40. El oro y la sombra
El oro y la sombra
La orden imperial fue clara: sofocar una nueva agitación luterana al norte.
Alemania llevaba veinte años de disputas entre la cruz y el catecismo, y el Emperador, cansado y enfermo, confiaba en su fiel Mauricio para mantener a raya a los príncipes descontentos. Pero el sajón escuchó la orden y pensó otra cosa.
Se inclinó, besó el sello imperial, y en cuanto giró el caballo hacia el norte comenzó su traición.
Los caminos estaban duros de escarcha. Mauricio viajó ligero, con una escolta discreta y la cara cubierta de polvo. Viajaba decidido y con un propósito. No iba a apagar una rebelión, sino a encender otra.
El Emperador creía que el sajón marchaba a sofocar a los reformados. En realidad, marchaba hacia Francia, a reunirse con el rey Enrique, el hijo rencoroso de Francisco, aquel viejo enemigo que durante años le había disputado a Carlos medio continente.
Y al otro lado del fuego, observando en silencio, estaba Catalina de Médici, reina de Francia y experta en fingir paciencia mientras el mundo se desangraba alrededor.
En el castillo de Chambord, sobre la mesa del salón, los mapas del Imperio parecían pieles arrancadas a un animal viejo. Enrique estaba delgado, tenso, con la mirada de los hombres que no conocen la alegría porque heredaron demasiado pronto las venganzas.
—El Habsburgo cree que, muerto mi padre, podrá dormir tranquilo —dijo, sin saludar siquiera al visitante—. Hizo una pausa, y el fuego escupió chispas. —Conmigo tampoco tendrá esa paz.
Catalina levantó lentamente los ojos. El rey no mentía: aún respiraba por la herida del orgullo francés.
Había visto morir a Francisco I en Fontainebleau, consumido por las guerras contra el Emperador, y desde entonces había jurado que ningún Valois dormiría mientras un Habsburgo reinara sobre media Europa.
Mauricio lo escuchó sin pestañear. El viaje, la nieve y la traición lo habían endurecido. Era joven aún, pero su mirada tenía la calma de quien ya ha matado su propia inocencia.
—Vuestro enemigo y el mío son el mismo hombre, Majestad —dijo—. No lo dudéis.
—No lo dudo —respondió Enrique—. Pero vos sois alemán. Y los alemanes siempre prometen fidelidad antes de venderla.
Mauricio sonrió, sin ofenderse.
—También los franceses, Majestad. Sólo que cobran más caro.
Catalina no pudo evitar una leve sonrisa. Había en el sajón algo que reconocía: la certeza de quien no cree en milagros, sólo en oportunidades.
Hablaron durante horas, entre el crepitar del fuego y el rumor de la lluvia golpeando las ventanas. Mauricio habló primero de fe, luego de política y al final de poder, que es donde terminan todos los discursos.
—Alemania está cansada —dijo—. Cansada de concilios que no deciden nada, de sermones en latín y de ejércitos imperiales ocupando nuestras tierras.
El Emperador dice que defiende la cristiandad, pero sólo defiende su dinastía.
Llama paz a la humillación que nos impuso en Augsburgo.
Dice que hay un Dios, pero ese Dios tiene acento castellano y firma documentos en Bruselas.
Ya nadie lo obedece, sólo lo teme. Los alemanes quieren a otro soberano que los una. Tal vez yo pueda ser ese hombre.
Enrique lo escuchaba apoyado en la espada. La flama reflejaba en sus ojos ese brillo melancólico de los hombres que viven para una sola causa.
—Y vos —preguntó—, ¿qué ofrecéis a cambio?
Mauricio extendió un mapa. El papel crujió como una promesa rota.
—Una Alemania sin emperador.
Un imperio gobernado por sus príncipes, sin Roma ni el Habsburgo dictando órdenes.
Yo abriré los caminos del Rin. Vos tomaréis Metz, Toul y Verdún.
Serán “protegidas” por Francia, hasta que nadie recuerde de quién eran.
Y con vuestro oro, Majestad, reclutaré un ejército que hablará alemán y obedecerá sólo a su paga.
Catalina habló por primera vez, con voz suave, casi un susurro.
—¿Y qué haréis cuando el Habsburgo reaccione?
Mauricio la miró.
—Entonces sabré que la historia me ha escuchado.
La reina observó al joven príncipe como se mira una joya: con frialdad y cálculo.
A su mente paseó la siempre presente Diana de Poitiers, la amante del rey.
Su sombra flotaba entre ellos, elegante y cruel.
Catalina sabía que aquel alemán hablaba con la osadía de quien no ha amado nunca; por eso sobreviviría más tiempo que la mayoría.
Ese príncipe alemán, era como ella: oportunista, sin las ataduras que dejan el cariño o el amor.
Enrique se apartó del fuego, fue hasta la mesa y tomó una pluma.
—Os daré dinero, hombres y artillería. Francia abrirá el camino del Rin. Pero recordad esto, príncipe: quien acepta oro francés, acepta también su destino.
—Todos los destinos se pagan, Majestad —replicó Mauricio.
—Sí —dijo el rey—. Pero unos con gloria, otros con sangre.
Esa noche se firmó una alianza en Chambord. Un papel sellado con cera roja, un puñado de promesas y la certeza de una guerra. Enrique ganaría territorios; Mauricio, poder; y Dios, como siempre, sólo se quedaría con los muertos.
Cuando los cortesanos se retiraron, Catalina permaneció frente al fuego. El silencio era más elocuente que la ceremonia. Su marido, de pie tras ella, parecía satisfecho.
—El sajón nos servirá bien —dijo.
—Hasta que deje de servir —respondió ella.
El rey la miró con fastidio.
—Siempre ves traidores.
—Porque los conozco —dijo Catalina—. He dormido con uno durante diez años al que le he dado un hijo y dos hijas.
El golpe fue seco, perfecto, sin levantar la voz. Enrique no respondió.
Ella siguió mirando las llamas y habló como la mejor de las consejeras.
—Dejadle vuestro oro. Harán historia con él. Y cuando se maten entre ellos, Francia recogerá los pedazos.
Mauricio partió de Chambord al amanecer. La escarcha brillaba en los tejados como una bendición fría. Llevaba consigo cofres con oro francés, suficientes para comprar miles de lanzas.
Lo hizo por ambición. Porque los hombres ambiciosos siempre quieren más y el emperador no tenía mucho más que ofrecerle.
En los caminos del norte lo esperaban mercenarios suizos, lansquenetes hambrientos y reitares sin causa.
Les habló poco:
—El Emperador está viejo, y su sombra ya no paga. Yo tengo oro nuevo, y una causa vieja: Alemania.
Y los hombres lo siguieron, porque el oro suena igual en todos los idiomas.