Carlos V. Trilogía Completa 28. El secreto #2
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28. El secreto #2

Ella no se movió del sitio. No buscó laúdes ni violas.

Cantó en voz muy baja, casi un rezo, una canción de patio que no habría lucido en ninguna corte.

El alemán le salió redondo y tibio, como pan.

La letra hablaba de un soldado que vuelve y de una mujer que no llora, porque llorar es gastar agua que hace falta para el caldo.

Carlos escuchó esa tosquedad hermosa como se escucha una absolución.

Por un instante, Ratisbona dejó de ser una ciudad entre la guerra y Dios; fue un pueblo bajo la lluvia.

Cuando terminó, no aplaudió. Eso hubiese sido romper el encanto. Hizo lo único decoroso: inclinó la cabeza como ante una actuación bien hecha.

—Gracias.

—De nada —dijo ella—. Es mi trabajo.

La vela titubeó. En el brasero, la brasa mostró de nuevo su corazón y lo escondió después, tímida. Carlos se sentó otra vez. El silencio llenó la estancia con un peso amable. Fuera, la campana de una iglesia tanteó las horas con indecisión.

Entonces ocurrió lo que a veces pasa entre dos soledades cuando comparten calor y frío durante un rato.

No fue un arrebato. No fue la derrota vulgar de los cuerpos que se buscan porque se aburren.

Fue un acercamiento lento, como cuando dos manos se tocan en la oscuridad para comprobar que todavía tienen dedos.

Carlos no se levantó; ella tampoco se echó encima.

Acortaron la distancia del modo más honesto: con un paso breve cada uno.

No hubo frases. No hubo juramentos. Bárbara apoyó la palma, leve, sobre el dorso de la mano del Emperador.

Él no la retiró. Sintió, con sorpresa, que aún le quedaba piel en el mundo que no fuera para el hierro o la tinta.

Cerró los ojos un instante. Dejó que el recuerdo de Isabel pasara por delante, como pasa una reina difunta por una nave en silencio, y lo honró sin encadenarse.

La lluvia seguía. El brasero obedecía. Carlos acercó los dedos a los de ella.

Esa fue toda la licencia que se concedió antes de ponerse en pie con el esfuerzo digno de los hombres que se saben vistos.

Le ofreció el brazo. Bárbara lo tomó. La distancia entre la silla y la otra habitación, fue un trayecto largo como un río y breve como un suspiro.

A cada paso, Carlos pensaba en la palabra culpa y en la palabra gracia, y decidió —no sin lucha— que aquella noche eran la misma.

No hubo violencia ni prisa. No hubo juventud. Hubo humanidad. Y eso, en su vida, fue una forma de coraje.

Cuando amaneció, Ratisbona seguía lloviendo. El reloj, ahora seguro, tocó un número que quizá era el seis. Bárbara se vistió sin ceremonia. No buscó palabras que no fueran suyas. Se acercó al Emperador, que permanecía sentado al borde de la cama, con la camisa abierta y la mirada en el suelo.

—Señor —dijo—, mi padre me enseñó que los favores se agradecen con trabajo. Si alguna vez deseáis que cante, lo haré. Si deseáis que no vuelva, no volveré. Si deseáis… —buscó las palabras— que esto quede entre Dios y nosotros, así quedará.

Carlos levantó la vista. Tenía los ojos limpios de esa limpieza que deja la fatiga cuando ya ha dicho su última palabra. Asintió. No la besó la mano. No hacía falta.

—Volved cuando queráis.

Ella inclinó la cabeza y salió como había entrado: sin ruido. El Emperador permaneció un rato sin moverse. En el brasero, las brasas eran ahora memoria. Se levantó despacio, fue hasta la mesa y abrió el cofre de los papeles. No leyó ninguno. Sacó una hoja en blanco y escribió una sola línea:

“Hoy he sido hombre.”

Leyó su propia letra, sonrió, y después la rompió.

Más tarde, Granvela entró en la habitación trayendo noticias.

—Majestad. —El canciller tanteó un instante —. Ha ocurrido.

—¿Qué ha ocurrido que no haya ocurrido ya? — preguntó el emperador sin preocupación.

—Los príncipes reformados… han tomado las armas. Juan Federico de Sajonia y Felipe de Hesse han declarado que Su Majestad no busca la paz, sino la sumisión de Alemania.

—Así que al final ha empezado —reflexionó sin sorpresa.

—Han reunido tropas en Sajonia y Turingia, César. Los predicadores les llaman cruzados de la verdadera fe. En el sur algunos príncipes dudan, pero el norte arde.

El emperador asintió despacio.

—¿Y Mauricio?

—Sigue jurando su lealtad hacia el imperio.

Carlos rumió por un instante y al fin habló:

—Mandad a llamar al duque de Alba y escribid a mi heredero, Felipe. Decidle que la paz que soñé ha muerto. Y que la enterraremos con honor.

En los meses siguientes, la guerra tuvo su música de hierro.

Los ejércitos marcharon; los príncipes hicieron cuentas; los teólogos trabajaron de escribanos de Dios.

Bárbara cantó de vez en cuando, en salas pequeñas, para hombres que bebían vino dulce y miraban al suelo.

El mundo siguió siendo el mismo: injusto y obstinado.

Pero en el tablero del Emperador quedó, bajo la pieza del rey, una astilla de madera que nadie veía: la certeza de que, en mitad del invierno, una noche había sido menos fría.

Tiempo después, cuando ya no llovía en Ratisbona y el Danubio bajaba limpio como una espada, una mujer sintió en el pecho la noticia antigua de la vida. No dijo nada todavía. La música —a veces— necesita silencio antes de nombrarse.

Ese silencio fue el primer latido de un niño que llevaría el mar en los ojos y el hierro en las manos. No sería rey. Sería hijo. Y para el Emperador —cuando le llegara la noticia— eso valdría como un perdón breve concedido por la historia a un hombre cansado.

Por ahora, Carlos se ciñó la capa, pidió el caballo y salió a inspeccionar puestos y trincheras.

Lloviznaba. La ciudad olía a herrumbre y a pan.

Los españoles saludaron con la barbilla.

Los alemanes bajaron la vista. Él los miró a todos con la sobria compasión de quien entiende que manda sobre desterrados de todas partes.

Al final de la calle, un niño dejó caer una piedra en un charco y rió.

Carlos escuchó esa risa —tan parecida a otras que la memoria guardaba— y, sin saber por qué, apretó las riendas con menos fuerza.

La guerra de Esmalcalda estaba esperándolo con su aritmética de pólvora.

Él la afrontaría como siempre: con el cuerpo roto y la voluntad ordenada.

La noche de Ratisbona quedaría donde debía: en el sitio secreto donde los hombres esconden su último temblor de juventud para no perder del todo el pulso cuando llega la hora del juicio.

Siguió lloviendo, pero ya no del mismo modo.

A veces basta con que cambie la forma de mirar para que el agua parezca otra.

Y esa mañana, sin testigos ni música, el Emperador de medio mundo montó despacio y pensó —apenas un segundo— que el mundo, pese a todo, todavía sabía dar gracias.

Luego apretó las piernas al caballo, y el día volvió a ser lo que debía: barro, órdenes y hierro.

Notas

20. ↩ Ciudad alemana de la región de la alta Baviera