Carlos V. Trilogía Completa 42. El futuro de un reino #2
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42. El futuro de un reino #2

Eduardo bajó la vista al Nuevo Testamento.

Lo abrió donde su cinta marcaba el capítulo del día.

Le gustaba encontrar en la letra autorización para lo que la política le pedía.

Leyó en silencio unas líneas; le tembló la mano, más por la fiebre que por la duda.

A su alrededor, el aire estaba hecho de respiraciones contenidas.

—No puedo desobedecer a mi padre. No… no puedo —dijo al fin—. Lo que dejó escrito es la ley.

—No le desobedecéis —repuso Dudley con una dulzura calculada—; le obedecéis en lo que él quería: Inglaterra sin Roma. Enrique cortó las cadenas; Su Majestad secará el hierro. María no honrará su memoria. Juana sí.

El nombre volvió a llenar la estancia de manera sutil, Juana, muchacha de lectura y salmo, educada en casas donde el pan se bendecía en inglés y el latín se reservaba para los libros, no para el cielo.

Cecil recordó haberla visto de lejos en algún patio, el rostro claro, la mirada seria de las niñas que entienden pronto que su vida no será suya.

Cranmer percibió, con un desasosiego que no supo nombrar, que estaban cambiando una culpa por otra. Y Dudley, con la tranquilidad del ajedrecista que ya ve tres jugadas por delante, se dijo que la palabra se había dicho y que el resto, como la marea, era cosa de paciencia.

—Debemos consultar a Dios —aventuró Cranmer—. Pedir señal.

—Ya la habéis tenido —terció Dudley con una inclinación mínima—. El Libro de Oración manda en Inglaterra. Los ídolos están fuera. La Palabra es clara. —Bajó la voz—. Y los médicos dicen lo que dicen.

El dardo entró sin hacer ruido. Eduardo apretó los dientes.

La tos le subió de nuevo. Esta vez no logró disimularla: el pañuelo dejó un cerco rosa.

Cecil no miró. Cranmer tragó saliva. Dudley no movió un músculo: había sido soldado; sabía que la sangre, cuando aparece a destiempo, sólo estorba los planes si uno deja que los estorbe.

—Haréis lo que os pido —dijo el rey—: redactad lo que haga falta para consultarlo y traédmelo. Quiero ver nombres, ley, razón. —Alzó el mentón—. Y quiero que las iglesias sigan limpias.

La orden, a su manera, era el permiso. Cecil inclinó la cabeza con esa gravedad neutra de los funcionarios que aceptan que la historia ha arrancado a correr.

Cranmer cerró los ojos un segundo; podría llamarse oración.

Dudley, sin perder ni la suavidad ni el respeto, sintió la leve euforia del objetivo logrado.

No había victoria —se decía—, sólo una primera piedra puesta en el sitio correcto.

—Obedeceremos —dijo—. Y Dios guardará a Inglaterra.

La estancia respiró. Un criado entró con leña nueva y la arrojó a la chimenea.

El fuego se avivó con un gruñido rojo. Eduardo se recostó despacio; el peso en el pecho era más de cansancio que de fe.

Cecil recogió con cuidado unos papeles que había dejado sobre la mesa auxiliar; Cranmer se permitió, por una vez, tocar la colcha del rey como un padre toca la frente de su hijo: no por protocolo, por humanidad.

Dudley dio un paso atrás y midió la distancia hasta la puerta.

El Támesis golpeó una vez, hondo, como si también él rindiera cuentas.

—Señor —dijo entonces Cecil, con esa cortesía que siempre encubría un recordatorio—. Si se omite a la Señora María y a la Señora Isabel, convendrá asentar el fundamento jurídico en Parlamento. Sin ello, habrá resistencia.

—Habrá resistencia igual —dijo Dudley, sin mirar—. Pero con ley, la resistencia es delito. Sin ley, es opinión.

Cranmer lo miró de lado. Le cansaba esa inteligencia al servicio de la oportunidad. Pero —y aquí la conciencia le hizo un nudo— prefería mil veces una oportunidad que dejara a Cristo en la Escritura que un escrúpulo que devolviera a la Hostia al altar.

—¿Y lady Juana? —preguntó Crammer con voz baja—. Es niña.

—Es doctrina —corrigió Dudley—. Y será reina si Dios y el rey lo mandan. —Entonces, con una naturalidad que heló a Cecil por su franqueza—: Y una niña reina necesita consejo. Inglaterra lo tendrá.

Eduardo lo miró como un muchacho mira a su maestro predilecto.

En Dudley admiraba el valor que su padre, Enrique, había glorificado.

No veía —no podía ver— la trenza de interés que el duque llevaba oculta en la nuca: la familia Grey, su hijo Guildford, las alianzas que se atan primero con palabras y luego con anillos.

A un rey de catorce años, la astucia se le parece mucho a la lealtad.

—Id —dijo al fin—. Haced lo que os he mandado. Traedme esa redacción y lo pensaremos ante Dios.

La audiencia había terminado.

Cranmer inclinó la cabeza con un suspiro que fue al mismo tiempo resignación y celo; Cecil lo imitó con el cuidado de quien pone una firma y se aparta del tintero; y Dudley, con una reverencia impecable, dio media vuelta hacia la puerta.

Su capa susurró en la alfombra, un sonido fino como la punta de una pluma.

El final político de aquella tarde no fue un portazo ni un grito. Fue la satisfacción silenciosa de un hombre que sabía haber plantado una semilla en tierra fértil.

Afuera, Greenwich seguía oliendo a río y a invierno.

En el pasillo, Dudley caminó con paso medido, las manos enlazadas a la espalda, la vista en ningún punto, que es otra manera de decir en todos.

A su lado, Cecil bajó un peldaño con cuidado.

Cranmer venía detrás, con los dedos rozando las cuentas invisibles de un rosario que había decidido no llevar nunca más.

—Mi lord —dijo Cecil, a media voz—. Lo de hoy no ha sido una decisión. Ha sido un comienzo. Vosotros ya sabíais como acabaría este Consejo antes de empezarlo. Decid que me equivoco.

Dudley sonrió, sin mirar.

—En la política, Cecil, las decisiones que valen empiezan así: despacio. —Y añadió, como quien dicta al escribano—. Ya habéis oído al rey, preparad los textos. Haced sitio a lady Juana en el papel. Los hombres vendrán después.

En la cama, Eduardo apoyó la mano en el Nuevo Testamento y cerró los ojos un instante.

Se dijo —con la terquedad de los niños que creen— que había protegido a Dios de los hombres.

No sabía que, esa tarde, había sido justamente al revés.

Era como en tantas otras ocasiones, que la palabra se Dios había estado al servicio de los intereses de los hombres.

Afuera, el Támesis siguió su camino; los barcos, con sus velas recogidas, parecían oraciones en maroma.

Londres, ignorante y frío, se preparaba para otra noche, y en una casa no muy lejos de allí, una muchacha de catorce años inclinaba la cabeza sobre un salmo, ajena a que su nombre había empezado a andar por las bocas.

Dudley dobló un recodo y desapareció en la penumbra. Llevaba la victoria en el pliegue de la capa, doblada, sin alardes, como llevan los buenos espadachines el filo envainado: invisible y disponible.

Detrás de la puerta cerrada, el rey volvió a toser. La mancha en el pañuelo fue pequeña. Bastaba. Un reino podía cambiar por menos.