24. El cálculo de las pérdidas
El cálculo de las pérdidas
Bruselas. Unos días después.
A varias leguas de allí, el emperador Carlos meditaba frente al fuego. Tenía el rostro cansado, la barba entrecana y los ojos hundidos de quien cargaba con más mundo del que un hombre podía sostener.
El mensajero se había marchado hacía un rato, y la carta con la nueva muerte —la de María Manuela— reposaba abierta sobre la mesa. Junto a ella había otro pliego: la noticia de que Carlos, el duque de Orleans había muerto también.
El emperador pasó una mano por el papel. Dos muertes, dos piezas menos en el tablero.
El fuego chisporroteaba. Afuera, una lluvia menuda golpeaba los cristales del palacio de Coudenberg.
Luis Méndez de Quijada entró entonces en la estancia.
Era un hombre de unos cuarenta años, curtido, discreto, de mirada firme.
Había nacido en Villagarcía de Campos, hijo de hidalgos viejos y tierra pobre.
Como muchos castellanos, había cambiado los surcos por los campos de batalla, y en ellos se había hecho soldado.
Sirvió primero en Flandes, luego en Alemania, y más tarde en Italia, donde la pólvora y el barro formaban los únicos cimientos seguros del Imperio.
De rostro severo y palabra medida, Quijada había aprendido pronto que la lealtad no se reclamaba: se demostraba.
En los años duros de guerra, había seguido al emperador sin exigir botín ni favores, y Carlos, que sabía distinguir al cortesano del hombre recto, le había tomado afecto.
No era su amigo —porque el César no tenía amigos—, pero sí de su confianza.
Y en aquellos días, eso valía más que una corona.
—Venid, Luis —dijo el emperador, señalando una silla.
Quijada se sentó con la cautela del que sabía que en aquella mesa no se compartía vino, sino razones de Estado.
—He recibido dos malas nuevas hoy —prosiguió el emperador—. Mi nuera, la princesa de Portugal, ha muerto. Y el duque de Orleans también ha dejado este mundo.
Hizo una pausa, mientras jugueteaba con el sello imperial.
—El cielo parece empeñado en corregir la política de los hombres.
Quijada inclinó la cabeza.
—Dios dispone, Majestad.
Carlos sonrió sin alegría.
—Dios dispone, sí. Pero también calcula.
Levantó la vista y lo observó en silencio un instante.
—La paz de Crépy se sostenía en la promesa de Orleans. Francisco de Francia soñaba con ver a su hijo duque de Milán. Ahora no hay hijo, ni hay Milán que ofrecerle.
Quijada asintió con respeto.
El emperador continuó:
—Dicen que el joven murió en París, tras un duelo, o tal vez por contagio de las fiebres que asolaban la corte. Tenía apenas veinticinco años. Un príncipe imprudente, pero necesario. Francisco perderá más con su muerte que con diez derrotas.
El fuego crujió. Quijada esperó, y cuando habló lo hizo con la franqueza que el emperador le toleraba solo a él.
—Aun así, Majestad, Francia no suele llorar a sus príncipes más de lo que tarda en afilar la espada.
Carlos lo miró con una media sonrisa cansada.
—Por eso os estimo, Luis. Habéis aprendido a hablarme sin adornos.
El emperador respiró hondo antes de proseguir.
—El imperio atraviesa un momento de sosiego. Solimán se ha retirado del frente de Viena: dicen que por el luto de su hijo Mehmed. El turco llora, y sus jenízaros lo miran con recelo. En Oriente, el enemigo ha perdido impulso. En fin, la muerte nos visita y no respeta ni a viejos ni a jóvenes.
Guardó silencio unos segundos.
—Y aquí, en Alemania, los príncipes protestantes empiezan a perder aliados.
La Liga de Esmalcalda se resquebraja. Algunos buscan mi perdón; otros se consumen en su propio orgullo.
Es un momento de paz frágil, pero paz al fin.
Tal vez el único respiro que Dios nos conceda antes de la próxima tormenta.
Quijada lo escuchaba en silencio, atento a cada palabra.
Carlos se volvió hacia el fuego y prosiguió con voz más baja:
—Si la espada descansa, convendría usar la palabra. Y si Dios me da aún fuerzas, este podría ser el momento de extirpar de raíz el veneno luterano que ya ha durado demasiado. Con ejemplo. Con unidad.
Miró al capitán con los ojos encendidos por un brillo que era mitad fe, mitad obstinación.
