25. El perfume y la paciencia
El perfume y la paciencia
A orillas del Bósforo, el aroma a jazmín impregnaba el aire que iba acompañado por una clase de silencio que no era resignación, sino reflexión.
Roxelana caminaba despacio por el corredor de las celosías.
Había aprendido a andar sin ruido, a reinar sin corona y a dominar con una sonrisa.
En la penumbra del serrallo, las lámparas de aceite parecían estrellas cautivas.
Al fondo, una fuente susurraba con ese rumor de agua que no prometía consuelo, sino tiempo.
Su hijo Mehmed había muerto hacía poco. La fiebre —eso decían— se lo había llevado como una ráfaga que apaga una vela y deja el olor del pabilo quemado.
Había llorado con los dientes apretados.
Después había ordenado que retiraran los paños negros y devolvieran los perfumes.
El luto, pensó, servía para los que necesitaban ser vistos; a ella le bastaba con recordar y Roxelana no olvidaba.
El mundo, sin embargo, no le concedía pausa.
Mustafá, primogénito de Solimán y de Mahidevran, seguía siendo el favorito de los soldados y del pueblo, con esa mezcla peligrosa de devoción y rumor que tanto podía subir a un príncipe al trono como empujarlo a un cadalso.
Era valiente, hermoso y popular; demasiado de las tres cosas para que un imperio durara mucho con él al frente. Roxelana lo entendía. Por eso le temía.
Se detuvo ante una ventana. El Bósforo respiraba un aliento de metal.
Sobre el vidrio, su rostro parecía el de otra mujer: piel clara, ojos grises, boca que sabía ser miel y cuchillo.
Pensó en sus otros hijos como quien cuenta las monedas de una dote que debía dar frutos: Selim, de temperamento suave, amante del vino y la música; Bayezid, impetuoso, orgulloso, con una sombra de fuego donde otros tenían prudencia; y Cihangir, frágil, de espaldas vencidas por el dolor, inteligencia fina de halcón que no volaría lejos.
Y pensó también en Mihrimah, su hija, su espejo, su alfil en un tablero donde demasiados hombres creían jugar solos.
Mihrimah había elegido bien—o Roxelana había elegido bien por ella: Rüstem Paşa, el yerno, la herramienta más dócil y al tiempo más peligrosa del palacio
Esa noche Rüstem la aguardaba. Entró con el respeto que exigía el rango y la confianza que dan los secretos compartidos.
—Madre —dijo; así la nombraban puertas adentro, con la naturalidad de quienes sabían que no había título más exacto para el poder—. En Anatolia, Mustafá reune afectos. En Manisa lo tocaban como a un santo; en los cuarteles lo bendecían como a un general.
Ella no lo miró todavía.
—¿Y el sultán? —preguntó.
—Lo ama. Ve en él su heredero —respondió Rüstem con esa voz administrada con que hablaba en el Diván.
Roxelana inclinó apenas la cabeza. En los palacios, el amor era una venda más eficaz que la seda.
—Entonces —dijo— habrá que enseñarle a ver. Con cuidado. Con paciencia. Sin forzarlo.
Ahí empezó a convertir su plan en un teatro para los ojos del sultán, donde debía contar más, lo que parecía que era a lo que realmente era.
La preparación de la obra empezó con lo que no se veía. La primera herramienta fue la distancia. En aquel imperio, la geografía había decidido más herencias que los testamentos. El príncipe más cercano a Estambul respiraba el aire del poder; el que estaba lejos respiraba polvo.
Rüstem llevó la propuesta al Diván con la mansedumbre del que trae una medida administrativa: trasladar a Mustafá de Manisa a Amasya fue en su día una excelente idea.
La explicación parecía razonable: equilibrio en las provincias, orden en los gobernazgos, rotación de príncipes como establecía la costumbre.
Nadie pudo discutirlo sin parecer sospechoso.
Pero con Mehmed fuera del tablero, las otras piezas deberían colocarse cerca del poder.
Así, Selim recibió Kütahya, y más tarde, por parecer, cercanía a la capital; Bayezid obtuvo Karaman, un hueco desde el que podía saltar; Cihangir, enfermo, quedó protegido en Estambul, tal vez demasiado débil para el gobierno, pero oportunamente cerca del corazón del imperio.
Roxelana había escrito esa música a cuatro manos con su yerno. No hubo violentos golpes de tambor; solo cambios de compás. Un decreto aquí, una recomendación allá, un traslado con sello de prudencia. Y así, Mustafá, sin notarlo del todo, empezaba a alejarse de nuevo.
