba respirar sin que el dolor lo hiciera maldecir. Tenía el rostro ceniciento, las piernas envueltas en vendas, y los dedos de los pies hinchados como morcillas. La gota lo atormentaba día y noche, pero no era eso lo que lo había envejecido.

Eran los hombres. Los hombres en los que había confiado.

Una carta descansaba abierta sobre su escritorio. Las letras, apretadas, parecían escritas con la prisa de quien sabe que la distancia entre una noticia y la ruina puede medirse en horas.

“Señor, Mauricio ha cruzado el río. Marcha hacia el sur. Dice que viene a liberar Alemania.”

Carlos cerró los ojos. No necesitaba leer el resto.

Lo había temido. Y lo había ignorado. Él mismo había hecho a Mauricio lo que era.

Había recompensado su lealtad con un electorado, le había ofrecido su mano, su confianza, su mirada.

Había creído que la fe y la política podían convivir bajo un mismo estandarte.

Y ahora ese estandarte marchaba contra él.

Se levantó con esfuerzo. El dolor lo atravesó como un cuchillo sin filo. A su lado, un sirviente intentó ayudarlo, pero Carlos lo apartó con un gesto seco.

—No necesito compasión. Necesito un caballo —gruñó.

Pero no podía montar. Ni siquiera podía andar sin el apoyo de dos hombres.

Mauricio cruzó el Eisack al amanecer. Los picos nevados proyectaban una luz blanquecina sobre los cascos mojados.

—Al sur —ordenó—. Innsbruck.

Sabía que el emperador estaba allí. Lo sabía desde hacía semanas.

Sabía que estaba enfermo, inmóvil, rodeado de apenas unos cientos de hombres.

Sabía que la presa no tenía escapatoria.

Y sin embargo, algo dentro de él ardía con una mezcla incómoda de euforia y vergüenza.

Porque aquel al que iba a derribar no era un enemigo cualquiera.

Era el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, el hombre ante el que todos se habían inclinado.

El hombre que había confiado en él.

Los tambores retumbaban contra las montañas. El eco parecía responderles en latín: traditor, traditor, traditor.

—No me importa —murmuró. Y apretó los dientes.

Esa misma noche, en los corredores del palacio de Insbruck, los criados empaquetaban cofres a la luz temblorosa de las velas. Los más fieles al emperador lloraban en silencio. Carlos ordenó que prepararan una litera cerrada, forrada de mantas, para emprender la huida hacia 27 Villach.

Apenas un puñado de hombres le acompañaría. El resto debía quedarse atrás, a custodiar lo que no podía ser salvado: muebles, documentos, tapices, retratos, reliquias de medio mundo. Todo lo que había hecho del Imperio una civilización.

A medianoche, los cascos resonaron sobre los adoquines. La litera partió envuelta en un manto de niebla. Carlos miró una última vez hacia atrás, hacia las torres de Innsbruck.

—Esto no es huida —susurró—. Es retiro.

Pero en el fondo lo sabía. El emperador huía de su propio fracaso.

El ejército de Mauricio llegó a Innsbruck tres días después. Los primeros destacamentos entraron entre vítores forzados. Las campanas repicaron por miedo. Las tropas irrumpieron por las calles con las botas sucias, los estandartes manchados y la certeza del botín.

Mauricio avanzó a caballo, cubierto con una capa de viaje. Sus ojos recorrían la ciudad con una mezcla de cálculo y de asombro. Aquí había despachado órdenes imperiales, aquí había hablado con los embajadores, aquí el emperador había dormido mientras medio mundo llevaba su nombre en la moneda.

Y ahora todo eso le pertenecía. O al menos, eso quería creer.

En el patio del palacio, los criados que no habían podido huir aguardaban con las manos levantadas. Eran cocineros, mozos, secretarios, sirvientas —Algunos hacía poco que habían dejado de ser niños —. Uno de ellos se atrevió a dar un paso adelante.

—Mi señor, no tenemos armas. Servimos al emperador, pero no somos soldados.

Así era. Ellos no tenían nada que ver con aquella guerra.

Mauricio lo miró. Durante un instante, dudó.

Pero entonces recordó los sermones de sus consejeros luteranos, los himnos sobre la pureza y el castigo, las palabras de sus propios capitanes reclamando orden y disciplina.

—Si dejas piedra en pie —le había dicho uno—, mañana tendrás enemigos en tu retaguardia.

—Tenemos que dar ejemplo —dijo con voz seca.

Asintió, como si estuviese dando una orden preestablecida que sus hombres, algunos dudando, acataron.

A los criados del emperador no les dio tiempo a suplicar.

Los arcabuceros avanzaron. El primer disparo sonó como un portazo. El segundo fue más rápido.

Cuando el humo se disipó, seis cuerpos yacían sobre el empedrado, con la sangre corriendo entre las piedras del patio.

El silencio que siguió fue tan pesado como la nieve.

Mauricio bajó del caballo.

—El emperador ya no está aquí —dijo, mirando a los suyos—. Lo que hay es Alemania. Y Alemania no se inclina.

Los soldados respondieron con un rugido. Y entonces, sin esperar orden, comenzaron el saqueo.

Los salones del palacio se llenaron de botas y gritos. Los tapices flamencos fueron arrancados, los cofres forzados, los cuadros apilados como leña. En una de las cámaras, un joven oficial encontró una cruz de oro y la levantó riendo.

—Mirad —dijo—, el dios de los Habsburgo.

Mauricio lo vio. No dijo nada. Pero apartó la vista. Había cosas que ni siquiera él podía mirar sin sentir el peso del pecado.

Cuando cayó la noche, Innsbruck ardía por tres costados. Las ventanas del palacio imperial resplandecían con un fuego que parecía venir del infierno. Los cadáveres de los criados colgaban de las puertas como advertencias mudas.

Mauricio subió los escalones del gran salón.

Las sombras bailaban sobre el suelo de mármol.

Caminó hasta el estrado donde el emperador solía recibir embajadas, y se detuvo.

A su alrededor, los hombres reían, bebían, cargaban sacos con objetos de plata.

Y sin embargo, en el rostro de Mauricio, no había alegría.

Solo una mueca tensa, una línea de duda apenas visible.

Sabía que lo que había ganado aquella noche no era poder, sino algo más oscuro.

Un lugar en los libros. Pero no en los de los héroes.

Mientras tanto, en algún punto del camino hacia los Alpes, la litera imperial se balanceaba entre la nieve.

Dentro, Carlos intentaba mantener los ojos abiertos.

El aire era frío y limpio, el único regalo que la montaña ofrecía.

A través de la rendija de la cortina, vio el resplandor lejano del incendio de Innsbruck.

—De todos los enemigos —murmuró—, solo uno duele: el amigo que aprendió de ti.

Los hombres que lo escoltaban no dijeron palabra. Sabían que esa frase no era para ellos, sino para la historia.

En Innsbruck, al amanecer, los soldados dormían entre los restos del saqueo.

El humo se alzaba en columnas grises. Mauricio de Sajonia se detuvo en la terraza del palacio, mirando el horizonte.

En el fondo de su mente, una voz que no callaba le recordaba lo que sabía desde el principio: que las victorias contra un emperador se escriben con gloria, pero las traiciones no se olvidan jamás.

Dio la orden de marchar. Y los hombres obedecieron. Innsbruck quedó atrás, quemada, saqueada, ensangrentada. Y mientras el ejército se alejaba, nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo pensaron: esa mañana, el Imperio había muerto un poco por la traición de uno de los suyos.

Notas

27. ↩ Ciudad situada en el sur de Austria.