Carlos V. Trilogía Completa 26. Una luz en el luto
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26. Una luz en el luto

Una luz en el luto

El invierno había llegado pronto, como todo lo que duele. En los caminos del Danubio, las ruedas de los carros se hundían en el barro helado y las banderas del Imperio parecían trapos viejos, resecas por el polvo de una guerra acabada y otra que ya se olía aunque aún no había estallado.

Carlos de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se hallaba en Ratisbona, ciudad libre y orgullosa, con más templos que tabernas y más conspiradores que fieles.

Había venido, decía, para restaurar la paz de Alemania.

Pero en el fondo todos sabían —incluso él— que la paz ya no era posible.

Las provincias protestantes del norte se habían alzado bajo la bandera de la Liga de Esmalcalda, una alianza de príncipes que no querían volver a arrodillarse ante Roma ni ante el Emperador, mientras en el oeste, Francia sonreía como un lobo con los dientes limpios.

Y en el este, el Turco aguardaba en silencio, sabiendo que cada guerra entre cristianos era un favor que se le hacía gratis.

Carlos lo sabía todo. Lo había visto venir desde hacía años. Pero los reyes y los emperadores no eligen su guerra: sólo deciden dónde morirla.

Estaba viejo. Se sentía en su crepúsculo.

La gota le subía por los pies como una maldición heredada.

Dormía poco, comía peor. En las noches sin sueño, recordaba su luna de miel en Granada, sus triunfos en Túnez y Pavía, y la sonrisa de su emperatriz Isabel, muerta hacía casi una década.

Esa muerte había sido su única derrota verdadera.

Todo lo demás —reyes vencidos, coronas ganadas, obispos humillados— no eran sino contabilidad del poder.

Pero Isabel era la única que había logrado callar el ruido de su conciencia.

Ahora, en Ratisbona, nadie callaba nada. Ni su cuerpo, ni su alma. Ni los consejeros, que hablaban de logística y ducados mientras él pensaba en cómo detener la descomposición del mundo.

“Ni la fe, ni el poder, ni el orden”, había dicho una vez Granvela padre, “duran más que la carne de los hombres que los sostienen”.

Carlos había asentido sin responder.

El Emperador caminaba despacio por los corredores del palacio episcopal, donde se alojaba.

Las losas estaban frías incluso a través de las suelas.

En el patio, los arcabuceros españoles hacían guardia con las capas mojadas y las miradas huecas de los que ya han visto demasiadas guerras que no son las suyas.

Él los entendía. También él se sentía extranjero en todos los sitios que mandaba.

Esa tarde, uno de sus chambelanes le anunció una invitación.

—Una velada, majestad. En casa de los patricios Blomberg, notables de la ciudad. Música, cena, gente de peso.

Carlos levantó apenas la vista.

—¿Música?

—Dicen que una joven canta como los ángeles —añadió el chambelán, deseando que eso bastara para ablandar al Emperador.

Durante un momento, Carlos pensó en decir que no. La música era una herida abierta desde que Isabel se había ido. Pero luego asintió, con ese gesto corto y resignado de los hombres que ya han perdido tantas batallas que aceptan cualquier tregua.

La casa de los Blomberg estaba cerca del puente de piedra, una construcción maciza, sin elegancia, pero con orgullo.

En las ventanas colgaban tapices de caza y el aire olía a vino dulce y madera.

Dentro, el calor era excesivo. Los burgueses alemanes temen más al frío que al infierno.

Carlos entró sin pompa. Apenas dos heraldos y un guardia español.

Los anfitriones se inclinaron tanto que uno de ellos casi perdió el equilibrio. El Emperador saludó con un gesto y tomó asiento junto al hogar.

Había música. Laúd, viola, y una voz femenina. Carlos no miró al principio. Estaba absorto en el fuego, en cómo las brasas se hundían unas en otras como soldados muertos.

Pero luego la oyó.

La voz era clara, joven, sin afectación. No cantaba para agradar: cantaba porque no podía hacer otra cosa.

Cuando levantó la vista, la vio.

Bárbara Blomberg no tenía el aire altivo de las damas de la corte de Bruselas ni el perfume cargado de las cortesanas italianas. Era sencilla, casi vulgar, pero con esa naturalidad que desarma a los hombres acostumbrados a los gestos del protocolo.

Cantaba con los ojos abiertos, mirando más allá de la sala, como si cantara para alguien que no estaba allí.

Carlos la observó sin mover un músculo.

Durante un instante, su mente no estuvo en Alemania, ni en los protestantes, ni en la guerra que se avecinaba. Estuvo en Toledo, en una tarde de luz dorada, en la risa de Isabel mientras sostenía al pequeño Felipe entre los brazos.

Sintió una punzada en el pecho. No era devoción. Ni deseo. Era algo más hondo, más confuso: el recuerdo de haber sido hombre antes que emperador.

Cuando la música cesó, nadie habló. Luego los aplausos llenaron la sala, torpes, demasiado ruidosos.

Carlos se levantó despacio.

—Agradezco vuestra hospitalidad —dijo al anfitrión—. Y a la joven, su canto.

No añadió más. No miró atrás.

Pero al salir, en el umbral, volvió la cabeza apenas un instante. Ella lo vio. Y en ese cruce breve de miradas quedó algo suspendido, algo que ninguno de los dos sabría nombrar.

De regreso al palacio, el Emperador caminó sin escolta. Las calles de Ratisbona eran un laberinto de piedra mojada.

A lo lejos, los herreros seguían trabajando. La guerra necesitaba hierro más que fe. Carlos pensaba en su vida, en lo que había hecho, en lo que quedaba por hacer. Había combatido por la unidad de la Cristiandad, pero ahora la Cristiandad era una herida abierta que ni Dios parecía querer cerrar.

Había servido al Papa, pero los Papas se servían a sí mismos. Había vencido a reyes, pero no al tiempo. Y sin embargo, esa noche, lo único que recordaba era una voz.

Cuando llegó a su escritorio, pidió luz y abrió el cofre de documentos. Las cartas del Papa, las quejas de Flandes, los informes de los generales… nada le interesó.

Cerró la caja. Permaneció sentado un largo rato, mirando la llama de la vela.

El nombre de Bárbara Blomberg no se le había quedado. Pero sí el timbre de su voz, su manera de mirar por encima de todos los presentes, como si no temiera al mundo.

«Así miraba Isabel a los prelados» pensó. «Con esa seguridad callada de quien sabe que no debe nada a nadie»

No sonrió.

Pero por primera vez en años, el sueño le llegó sin el sabor amargo del recuerdo.