33. La paz es solo tregua
La paz es solo tregua
La guerra había terminado, pero Alemania seguía oliendo a humo.
Los caminos aún estaban marcados por las ruedas de los cañones imperiales y los campos, sembrados de cruces anónimas.
En los pueblos se rezaba poco y se maldecía mucho.
La fe, después de tanto derramamiento, empezaba a tener gusto a hierro.
Carlos de Hagaburgo, emperador de medio mundo, había reunido a los príncipes del Sacro Imperio en Augsburgo, para cerrar la herida abierta entre Roma y Lutero. Pero a diferencia de otras veces, ya no se trataba de debatir: se trataba de obedecer.
El Emperador llegaba victorioso de la batalla de Mühlberg, donde la Liga Esmalcalda había sido deshecha como un juguete de madera bajo la espada imperial. Había vencido a todos, menos al tiempo.
El salón episcopal que servía de cámara de la Dieta era solemne y frío.
Los tapices flamencos, que mostraban batallas antiguas, parecían observar con ironía a los hombres que fingían decidir el futuro del mundo.
Las ventanas altas dejaban entrar una luz enferma.
Al fondo, bajo el dosel con el águila bicéfala, Carlos permanecía sentado, envuelto en un manto oscuro, con el rostro endurecido por los años y la gota, pero los ojos aún firmes.
A su lado, el cardenal Granvela, canciller y consejero, sostenía los documentos que pondrían fin a la guerra.
Frente a ellos, los príncipes alemanes aguardaban su turno: Juan Federico de Sajonia, derrotado, con la herida de Mühlberg aún reciente, el rostro pálido y digno; Felipe de Hesse, más práctico que heroico, que había aprendido a inclinarse cuando era necesario; Federico II del Palatinado, neutral durante la guerra, pero hombre de honor y memoria, que miraba al Emperador con una mezcla de respeto y nostalgia; y Mauricio de Sajonia, el primo del vencido, vencedor por traición, observando desde las sombras con la calma estudiada del que sabe que la historia aún no ha terminado.
Los guardias imperiales golpearon el suelo con las alabardas. La Dieta comenzó.
Carlos se incorporó lentamente. Le dolían las piernas, pero su voz, cuando habló, sonó limpia, sin temblor. Era la voz de un hombre que no necesitaba gritar para imponer obediencia.
—Príncipes del Imperio —dijo—. Dios ha permitido que la guerra termine. Pero no para que los hombres sigan discutiendo sobre él, sino para que vuelvan a servirle en paz.
Hubo un silencio reverente. El Emperador continuó:
—He visto demasiadas ciudades arder. He oído los nombres de Cristo y Lutero gritarse desde trincheras opuestas. Y he aprendido que la fe, cuando no tiene límites, se convierte en soberbia. Hoy os reúno no para discutir, sino para salvar lo que aún puede salvarse del alma de Alemania.
Felipe de Hesse, nervioso, fue el primero en atreverse a hablar.
—Majestad, lo que mis gentes pidieron fue libertad para rezar. No querían guerra, solo conciencia.
Carlos lo miró con cansancio.
—La conciencia, Felipe, es una espada peligrosa cuando cada hombre la blande a su gusto. No hay Imperio posible si cada súbdito decide a qué Dios obedece.
Juan Federico, aún erguido pese a su derrota, levantó la voz con amargura.
—Entonces, ¿qué es lo que queréis de nosotros, señor? ¿Sumisión o arrepentimiento?
El Emperador lo observó con atención.
—Solo obediencia —respondió con calma—. El arrepentimiento pertenece a Dios. Pero el orden pertenece al hombre.
Juan Federico apretó los dientes.
—¿Y si el orden contradice la fe?
Carlos se inclinó apenas hacia él.
—Entonces el hombre debe aprender que a veces la fe necesita silencio.
Hubo un murmullo leve. Nadie osaba interrumpir. El Emperador alzó una mano y Granvela desplegó el pergamino que contenía el texto del acuerdo.
El cardenal leyó en voz alta, y el eco de sus palabras resonó en las bóvedas.
—Por mandato de Su Sacra Majestad, se decreta la restauración de la fe católica en todos los territorios del Imperio.
