Carlos V. Trilogía Completa 41. Planes para el futuro #2
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41. Planes para el futuro #2

—Si Eduardo muere —prosiguió Carlos, bajando la voz, como si hablara de un niño que pudiera oír—, María subirá al trono.

El duque de Northumberland no se lo permitirá sin morder, pero los dientes se les gastan a todos.

Tú irás, la tomarás por mujer, y con eso pondremos clavo en el tablón que ahora nos flota.

—Hizo una mueca—. Tuviste la fortuna de amar a una mujer con la que te cásate y Te dejo un hijo antes de partir, pero ahora te casaré con la política, Felipe. Como me casé yo con mis cansancios.

La vela tembló; un hilo de sebo cayó sobre la mesa con la lentitud de un reloj. Afuera, en el patio, un caballo sacudió una brida; la noche devolvió el sonido como un metal viejo.

Felipe habló por fin. Su voz no era dura ni blanda: era el tono de una regla.

—¿Y si Inglaterra no vuelve, ni con María? ¿Si su Consejo manda más que su reina?

—Entonces haremos que vuelva —replicó Carlos, sin alzar la voz—.

Con tributos, con puertos, con alianzas y con todo lo que haga falta sin cruzar el límite.

—Se reclinó—. Y si Francia nos empuja por un sitio, empújala por otro.

—Suspiró—. La política no es un sable; es un mueble pesado. Se mueve un palmo al año, y gracias.

El Emperador se masajeó la frente con dos dedos. La piel le ardía; la cabeza era un yunque.

—No te disculpo la frialdad —dijo de repente—. Te la exijo. —Le sostuvo la mirada—. Tu madre tenía piedad; a mí me queda memoria. A ti te tocará justicia sin lágrima. No te dejes querer por los países. No te dejarán.

Felipe inclinó un poco la cabeza, apenas un saludo a la sentencia. Carlos apartó la manta de sus piernas unos dedos; la volvió a acomodar enseguida con un gesto hosco. El orgullo y la gota se peleaban por turnos.

—Mauricio —retomó—. No tardes en la carta. Quiero verlo aquí, con su capote lleno de barro y su lengua lista. —Miró al mapa—. Si trae lansquenetes, los pondremos donde molestan. Si trae consejos, los escucharé con el mismo afecto con que escucho a los curas: con recelo.

El nombre de Mauricio dejó un frío distinto en la sala, como si alguien hubiese abierto por un segundo la ventana a la noche real.

Enrique II sonreía, en algún sitio al oeste, ante un mapa parecido. Chambord ya tenía la tinta seca, pero en Innsbruck no lo sabían. La traición, cuando es buena, tarda siempre un poco en cruzar las montañas.

El reloj de cuerda en la esquina marcó las once con una nota metálica. Granvela reapareció, sin atreverse a más de dos pasos.

—Majestad —dijo—, el mensajero para Sajonia puede salir antes del amanecer.

—Sale ya —respondió Carlos—. Que vaya con relevo. —Se volvió a Felipe—. Y hazme preparar postas para Augsburgo. Quiero poder moverme si la pared se viene encima.

Granvela se inclinó y desapareció otra vez.

La estancia volvió a ser de los dos. Felipe se acercó por primera vez a la mesa, lo justo para quedarle enfrente, con el brasero entre ambos.

El fuego proyectó sombras en los pómulos del príncipe; eran sombras de hombre, no de muchacho.

Carlos lo evaluó con esa mezcla de severidad y extraña ternura que tienen los jefes cansados ante quien no los imita.

—Si Eduardo muere —retomó—, irás. Y no te tiembla la mano. Si vive, sonríe y cuenta. Con los niños, manda quien les cambia la cama. Mañana vendrán más papeles. Hoy tenemos suficientes.

Se inclinó a tomar la pluma. Escribió a Mauricio allí mismo, sin dictarle a nadie, con su letra dura de hombre que firma guerras:

.”Francia avanza. El Imperio os llama.”

Puso su “C” como un sello que todavía recordaba la curvatura de una corona. Sopló. La cera encendió un brillo instantáneo cuando selló la plegaria que no sabía que era súplica.

Mientras la cera se enfriaba, volvió a mirar a Felipe.

—Y una última cosa —dijo—. Lo que no sabemos es siempre más de lo que sabemos. —Le sostuvo la mirada, clavándole el consejo como una espina necesaria—. No te enamores nunca de tu plan. Enamórate de tu margen.

Felipe asintió. No dijo “sí, señor”, ni “obedeceré”. Asintió y bastó. A veces, en los que nunca prometen, la obediencia es un hierro más fiable.

Fuera, la noche del Tirol crujía como la madera vieja. En los patios, los cascos de un relevo golpearon la piedra húmeda; un portón se abrió con un gemido de hierro, y el mensajero para Sajonia salió tragándose la oscuridad.

Dentro, el Emperador intentó incorporarse. La gota lo insultó con una puñalada limpia. Felipe dio un paso, sólo uno; Carlos negó con la cabeza y se enderezó solo. El gesto le costó un mundo, pero ganó la gracia de un orgullo.

—Mañana —dijo— veremos cuentas. Pasado, si llegan, veremos capitanes. Y cuando Mauricio llegue, veremos caras. —Se permitió una sonrisa breve—. Las caras, hijo, las caras dicen más verdad que los papeles.

Felipe volvió a su posición, manos a la espalda, esa estatua móvil que tanto desesperó a amigos y enemigos.

Miraba el fuego sin verlo. Tal vez pensaba en Valladolid y sus Consejos, tal vez en una reina inglesa que todavía no era tal, tal vez únicamente contaba, con ese frío estéril que a veces salva reinos, la distancia entre Innsbruck y Metz, entre Londres y Roma.

El reloj dio otra campanada. Carlos extendió la mano; Felipe la tomó un segundo, la presión exacta, sin ternura ni distancia, como si firmaran un alto el fuego íntimo. La soltó enseguida. El Emperador giró el rostro hacia la ventana, donde la noche sólo era un vidrio sin estrellas.

—Anda, ve a dormir —dijo—. Yo tengo aún que discutir con estos papeles. —Se tocó el pecho—. Y con éste —añadió, señalándose el cuerpo—, que no firma lo que mando.