Carlos V. Trilogía Completa 34. Un esperado reencuentro
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34. Un esperado reencuentro

Un esperado reencuentro

Sobre Bruselas caía una llovizna que parecía flotar, más niebla que agua. Las chimeneas del palacio de Coudenberg exhalaban un humo lento y gris que se confundía con el cielo. Era un invierno sin guerras: una rareza.

En su cámara privada, junto a la chimenea, el Emperador repasaba documentos. La llama proyectaba sombras en su rostro: un perfil fatigado, duro y lúcido, el de un hombre que ha aprendido que los mapas y las coronas pesan más que las espadas.

A su lado, de pie y atento, estaba Guillermo de Orange-Nassau, el pupilo más brillante de su corte. Tenía quince años, pero ya el porte de un hombre: alto, de rostro fino, cabello castaño claro y unos ojos grises, reflexivos, que parecían mirar el mundo como un tablero.

Había nacido en Alemania, pero hablaba el español del emperador con naturalidad, y en su silencio había más ambición que en muchos veteranos.

Carlos lo observaba mientras firmaba un decreto.

—Aún eres joven —le dijo sin levantar la vista—, pero el mundo se te acercará antes de lo que crees. Recuerda lo que te digo, Guillermo: el poder no se hereda, se administra. Y los hombres se gobiernan mejor cuando creen que obedecen por voluntad propia.

El muchacho asintió, serio.

—Haré cuanto pueda por merecer vuestra confianza, majestad.

Carlos sonrió apenas.

—No confíes ni en la mía —respondió—. Ni siquiera yo puedo darme ese lujo. No, no confíes. Ahora el imperio está en paz, en Sajonia dormitan los príncipes que juraron obedecerme, y desde Habsburgo donde florece el comercio bajo la bandera imperial, hasta el mar del norte, todo es paz… por ahora.

—Decís por ahora ¿No confiáis en los príncipes que se han rendido?

—No confío… no, ni en el silencio del mar. La paz es un animal que se debe alimentar con diplomacia.

Guillermo bajó la mirada.

El Emperador lo observó un momento y luego, con un gesto amable, añadió:

—Tienes buenos modales, buen juicio y el corazón frío.

Eso te llevará lejos. Pero si alguna vez te domina la piedad, recuerda que los reinos no se salvan con lágrimas.

Eres listo, no desperdicies tus cualidades queriendo agradar a todos.

El día que tengas que elegir entre tú consciencia y tu deber, elije bien… y reza por no equivocarte.

El joven inclinó la cabeza.

—Lo recordaré, señor.

—Gracias por compartir un momento con este anciano.

Carlos lo despidió con un gesto de la mano. Cuando el muchacho salió, el emperador se quedó mirando la puerta cerrada.

—Buen chico —murmuró—. Demasiado listo para su edad. Que Dios guarde a Felipe si algún día lo tiene enfrente.

Tras ese momento de reflexión entró Antonio Granvela, con el aire grave que precede a las noticias importantes.

—Majestad —dijo inclinándose—, ha llegado vuestra hermana, la reina Leonor. Desde Francia. Viene sola, con una pequeña escolta, y desea veros.

Carlos levantó lentamente la cabeza. Sus ojos grises, cansados, se iluminaron un instante.

—Han pasado veinte años —dijo en voz baja—. Hacedla pasar, Granvela.

La puerta se abrió.

Leonor de Austria, viuda de Francisco I de Francia, entró despacio, envuelta en un manto de luto. Había envejecido con dignidad: la frente alta, la mirada clara, el porte sereno de quien conoció el poder y supo desprenderse de él sin perder la compostura.

Cuando se inclinó, el Emperador, que no se levantaba ya ante casi nadie, lo hizo por ella.

—No debéis inclinaros ante mí, hermana —dijo extendiendo la mano—. Jamás.

Ella sonrió con dulzura y tomó sus manos.

—Hermano.

Su voz era suave, pero en ella latía algo antiguo, una melancolía sin rencor.

Granvela, prudente, cerró la puerta tras ellos.

Carlos la observó en silencio, como si aún intentara reconocer en la mujer de luto a la muchacha que un día jugó con él en Gante, antes de que los destinos imperiales los convirtieran en piezas del tablero del mundo.

—Has venido desde Francia —dijo por fin.

—Sí —respondió ella—.

El rey ha muerto. París es ahora un espejo sin rostro. No había ya nada que me retuviera allí.

Carlos asintió despacio.

