37. Una amarga herencia #2
—Te hablarán de Francia como de una amante hermosa que siempre vuelve. No vuelven: descansan. Francia descansa con Inglaterra; mañana mirará Artois, Hainaut, el Milanesado.
»Te hablarán de la Iglesia como de una madre exigente. No te engañes: Roma es una corte. Interesa mientras suma.
»Y te hablarán de Alemania como de tu casa: es una posada donde cada príncipe quiere ser posadero.
Felipe escuchaba con esa inmovilidad que ofendía y tranquilizaba a partes iguales. Carlos cerró los ojos un instante. Notó el rostro de Isabel venir, como venían las memorias que no piden permiso. Volvió a abrirlos con una firmeza que se le estaba volviendo costumbre.
—Dejaré a María, mi hermana, aquí, como hasta ahora: gobierna mejor que la mitad de mis capitanes.
Tú en un tiempo volverás a Castilla. Irás a Valladolid, te dejarás ver, oler, medir.
Allí comprenderás que el Consejo es un ejército sin trompetas.
Si alguien te suplica no es por devoción: es porque ha entendido la cadena de favores.
Aprende a decir no. Te hará más amigos a la larga que los sí baratos.
Felipe movió apenas un dedo, como si aquella palabra, “no”, se le quedara en la lengua.
—¿Y Inglaterra, padre?
—Inglaterra es una isla con memoria de mercader.
Te venderán un domingo lo que te comprarán el lunes.
Ocúpate de que, cuando miren al continente, calculen que molestarte sale caro.
—Se apoyó mejor en la silla—. Eduardo es un niño; manda su regencia.
Hoy Somerset, mañana Northumberland. La paz con Francia les conviene.
Y a Francia, esa paz le pone la vista otra vez en nosotros. No cambian: se turnan.
El Emperador dejó que la lección reposara. En el corredor, unos pasos; en el patio, el relincho de un caballo. La vida, tan indiferente al tamaño de las coronas.
—A mí me queda menos de lo que tuve —continuó Carlos—. El cuerpo firma sus propias capitulaciones. No me asusta el ocaso; me asusta entregarte mal el día. Por eso estás aquí: para que veas dónde se aprietan las costuras.
»Aprenderás a desconfiar del alabado y a sostener al imprescindible. Aprenderás que la justicia es una balanza sucia que aún así hay que mantener en pie. Aprenderás a rezar sin creer que Dios maneja la tesorería.
Felipe bajó la vista un segundo; la alzó enseguida.
—No os fallaré, señor.
—No me prometas sentimientos. Prométeme conducta.
El brasero suspiró. Afuera la noche se fijó de una vez, de ese modo brusco que tienen los cielos plomizos.
Granvela no volvió. No hacía falta. La noticia inglesa ya había puesto nombres a los riesgos: Boulogne al alcance de la firma, María Estuardo camino de Francia, Enrique II sacando filo a la paciencia.
Carlos se levantó con esfuerzo. Felipe amago con ayudarlo; el padre declinó con un gesto de leve orgullo.
—Mañana te enseñaré el mapa como debe verse: sin colores, sólo con ríos, puertos y montes.
Los ríos dicen qué se mueve; los puertos, qué se compra; los montes, dónde se muere.
—Hizo una mueca que era sonrisa y dolor—.
Y luego iremos al Consejo: allí aprenderás que un papel puede costar lo mismo que un tercio.
Caminaron juntos hacia la puerta. Antes de franquearla, Carlos habló sin volverse:
—Tú no serás yo, gracias a Dios. Serás tú. Sólo te pido que no dejes que el nombre te gobierne. Los nombres gobiernan mal. Los hombres, peor. El deber, cuando se lo deja solo, es lo único que a veces hace las cosas bien.
Felipe no respondió. El silencio, por una vez, no fue frialdad; fue respeto.
En el umbral, el Emperador se detuvo. En el jardín, ya oscuro, las fuentes seguían repitiendo su argumento.
«El mundo», pensó Carlos, «vuelve siempre al mismo sitio: Francia tomará aire, Inglaterra venderá paz, Alemania discutirá su alma. Y nosotros, como siempre, pagaremos la cuenta y escribiremos la fecha»
—Descansa —dijo al fin al hijo—. Mañana empieza la parte que no sale en los tapices.
Felipe inclinó la cabeza. Carlos alzó la mano, como si quisiera detener algo más que una conversación, y en ese mismo instante se escucharon pasos en el corredor.
El ruido de las suelas se acercó, rápido, medido.
La puerta se abrió sin ceremonia. Un joven de no más de veinte años entró, con la capa todavía húmeda por la llovizna y un aire entre la prudencia y la urgencia.
Se inclinó brevemente, sin exagerar.
—Majestad, perdón. Traigo mensaje de la gobernadora —dijo.
Carlos alzó una ceja.
El joven prosiguió con voz firme y sin nervios
— Han llegado los capitanes del norte. La señora María pide instrucciones para el consejo de mañana.
El emperador lo miró despacio. No por el mensaje, sino por el mensajero.
—Guillermo…
Felipe lo observó en silencio. El flamenco sostenía la mirada sin insolencia, pero sin el servilismo común en los cortesanos. En sus palabras había disciplina; en sus ojos, una curiosidad que no sabía esconder.
—Dile a mi hermana que mañana a la tercera hora estaré en el consejo.
Guillermo hizo una leve reverencia, giró sobre los talones con la precisión de un soldado y desapareció por el corredor. El sonido de sus pasos se fue apagando hasta mezclarse con el silencio.
Felipe seguía mirando hacia la puerta.
—¿Quién es? —preguntó.
—Un Nassau, de los buenos —dijo Carlos—. Flamenco, inteligente. Tal vez demasiado para su edad.
El Emperador apoyó la mano en el bastón y dejó escapar un leve resoplido.
—Recuerda ese nombre, Felipe. Guillermo de Orange. Los hombres así siempre traen algo de historia consigo… y rara vez la historia es amable.
Felipe no respondió, pero su rostro se tensó apenas, como si la advertencia se le hubiera quedado grabada.
Carlos miró hacia la ventana. La noche flamenca, densa y húmeda, envolvía los jardines.
Más allá de las luces de Bruselas, Europa se preparaba, una vez más, para romper la calma de sus fronteras.
Y el viejo emperador, con la voz gastada por demasiadas verdades, pensó que tal vez el destino acababa de entrar por aquella puerta, calado hasta los huesos y con un saludo impecable.
Afuera, las fuentes de Coudenberg seguían murmurando, tercas como el tiempo.
Dentro, el futuro tenía nombre y rostro: Felipe de Austria, heredero del mundo, y Guillermo de Orange, el hombre que un día se lo haría arder.