31. La batalla de Mühlberg #2
Mientras, Mauricio de Sajonia había llegado con los suyos al flanco donde la orilla ofrecía un corredor duro. Su estandarte —esa ironía— llevaba los colores de su casa, que eran también los del primo al que ayudaría a derribar. No hubo saña, hubo contundencia.
Mandó entrar en semicírculo, sujetó su ala con frialdad de joven que ya ha pactado con su ambición, y pegó su empuje a tiempo con la descarga de arcabuces de la infantería imperial.
A toro pasado, los memorialistas confundirían la pericia con la traición; los que estuvieron a dos lanzas supieron que era ambas.
—Apretad, pero no os rompáis —dijo a su alférez.
El centro sajón se mantuvo todavía un buen rato porque los hombres de Juan Federico no eran de azúcar.
Rehicieron bandera dos veces, metieron un cuadro peón donde la caballería no se atrevía y mantuvieron una elevación baja que servía de bisagra a toda la línea.
Allí la batalla se volvió inevitablemente personal.
Alba empujó allí un palmo de artillería.
—Avanzad y no nos quitarán la victoria —dijo Alba sin elevar la voz.
—Si avanzamos más nos quedamos sin hombres frescos —replicó Fernando, que contaba en decenas y no en adjetivos.
—El Emperador no me paga para ahorrar hombres —cerró el duque—. Me paga para no perder guerras.
Carlos callaba. Hacía lo que debe hacer un jefe cuando la ejecución ya rueda: estar a la vista sin estorbar.
De tarde en tarde, una orden corta, una corrección leve, un mensajero despachado a galope.
Se le veía el cansancio de la gota, la tos que pinchaba a destiempo; se le veía más la voluntad.
Los soldados miraban de soslayo y apretaban los dientes un punto más.
Y lo hacían por vergüenza, porque cuesta huir cuando el de arriba está en el barro contigo.
El punto de inflexión de la batalla llegó del modo más vulgar: con un estandarte partidario del Magnánimo, empujado por una carga noble pero mal calculada, se clavó tanto en la línea imperial que quedó aislado. Los jinetes que lo escoltaban buscaron salida por donde no la había.
Quijada, que había visto esos cuadros torcerse en Italia y en Túnez, metió por el costado dos mangas vivas de arcabuceros con permiso para arriesgar más de lo decoroso.
Dispararon a tres pasos, y donde hay humo a esa distancia hay caída.
El estandarte vaciló, trató de volver, se enredó en el bosque de picas, y en el intento cayó al suelo como una verdad vieja.
Lo levantó otro brazo, volvió a caer, y a la tercera vez nadie tuvo coraje para ir a por él.
Las banderas son caras cuando la pólvora está caliente.
A partir de ahí, lo que quedaba era inclinar la mesa con paciencia. Alba ordenó a la caballería que cerrara por el flanco izquierdo, donde Mauricio mordía. El joven sajón pegó su ala a ese movimiento con un instinto que no necesitó texto.
Juan Federico jugó su última carta: reunió a sus mejores jinetes, se puso al frente sin teatralidad, y vino hacia el centro imperial como una piedra que aún quiere hacer mella.
Lo vio Carlos, lo midió Quijada, lo olfateó Alba.
Los arcabuceros dieron un paso adelante, tiraron al vientre de los caballos, y la física se cobró su tributo: carne que cae, hierro que pesa, hombre que rueda.
El Magnánimo siguió montado por pura voluntad.
En la mejilla le corría una cremallera de sangre seca que la brisa enfriaba.
Ganó dos palmos, perdió tres, quiso abrirse por una hondonada donde el barro era menos cruel.
Allí lo cerró un grupo de jinetes borgoñones con ganas de gloria barata.
Un golpe de maza en el casco, un caballo que se hunde de rodillas, una mano que se estira hacia un estribo que ya no está. Una voz en castellano gritó:
—¡Vivo, vivo! — con esa autoridad que pone precio a los cuerpos.
Alguien obedeció, otro remató un escolta que todavía tenía algo que decir, y de pronto el Magnánimo estaba en el suelo, de rodillas, y el mundo ironizó con su sobrenombre.
Lo trajeron ante el Emperador sin aspavientos.
Carlos lo miró con una corrección que no necesitaba teatro; los grandes no alardean si son de verdad.
El sajón, con la dignidad entera en el silencio, bajó la cabeza lo justo.
No pidió perdón. No lo esperaba. El Emperador hizo un gesto breve con la mano.
—Guardadlo —dijo—. Mantenedlo a salvo. Alemania nos mira.
Con el Magnánimo capturado, la línea sajona acabó de entender lo que ya sabía su estómago: que el río no los había bendecido, los había traicionado.
Hubo retirada digna en algunos tramos, fuga sin adjetivo en otros.
La caballería imperial no se descompuso en carnicería porque Alba no necesitaba más sangre de la necesaria para que el futuro entendiera.
—No los persigáis más allá de la lengua seca— ordenó, y aquella contención fue también victoria.
Al filo del mediodía, el humo se deshilachó. En la orilla donde amanecieron, quedaban pontones varados como huesos de pez. En la otra, estandartes caídos y botas huérfanas se conservaban en charcos asquerosos. Los hombres buscaban agua con la urgencia simple de los cuerpos.
Quijada caminó entre ellos con ese respeto que no se aprende: un nombre aquí, una palmada allá, una broma seca para desactivar un temblor. De cuando en cuando recogía del barro un rosario, una herradura o un trozo de madera con una marca.
Carlos desmontó, por fin, cuando el pecho le pidió descuento. Se quitó el guante con esfuerzo pequeño y honesto. Bebió dos dedos de vino agrio.
—Duque —dijo a Alba, sin adorno—. Está hecho.
—Sí, Señor —respondió.
Mauricio se acercó a distancia prudente. No pidió audiencia; supo esperar a que el momento cayera por su propio peso.
—Habéis cumplido —dijo Carlos, mirándolo como se mira una herramienta nueva—. Habrá recompensa.
—Cumplí por Sajonia, Majestad —respondió el joven con esa frialdad cortés que ya era su firma.
—Y por vos —repuso el emperador, con una sonrisa que no enseñó dientes—. No olvidéis la mitad importante.
Mauricio inclinó la cabeza. Aprendía deprisa.
El resto de la tarde se recogieron prisioneros con más método que rencor; se desarmó con paciencia a quienes aún creían que el honor obliga a morir de pie cuando la causa ya no tiene piernas.
Fernando calculó consecuencias, Granvela afiló plumas para escribir a media Europa la versión que convenía, y los soldados comieron pan duro con apetito de vivos.
Al anochecer, el Elba volvió a sonar como suena siempre: indiferente. El campo, en cambio, cambió de voz. Había menos ruido y más moscas. Los hombres empezaron a mentirse con historia breve:
—Yo estaba allí cuando cruzaron..
—La pica me la doblaron dos veces…
—Al Magnánimo lo vi caer.
Mañana serían anécdotas con vino; hoy eran respiraciones que agradecían seguir haciéndolo.
Carlos se retiró a su tienda con la lentitud de quien no quiere que lo vean cansado.
Alba se quedó un rato más en el mapa, trazó una línea suave con el dedo sobre el río, y no sonrió.
Quijada, antes de dormir, escribió tres nombres en un papel y los guardó en el seno, como quien guarda monedas que no piensa gastar.
Mauricio miró el agua desde un terraplén y entendió —con el entendimiento frío de los que ya han elegido— que un príncipe puede elegir su historia, pero no su epitafio.
Notas
22. ↩ Título que ostenta el sucesor del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.