—Por eso, Luis, conviene atar a Francia con un lazo firme. Si Francisco teme perder lo que pueda ganar con paz, no volverá a tentarse con la guerra. Y mi hijo, viudo y joven, puede ser ese lazo. Un matrimonio sellaría más que un tratado.
—¿Una princesa francesa, señor? —preguntó Quijada, sin rodeos.
—Sí —respondió Carlos sin dudar—. Una de sus hijas, quizá. Si de ese enlace nacen hijos, podría otorgarse a uno de ellos Milán. El equilibrio se mantendría, y el imperio ganaría tiempo. Tiempo para acabar con la herejía antes de que el turco levante otra vez sus estandartes.
El capitán asintió despacio.
—Sois el único hombre que ve la paz como una campaña, Majestad.
Carlos rió suavemente.
—Y vos, Luis, el único que os atrevéis a decírmelo.
Hubo un silencio breve, casi cómplice, como entre dos viejos soldados que saben que el mundo se sostiene sobre fatigas que no se confiesan.
—Vuestra Majestad siempre hallaba el modo de sostener el mundo —añadió Quijada al fin.
Carlos lo miró, casi con ternura.
—El mundo, Luis… el mundo se sostenía solo con paciencia y muerte. Yo solo procuraba que no se cayera antes de que mi hijo estuviera listo para sostenerlo.
Se levantó y caminó hacia la ventana. Afuera, Bruselas dormía bajo la lluvia.
—Felipe aún no lo sabe, pero el trono se cobra caro lo que concede.
Guardó silencio un instante.
Luego, con voz más baja, murmuró:
—Dios tenga en su gloria a María Manuela. Y al duque de Orleans. Ambos murieron sin entender que en este mundo solo los vivos pagan los pactos de los muertos.
Quijada se inclinó y el emperador lo despidió con un gesto.
Cuando el soldado salió, Carlos se quedó solo frente al fuego. En su rostro, las llamas dibujaban una mezcla de cansancio y grandeza, como si el hombre y el imperio ardieran al mismo tiempo.
El emperador murmuró algo que solo el fuego escuchó.
—César…
Antonio de Granvela interrumpió sin anunciarse. En un primer momento no se atrevió a interrumpir la meditación del emperador, pero sabía que Carlos no hablaba nunca sin haber medido cada palabra. Finalmente, el monarca giró apenas la cabeza y, sin apartar los ojos del fuego, dijo con voz grave:
—Alguna novedad sobre los príncipes reformados.
—Nada por el momento. Siguen unidos por la fe y por no someterse a vuestra autoridad.
—Antonio... no hay enemigo más temible que el orgullo disfrazado de fe. Los príncipes reformados se creen unidos por doctrina, pero lo que verdaderamente los ata son sus ambiciones. Y esas son siempre más frágiles que sus rezos.
Granvela inclinó levemente la cabeza.
—Majestad, vuestras palabras son sabias. Dividirlos será más sencillo que vencerlos en el campo.
Carlos asintió despacio.
—Atiende a eso. No busques aplastarlos todos de una vez. Promételes lo que desean, dales esperanzas diferentes. Uno anhela tierras, otro títulos, otro el favor del emperador. Con promesas se deshacen las ligas más fuertes... y se sostienen los imperios.
El cardenal hizo una leve reverencia.
—Así se hará, señor.
Un ujier se presentó entonces en la puerta y anunció con voz solemne:
—Su Alteza Mauricio, duque de Sajonia.
Carlos volvió la mirada hacia Granvela, y en su gesto se adivinó un leve destello de cálculo.
—Hazle pasar —dijo.
Granvela retrocedió unos pasos, y el sajonés entró con paso firme.
Era joven aún, alto, de porte decidido, con los ojos brillantes de esa ambición que Carlos había aprendido a reconocer al instante.
Su capa llevaba el polvo del viaje, pero su actitud era orgullosa, sin excesiva reverencia.
Se inclinó brevemente ante el emperador.
—Majestad imperial.
Carlos le indicó el asiento frente al fuego, aunque él mismo no se movió.
—Alteza —respondió con cortesía contenida—, es un placer veros en Bruselas.
Mauricio se sentó con rigidez marcial.
—El honor es mío.
Durante unos instantes, solo se oyó el chisporroteo del fuego. Carlos lo observó con esa mirada escrutadora que parecía atravesar las corazas y las máscaras. Luego habló, sin dureza, pero con la cadencia lenta de quien mide el peso de cada sílaba.
—He recibido noticias de vuestra campaña contra los franceses durante la ultima guerra. Habéis mostrado valor... y prudencia. Virtudes que no siempre marchan juntas.
—He hecho cuanto estaba en mi deber —respondió Mauricio, con un leve orgullo en la voz.
