Carlos V. Trilogía Completa 27. La conjura contra el imperio
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27. La conjura contra el imperio

La conjura contra el imperio

Felipe de Hesse era alto, fornido, y con el rostro marcado por una juventud que no se resignaba a morir del todo, jugaba con la copa, girándola entre los dedos.

Tenía los ojos vivos, de animal inquieto, y una boca que siempre parecía a punto de sonreír o de insultar, según soplara el ánimo.

Era hombre de acción, impaciente, buen jinete, peor creyente.

Había tenido más amantes que confesores, y lo sabía toda Alemania.

Pero cuando hablaba de política, su voz era de hierro.

—El Emperador vuelve a llamarnos a concilio —dijo, con un desprecio cargado de cansancio—. Otro sermón y otro año perdido.

El humo de las antorchas ascendía como plegarias que se arrepienten a mitad de camino.

Juan Federico, sentado frente a él, no respondió enseguida. Tenía el gesto endurecido por el deber. Más ancho que alto, el rostro cuadrado, las cejas unidas como un ceño perpetuo. El tiempo lo había hecho grave, pero no lento.

Entre ambos había amistad, aunque del tipo que se forja más en la guerra que en la fe.

—El emperador no quiere concilios —dijo por fin el elector—. Quiere obediencia. Y los teólogos le sirven de trompeteros.

Felipe bebió un sorbo largo, como si confirmara la sentencia.

—Habla de paz, y mientras tanto recluta lansquenetes y españoles. ¿Cuánto tiempo más esperaréis, Federico? ¿A que venga con su cruz y sus arcabuces a enseñarnos doctrina?

El elector no respondió de inmediato. Miraba el fuego, pero veía otro fuego. El de Ratisbona, cinco años atrás.

Recordó el olor a tinta y a diplomacia, el rumor de los prelados y las promesas del Emperador. Recordó cómo Carlos, con su voz cansada y esa cortesía borgoñona que sonaba a sentencia, les había dicho:

—Alemania no necesita otra fe, sino una obediencia más pura.

Y él, Juan Federico, joven todavía, creyendo que la verdad podía hablarse sin perder la cabeza, le había contestado:

—Majestad, la obediencia sin convicción es servidumbre, no fe. Somos hombres libres y hemos roto las cadenas.

Por un instante, el salón de Ratisbona había quedado mudo. Los obispos miraban al suelo, los secretarios a sus plumas.

Carlos no se alteró. Sólo lo observó, con aquella mirada que no era humana ni divina, sino política. Luego respondió, con una calma que dolía más que el grito:

—Y la convicción sin obediencia es rebelión.

Aquella frase se le había clavado en el alma. Ahora, en Torgau, el eco aún ardía bajo el peso de los años.

—Nos prometió un entendimiento —dijo el elector, volviendo al presente—. Pero cada palabra suya era una ofensa. Los concilios fueron excusas; las treguas, trampas. Desde Ratisbona supe que algún día habría que tomar la espada.

Felipe sonrió con esa sonrisa peligrosa de los hombres que confunden la fe con el orgullo.

—Y yo supe que vos tardaríais demasiado en hacerlo.

El comentario cayó con el filo de una daga, pero el elector no se ofendió.

—No es cobardía —replicó—. Es peso. Cada guerra de fe mata más almas que cuerpos.

—Y cada concesión las mata dos veces —respondió Felipe—. No habléis de almas, hablad de Alemania. El Emperador no quiere salvarla, quiere poseerla.

Sobre la mesa había un mapa extendido. Sajonia, Hesse, Turingia. Alrededor, nombres tachados: príncipes vendidos al oro de Bruselas o a la indulgencia de Roma.

Felipe pasó el dedo por el trazado del Elba.

—De aquí a Wittenberg —dijo—, el suelo es nuestro. Pero más allá del Danubio, los pueblos dudan. Y en el sur, los obispos se arrodillan ante los tercios. Levantó la mirada—. Si esperamos, perderemos todo.

