Carlos V. Trilogía Completa 38. La prioridad del sultán
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38. La prioridad del sultán

La prioridad del sultán

En los aposentos interiores, la Sultana Hürrem, que los occidentales llamaban Roxelana, yacía recostada entre sedas.

El perfume de ámbar que siempre la rodeaba se mezclaba ahora con el de los ungüentos.

El rostro seguía siendo hermoso, pero la palidez delataba un cansancio nuevo, el de los cuerpos que han mandado demasiado.

Solimán estaba junto a ella, no como conquistador de Belgrado, ni como el legislador que ordenaba a los ulemas callar con un gesto; era sólo un hombre viejo, con la barba más blanca que gris, los ojos cansados y las manos demasiado quietas.

Desde hacía semanas había dejado las audiencias en manos del Gran Visir Rüstem Paşa, su yerno. Los asuntos de Egipto, los informes de Persia, los impuestos de Anatolia… todo podía esperar. Pero ella no.

—Mi sultán —susurró Roxelana—, no deberías estar aquí.

Él la miró como quien escucha una orden imposible.

—Todo lo que no eres tú es menos importante.

Ella sonrió, apenas.

—Si dices eso, el imperio se derrumbará mañana.

—Que se derrumbe —replicó él con calma—. Ya lo he visto caer y levantarse más veces de las que los cronistas recordarán.

El silencio volvió. El sultán tomó su mano. Los dedos de Roxelana estaban fríos, pero su mirada seguía ardiendo.

—Dicen —dijo ella— que Mustafá gana batallas y corazones.

Solimán no respondió.

—Dicen que los jenízaros lo aclaman como si ya fuera sultán.

El tono no era de queja; era de advertencia.

Él suspiró.

—Mustafá es un buen hijo.

—Es un enemigo, mi señor —dijo ella, con la suavidad de quien afila una hoja—. Lo es por destino.

—Tu destino o el mío.

Roxelana cerró los ojos.

—El de Selim —susurró—. Temo por… temo…

La palabra quedó suspendida, como un perfume en el aire.

Selim, el segundo de sus hijos, blando de carácter, amante del vino y de los versos, era la debilidad de Roxelana. Donde Mustafá era espada, Selim era seda.

El sultán lo sabía, y eso lo atormentaba.

—Selim no tiene el corazón de un guerrero —dijo.

—Tiene el de un rey —respondió ella—. Los guerreros mueren en los desiertos; los reyes gobiernan desde la sombra.

Hubo un largo silencio. El reloj de agua del palacio marcó las horas con un goteo irregular.

El sultán se levantó, caminó hasta la ventana y apartó la cortina. A lo lejos, el Cuerno de Oro resplandecía con los últimos rayos de la tarde. Barcos de guerra se balanceaban al ancla, y las velas recogidas parecían alas heridas.

—Aun recuerdo cuando yo era el heredero. El mayor de los honores fue conocerte a ti.

—Y yo era una esclava —respondió ella—. Te dije entonces que nunca sabrías si fui tu fortuna o tu castigo.

Él sonrió, cansado.

—Fuiste ambas cosas.

En la cámara contigua, el Gran Visir Rüstem Paşa esperaba.

No tenía la paciencia de un santo ni el alma de un héroe, pero era un político que olía el poder como los perros el miedo.

Había aprendido a leer el silencio del sultán y los suspiros de su suegra.

Sabía que el verdadero trono, aquel mes, estaba junto al lecho de Roxelana.

Cuando por fin lo hicieron pasar, inclinó la cabeza.

—Majestad, llegan nuevas de Anatolia.

El sultán no se movió.

—¿De Mustafá?

—De sus generales. —Rüstem eligió bien las palabras—. Dicen que ha reunido más hombres de los permitidos y que en las fronteras se le aclama como al heredero.

—Lo es.

—Lo sería —corrigió el visir—, si todos fueran leales.

Roxelana, desde la cama, lo miró con atención.

