Carlos V. Trilogía Completa 28. El secreto
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28. El secreto

El secreto

Llovía con ese empeño que en Alemania parece una profesión. Ratisbona era una campana de plomo invertida sobre sí misma: calles empapadas, patios que olían a hierro y a leña mal encendida, tejados donde el agua corría como una escritura apurada.

En el palacio episcopal, las velas recogían sus llamas para no gastarse de más; los criados andaban a medias puntas; los guardias españoles cambiaban el peso de una pierna a otra para sacudirse el frío de las botas.

Carlos no dormía. Tenía delante los papeles de costumbre —Esmalcalda, príncipes, pertrechos, cartas del Papa que parecían escritas por un mercader con sotana— y los miraba con esa paciencia áspera que no es virtud sino costumbre.

Le dolía la mano derecha; la izquierda, también.

La gota le había trepado un poco más arriba que la semana pasada.

En el brasero, un carbón vencido dejó caer su costra y mostró un corazón vivo, rojo, tercamente caliente.

Pensó que eso era el poder: una brasa que se apaga despacio y, de cuando en cuando, enseña lo que le queda por dentro.

Había pasado semanas desde aquella velada en la casa de los Blomberg.

No había vuelto a verla. No lo había permitido, ni se lo había permitido.

Cuando la voz de la muchacha se metía en su habitación al caer la tarde, él cerraba la ventana para que entrara más lluvia que recuerdo.

En la mesa, apilaba los despachos de Granvela y los informes de Luis de Ávila, uno de sus hombres en la guerra, como si el peso del papel pudiera con el de la memoria. No podía.

—Majestad —dijo la voz al otro lado de la cortina—, ¿puedo?

No necesitó ver para saber quién era. Antonio de Granvela tenía el timbre de los hombres que piden permiso como si lo concedieran.

—Pasa.

El consejero entró con la capa chorreando y el sombrero en la mano. Dejó sobre la mesa un pliego anudado con cinta.

—De 20 Ingolstadt. Mauricio de Sajonia nos ha servido bien en la guerra contra Francia y el turco, pero debo decir que es un hombre ambicioso.

—Sin muchos los príncipes que se han dejado seducir por la herejía de Lutero, confiemos que Mauricio siga cumpliendo con su deber.

—Confiemos —secundó Granvela.

Carlos asintió sin mirar el papel. A través del paño húmedo de la ropa de Granvela llegó el olor de la calle: lluvia, cuero, caballo. Un olor que le agradó más que todos los bálsamos de cámara.

—¿Podéis llamar a Luis de Quijada? — se le ocurrió pedir a Carlos.

—¿Algún asunto relevante?

—Solo que se presente ante mí.

Granvela se retiró y obedeció. El asunto que tenía en mente Carlos, iba más allá de los despachos y no podía ser transmitido a cancilleres o caballeros, pero sí a alguien que pudiese ser de confianza. Alguien como un Hidalgo que no cuestionase nada.

Quijada se presentó ante el emperador.

—¿Me habéis mandado llamar, César?

—Luis, cierra la puerta.

—Vos diréis.

—Lo que os pido va más allá de vuestro deber, así que espero que me podáis perdonar.

Os lo voy a pedir no como emperador, sino como hombre.

Esta ciudad… canta. Y, a veces ese canto me consuela.

Me han dicho que la hija del patricio Blomberg…

—no terminó la frase—. Podríais vos… —tampoco terminó el gesto.

—¿Queréis que traiga a la hija de ese burgués?

El Emperador levantó la vista. No se enfadó. Habría sido injusto: a ciertas edades, el enojo contra el mensajero es mala educación con la vida.

—Luis —dijo—, cuando un hombre está a punto de hacer la guerra a su propia Alemania, no debe pedir a nadie que lo consuele... Perdonad, olvidad lo que he dicho.

El hidalgo inclinó la cabeza. No era el sí ni el no; era el gesto de quien sabe que el Emperador se contradirá sin ayuda.

—Buenas noches, majestad. Contad con su presencia.

Cuando quedó solo, Carlos dejó caer los hombros como se deja caer una coraza invisible.

Oyó su propia respiración sobre la lluvia y pensó, sin palabras, que Isabel había puesto silencio a todo esto mientras vivió; que después la música se había vuelto peligrosa como una daga; y que, de pronto, una voz —la de Bárbara— había entrado en la estancia sin abrir puertas.

No dio la orden de llamarla. Tampoco la de olvidarla. Dejó la vela al mínimo y apoyó la frente en la mano. Afuera, el Danubio empujaba su agua contra la ciudad con esa gravedad de animal viejo que nunca se precipita.

Quijada la trajo sin ruido. Bárbara Blomberg entró con un manto oscuro, sin joyas ni adorno, las manos juntas como quien lleva algo que no se ve. No temblaba. Tampoco desafiaba. Tenía la dignidad espontánea de la gente que ha aprendido pronto que el orgullo sostiene.

Se detuvo a la distancia justa del respeto. No hizo reverencia de teatro. Inclinó la cabeza, como se saluda a un anciano en la calle cuando la lluvia obliga a decir buenas noches deprisa.

—Señor.

