Carlos V. Trilogía Completa 36. El viaje de Jerónimo
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36. El viaje de Jerónimo

El viaje de Jerónimo

En la casa de un burgués junto al Danubio, una joven mujer sostenía entre los brazos a un niño que dormía tranquilo, envuelto en una manta sencilla. A través de la ventana abierta entraba el aire húmedo del río, mezclado con el rumor de los barcos.

La respiración del pequeño era leve, apenas un soplo. Ella lo miraba con ternura, acariciando la frente suave y el cabello rubio, tan claro que parecía un rayo de sol.

La joven se llamaba Bárbara Blomberg. Era hija de un comerciante, bella y alegre, con esa ingenuidad que sólo da la juventud.

Unos años atrás, había conocido al Emperador.

Ella cantaba en las recepciones, y su voz —limpia, cálida, casi celestial— había conmovido al monarca, cansado de guerras y herejías.

De aquella noche de cercanía y debilidad había nacido el niño que ahora dormía entre sus brazos. Antes de dar a luz, conoció a otro hombre, un buen hombre dispuesto a asumir el papel del padre que no estaba.

A la puerta de la casa llamaron con tres golpes discretos. Bárbara alzó la vista.

Su esposo, Jerónimo Kegel, oficial imperial, salió al zaguán. Habló en voz baja con dos hombres vestidos de negro: uno, un fraile dominico y el otro, un emisario del Consejo del Emperador. Cuando Jerónimo regresó, su expresión era grave.

—Han venido por el niño —dijo simplemente.

Bárbara lo miró sin comprender.

—¿Por el niño? ¿Por qué?

—Es orden del César. Dicen que el pequeño será llevado a España, donde crecerá entre gente de bien. El Emperador lo ha dispuesto todo. Tendrá educación, sustento, un futuro mejor del que nosotros podríamos darle.

El silencio cayó sobre la estancia.

Bárbara apretó al niño contra su pecho, como si el calor de su cuerpo pudiera impedir que se lo arrancaran.

—¿Y yo? —murmuró—. ¿Qué será de mí?

—Nos compensarán —dijo su marido, evitando su mirada—. El Emperador ha dispuesto una dote para ti, y yo conservaré mi puesto en la guarnición. Nos dicen que es lo mejor.

Bárbara guardó silencio largo rato. Miró al niño, que dormía ajeno al destino que se decidía sobre su cabeza.

Luego se incorporó despacio y fue hacia la ventana. El Danubio brillaba bajo el sol de la mañana. Allí había cantado, allí había reído, allí había sido feliz alguna vez.

Los hombres aguardaban en el umbral.

El fraile, de rostro severo pero compasivo, se adelantó.

—Señora Blomberg —dijo con voz suave—, el Emperador no olvida.

El niño será cuidado, educado en la fe y en la virtud.

No le faltará nada. Su sangre debe ser noble…

eso ya no lo sé yo, aunque supongo que su nombre no podrá serlo.

Y vos, señora, debéis pensar en vuestro deber como madre que darle la vida es poco si no se le da también un destino.

Ella lo miró con lágrimas contenidas.

—¿Y no podré volver a verlo?

El fraile bajó la mirada.

—Dios sabrá si el tiempo lo permite —respondió—. Pero hoy… no. Hoy debéis confiar en la voluntad de Su Majestad y en la misericordia de Dios.

Bárbara respiró hondo. Besó al niño en la frente, una, dos veces. El pequeño se removió en sus brazos y abrió los ojos, azules y curiosos, sin comprender. Entonces, ella lo envolvió en otra manta y se lo entregó al fraile. El gesto fue tan lento, tan resignado, que el aire mismo pareció detenerse.

—Llévenlo con cuidado —dijo apenas—. Y díganle, cuando crezca, que su madre lo amó más de lo que amó su propia vida.

El fraile inclinó la cabeza. El emisario guardó silencio, y Jerónimo Kegel tomó la mano de su esposa, pero ella no lo miró. Solo siguió el movimiento del niño mientras lo alejaban, paso a paso, hasta desaparecer tras la puerta.

Cuando el sonido de los cascos se perdió en la calle, Bárbara cayó de rodillas. No lloró en voz alta. Solo murmuró su nombre:

—Jerónimo…

El carruaje imperial avanzaba. No llevaba escudos ni estandartes; solo un lacre en los documentos que bastaba para abrir cualquier aduana en silencio. En su interior viajaban tres pasajeros: un fraile, un escribano y un niño de poco más de dos años.

