Carlos V. Trilogía Completa 32. Cuentas pendientes
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32. Cuentas pendientes

Cuentas pendientes

El campo de Mühlberg amaneció envuelto en una bruma espesa.

Los cuervos ya habían empezado su festín entre los cuerpos.

En las orillas del Elba, los restos de los estandartes de la Liga Esmalcalda se mecían rotos en el agua turbia, arrastrados corriente abajo junto con cascos, lanzas y algún cadáver con la cruz luterana aún visible en el pecho.

En el campamento imperial, los soldados bebían vino agrio y celebraban la victoria con ese júbilo tosco que solo conocen los que han matado y sobrevivido. El Emperador dormía, exhausto, y los capitanes escribían cartas para enviar a Bruselas.

Pero en una tienda apartada, un hombre esperaba.

Mauricio de Sajonia, duque, primo y traidor —según quién lo nombrara—, se mantenía en pie, mirando el brasero que chispeaba entre sombras. Había ganado una guerra que no le pertenecía, y el botín aún le sabía a culpa.

Afuera, los pasos de los guardias se oyeron antes de que la lona se abriera.

—El prisionero, alteza —anunció un soldado.

Entró Juan Federico, con el rostro cubierto de barro y sangre, la ropa destrozada y los ojos vivos de rabia.

Tenía las muñecas atadas, pero el porte altivo.

No parecía un hombre derrotado, más bien parecía un hombre que se sabía moralmente invicto, aunque pudiera estar a punto de perder la cabeza.

Se detuvo frente a su primo. Lo observó con una sonrisa de desprecio.

—Vaya —dijo con voz ronca—. Así que al fin el emperador cumple su palabra. Yo pierdo la libertad, y vos ganáis mi trono. Felicidades, Alteza Elector de Sajonia.

Mauricio no respondió enseguida. Su mirada, fría y sin emoción, recorrió el rostro del cautivo. Luego, con voz tranquila:

—No os regocijéis demasiado en la amargura, primo. La soberbia nunca os sentó bien.

—Y a vos la traición os sienta de maravilla. —Juan Federico rió con un tono seco—. Mientras mis hombres morían por la fe, los vuestros saqueaban mis tierras. No bastó con combatir a vuestro emperador; necesitabais robarle a vuestra sangre.

Mauricio no pestañeó.

—No robé nada que no me correspondiera por derecho.

—¿Derecho? —El prisionero dio un paso adelante, encadenado, con la voz cargada de ira—. El derecho de un Judas. ¡Invadiste Misnia y Turingia mientras mis tropas sangraban por Alemania! ¿Creéis que la historia olvidará eso?

Mauricio se apartó del fuego, despacio, midiendo cada palabra.

—La historia solo recuerda a los vencedores. Y esta vez, primo, no sois vos.

El silencio se volvió denso. Afuera se escuchaba un relincho lejano y el rumor de los soldados borrachos.

Juan Federico apretó los dientes.

—Vuestra espada servía al emperador, no a Sajonia. Habéis vendido vuestra alma al oro de Roma.

—Y vos la habéis entregado a los sermones de Lutero. —Mauricio lo miró con calma—. Yo obedezco la realidad. Vos servís a fantasmas.

Juan Federico se echó a reír, amargo.

—¿Y qué realidad es esa? ¿La del miedo? ¿La de inclinarse ante el poder y llamar prudencia a la cobardía?

Mauricio se acercó despacio, hasta quedar a un paso.

—La del que entiende que los ideales no alimentan ejércitos, ni mantienen a los pueblos en paz. La del que sabe que a veces hay que ensuciarse las manos para salvar lo que vale la pena.

—¿Salvar? —Juan Federico escupió al suelo—. Habéis vendido Sajonia. Ni siquiera sabéis lo que habéis salvado. Habéis velado solo por vuestros propios intereses. Lo que habéis salvado es vuestra ambición. Así que no me habléis de salvar.

Mauricio lo sostuvo con la mirada.

—La salvé de vos.

El otro se quedó en silencio unos segundos. Su respiración era dura, y el cansancio le pesaba como plomo. Luego sonrió con desdén.

—Habéis ganado esta guerra, primo, pero no sabéis gobernar la victoria. El emperador os usará. Os ha prometido un título, pero os convertirá en su perro. Y cuando no le sirváis, os arrancará los colmillos.

Mauricio no respondió al instante. Se limitó a mirar el fuego, donde una brasa cayó con un chasquido. Finalmente dijo:

—Tal vez. Pero mientras tenga colmillos, morderé.

—Sois su sombra —replicó Juan Federico—. Y las sombras solo existen mientras haya otro que les dé luz.

Mauricio sonrió apenas.

—Y una sombra, primo, puede oscurecer un trono si crece lo suficiente.

El silencio volvió. El prisionero comprendió entonces que el hombre que tenía delante no era un traidor común, sino un ambicioso de otra especie: el que no se vende por dinero, sino por historia.

Los guardias lo tomaron del brazo. Antes de cruzar la lona, Juan Federico se volvió.

—Recordad esto, Mauricio. Quien siembra en sangre, cosecha ruinas.

—Y quien no siembra —respondió él sin mirarlo—, muere olvidado.

Cuando el prisionero desapareció, Mauricio tomó una copa de vino y se quedó mirando el oscuro líquido. En el silencio, murmuró para sí:

—En eso tienes razón, primo: el emperador cree haber ganado un aliado... y ha creado su sombra.