Carlos no se levantó. No lo hizo por altivez, sino por el dolor de sus huesos. Hizo un gesto con dos dedos hacia la silla de enfrente. Ella no se sentó.

—Os he escuchado cantar— dijo él, y en su voz no hubo corte ni cepo; sólo cansancio—. La otra noche, en su casa, lo hizo.

—Sí. Lo sé. Yo también os vi a vos—respondió ella.

Se miraron en silencio, con respeto. En otro tiempo, en otra ciudad, ese mutuo reconocimiento habría tenido espectadores y crónica. Allí, bajo la lluvia de Ratisbona, eran un hombre cansado y una mujer joven, con un brasero, una mesa y dos velas por testigos.

—No quiero música —añadió Carlos, sorprendiéndose de lo que decía—. Quiero… —y no encontró el sustantivo.

Ella no acudió a salvarlo con un nombre. Esperó. Había en su quietud una sabiduría que no venía de los libros: cuando un hombre poderoso busca una palabra, no se le da; se le deja llegar.

—Quiero un rato sin ruido —terminó él—. Sin papeles. Sin Dios opinando en boca de otros.

La muchacha asintió. Dejó el manto sobre el respaldo de la silla y, ahora sí, se sentó, no muy cerca.

La luz le dio en la mejilla. Tenía unos ojos claros que no pedían nada.

Carlos pensó —y se reprochó el pensamiento— que así lo miró un día Isabel cuando él se equivocó en una firma: sin reproches, con una paciencia limpia.

—Mi madre dice —comentó Bárbara, de pronto— que el mundo se arregla cuando uno hace bien su trabajo. Yo canto, vos mandáis. No sé si se arreglará el mundo con eso, pero hoy estamos aquí.

No había insolencia en la frase. Era una tabla tendida entre dos orillas. Carlos caminó por ella.

—Yo hacia mejor mi trabajo antes —dijo—, cuando tenía alguien que me miraba.

No pronunció el nombre de Isabel. No hacía falta para que llenara la estancia. El silencio que siguió fue bueno. Afuera, un trueno arrastró su barriga por encima de los tejados. Bárbara no se sobresaltó.

—Si queréis que cante —dijo, al fin—, cantaré. Si queréis que me calle, me callo. Si queréis que me quede, me quedo. Si queréis que me vaya, me voy.

Lo dijo sin abatimiento y sin orgullo, como quien recita una oración breve que sólo pide lo posible.

Carlos cerró los ojos un instante. Se sintió menos Emperador y más hombre, y eso —en las noches malas— duele y cura a la vez.

—Quedaos—dijo.

No hubo más ceremonia.

No hablaron de religión ni de guerra. Hablaron un poco de la ciudad, de la lluvia que no descansa, de cómo el río roba la voz a las casas cuando crece.

Ella contó, con frases cortas, anécdotas de patio y mercado: un tonelero que canta falso con devoción, una niña que dejó una muñeca en el poyo de una ventana y volvió al día siguiente a encontrarla seca de lluvia, un perro que aprendió a echarse en la iglesia porque allí no lo echaban.

Carlos la escuchó. Era la primera vez en muchos años que abría la ventana del alma sin que entraran soldados. La voz de Bárbara tenía el tamaño exacto para la estancia. No dolía. No juzgaba. No prometía nada.

Cuando callaron, no se apresuraron a llenar el espacio. El Emperador se levantó despacio. Caminó hasta la ventana. La lluvia había afinado: ya no era manta, era hilo. Un hilo inacabable.

—A veces —dijo, sin volverse— pienso que mi trabajo es quejarme de Dios en voz baja.

—El mío —respondió ella— es agradecerle en voz alta lo que me presta. Luego me lo quita, claro. Pero mientras dura, canto.

Carlos sonrió con el tipo de sonrisa que deja la guerra: apenas un pliegue. Se volvió. La miró mucho rato, con educación. Había aprendido a hacerlo: a mirar sin tomar; a tomar sin creer que le pertenecía.

—¿Tenéis miedo? —preguntó.

—Puede ser.

—¿De mí?

—No exactamente. Tengo miedo de no entender lo que soy yo delante de vos. Eso da miedo un momento. Después se pasa. Queda… —buscó— respeto, supongo.

Carlos asintió. Recorrió con la vista la mesa: la pluma, el tintero, el sello, los pliegos apilados. La guerra, a una pulgada. La vida, a una pulgada también, del otro lado.

—Mi esposa murió hace años —dijo, por primera vez esa noche—.

Desde entonces todo es trabajo y penitencia.

Esta guerra nueva que está por empezar… —dejó la frase, como se deja una espada en su vaina—.

Me he hecho viejo preparando la paz de otros.

Y mientras tanto no me he permitido tomar a otra mujer.

No he querido… —No se atrevió a terminar la frase con un “hasta ahora”.

Bárbara no ofreció consuelo. Alzó apenas la mano y tocó el respaldo de la silla, como quien acaricia un animal que no ve. Era un gesto sencillo; Carlos pensó —otra vez se reprochó pensar— que Isabel acariciaba así la madera antes de sentarse en invierno, para llamarla por su nombre.

—Cantad —pidió.