El menor dormía, arropado en una manta de lana flamenca, con una pequeña medalla de oro colgada del cuello que había sido entregada en un cofre. Cada vez que el coche se sacudía, el brillo del metal parecía un relámpago de sol.

El fraile era fray Miguel de Villalba, capellán enviado desde Bruselas por orden directa de Juan de Quijada, hombre de confianza del Emperador. Era un hombre de letras y silencio, acostumbrado a los encargos que se cumplen sin preguntar.

El escribano, un flamenco del Consejo de Hacienda, llamado Cornelis de Lier, había recibido instrucciones de entregar el dinero correspondiente al año en curso y certificar la entrega del niño.

Ninguno de los dos conocía toda la verdad, pero ambos sabían lo suficiente para comprender que aquel viaje debía hacerse sin ruido.

Atravesaron Flandes en días de sol y lluvia. En cada posada, los soldados españoles destinados en el norte saludaban al séquito con respeto y cierta curiosidad: era un extraño grupo el de un fraile, un escribano y un niño que marchaban sin escolta.

De noche, cuando el carruaje se detenía, el fraile sacaba de su maleta el breviario y rezaba en voz baja mientras el niño dormía sobre un colchón improvisado.

En aquellas veladas silenciosas, el fraile pensaba con inquietud:

«¿Qué clase de encargo necesita tanto secreto?» Pero no se atrevía a formular la pregunta. Solo sabía que el emperador, había querido enviar a España un niño sin apellido y con el nombre de un santo penitente.

Cruzaron el canal en un galeón mercante que zarpó de Dunquerque con rumbo a Laredo, en la costa de Castilla.

El mar de abril estaba encabritado, y el viento del Atlántico, helado.

Durante los días de travesía, el fraile cuidó del pequeño como de un hijo.

El niño no lloraba: observaba el agua, las olas, el movimiento de las velas con una calma impropia de su edad.

Los marineros lo llamaban “el rubito de Flandes” y le ofrecían trozos de pan o manzanas secas.

El capellán los apartaba con un gesto, temeroso de que el exceso de atención despertara sospechas. Aquella criatura era más valiosa que un cofre lleno de ducados: un secreto imperial viajando envuelto en lana.

Una noche de tormenta, cuando las olas golpeaban el casco y el barco se balanceaba como una hoja al viento, el fraile creyó ver en el niño algo que lo estremeció: dormía profundamente, ajeno al peligro, pero su pequeña mano se aferraba con fuerza a la medalla del pecho.

La luz del relámpago iluminó un instante la efigie de San Jerónimo y en su cara pudo ver el rostro del emperador. Y ahíblo comprendió todo.

El fraile murmuró entre dientes:

—Que Dios te guarde, criatura. No sabes qué sangre llevas dentro.

El viaje duró nueve días. Llegaron a Laredo un amanecer frío y despejado.

Los oficiales del puerto sellaron el salvoconducto sin preguntar, y el séquito montó en un carruaje de ruedas altas rumbo al interior.

El niño, que miraba por la ventanilla, se entretenía con los reflejos del sol sobre los montes.

Atravesaron Castilla la Vieja a paso lento, siguiendo el curso del Ebro hasta Burgos. Los caminos eran duros, los pueblos pobres, las ventas escasas.

En las posadas, el fraile rezaba antes de dormir y pedía leche y pan para el niño. Cornelis, el escribano, pasaba las noches contando ducados y revisando el documento lacrado que debía entregar junto al niño.

No hablaban mucho entre ellos. El silencio era su salvaguarda.

A medida que avanzaban hacia el sur, el paisaje se transformaba.

Los campos de Castilla parecían infinitos: extensiones de tierra dorada y encinas solitarias.

El fraile, que venía del norte húmedo, se maravillaba del cielo inmenso, de aquel azul sin límites que parecía más cerca de Dios.

Pensaba que quizá el emperador había elegido bien: ningún lugar más apropiado que esa tierra austera para esconder un secreto.

En Valladolid, se detuvieron unos días. El fraile entregó una carta de Quijada a un notario del Consejo de Indias, quien, sin leerla, ordenó que se proveyeran caballos nuevos y se pagara el alojamiento del grupo.

Todo en silencio, todo sin preguntas.

