Carlos V. Trilogía Completa 35. El niño
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35. El niño

El niño

Aquel invierno había sido largo y sombrío en Bruselas.

El viento del norte traía consigo una humedad que se colaba por los muros del palacio de Coudenberg, y las gárgolas, ennegrecidas por la lluvia, parecían vigilar la ciudad con la paciencia cansada de quien ha visto demasiados inviernos pasar sin gloria.

En las estancias del Emperador, el fuego ardía día y noche, pero ni el calor ni las tapicerías bastaban para templar la soledad que había ido instalándose entre aquellas paredes.

Carlos de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio y rey de innumerables reinos, llevaba semanas sin recibir audiencias.

La gota le atormentaba, y los médicos, por discreción o miedo, se contentaban con recetarle paciencia.

Las misivas de su hijo Felipe llegaban con el tono obediente de siempre, pero el Emperador advertía entre líneas la frialdad de quien ya piensa en heredar el poder, como el fuego, da calor mientras se alimenta; después solo deja ceniza.

No había en aquellas cartas, palabras que hablasen de su nieto Carlos, o del ánimo de su hijo tras la perdida de María Manuela. Solo política.

Aquella tarde, Carlos permanecía sentado frente a la chimenea, con la mirada fija en las brasas.

El resplandor del fuego dibujaba sobre su rostro los surcos de la edad y el cansancio.

A veces el Emperador tocaba distraído el pomo de su bastón, como si al hacerlo pudiera recordar aún el tacto del acero.

Pero los días de cabalgatas y batallas se iban alejando.

Ahora su reino era el silencio.

A la hora del crepúsculo, la puerta de la cámara se abrió con sigilo dejando entrar a Juan de Quijada, su hombre de confianza y de discreción.

Había servido al César en campaña y en palacio, y el Emperador sabía que podía confiar en él como en pocos hombres.

—Majestad —dijo con voz baja, inclinándose—, el canciller Granvela os ruega que mañana recibáis al nuncio pontificio. Lleva tres días aguardando audiencia.

Carlos no respondió de inmediato. Cuando habló, lo hizo sin apartar la vista de las llamas.

—Dile que espere un día más. Dios no se impacienta, y los nuncios deberían aprenderlo.

Quijada asintió, acostumbrado a aquel humor seco. Cuando se disponía a retirarse, el Emperador lo detuvo con un leve gesto de la mano.

—Quédate, Juan. Siéntate conmigo. Hay algo que me gustaría hablar contigo.

El hidalgo vaciló, sorprendido. Obedeció, y tomó asiento frente al fuego. El silencio se extendió entre ambos, denso como el aire de la estancia.

Carlos apoyó los codos sobre las rodillas y, por un momento, pareció más hombre que emperador. Cuando al fin habló, su voz tenía la gravedad de quien lleva tiempo midiendo las palabras.

—Juan, hay un asunto que no debe pasar a la historia, pero que necesita ser confiado a alguien. Y ese alguien eres tú.

El rostro curtido del hidalgo no mostró sorpresa. Había aprendido que en torno a los reyes los secretos son más frecuentes que los milagros.

—Serviré en lo que mandéis, majestad.

Carlos asintió. Tomó aire, como quien se decide a abrir una puerta que lleva demasiado tiempo cerrada.

—Hace dos años —comenzó—, durante la Dieta de Ratisbona, ya sabes… conocí a esa joven que no era dama de alcurnia ni cortesana de salón.

—Sí… lo recuerdo, se llamaba Bárbara Blomberg. Cantaba con una voz que parecía hecha para desarmar ejércitos.

—Sí, veo que tienes bien la memoria. La hice llamar a través de ti. Era alegre, honesta y más hermosa que prudente… era diferente. Y esa noche... Esa noche olvidé que era el Emperador.

El emperador tragó saliva antes de hacer la revelación:

—Lo que sí que no sabes, es que de aquella debilidad nació un niño —prosiguió—.

Un varón. La madre me lo comunicó por carta meses después.

No pedía nada, salvo que el pequeño no careciese de amparo.

Poco después contrajo matrimonio con un oficial imperial, Jerónimo Kegel, buen soldado, honesto.

He dispuesto que vivan con decencia y que la mujer no sufra.

Ningún pecado merece repetirse en la miseria.

Quijada escuchaba inmóvil, sin apartar la vista del fuego. Sabía que estaba oyendo una verdad que no debía ser repetida.

—El niño —continuó Carlos— se llama Jerónimo, como su padrastro.

He ordenado que sea llevado a Castilla. Será criado en Leganés, cerca de Madrid, por un músico de mi cámara, un violista de conciencia limpia y lengua prudente.

Cincuenta ducados anuales bastarán para su sustento.

Quiero que aprenda a leer, a rezar, a montar a caballo.

Nada más. Ni nombre, ni linaje, ni destino impuesto. Solo eso.

El Emperador tomó entonces un pequeño cofre que descansaba junto a la mesa y lo abrió. Dentro, una medalla de oro con la efigie de San Jerónimo relucía bajo la luz del fuego. Carlos la sostuvo un instante, como si dudara entre entregarla o guardarla para siempre.

—Llevará este nombre —dijo por fin—. El del santo que buscó la soledad para encontrarse a sí mismo. Quizá en eso el niño me supere. Yo nunca supe encontrar la paz ni en Dios ni en el poder.

Se levantó despacio, y el leve temblor de su mano traicionó la enfermedad. Caminó hacia la ventana y apartó la cortina.

—Juan —dijo sin volverse—, quiero que seas tú quien cuide de que se cumpla mi orden.

No habrá documento firmado, ni decreto, ni testamento.

Solo tu palabra y la mía. Nadie debe saberlo.

Ni mi hijo Felipe, ni mi hermana María, ni el Consejo.

Si un día este secreto se descubre, lo negaré ante Dios y ante el mundo.

Quijada se levantó y se inclinó profundamente.

—Majestad, mi vida está a vuestro servicio. Haré cuanto dispongáis. Y si es preciso, me llevaré este secreto a la tumba.

Carlos se volvió. En su rostro, cansado, asomó una leve sonrisa.

—Eso harás, Juan. Porque en este mundo, los secretos más valiosos no los guarda el poder, sino la lealtad de los hombres sencillos.

Tomó la medalla, la depositó en el cofre y lo cerró. Luego, extendió el objeto hacia el hidalgo.

—Guarda esto —dijo—. Dentro hay más que oro. Hay una vida que depende de tu silencio.

Quijada tomó el cofre con ambas manos, consciente de que el peso que sostenía era más moral que físico.

El Emperador volvió a su silla.

—A veces —murmuró— pienso que los reyes somos hombres a quienes Dios castiga con demasiada memoria. He mandado ejércitos, he dictado leyes, he hecho temblar a papas y príncipes… Y, sin embargo, no supe gobernarme a mí mismo.

No dijo más. El silencio llenó la estancia. Fuera, el viento azotaba las torres de Bruselas, y las campanas lejanas de Santa Gúdula daban las horas.

El hidalgo o se retiró en silencio, con el cofre bajo el brazo.

Y Carlos quedó solo…. Murmurando.

—Jerónimo… Espero que seas mejor hombre que yo.