42. El futuro de un reino
El futuro de un reino
El Támesis, negro y ancho bajo la bruma, golpeaba con su rumor el costado del palacio como un animal paciente.
En las chimeneas gorjeaba el humo, y el hollín pintaba los marcos de las ventanas con dedos de carbonero.
La tarde caía temprano, con ese gris inglés que no termina de ser noche ni día, sólo obediencia a la intemperie.
En la cámara privada del rey, las cortinas gruesas filtraban el frío, pero no la preocupación.
Sobre la cama alta, alzada un palmo por encima de la estancia, Eduardo VI parecía más pequeño que sus catorce años.
Tenía la palidez de cierto lino caro, los labios finos, un brillo febril en los ojos que podía ser devoción o fiebre.
Tosió dos veces, una tos corta que trató de esconder en el pañuelo antes de mirarlo, como si cada mancha fuese una desobediencia.
Los médicos murmuraban palabras antiguas —“humores”, “aire viciado”, “debilidad del pecho”—; él prefería llamarlo prueba.
« Dios mide a los suyos con la vara de los profetas» pensaba. «Y si la carne se cansa, la verdad no»
Al pie de la cama, en semicírculo, estaban los hombres que de verdad movían Inglaterra.
Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, con su barba triste de buen lector y la espalda terca del que ha tumbado altares con un libro; William Cecil, joven y atento, pluma humana, memoria de hierro; y, un paso por delante de todos, como si la alfombra le perteneciera, John Dudley, duque de Northumberland, elegante como un veneno en vaso de plata.
Tenía las manos grandes —manos de soldado que no han olvidado el peso de la lanza—, pero la voz suave, medida, con ese terciopelo de tribunal que hace pasar por razonable cualquier dureza.
—Majestad —dijo Dudley, sin premuras—, perdonad que el Consejo importune vuestro reposo. Pero el reino no sabe esperar, y la prudencia —alzó ligeramente la palma, como enseñando un ave— es un servicio que os debemos.
Eduardo inclinó la cabeza. En el atril de su mesilla descansaba un Nuevo Testamento en inglés, con marcas de lectura en los márgenes. Le gustaba tocarlo al hablar, como si el cuero templara los pensamientos.
—Decid —susurró—. ¿Qué nubarrón es hoy el que quiere llover?
Dudley sonrió sin dientes. En sus ojos, el cálculo tenía la amabilidad del abogado que trae noticias malas envueltas en seda.
—Ningún nubarrón nuevo, señor, sino la sombra de siempre: la sucesión.
Cranmer apretó los labios; había rezado para que el tema no se pronunciase en esa habitación, no con el rey tosiendo al compás de la leña.
Pero los asuntos, como los ejércitos, eligen su propio campo de batalla.
Cecil permaneció quieto con el rostro neutro de los hombres que guardan la historia sin colorearla.
—La ley de mi padre —dijo Eduardo, con un hilo de voz— habla claro. María, luego Isabel. Así se escribió y así se hizo jurar.
—Se escribió —concedió Dudley—, cuando la razón de Estado y el cielo tenían otra conversación.
—Inclinó apenas el torso—. Permitid que lo diga sin rodeos, Majestad: María trae a Roma de vuelta por la puerta grande.
Y no vendrá sola. Vendrán viejos sacramentos, viejos obispos, viejas cabezas.
La Inglaterra por la que trabaja Vuestra Majestad —señaló con los ojos el libro del atril— quedará reducida a una tentación vencida.
El muchacho tragó saliva. Sintió cómo la garganta le ardía y odió la tos que subía para traicionarlo. La misa en latín, el incienso pegado a los tapices, las imágenes doradas robándole luz a la palabra: todo eso tenía en su cabeza la forma del enemigo. Y el enemigo tenía nombre de mujer.
—El Acta de Sucesión —intervino Cecil, con el respeto de quien pisa hielos finos— restituyó a las Señoras María e Isabel después de Su Majestad. Retirar a la una pide retirar a la otra, o nos acusarán de capricho donde hay ley.
Dudley no se molestó. Había previsto ese argumento; lo esperaba como un capitán espera una descarga cerrada.
—Nadie habla de capricho —replicó, sin perder el esmero—.
Hablamos de doctrina y de paz. Inglaterra no es un tapiz que se dé la vuelta sin romperse.
María no es sólo una hermana mayor: es Roma con su hierro guarnecido de incienso.
Isabel… —dejó la palabra colgando, midiendo el filo—, Isabel es hija de un matrimonio discutido; su sangre, por real que sea, no ahogará el argumento de los que la llamen bastarda.
Y aunque fuese reina, ¿qué nos garantiza que seguirá el camino que Vuestra Majestad traza?
Cranmer respiró hondo. Había en su pecho una mezcla incómoda de culpa y certeza. Ana Bolena le volvía a los oídos como una campana ahogada. Aun así, y aunque el nombre le fuera una piedra en la lengua, se inclinó un paso hacia adelante.
—Lady Isabel ha mostrado prudencia —dijo—. No puedo jurar por su alma, pero su cabeza mira hacia la Escritura.