—¿Qué propones, Rüstem?

El visir no contestó de inmediato. Sabía que cada palabra podía decidir una muerte.

—Propongo vigilancia, señora. Una carta, tal vez, pidiendo explicaciones. Si no responde…

—Si no responde, —interrumpió Solimán— sabremos que no obedece.

Los tres guardaron silencio.

En los jardines del palacio, los pavos reales gritaban con esa voz fea que recuerda que la belleza no siempre es bondad.

—Mustafá es amado por el ejército —dijo el visir, como quien lanza una daga envuelta en terciopelo.

Roxelana sonrió sin mirar a su marido.

—El amor del ejército —dijo— es un préstamo que se cobra con sangre.

Solimán cerró los ojos un instante. Sabía que en aquella cámara no se hablaba sólo de poder, sino de destino.

Recordó a Mahidevran, la madre de Mustafá, su primer amor, su primera enemiga. Recordó el niño que había sido el orgullo de sus campañas. Recordó las voces del pueblo: Mustafá el justo, Mustafá el valiente. Y por primera vez en mucho tiempo, dudó de su propia justicia.

—Rüstem —dijo por fin—, ve. Vigílalo. Pero sin ruido.

El visir se inclinó y se retiró con esa lentitud que en Oriente significa obediencia y cálculo al mismo tiempo.

Cuando quedaron solos, Roxelana volvió la cabeza hacia su esposo.

—Lo que hagas, hazlo pronto.

—Hablas como si el mundo se acabara.

Ella sonrió.

—Para mí, quizá ya lo hace.

El sultán la miró largo rato. No había súbditos, ni testigos, ni concubinas detrás de los tapices. Sólo los dos, y entre ellos el peso de un imperio.

—No quiero perderte —murmuró él.

—Entonces no me olvides. —Roxelana le acarició la mano—. Pero no olvides tampoco que el trono no perdona los sentimientos.

—Ni los amores —dijo él, amargo.

—Por eso debes escoger a uno.

Las semanas pasaron. Roxelana empeoró. Las curanderas trajeron medicinas de Egipto, bálsamos de Alepo, oraciones de Medina.

Nada bastó. El sultán no salía del palacio.

Se decía que los embajadores esperaban días enteros por una firma, que los asuntos de guerra dormían bajo el polvo de los escritorios.

Una tarde, cuando el sol declinaba sobre las cúpulas del Topkapi, ella lo llamó. Estaba más delgada, pero los ojos seguían teniendo ese brillo que había confundido a tantos hombres antes que a él.

—Prométeme algo —dijo.

—Cualquier cosa.

—No permitas que Mustafá te sobreviva.

El silencio fue más largo que cualquier oración. Solimán la miró sin pestañear.

—No hablas como una madre.

—No. Habló como una mujer que conoce la maldad de los hombres.

Fuera, las gaviotas graznaban sobre el mar de Mármara.

El sultán se levantó, caminó hasta la ventana, y durante un instante pareció otro: no el legislador, no el conquistador, sino el viejo cansado que se sabe atrapado entre la razón y el corazón.

—Selim —repitió, bajando la voz— no tiene la fuerza para sostener un imperio.

—Tiene la tuya —respondió ella—. La que queda.

El sol se apagaba sobre Estambul, y la ciudad entera parecía contener la respiración. En el horizonte, un barco cruzaba el Bósforo, rumbo a Anatolia. Llevaba la orden de vigilar a Mustafá. Llevaba, también, el principio de su fin.

Roxelana cerró los ojos.

—Ya está hecho —murmuró.

El sultán la miró, sin saber si hablaba de Mustafá, del imperio o de la vida.

Y cuando la noche cayó, comprendió que la guerra más difícil no se libra en los campos, sino en la cama donde uno aprende a ser humano.

Notas

25. ↩ Mezquita de Solimán. Los trabajos de construcción se iniciaron en 1550, finalizando los trabajos en 1557.