Carlos V. Trilogía Completa 39. Una celebración en familia
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39. Una celebración en familia

Una celebración en familia

Whitehall dormía bajo una neblina espesa, de esa que hacía invisibles los campanarios y empapaba las piedras hasta parecer que lloraban.

En el gran salón, la Navidad de Inglaterra se celebraba con disciplina de misa y frialdad de consejo.

Las antorchas temblaban en los muros, proyectando sombras que se alargaban sobre los tapices.

En el centro, en una mesa alzada sobre tres escalones, el joven rey Eduardo VI presidía la cena.

Tenía trece años, el rostro afilado, ojeras moradas, labios pálidos.

La salud lo abandonaba con la lentitud implacable de un enemigo que se divierte.

Tosía a menudo, un sonido seco, breve, aprendido a contener para no parecer débil.

Desde hacía meses, los médicos hablaban de aire viciado, de melancolía, de algún humor desajustado; pero todos sabían que era la tisis, el mal de los Tudor jóvenes.

Aun así, el niño rey se obstinaba en parecer el reflejo de la Reforma que había heredado de su padre: austero, estudioso, fanático de la Escritura.

A su derecha se sentaba Isabel, de diecisiete años, con el rostro sereno de quien ha aprendido que la supervivencia exige parecer inocente. A la izquierda, María Tudor, la mayor, de treinta y cuatro años, vestida de oscuro, el gesto grave y los ojos de quien ya ha perdido demasiado para temer nada.

En torno a ellos se encontraban los cortesanos: Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, con la compostura de un obispo que se sabe artífice de un nuevo credo; Nicholas Ridley, duro y metódico; William Cecil, joven aún, discreto, pluma atenta; y el verdadero dueño del reino, John Dudley, conde de Warwick y duque de Nothumberland que controlaba el Consejo como un general controla un mapa.

El salón brillaba con la ostentación necesaria: pavos asados, jarras de vino francés, pasteles de carne, dulces de miel y frutas traídas desde Calais.

Pero la devoción nueva exigía moderación.

Las viejas costumbres católicas —villancicos, procesiones, incienso— habían sido desterradas por ley.

El Acta de Uniformidad había impuesto el Libro de Oración Común, y nadie en Whitehall ignoraba que el niño rey lo conocía de memoria.

Eduardo bebió un sorbo de vino diluido en agua. Se obligó a sonreír, aunque la fiebre le nublaba la vista. Quería parecer fuerte. El reino debía verlo así, no como un enfermo, sino como un elegido. El arzobispo Cranmer se inclinó y murmuró:

—Dios os concede sabiduría, Majestad. Y a través de vos, la pureza regresa a Inglaterra.

El niño asintió. Había aprendido a reconocer la adulación piadosa. De vez en cuando, dirigía la mirada hacia María, y en ella veía lo que más le dolía: el pasado. Una misa en latín, un crucifijo escondido, la vieja fe que su padre había desterrado a golpe de hacha y decreto.

El festín avanzó entre conversaciones cortadas y risas que sonaban falsas. Isabel mantenía las manos sobre el regazo y los pensamientos lejos. La inteligencia, había comprendido, no se medía por lo que se decía, sino por lo que se callaba.

María, en cambio, comía poco. Sabía que aquella mesa era un campo de batalla con platos. Cada mirada era una trinchera, cada gesto, una declaración.

Cuando Eduardo dejó su copa y habló, todos callaron.

—Hermana —dijo, con una voz más firme de lo que su cuerpo permitía—. Espero que esta noche bendita os encuentre reconciliada con Dios y su palabra verdadera.

María alzó la cabeza despacio. Su semblante no tembló.

—He rezado por el alma de Inglaterra, Majestad —dijo—. Por todos nosotros.

Eduardo inclinó el rostro, y un brillo duro cruzó sus ojos febriles.

—¿También por vuestra alma, que aún escucha misas en latín contra la ley de este reino?

