31. La batalla de Mühlberg
La batalla de Mühlberg
El río aún era una amenaza. Oscuro, profundo, con esa calma que precede a los milagros y a las desgracias.
El Elba separaba dos mundos: a un lado, el Imperio de Carlos V, con sus cruces, sus tercios y su paciencia de hierro; al otro, la Reforma, con sus banderas, su fe y la obstinación de los hombres que preferían arder antes que inclinar la cabeza.
El campamento del Emperador
En la tienda imperial, Carlos escuchaba los informes con el rostro de piedra. A su alrededor, sus hombres de confianza: el duque de Alba, Luis de Quijada, el rey Fernando, su hermano, y un joven que todavía no sabía que el tiempo lo recordaría por su traición: Mauricio de Sajonia.
—El enemigo confía en el río —dijo Alba, apoyando el guante sobre el mapa—. No levantan puentes. No creen que nadie pueda cruzar con el caudal así.
—Perfecto —respondió Carlos, con su voz grave, lenta—. La confianza es un muro más débil que la piedra.
Fernando alzó la vista.
—¿Cruzarás, hermano? El Elba no perdona.
Carlos lo miró con cansancio y una chispa de orgullo.
—Ya he cruzado peores cosas: mares, reinos, herejías. Cruzaré también un río.
Quijada, práctico, añadió:
—Los tercios están listos. Castilla y Lombardía al frente. Si hay vado, lo encontraremos antes del alba.
Alba giró hacia Mauricio.
—Príncipe, conocéis estas tierras mejor que nosotros. ¿Dónde se puede tentar la corriente sin ahogarse?
Mauricio se inclinó sobre el mapa. Sus dedos recorrieron el curso del Elba con calma, como quien mide un enemigo.
—Aquí —dijo—, entre Mühlberg y Röcken. Hay una lengua de grava. Firme, pero engañosa. Si se cruza al amanecer, con la niebla cubriendo, el enemigo no lo verá venir.
Carlos lo observó en silencio. Tenía ante sí a un joven que no creía en santos ni en milagros, solo en el momento oportuno.
—¿Y tú qué crees, Mauricio? —preguntó el Emperador—. ¿Qué hay al otro lado?
El sajón sonrió apenas.
—Oportunidades, Majestad. Y enemigos con mala suerte.
Alba soltó una carcajada seca.
—Este mozo entiende la guerra como Dios manda.
Carlos se giró hacia el mapa.
—Bien. Al amanecer cruzaremos. Y que cada hombre recuerde que el imperio no se levanta sobre palabras, sino sobre pasos dados en el barro.
El campamento protestante
En la orilla opuesta, Juan Federico de Sajonia, el Magnánimo, dormía mal. El río le parecía un aliado fiel: su muralla líquida, su frontera bendita. Alrededor, los capitanes jugaban a las cartas, algunos rezaban, otros discutían.
—El Emperador no se atreverá —decía uno—. Está enfermo, cansado. No cruzará.
—Los españoles cruzan hasta los infiernos si les pagan —replicó otro.
El Magnánimo entró en la tienda. Su figura imponía respeto: alto, fuerte, barba de predicador y mirada de profeta cansado.
—Que hablen menos —ordenó—. El río nos guarda. Y Dios, también.
El silencio fue respetuoso, pero no convencido.
Uno de los oficiales se atrevió:
—Excelencia… ¿y si el río no basta?
Juan Federico se volvió, con ese tono grave que usaba para acabar las discusiones.
—Entonces que sea voluntad del cielo.
Nosotros no cruzaremos. Esperaremos.
Y mientras tanto, Mauricio ya se preparaba para hacerlo.
El viento soplaba del oeste, empujando la niebla hacia el enemigo. Los tercios españoles metieron los pies en el agua helada, arrastrando balsas y cuerdas.
Alba dirigía el avance desde el centro, empapado hasta el pecho. Los españoles marchaban sin ruido con los arcabuces al hombro, los labios mordidos.
Carlos observaba desde su caballo con la capa pegada al cuerpo. Tenía fiebre, pero los ojos más claros que nunca.
—¿Sabéis lo que están haciendo esos hombres, duque? —dijo.
Alba respondió sin apartar la vista.
—Están cruzando el imperio, Señor.
—No —dijo el Emperador—. Están escribiendo su historia. Solo que aún no lo saben.
Y el río tragó el sonido de su voz.
El alba llegó tarde y sucia, como si el cielo dudara de prestar luz a la matanza.
La niebla del Elba, espesa como una manta arrancada a los muertos, se abría a tajos por los remos y las pértigas.
Cuando el primero de los pontones encalló en la lengua de grava, ya había hombres con el agua a la cintura y los dientes apretados, arcabuces en alto para que no se ahogara la mecha.
No hubo trompetas. Solo el resuello de los caballos, los crujidos de correajes, un “Ave María” mordido entre muelas, y esa determinación silenciosa que ponen los veteranos en las cosas que importan.
Solo unos centinelas apostados que con discreción fueron eliminados a degüello, acallando sus gritos en la palma de la mano de sus enemigos.
—Ahora —dijo el duque de Alba, empapado hasta el pecho, señalando la orilla enemiga con el guante negro.
Luis de Quijada saltó el primero con barro hasta la rodilla, y detrás de él los arcabuceros españoles, que sabían encajar el miedo en la culata.
