Carlos V. Trilogía Completa 41. Planes para el futuro
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41. Planes para el futuro

Planes para el futuro

La noche en Innsbruck tenía un frío sin metáforas, el de las piedras que han aprendido a guardar silencio.

En la estancia alta del palacio de los condes del Tirol —que el Emperador había convertido en despacho y botica— ardían dos braseros perezosos, insuficientes para el tamaño de la sala.

Las ventanas, altas y estrechas lloraban gota a gota un vaho helado.

Encima de la gran mesa de nogal, los mapas del Imperio se habían vuelto un archipiélago de papeles con alfileres: cintas rojas por Lorena y Alsacia, alfileres negros donde estaban las guarniciones, unas marcas azules vigilando el Rin. El resto era la penumbra de una vela.

Carlos, con la capa echada sobre los hombros y las piernas cubiertas por una manta, llevaba la cabeza descubierta y la barba gris mal peinada, como si acabar con el cabello fuese siquiera ganarle una batalla a la edad.

La gota le clavaba los pies a la tierra, pero él seguía haciendo como que mandaba sobre el cuerpo.

Tenía abiertos, delante, tres despachos: uno de Augsburgo —sobre mil lanzas prometidas que faltaban—, otro de Bruselas con cuentas de maravedíes y florines, y un tercero con sello roto de Tréveris: los franceses habían cruzado por el Mosela con el descaro de quien cobra un viejo favor.

Felipe estaba a dos pasos, manos cruzadas a la espalda, la sombra alta proyectada contra el tapiz de un cacería.

No hacía ademán de acercarse al fuego. El rostro, joven y rígido, tenía esa máscara de corrección que no pide ni ofrece nada.

Si hubiera sido un soldado, habría estado plantado en guardia.

Como príncipe, era peor: parecía un retrato.

—Han pasado a Metz —dijo Carlos, sin mirarlo—. Y a Toul y Verdún pondrán otro nombre, con misa o sin misa. Enrique de Francia no entiende de almas; entiende de puertas. Y ésas son tres llaves para abrirnos la casa por el oeste.

Felipe asintió, nada más. Sus ojos, fríos, recogían el mapa con la exactitud de un notario. En ellos no había impaciencia ni miedo, sólo cálculo.

—¿Y nuestras guarniciones, señor?

—Deshaciéndose —respondió el Emperador—. Unos hombres con hambre, otros con paga atrasada y todos con invierno encima. Lorena siempre le ha tenido más amor al bolsillo que a Roma, y con Enrique frente a la puerta, se santiguan mirando a París.

Se inclinó sobre el mapa. La pluma raspó en seco cuando subrayó una línea del Rin.

—Es enero y hemos empezado ya la campaña sin trompetas. —El Emperador hizo un gesto que podía ser desprecio o dolor—. Y yo la empiezo sentado.

Felipe no se movió. No ofrecía compasión, ni palabras que la simularan. En su frialdad había, paradójicamente, cierto consuelo: el hijo no fingía.

—Vuestra Majestad ordenará al duque de Alba mover los tercios desde Italia —dijo—. Y en el norte, si Milanesado aguanta, podremos tirar de caminos con artillería hasta el Rin.

Carlos sonrió sin dientes.

—Hablas como un Consejo. Te falta el cansancio para que te crean viejo y la voz para que te crean sabio. Pero no me hables de Italia ahora. Allí tenemos nuestro orgullo y nuestros muertos; aquí, en Alemania, está la llaga.

Tocó con los dedos el nombre de Ingolstadt, después Ulm y Augsburgo. Los dedos eran gruesos y lentos, hinchados por la dolencia; parecían pertenecerle a otro.

—He mandado avisar a los príncipes —dijo—. Haremos llamamiento a todos. Y quiero a Mauricio de Sajonia aquí, en Innsbruck, cuanto antes. Él conoce estos ríos y estos hombres. Les habla en su lengua y, si hace falta, los azota con su dialecto.

La vela chasqueó como si se riera otro. Felipe no cambió el gesto, pero inclinó la cabeza un milímetro.

—Mauricio es rápido —admitió—. Y ambicioso.

—Que lo sea —replicó Carlos—. A mí me ha servido mejor la ambición que la piedad de muchos. —Tomó aire—. En Mühlberg ya me demostró de qué está hecho. Juan Federico aún lo recuerda cuando se despierta cada día en su celda.

Soltó la pluma y quedó un instante mirando a ningún sitio.

—Vendrá —sentenció—. Y nos servirá otra vez. —Se acomodó en la silla, reprimiendo un gesto de dolor en el tobillo—. A los hombres como Mauricio se los usa con cuidado, como a las herramientas afiladas. Cortan donde mandas si no apartas la mano.

Felipe calló. Si en su interior se agitó una sombra de recelo, no la dejó ver. Sus ojos se posaron en los alfileres negros que marcaban los pasos de Lorena. En la pared, una crucifixión flamenca parecía oscurecerse más a cada respiración.

—Hay otra cosa —dijo Carlos entonces, clavando de nuevo los ojos en su hijo—. Inglaterra.

Felipe no parpadeó. Esperó.

—El muchacho… ese rey —siguió el Emperador— está enfermo.

Más de lo que dicen sus médicos y sus predicadores.