Luego vino lo que se olía. En el harén, el rumor corría más rápido que la sangre.
Mihrimah, —la hija de la sultana—entraba y salía con la seguridad de quien atravesaba su propia casa.
No se ensuciaba las manos; movía voluntades.
Bastó que algunas mujeres de lengua ligera y oído fino repitieran la palabra “jenízaros” delante de las criadas adecuadas.
Los eunuquillos multiplicaron habladurías: que Mustafá mandaba cartas, que prometía pagas atrasadas, que se decía hijo del destino más que del sultán.
Nadie recordaba la fuente, pero todos querían haberla oído los primeros.
Roxelana había ordenado a las suyas no exagerar. La conspiración se preparaba con medias verdades; la mentira completa olía demasiado a cocina.
—Llevadle al sultán dudas, no certezas—les dijo.
Un hombre poderoso teme más lo que no sabe que lo que le aseguran.
El clima ayudó. Solimán lloraba a Mehmed con una pena que a ratos parecía enfermedad.
Pasaba horas frente al Corán, los dedos moviéndose sin voz sobre las suras.
Había envejecido de golpe: la espalda más rígida, los párpados más pesados.
Cuando ella entraba, alzaba la vista como quien emerge de un pozo.
—Alá me puso a prueba —murmuraba él—. Me quita aquello en lo que quiero creer.
Roxelana lo escuchaba con la paciencia de una mujer que amó de verdad. Había ternura en su mirada—una ternura endurecida, eso sí, por el hábito de las decisiones.
—El dolor era una puerta —le dijo—. Y detrás de esa puerta estaban los que esperaban vuestra debilidad.
No nombraba a Mustafá. Lo dejaba a la sombra, donde crecen los miedos.
A veces, cuando lo veía abatido, le traía buenas nuevas que eran munición envuelta en flores: el turco respiraba porque Solimán lo ordenaba; Solimán respiraba porque el Imperio debía seguir.
“Y para que siga —susurraba—, conviene que los más leales estén cerca”.
Entonces mencionaba Kütahya y Karaman, Selim y Bayezid, como quien recita un rosario de obediencias futuras.
Cihangir quedaba en Estambul, bajo su mirada; una presencia doliente que a Solimán le ablandaba el gesto como a ningún otro.
El sultán asentía, y a veces solo cerraba los ojos.
En su silencio, Roxelana introducía otra pieza: Rüstem Paşa.
La figura del yerno había crecido sin hacer ruido.
Era un visir laborioso, de manos que olían a tinta y metal acuñado.
No lucía cicatrices; lucía balances. El ejército lo toleraba porque cobró a su tiempo; los ulemas lo respetaban porque no les negó su limosna; los mercaderes lo consideraban uno de los suyos con turbante mejor atado.
—Rüstem entiende la ciudad —decía ella—. Y entiende vuestro ánimo. No os pide gloria; os quita preocupaciones.
Así se ganaba el puesto cada mañana.
Mientras tanto, en los corredores donde la política se disfrazaba de conversación, Mihrimah se ocupaba de los aliados.
Tenía ese modo de mirar que hacía creer al interlocutor que la idea acababa de ocurrírsele a él.
Una bolsa de dinares para el capitán adecuado, un favor prometido al hijo de un cadí, una promesa de indulgencia a un poeta con lengua afilada.
Nada excesivo; lo justo para que cuando se pronunciara “Mustafá” nadie respondiera con entusiasmo, sino con un discreto cambio de tema.
Selim y Bayezid fueron también parte de la escenografía.
No era prudente mostrarlos como rivales de Mustafá.
Lo importante era presentarlos como hijos obedientes.
Se les instruyó en el arte de escribir cartas al padre, llenas de respeto, noticias administrativas, cosechas, impuestos, salud de las guarniciones.
Nada de épica. A Solimán, exhausto de pena, le convenía la letra de contable más que la fanfarria del héroe.
Cihangir, en cambio, quedaba como ángel tutelar del palacio: ausente de la carrera, presente en la conciencia del sultán.
Roxelana entendía que el pueblo amaba relatos simples: el primogénito valiente frente al mundo.
Por eso eligió no contradecir la fábula de Mustafá; la dejó evaporarse.
En Estambul, todo lo que no se alimentaba moría por inanición de rumor.
Bastó con distraer la atención: procesiones piadosas financiadas por ella, 17 waqfs fundados en su nombre para hospitales y fuentes, pan barato una semana al mes en los barrios donde la miseria hablaba demasiado alto.