—Y más —replicó Carlos—. Vuestro apoyo ha sido decisivo. No todos los príncipes de Alemania pueden decir lo mismo. Algunos prefieren predicar antes que servir. Vos, en cambio, habéis sabido distinguir entre la fe y la obediencia.
Mauricio bajó la mirada por un instante, incómodo.
—Majestad sabe que en Sajonia las tensiones religiosas son hondas. Pero mi lealtad al imperio no depende de dogmas.
Carlos sonrió, apenas.
—Por eso os tengo aprecio. El mundo está lleno de hombres que sirven a Dios y traicionan a su señor, y de otros que sirven al señor mientras invocan a Dios para justificarlo. Vos, parece, habéis encontrado un equilibrio.
Granvela intervino con voz suave:
—Su Alteza ha demostrado una devoción ejemplar a la causa imperial, aun cuando sus consejeros lo instaban a mirar hacia Wittenberg y Lutero.
Mauricio inclinó la cabeza, sin replicar. Carlos dio unos pasos hacia él, apoyando el bastón en el suelo con un leve golpe.
—Mauricio, no ignoro las diferencias de credo que separan a nuestros pueblos. Pero más allá de eso, la lealtad a la autoridad es lo que mantiene la paz en este mundo. Si el imperio cae en disputas internas, Francia y los turcos no tardarán en repartirse sus ruinas.
—Lo comprendo, majestad.
Carlos lo miró unos instantes, como si midiera su temple.
—Permitidme hablar con franqueza. Vendrán días duros. Tal vez nuevas guerras. Tal vez nuevas tentaciones de rebelión entre los príncipes. Quiero saber si, llegado el momento, Sajonia se mantendrá fiel al emperador.
El fuego crepitó con fuerza, como si acompañara el silencio que siguió. Mauricio, tras un breve instante de reflexión, respondió:
—Mientras mi deber lo mande, serviré al imperio.
Carlos sostuvo su mirada.
—¿Y mientras sirváis al imperio, me serviréis también a mí?
La pregunta cayó con el peso de un juicio. Mauricio vaciló apenas, luego asintió con firmeza.
—Sí, majestad.
Carlos inspiró hondo, satisfecho. Se volvió hacia la mesa donde reposaban algunos documentos, tomó uno de ellos y lo desplegó con gesto solemne.
—Entonces debo corresponder a vuestra fidelidad. Sabéis que vuestro primo, el elector Juan Federico, se apartó del camino de la obediencia. La rebelión tiene su precio.
Mauricio alzó los ojos, sorprendido, pero guardó silencio.
Carlos continuó:
—He meditado largo tiempo sobre quién merece ocupar su lugar. No basta la sangre ni la edad. Hace falta juicio, lealtad... y visión.
Extendió el pergamino frente al fuego, y el sello imperial centelleó bajo la luz anaranjada.
—Si me juráis que, en cualquier conflicto venidero, os mantendréis del lado del Imperio, del orden y de mi persona... este título os pertenecerá.
El duque de Sajonia se incorporó despacio, mirando el documento con una mezcla de ambición y desconcierto.
—¿El título de elector... para mí?
—Para vos —dijo Carlos—, si cumplís vuestra palabra. Alemania necesita príncipes fuertes, no fanáticos. Necesita hombres que comprendan que la fe sin obediencia es anarquía.
Mauricio respiró hondo.
—Acepto, majestad. Mi espada y mi casa estarán con el Imperio.
Carlos asintió con un gesto leve pero satisfecho.
—Bien. Granvela se ocupará de los detalles.
El cardenal inclinó la cabeza.
—A la orden de Vuestra Majestad.
El emperador dio media vuelta hacia el fuego y contempló cómo una brasa se desprendía y caía entre las cenizas. Su voz, más baja, sonó como un pensamiento que escapaba involuntario:
—En este mundo, hasta la fe necesita premio. Y los premios, obediencia.
Mauricio inclinó la cabeza, comprendiendo que la audiencia había terminado. Se retiró con una reverencia medida, mientras Granvela lo acompañaba hasta la puerta.
Cuando el sonido de sus pasos se perdió en el corredor, Carlos permaneció inmóvil frente a la chimenea. La luz del fuego danzaba en sus ojos cansados, y por un instante su rostro se endureció con la certeza de quien ha sellado un destino.
—Que Dios me perdone —murmuró apenas—, pero a veces para salvar el Imperio hay que comprar las almas una a una.
El fuego crepitó de nuevo, como si el mismo infierno se permitiera asentir en silencio.