No obstante —añadió—, hasta que el Santo Concilio de Trento defina las verdades de la fe, se permiten ciertas concesiones: Los clérigos reformados podrán conservar a sus esposas.
Los laicos recibirán la comunión en pan y vino, conforme a su costumbre.
Y cada príncipe conservará sus títulos y tierras, si jura obediencia al Emperador y renuncia a la rebelión.
«¿Qué cada príncipe conservará sus tierras?» una punzada recorrió la espalda de Mauricio, no entraba en sus planes compartir tierras con su primo. El había servido al emperador y merecía más.
El cardenal cerró el pergamino. Nadie habló durante un largo instante. Finalmente, Federico del Palatinado se adelantó unos pasos.
—Majestad —dijo con voz pausada—, lo que habéis propuesto es justo. Ni los vencedores pueden vivir sin clemencia, ni los vencidos sin perdón.
Carlos asintió lentamente.
—Lo aprendí hace mucho —dijo—. Ningún Imperio se sostiene solo con victorias.
Federico lo miró a los ojos.
—Leonor habría estado de acuerdo.
El nombre resonó en la sala como una campanada.
El Emperador guardó silencio. Su mirada se perdió por un momento, y por primera vez en mucho tiempo, pareció cansado.
Después de tantos años, Federico no había olvidado a su joven amante.
Esa era una manera de mostrarle al emperador, que era tan fiel a su mandato como a su añorada Leonor.
—Estoy seguro de que Leonor reza por la paz —dijo al fin—. Quizá, al fin, haya paz.
Juan Federico se adelantó entonces, encadenado, con el rostro duro.
—Llamáis paz a esto, majestad. Pero la paz impuesta no es más que tregua.
Carlos se volvió hacia él con serenidad.
—A veces una tregua basta para que los hombres vuelvan a recordar lo que fueron. Tendréis tiempo para reflexionar sobre ello en vuestro encierro, como también lo hará Felipe. Podéis dar gracias por haber perdido solo la libertad, la próxima vez podríais perder algo más.
Juan Federico bajó la mirada. Era la primera vez que comprendía que su emperador no hablaba como un enemigo, sino como un hombre que había tenido que elegir entre la fe y el mundo.
Felipe de Hesse rompió el silencio.
—Acepto los términos, majestad. Si con ello se evita que otra generación se mate por los pecados de esta.
Carlos lo miró con respeto.
—Habéis elegido la prudencia. No es la virtud de los santos, pero sí la de los que sobreviven.
Los escribas sellaron los documentos. Los príncipes firmaron uno tras otro, con manos que temblaban más de cansancio que de miedo.
Cuando todo terminó, Carlos se levantó y se apoyó en su bastón.
—El Imperio vuelve a ser uno —dijo—. Y lo es por necesidad. Que eso baste.
Detrás de los príncipes, Mauricio de Sajonia observaba.
Nadie reparaba en él, y sin embargo su mente trabajaba con precisión helada.
Miraba al Emperador, a su porte sereno, a su fatiga; y comprendía que el poder también enfermaba.
Carlos había impuesto la fe, pero a costa de su cuerpo, de su sueño y de su tiempo.
Y en esa debilidad, Mauricio vislumbró el hueco que algún día llenaría.
Cuando los príncipes se retiraron, Carlos pidió quedarse solo. Granvela lo miró un instante antes de marcharse, preocupado. El Emperador permaneció frente al fuego, en silencio.
Afuera, las campanas repicaban celebrando la paz de Augsburgo. Carlos apoyó la frente en su mano.
—He unido al Imperio —susurró—, pero lo he hecho cansado, sin gloria, sin alegría. ¿Y si esta unidad no es sino la calma antes de otra tempestad? Todos estos años me han enseñado que la paz no son más que treguas de una misma guerra interminable.
Una brasa cayó entre las cenizas. El Emperador la observó apagarse lentamente.
—Ningún poder dura —murmuró—. Solo el cansancio.
Y mientras el fuego se extinguía, Mauricio de Sajonia, en su alojamiento cercano, afinaba sus pensamientos. En su escritorio, un mapa del Imperio desplegado, y sobre él una frase escrita con su propia mano:
“Donde el Emperador ve paz, otros verán oportunidad.”