El silencio cayó de golpe, espeso. Cranmer frunció los labios; Warwick no intervino: dejar hablar al niño era dejarlo gobernar. Los criados se detuvieron en seco, con las bandejas suspendidas.

—Majestad… —dijo María—. La ley humana cambia; la de Dios no. Mi conciencia responde ante él.

Eduardo se enderezó, sintiendo cómo la tos le subía por la garganta. Logró contenerla. Quería parecer rey.

—Vuestra conciencia, hermana, no está por encima de la obediencia. Inglaterra no es Roma. Las supersticiones se han terminado. No habrá misa papista en ninguna casa del reino, ni siquiera en la vuestra.

Isabel miró al frente. No pestañeó. Había aprendido que en política, mirar demasiado a alguien es ponerse de su lado.

María respiró hondo. Las velas titilaron.

—Si el alma de vuestra madre pudiera hablar —dijo en voz baja—, os recordaría que el deber de un rey no es forzar las conciencias, sino guiarlas.

El rostro de Eduardo se contrajo. La mención de Jane Seymour —la única esposa de su padre que había muerto siendo querida por el rey— lo golpeó con algo parecido al rencor.

—Mi madre fue temerosa de Dios —dijo—. No de ídolos ni de lenguas extranjeras. La verdad se lee en inglés, no se murmura en latín.

El comentario hizo sonreír discretamente a Cranmer, que vio en ello la voz de su propia reforma. María se mantuvo en silencio, pero su mirada, fija en la copa del rey, tenía algo de resignación y tristeza.

—Prometedme, al menos —dijo Eduardo—, que no celebraréis más esas misas prohibidas.

—Prometería eso sólo si el alma de mi madre, la reina Catalina, no me mirara desde el cielo —replicó ella.

El golpe fue directo. Catalina de Aragón: la reina repudiada por no darle un heredero varón a su rey.

Eduardo bajó la mirada un instante. Luego la levantó con una determinación helada.

—Vuestra obstinación es pecado, hermana. —Se volvió hacia los presentes—. La idolatría se castiga. La ley del reino es clara.

Las palabras resonaron en la sala. Los cortesanos inclinaron la cabeza; no sabían si estaban en misa o en juicio. Warwick movió apenas un dedo, y un paje se apresuró a llenar las copas. El vino se derramó como un alivio fingido.

María no habló más. Su silencio era su única defensa. Isabel, entre ambas sombras, sonrió con la exactitud de quien ensaya su propio destino.

El resto de la cena transcurrió en un orden forzado.

Eduardo comió poco. La fiebre le subía al rostro y la respiración se le volvía corta.

Pero no se permitió mostrar debilidad. Su mente estaba en los versículos de Cranmer, en los sermones de Ridley, en la certeza de que Dios había elegido su reinado para limpiar Inglaterra.

Se veía como un 26 Josías moderno, el rey niño que purificaría el templo.

Cerca del final, el maestro de ceremonias anunció una representación breve: unos actores disfrazados de pastores cantaron un salmo en inglés.

Los viejos villancicos habían sido prohibidos; los versos hablaban ahora de obediencia y Escritura.

Eduardo sonrió, María apartó la vista, e Isabel acompañó con un gesto ligero, apenas una sombra de aprobación.

La música cesó. Dudley se acercó al rey y murmuró algo sobre la hora y la fatiga. Eduardo negó con la cabeza. Quería seguir.

—Queda un deber —dijo—. Dar gracias por el reino y por la fe.

Cranmer bendijo la mesa, y Eduardo, con un hilo de voz que se quebraba por momentos, repitió parte del salmo de David:

—Que el Señor limpie la casa de sus enemigos, y que la verdad brille como oro sobre Inglaterra.

Isabel se inclinó, María no.

La cena terminó sin brindis. Los cortesanos se retiraron por grupos, arrastrando capas pesadas, comentando en voz baja la escena. Afuera, la niebla de Londres se había vuelto lluvia menuda. Las antorchas parecían flotar, y el Támesis rugía al fondo como una bestia enferma.