A su derecha, los lansquenetes, hoscos, pieles mojadas y ojos fríos, abrían hueco a culatazos en cuanto el pontón tocaba tierra.
La sorpresa fue el arma más limpia del amanecer: los sajones todavía buscaban los broches de las corazas cuando la niebla comenzó a hablar en castellano.
—¡Fuego a la mecha! —roncó Quijada.
El primer estampido fue grosero y hermoso. A esa distancia, el plomo no pregunta; decide. Cayó un caballo con dignidad de estatua, y su jinete, más sorprendido que muerto, dejó un gesto de incredulidad en el aire.
Tres disparos después, la orilla estaba ya colonizada por humo. Los españoles avanzaron a paso corto, recargando con oficio, protegidos por un seto de picas que mordía como un erizo vivo. La doctrina era simple: boca de fuego delante, bosque de hierro detrás.
Carlos había cruzado. Lo hizo a caballo, con la capa empapada y la mirada de un hombre que gobierna su fiebre como gobierna a sus reinos: sin concesión al temblor.
Nadie se lo pidió y nadie tuvo valor para impedírselo.
Le acompañaban dos docenas: guardias, trompas mudas, un capellán sin latines.
A pocos pasos, el 22 Rey de Romanos, Fernando, lo miraba de reojo con esa mezcla de respeto y cálculo que se reserva a los cuerpos de los que depende el mundo.
—Majestad —dijo Fernando, suave—. No conviene que el Imperio tropiece en una piedra mojada.
—Entonces —respondió Carlos, sin apartar la vista— no tropezaremos.
El río, que no sabe de coronas, siguió empujando.
Pero la orilla fue cediendo a la disciplina.
Alba metía compañías como clavos en una madera húmeda: piqueros a la izquierda para ensanchar, arcabuceros al centro para templar, jinetes ligeros en la orilla para cazar sombras que corrían hacia los estandartes sajones.
Cada balsa que llegaba encajaba en el engranaje como un diente nuevo, y Quijada, con su precisión de relojero, sellaba las rendijas con hombres que obedecían sin poesía.
Al otro lado, el campamento de Juan Federico despertó con el ruido de las cosas que se rompen.
Las antorchas dibujaban figuras torpes. Un tambor, mal templado, quiso poner orden y solo consiguió marcar la prisa.
El Magnánimo salió de su tienda medio armado, la barba erizada, la cara de quien huele la traición del agua.
—¡A la altura! ¡Formad! —su voz pesaba más que los mandos que la repetían.
Hubo obediencia digna y torpeza humana. Nadie es héroe cuando se calza correajes con las manos frías.
La artillería tardó en encontrar sus cuñas; los artilleros maldijeron la humedad en las mechas. La primera descarga imperial pilló a media docena de jinetes de la Liga con el pie en el estribo. Fue una lección práctica: el plomo no espera a la teología.
La niebla ayudó a quien menos la merecía y más la había buscado.
Alba, con el instinto de los que mandan sin literatura, inclinó la línea hacia la izquierda, clavó un ángulo de picas en una pequeña elevación, y ordenó a Quijada que adelantara dos mangas de arcabuceros por los laterales.
Era un baile torpe y eficaz: asomos breves, descarga a quemarropa, repliegue a refugio, otra vez asomo, otra vez plomo.
Al cabo de veinte minutos, aquello tenía la música monótona de las cosas que funcionan.
—No persigan —gruñó Quijada a un alférez que olía a bravura—. Persiguiendo se pierden hombres; aguantando se ganan batallas.
A retaguardia, los coraceros imperiales, con la paciencia de los oficios mayores, esperaban su hora.
La sorpresa es una llave: abre, no remata.
La remonta un peso que no corre: la caballería con riendas cortas.
Alba la mantuvo a raya como a un perro fogoso, y cuando vio que la línea sajona empezaba a mirar más atrás que adelante —ese gesto ínfimo que huele a quebranto—, hizo un signo mínimo con la mano. Los capitanes comprendieron.
Del lado protestante, Juan Federico había recuperado parte del terreno más a fuerza de voluntad que de artillería.
Agrupó a sus jinetes en una lengua de prado que asomaba más seca junto al río, metió arcabuceros detrás de las sillas como pudo, y arremetió contra la cuña imperial que amenazaba su estandarte.
A esa distancia, lo que decide no es el valor sino la disciplina; pero el valor dignifica la caída.
El Magnánimo entró con los suyos como entra quien ha decidido perder el día con decoro si no puede ganarlo con gloria.
El choque fue seco y brutal. Caballo contra pica, acero contra cuero, hombres que sienten por primera vez el peso irreversible de la mañana.
La primera fila imperial aguantó el envite con los dientes, el asta de las picas vibrando como árboles en tormenta.
Tres jinetes sajones se colaron, dos murieron al paso, el tercero alcanzó a un sargento español que no tuvo tiempo de rezar; le bastó con insultar bien.
A dos pasos, un tambor imperial, muchacho demasiado joven para ir vestido de guerra, cayó de rodillas con la mirada grande, impresionado por ver la muerte ante sus ojos.. Quijada lo levantó de un brazo como quien rescata una herramienta útil.
—Vive y toca —dijo—. Para morir ya habrá tiempo.