—La prudencia —contestó Dudley, con esa suavidad que era su manera de asestar una estocada— no es lo mismo que garantía.
Y lo que Vuestra Majestad necesita no es un consuelo: es una garantía.
La vieja fe acecha en cada parroquia; la economía del reino aún cojea; los campos no olvidan la hambruna ni los mercaderes las monedas recortadas.
Una reina católica —alzando apenas la mirada, como si el techo le contestara— sería una guerra entre los hijos de Inglaterra.
Eduardo volvió el rostro hacia la ventana.
La humedad empañaba los cristales. Su tutor, Cheke, le había leído historias del rey Josías: el niño que limpió el templo de ídolos, que devolvió la palabra donde habían puesto oro.
A veces, cuando la fiebre lo dejaba pensar en recto, se decía que él haría lo propio con Inglaterra.
Luego tosería, y la visión temblaba como una vela breve.
—¿Y qué queréis de mí? —preguntó sin apartar la vista del vidrio—. Decidlo en claro.
Dudley tardó el segundo justo que necesita un buen orador. Ni pausa teatral ni prisa impaciente. Ese segundo vale el sueldo de un regente.
—Que preveamos lo que Dios pueda querer. —Un leve gesto con la mano, como señalando un mapa invisible—. Hay otras ramas de la sangre Tudor. Hay otra nieta de la casa de Enrique —concretó—. Lady Juana Grey.
El nombre cayó ligero, casi modesto. No tenía todavía el peso de una reina, pero sí el brillo nuevo de la solución.
Cranmer apretó la mandíbula. Cecil levantó por primera vez la vista del suelo y midió a Dudley con una mirada corta; vio, como ve un escribano viejo, la trama detrás de la tinta: Juana era protestante hasta la médula, sobrina-nieta de Enrique VIII por la línea de María Tudor, la hermana menor del rey; y lo más útil: joven, maleable, educada en la pureza de la nueva fe.
Sin pasar por que para los intereses de Dudley, la candidata era ni más ni menos que su futura nuera.
El regente no lo decía, pero ya lo pensaba: la corona en la cabeza adecuada, y Inglaterra amarrada por una generación.
—Su linaje es claro —prosiguió Dudley, templando la voz—. Nietas de Enrique VII—las Grey—, sangre recta, sin sospecha de Roma. Y su alma es entera de Escritura. Se ha criado en la Palabra.
Eduardo, por primera vez desde que el tema se había abierto, miró a los tres con los ojos de un juez.
Era un muchacho, sí, pero el trono le había enseñado a distinguir el color de los argumentos.
Dudley hablaba como un capitán que ama la táctica; Cranmer, como un sacerdote que teme por su rebaño; Cecil, como un contador que mira las columnas del debe y el haber.
En la cima estaba él, y en el centro, Dios.
—Juana Grey… —repitió—. ¿Tiene edad?
—Catorce años —dijo Dudley—. La edad que hace molde, Majestad. Y la ortodoxia que hace reino.
Eduardo cerró los dedos sobre el borde de la sábana.
La palabra “molde” no le gustaba cuando se trataba de almas.
Pero la de ortodoxia sí. Tosió, esta vez sin pañuelo; la tos salió más honda, con un zarpazo que le enrojeció los ojos.
Cranmer dio un medio paso, por instinto más que por iniciativa política.
—Majestad, no os fatig…
—Estoy bien —lo cortó el muchacho—. La verdad no se cansa cuando la dicen los reyes.
No era verdad, pero tenía la dignidad de los empeños.
A Cecil le cruzó por la mente la aritmética del tiempo: aquel niño tenía catorce; su salud corría por delante de su voluntad.
Dudley lo había leído hacía meses, quizá antes que los médicos.
Los hombres que gobiernan con espadas o decretos aprenden primero a oler el tiempo, y en ese momento olía a vela que se apagaba.
—Si retiráis a María, Majestad —dijo entonces Cecil, poniendo la objeción con la calma de un notario—, por lógica y por justicia escrita debéis retirar también a Isabel. Así lo dejó trabado el difunto rey vuestro padre en la última Acta de Sucesión. El reino verá arbitrariedad donde buscamos orden.
—Haremos ley que lo disponga —replicó Dudley con la suavidad de quien ha pensado ya todas las puertas—. El Consejo sabrá convencer a la Cámara. —Y, como quien aparta un guijarro del camino, añadió—: Y si algún señor duda, la paz y la hacienda le enseñarán a no dudar.
Cranmer se movió otra vez; cada gesto suyo tenía menos política que vergüenza. Había aceptado destruir altares y traducir plegarias; le costaba, sin embargo, pisar la sangre con la bota de la conveniencia.
—La ley de Dios no se acomoda a las razones de Estado —dijo, medio para sí.
—Precisamente —respondió Dudley sin despeinar la cortesía—.
Por eso aseguramos que quien reine después de Su Majestad no devuelva a Dios a la oscuridad de las escrituras en latín.
—Miró al muchacho—. El pueblo no entiende de árboles genealógicos; entiende de pan, de impuestos y de qué Dios escucha sus rezos.
Si mañana vuelve el papado, volverán también las hogueras —hizo una pausa— y los bancos vacíos.