Durante la estancia, el fraile paseó con el niño por los patios del convento donde se alojaban. El pequeño empezaba a hablar, mezclando palabras flamencas y castellanas que nadie le había enseñado.

El fraile lo escuchaba con una mezcla de ternura y aprensión.

«Cuando crezcas» pensaba «ni tú sabrás quién eres»

De Valladolid a Madrid el camino se hizo más cálido. Las jaras y los tomillos perfumaban el aire. Las cigarras llenaban de música los campos. Los viajeros evitaban las ciudades grandes y dormían en ventas apartadas.

Una tarde, mientras descansaban junto a un arroyo, el niño echó a andar tambaleante hacia una mariposa blanca. El fraile lo observó con una sonrisa triste.

Era una imagen tan humana, tan simple, que por un instante olvidó que aquel pequeño llevaba sobre los hombros una historia que podía alterar el curso de un imperio.

—Jerónimo —lo llamó suavemente—, ven aquí, hijo.

El niño se volvió, la medalla reluciendo al sol, y corrió hacia él con una risa clara. El fraile lo alzó en brazos y sintió un nudo en la garganta.

—Dios te bendiga —susurró—. Si supieras de quién eres sangre…

Cornelis, que los observaba, bajó la mirada. Él también había comprendido, aunque nadie se lo hubiese dicho.

Llegaron a Leganés una mañana luminosa. El pueblo dormía entre trigales y olivares, con el aire quieto de las aldeas castellanas donde nunca pasa nada. Las campanas llamaban a misa, y el humo de las cocinas ascendía sobre los tejados de teja roja.

El carruaje se detuvo frente a una casa sencilla, con una parra cubriendo el portal y un banco de piedra bajo la sombra.

El fraile bajó primero. Luego tomó al niño de la mano y lo condujo hasta la puerta que golpeó tres veces.

Salió un hombre delgado, de unos cuarenta años, con el rostro curtido y manos finas de músico.

—¿Francisco Massy? —preguntó el fraile.

—Yo mismo, padre.

—Traigo un encargo del emperador —dijo el capellán—.

Tal como ya os ordenó el emperador, hay un niño al que habéis de criar como vuestro, con la discreción de un hombre de bien.

Recibiréis cincuenta ducados anuales. No debéis preguntar nada, solo cuidar de él.

Ya lo sabéis, es voluntad de su Majestad.

El músico quedó un instante en silencio. Miró al niño, que jugaba con un trozo de cuerda, y luego al fraile.

—¿Y el nombre del pequeño? —preguntó al fin.

—Jerónimo.

—Buen nombre para un cristiano —dijo Massy.

—Y para un secreto —replicó el fraile.

La esposa del músico apareció entonces, una mujer de rostro amable y mirada dulce. Tomó al niño en brazos, y el pequeño se dejó acunar sin miedo.

Ella sonrió.

—Parece hijo de un noble —dijo.

El fraile la miró y contestó con gravedad:

—Tal vez lo sea, señora. Pero en esta casa solo debe aprender a ser hombre.

Entraron.

El fraile depositó sobre la mesa un cofre lacrado. Dentro estaban la medalla duplicada y un pergamino con la orden imperial:

24 "Ut crescat in virtute, non in potestate."

El capellán firmó el acta de entrega, bendijo al niño, y antes de salir, se arrodilló un instante. Luego se incorporó, miró a los esposos y dijo:

—Si alguna vez preguntan de quién es hijo, responded: de Dios. Nada más.

Salió sin volver la vista.

El carruaje partió al poco tiempo, levantando una nube de polvo que se perdió entre los olivares. Francisco Massy quedó un rato en el umbral, viendo alejarse a los viajeros.

Luego entró.

El niño dormía en brazos de su esposa con la medalla brillando al sol.

—¿Qué nombre dijiste que tiene? —preguntó ella.

—Jerónimo.

—Suena a santo.

—Y quizá lo sea —murmuró el músico.

Esa noche, mientras el viento movía las ramas de la parra y las estrellas temblaban sobre los campos de Castilla, un niño sin apellido dormía bajo un techo humilde. Nadie en Leganés podía imaginar que aquel pequeño rubio, que había llegado en silencio y sin nombre, sería un día conocido por otro.

Pero aquella noche, su único título era el de hijo del silencio.

Notas

24. ↩ Que crezca en virtud, no en poder.