Juan Federico no discutió. Sabía que el landgrave tenía razón. El Imperio se desmoronaba bajo el pretexto de salvarse. Los teólogos en Trento discutían si la gracia era don o préstamo, mientras los campesinos de Turingia enterraban a sus hijos por impuestos que pagaban a Roma.

Felipe golpeó la mesa con el puño.

—¡Basta de concilios! —rugió—. El Emperador miente con el crucifijo en la mano.

El eco del golpe rebotó entre las vigas.

Uno de los secretarios, levantó la vista del pergamino.

—Mi señor, la violencia puede perdernos.

Felipe lo miró como a un insecto.

—¿Y la paciencia no? —replicó—. ¿Cuántas veces hemos esperado la palabra del Papa? ¿Cuántas promesas del César han traído otra cosa que lanzas?

Juan Federico intervino, sereno.

—Felipe… no es ira lo que nos convoca. Es justicia.

El landgrave rió, sin alegría.

—Llamadla como más os plazca. Pero mientras la nombramos, Carlos se Habsburgo recluta ejércitos en Flandes y manda cartas a Roma. Y nosotros seguimos discutiendo la diferencia entre herejía y pecado.

Se echó hacia atrás, dejando caer el peso de la copa vacía. El fuego, al fondo, se apagaba por partes.

—¿Y Mauricio? —preguntó de pronto uno de los consejeros.

El nombre tensó el aire. Mauricio de Sajonia, primo de Juan Federico y yerno de Felipe, era joven, ambicioso y frío como el acero flamenco con el que se armaba. Decían que rezaba con los luteranos y negociaba con los católicos, según la hora del día.

El elector frunció el ceño.

—Mauricio tiene el alma de un mercader y la sonrisa de un predicador. Habla de honor, pero escucha al oro.

—El Emperador lo sabe —añadió Felipe—. Lo alimenta con halagos. Le promete la corona electoral que hoy llevas tú.

Juan Federico apartó la vista. Sabía que era cierto. La traición no había llegado aún, pero ya la olía.

—Entonces que elija pronto —dijo con voz grave—. No habrá neutralidad posible cuando la pólvora hable.

Felipe asintió, complacido.

—Al fin hablas como un soldado.

El elector lo miró sin sonreír.

—No. Hablo como un hombre que se ha cansado de rezar en vano.

Cuando la reunión terminó, y los criados retiraron las jarras, Felipe y Juan Federico quedaron solos un momento.

El landgrave se acercó a la ventana. Afuera, la nieve cubría los techos como una bendición inútil.

—¿Sabes, Federico? —dijo sin volverse—. A veces pienso que el Emperador no cree en Dios. Cree en el orden. Y el orden es más cruel que la fe.

El elector lo escuchó en silencio. En su mente, seguía oyendo la voz de Carlos en Ratisbona, aquella calma peligrosa con que había pronunciado:

—La convicción sin obediencia es rebelión.

Ahora, cinco años después, comprendía que aquel día había empezado la guerra. Sólo faltaba decidir cuándo la llamarían por su nombre.

A medianoche, cuando Felipe se retiró a sus aposentos, Juan Federico permaneció en la sala. Miró el retrato de Lutero, serio, implacable, y le habló en voz baja:

—Nos diste palabras, Martín. Pero ahora sólo nos quedan armas.

El retrato no respondió, pero el fuego pareció avivarse un instante, como si la historia —esa vieja irónica— hubiese encendido una vela por lo que estaba por venir.

En los caminos del norte, la nieve seguía cayendo, lenta, silenciosa, tapando los rastros de quienes aún creían que podían evitar la guerra. La Liga de Esmalcalda acababa de decidir su destino.

Y el Emperador Carlos, lejos de allí en Ratisbona, aún no lo sabía.

Notas

19. ↩ Ciudad alemana del estado de Sajonia