Eduardo tose sangre, y cuando un niño tose sangre Dios suele toser destinos.

En Londres mandan Dudsley, duque de Northumberland y la hambre de su nombre.

Juegan a las herencias como a los dados, ponen a una Grey donde toca a una Tudor y llaman voluntad de Dios a sus conveniencias.

Si el niño muere —y morirá, Felipe—, María será reina si no la matan antes.

El nombre quedó en el aire como una estocada quieta: María.

—María Tudor —repitió Carlos, con una especie de piedad que ya no se concedía a sí mismo—.

Católica, testaruda y sola. La han humillado delante de toda Inglaterra, pero sigue de pie.

—Su voz bajó—. Quiero que la tomes por esposa cuando el cielo decida.

—Alzó una mano antes de que Felipe pudiera decir nada—.

No te pregunto si te agrada; te ordeno que lo entiendas.

Es la llave. Con ella, Inglaterra vuelve a nosotros y a Dios. Sí… eso será posible solo con ella.

Felipe dejó escapar la respiración, lenta. No hubo protesta ni aceptación; sólo la obediencia convertida en clima.

—Como sea la voluntad de Vuestra Majestad —dijo.

—No; como sea la necesidad —corrigió Carlos—. La voluntad sirve para los sermones. Lo nuestro es el barro. —Se inclinó hacia él—. Te acostarás con una corona, no con una mujer. Y en esa cama dormirán Roma, Flandes y Castilla.

El silencio de Felipe no fue un muro, sino una llanura.

El Emperador creyó ver, por un segundo, la sombra de una pregunta en esos ojos fríos; tal vez se engañó.

Hizo un gesto a su ayuda de cámara, que entendió sin palabras y dejó, al alcance de la mano, un cuenco con agua caliente y vinagre.

Carlos mojó los dedos; el líquido humeó un instante.

—He escrito a Scheyfve, nuestro embajador ahí.

Él hará de padre mientras yo no llegue. María confía en nosotros; que Inglaterra vuelva a confiar también, aunque sea a la fuerza de la aritmética.

—Miró al fuego corto—. Si Enrique II se nos viene por el Rin, quiero el Canal en silencio. Un flanco en paz es medio ejército.

Al decirlo, sintió que una punzada subía desde el pie hasta la rodilla. Cerró los ojos un segundo; cuando los abrió, Felipe seguía ahí, como si el dolor fuese un defecto del aire.

—Padre —dijo el príncipe—, si Francia avanza por Lorena, ¿mandaremos llamar también a vuestro hermano Fernando?

—Fernando siempre está llamado —respondió, cansado—. Es la parte de mí que discute antes de pelear. Le escribiré. Y me contestará calculando días y postas. Mientras llega su letra, Innsbruck es mi cabeza y mi cuerpo. —Golpeó con dos dedos el mapa—. Aquí nos duele.

La puerta del fondo se abrió una rendija. Granvela asomó la cabeza, pidió permiso con la mirada. Carlos alzó la mano; entró sin ruido, dejó dos pliegos, se retiró como se retiran los hombres que han aprendido a no tentarle la paciencia a la gota.

—Augsburgo otra vez —gruñó el Emperador, rompiendo el sello—. Piden oro; es decir, piden tiempo. Y de eso no gasto.

Leyó un párrafo en silencio. La expresión se le endureció un punto.

—Enrique dice que viene a liberar Alemania —murmuró con ironía seca—. Los reyes no liberan, cobran.

Felipe aguardó. Carlos dejó el papel a un lado.

—Quiero que salga hoy mismo la carta a Mauricio —dijo—. Que venga a Innsbruck a conferenciar. Quiero su cabeza sobre mi mesa de mapas y sus ojos sobre mis fronteras. —La voz se le afiló—. Dile que el Imperio lo llama, que es hora de que le devuelva favores a su señor.

Felipe hizo una leve inclinación de cabeza. No anotaba: no le hacía falta.

—Otra carta —añadió Carlos—: a María de Hungría. Que sostenga Flandes con uñas y números. Dile que no me duermo, aunque a veces me caiga. —Levantó la vista—. Y escribe a Valladolid: que en Castilla no falte pan ni moneda. Con hambre y sin sueldo, es el demonio el que domina a los súbditos.

El príncipe permaneció inmóvil. El Emperador apoyó los codos sobre el mapa, como si a la mesa también hubiera que domarla.

—Te preguntas —dijo entonces, sin mirarlo— si merece la pena. Si todo esto de Francia, Inglaterra, Alemania y Roma no es más que un remiendo sobre otro.

Felipe no abrió la boca. El Emperador siguió, con aquella media sonrisa de hombre que se confesaba a un juez severo.

—No lo sé. A veces pienso que he sido un carcelero del desorden.

—Se apartó un mechón de barba de la boca—.

Pero alguien tenía que hacer de muro, y a mí me tocó.

—Alzó un dedo—. Tú no vas a ser un muro; vas a ser un compás.

Dibuja pequeño y firme. Donde yo he abarcado demasiado, tú aprieta.

Donde yo he corrido, tú espera. Donde yo he soñado, tú cuenta.

Felipe sostuvo la mirada sin pestañear. Era como hablarle a un vidrio: uno se veía reflejado, pero no sabía qué había detrás.