Eduardo quedó solo con Cranmer y Dudley. Tosió largo, hasta que el pañuelo se manchó de un punto rojo. Lo ocultó de inmediato. Nadie debía ver sangre en el cuerpo del rey. Warwick lo vio de reojo, pero fingió no notarlo. La enfermedad, como la debilidad, no se menciona en los reyes.

—La fe se fortalece, Majestad —dijo Cranmer, satisfecho—. Vuestra palabra ha sido ejemplo.

—Mi palabra es la de Dios —respondió el niño, cansado.

Dudley sonrió. Sabía que la fe del rey servía a su política mejor que cualquier espada.

Cuando se retiraron, Eduardo pidió a su hermana menor que se acercara. Isabel obedeció, inclinando apenas la cabeza.

—Isabel —dijo el rey—, tú entiendes que la verdad no tiene edad. Prométeme que cuando gobiernes —si Dios te lo permite— no dejarás volver los errores de Roma.

Ella lo miró sin pestañear.

—Prometo, hermano, servir a Inglaterra —dijo.

Eduardo asintió, satisfecho. No entendió que aquella respuesta, como todo lo que Isabel diría en su vida, estaba hecha de precisión y trampas.

Esa noche, mientras el palacio se apagaba, Jean Scheyfve, embajador imperial, permanecía despierto en sus aposentos del ala este.

Había asistido a la cena como testigo obligado, con el mismo silencio prudente con que un espía oye misa en tierra enemiga. La escena seguía repitiéndose en su cabeza: la tos del rey, los ojos encendidos de Cranmer, el orgullo digno de María, el cálculo gélido de Dudley.

Encendió una vela, desplegó el papel y mojó la pluma en tinta.

Escribió despacio, con el tono de quien sabe que cada palabra pesa.

A Su Majestad Cesárea, el Emperador Carlos.

En esta corte la nueva doctrina avanza con la violencia de un río sin cauce.

El joven rey, aunque enfermo, muestra una obstinación más peligrosa que su debilidad.

La princesa María fue hoy humillada ante toda la corte por mantenerse fiel a la Santa Iglesia.

Resistió con prudencia y dignidad, sin responder más de lo necesario.

Su fe permanece firme, y mi deber la protege cuanto puedo. Pero temo por su seguridad.

El Consejo, dirigido por el conde de Warwick, domina al niño rey y al arzobispo.

Cranmer es el sacerdote y Dudley el tirano.

Nada se hace que no sirva al propósito de borrar la memoria de Roma.

Isabel, la menor, observa y calla. Hay en su silencio una inteligencia que inquieta.

Quizá el reino tenga en ella su futuro, aunque nadie lo advierta aún.

El rey tose con frecuencia. Los médicos mienten. Dicen catarro donde hay consunción. No vivirá muchos años, y su fragilidad acelera las ambiciones de quienes lo rodean. Esta Navidad no ha traído paz, sino presagio.

El clima del reino es de hierro y doctrina. Si Vuestra Majestad desea conservar la esperanza de que Inglaterra vuelva algún día a la fe verdadera, sólo queda la princesa María. Por ella ruego cada noche.

Scheyfve dejó la pluma. Miró por la ventana. En los patios de Whitehall caía una llovizna que se volvía hielo en las piedras. Pensó en Bruselas, en el Emperador viejo y cansado que seguía soñando con un cristianismo unido mientras el mundo se deshacía por dentro.

Selló la carta con cera roja y el sello imperial. Afuera, un soldado bostezaba bajo la lluvia. En la distancia, una campana dio las doce.

La Navidad había terminado. En el palacio dormían el niño rey enfermo, la princesa fiel a Roma y la joven que aprendería a dominar el tiempo. Inglaterra respiraba entre sombras, y el embajador apagó la vela.

Notas

26. ↩ Personaje de la biblia: rey de Judá que inició importantes reformas en su reino.