Que el mercado cantara otra historia. El pan era una forma de Teología que entendían incluso los pobres.
Se ocupó luego de la escritura. En el imperio, un sello valía más que cien juramentos pronunciados en una tienda.
Rüstem envió cartas en nombre del Diván a los 18 bajás de Anatolia y Rumelia, mesuradas, impecables, con una música que decía: obediencia, contención, memoria.
Se les felicitó por la paciencia con que mantenían el orden; se les recordó la benevolencia del sultán; se les insinuó que en Estambul gustaba ver a los hombres que sabían esperar.
Los que alargaban la mano demasiado pronto sufrían accidentes inexplicables, como los caballos que tropiezan justo antes de la meta.
No se amenazó a nadie. Roxelana aborrecía la amenaza abierta. Prefería que los hombres creyeran tomar decisiones solos. El miedo más durable era el que cada uno se fabricaba.
A la par, Rüstem cuidó el dinero. Hizo pagar a los jenízaros puntualmente y, cuando pudo, con una gratificación pequeña pero recordable. La fama de Mustafá en los cuarteles era cosa seria; la gratitud del bolsillo, más seria todavía.
Todo se hizo sin tocar todavía al príncipe. Mustafá seguía siendo nombre público y esperanza íntima de quienes veneraban la fuerza visible. Roxelana lo sabía: adelantarse era tentar a la suerte; accidentalizar parecía más elegante.
Con el tablero distribuido, faltaba empujar con un dedo. Ese dedo fue una conversación preparada durante semanas.
Una noche, Solimán volvió del Diván con el gesto de quien carga hierro en los párpados. Se sentó ante la mesa y ordenó papeles. Roxelana aguardó en silencio, un paso atrás—ni tan cerca para parecer urgente, ni tan lejos para resultar indiferente.
—Dicen que Mustafá escribe —dijo él por fin, sin mirarla—. Dicen muchas cosas.
Ella dejó que la frase se extinguiera por sí misma antes de hablar.
—No sé lo que dicen, señor —respondió con voz baja—. Solo sé lo que ocurre cuando los hombres creen que los soldados los aman más que su padre.
Solimán alzó los ojos. En ellos ardía un fuego que no era ira, sino memoria. Roxelana no añadió nada. Solo tomó una carta del montón—una misiva cualquiera, un asunto menor—y la colocó frente a él.
—Mirad lo que hace Selim —susurró—. Gobernar en paz. Y lo que Bayezid aprende—obedecer. Cihangir reza por vos. Y Mihrimah vela esta casa. Nadie en esta mesa os pide gloria. Os pedimos descanso.
La palabra descanso pesó más que sospecha. El sultán respiró hondo. No afirmó nada. Tampoco lo negó.
—Me gustaría que Selim venga a Estambul unos días —dijo—. Quiero verlo.
—Vendrá —aseguró ella.
—Y que Bayezid envíe informe de rentas. Quiero saber cómo aprende a contar lo que otros quieren gastar.
—Lo hará.
Así terminó la preparación. No hubo golpes, ni prisas, ni frases para la historia.
Hubo distancias exactas, dinero a tiempo, sermones en voz baja, cartas que sugerían más de lo que decían, hijos colocados con cálculo.
Hubo, sobre todo, esa paciencia que suele confundirse con la suerte cuando la ven los ignorantes.
En adelante, cada paso sería consecuencia de los anteriores. El tablero estaba dispuesto: Selim y Bayezid más cerca; Cihangir a salvo; Mihrimah en el centro de la red; Rüstem con las llaves del tesoro y de las puertas. Mustafá, lejos. Y el sultán, rodeado de razones para descansar.
Roxelana comprendió que había hecho lo que debía.
Se permitió, por una vez, cerrar los ojos un instante y escuchar el ruido del agua.
No sintió satisfacción; sintió lógica. El poder, bien administrado, sonaba así: a una fuente que no se veía del todo, pero cuyo rumor imponía al patio entero el mismo compás.
Abrió los ojos.
El Bósforo, al fondo, parecía una hoja de acero dormida.
Y ella, que lo contemplaba, sabía que todavía no había ganado—solo había aprendido a no perder.
Aprendió que en los palacios la victoria llegaba cuando los demás la daban por inevitable.
Y que a esa clase de victorias se llegaba siempre por el mismo camino: perfume y paciencia.
Estaba todo dispuesto para el siguiente paso. Destruir a sus enemigos.
Notas
17. ↩ Donaciones en forma de bienes, como propiedades que podían generar ingresos
18. ↩ Mandos superiores en el ejercito otomano.