—Ah sí… Francisco fue un enemigo… digno. Le debo guerras, aunque no sé si respeto. Y a ti, la paz más cara que firmé.

—Lo sé —dijo Leonor—. Yo también le debo el desengaño que me salvó del orgullo.

El Emperador sonrió débilmente.

—Siempre supiste decir más en una frase que muchos de mis consejeros en un tratado.

Ella se acercó al fuego.

—¿Cómo estás, Carlos? —preguntó con sincera preocupación—. Dicen que la gota te atormenta.

—A veces —admitió él—. Pero peor sería no sentir dolor. Es lo único que me recuerda que sigo vivo.

Ella lo miró con ternura.

—Sigues igual. Siempre más fiel al deber que a ti mismo.

Carlos bajó la vista.

—No conozco otra forma de servir a Dios.

Leonor asintió.

—Ni de sufrirlo.

El silencio se prolongó unos segundos. El fuego proyectaba sombras doradas sobre los tapices. Entonces ella habló, más quedamente:

—He pensado mucho en María. Mi hija. Vive en Lisboa, rodeada de gente piadosa. Pero no responde a mis cartas. Quizá me reprocha los años perdidos.

Carlos guardó silencio, y luego dijo:

—La distancia hace más daño que la culpa. A veces los hijos castigan sin saberlo. Pero sé que ella está bien. Recibo informes de la corte portuguesa. Tiene una buena vida, aunque sin consuelo.

Leonor sonrió con tristeza.

—Esa falta de consuelo debe de ser herencia mía. Tal vez el amor de madre no viaja bien por los mares.

El emperador la observó con una mirada larga, casi fraternal.

—A veces pienso que la única felicidad posible para nuestra sangre es el deber cumplido. Y aún así, no sé si vale la pena. Por deber perdí muchos años lejos de Isabel.

Ella se volvió hacia él.

—¿Y Federico? ¿Has sabido algo de él?

Federico. Casi lo había olvidado, pero Leonor no, Leonor hizo ver que aquel amor seguía vivo, como un secreto que gritaba.

Carlos lloraba a Isabel, pero él pudo tener su historia, en cambio Leonor vio la suya interrumpida por la decisión de su hermano, y eso en parte, con el pesar de los años, hacia sentir culpable al emperador, y apartó la vista.

—Vive aún. Siempre ha sido un hombre valiente, pero ingenuo. No comprendió que en nuestra familia, incluso los sentimientos deben pasar por Consejo.

El deber era el deber, y Carlos habló más como emperador que como hermano arrepentido.

Leonor bajó los ojos.

—No vine a reprocharte, Carlos. He tenido años para entenderlo. Solo quería saber si aún piensa en mí.

—Si vive, piensa —respondió él con serenidad—. Y si piensa, te recuerda.

Ella sonrió, con una dulzura triste.

—Eso basta. A veces el recuerdo es la forma más pura de amar

El fuego crepitó.

Carlos se levantó despacio, apoyándose en el bastón.

—¿Qué harás ahora?

—Vivir tranquila —respondió—. Con María, nuestra hermana, en los Países Bajos. Rezar, escribir, esperar. Ya no deseo tronos. Solo paz.

El emperador asintió.

—El descanso… —murmuró—. Lo único que ni la espada ni la corona pueden garantizar.

Leonor lo miró con ternura.

—Y tú, hermano. ¿Descansarás alguna vez?

Carlos sonrió apenas.

—Quizá cuando Dios me releve del servicio. Hasta entonces, sigo siendo su soldado más cansado.

Leonor puso una mano sobre la suya.

—Rezaré para que te permita ser hombre antes de que te mande a rendir cuentas como emperador.

Él la miró con emoción contenida.

—Hermana… —dijo—. Siempre fuiste más fuerte que yo.

Ella sonrió, apenas.

—No, Carlos. Solo estuve más… sola.

Se inclinó y besó su frente. Luego se retiró con paso sereno.

El emperador permaneció de pie, mirando la puerta que se había cerrado.

—Leonor… —murmuró—. Siempre supiste perder con más elegancia de la que yo supe ganar.

Fuera, la lluvia seguía cayendo sobre Bruselas. Y el hombre más poderoso de la tierra volvió a quedarse solo, oyendo el crepitar del fuego y el eco de una voz que ya pertenecía al pasado.

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Notas

23. ↩ Es el nombre que se le dio a la ley imperial que buscó restaurar las costumbres católicas en todos los territorios del imperio.