Carlos V. Trilogía Completa 23. La visita de la muerte
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23. La visita de la muerte

La visita de la muerte

María Manuela de Portugal gritaba. No eran gritos regios. No eran gritos de princesa. Eran los gritos eternos de una mujer dando vida mientras la muerte espera, paciente, apoyada en un rincón oscuro.

Los médicos se movían alrededor del lecho con manos temblorosas.

No temblaban por ignorancia: temblaban porque sabían demasiado.

El parto se había alargado más de lo prudente.

María, con apenas dieciséis años, sudaba como si hubiera corrido por toda Castilla, con su rostro empapado, sus labios secos y su respiración rota en jadeos.

—Agua. Traed más agua hervida —ordenó el médico mayor, tapando con la voz la ansiedad que se respiraba en la estancia.

Las damas se miraban entre sí. Algunas lloraban en silencio.

María se aferró al borde del lecho.

—¿Felipe…?

Su voz era un hilo desgarrado.

—Su alteza está afuera, mi señora —susurró una dama—. Reza por vos.

Rezar. Qué palabra tan frágil en una noche como esa.

En la sala contigua, Felipe caminaba en círculos como depredador enjaulado.

Nada lo había preparado para aquello. Había leído crónicas militares, debatido leyes, estudiado tratados. Pero el dolor de María… ese dolor no tenía nombre ni libro que lo explicara.

Golpeó sin querer una silla.

—¿Por qué tardan? —preguntó, sin dirigirse a nadie y a todos al mismo tiempo.

Los cortesanos bajaron la mirada. Nadie respondía jamás a un príncipe que pregunta con voz quebrada.

Felipe cerró los ojos. Recordaba a María riendo en Salamanca, con la frescura de quien cree que la vida tiene más luz que sombra.

Recordaba cómo lo había tomado de la mano cuando visitaron a su abuela Juana en Tordesillas.

Recordaba su dulzura, su juventud, su esperanza.

Y ahora…A solo escuchaba sus gritos, al otro lado de un muro que parecía un abismo.

—Señor… —dijo un capellán—. Dios está con ella.

Felipe abrió los ojos con una frialdad que heló al clérigo.

—Entonces que la ayude —respondió—. Porque yo ya no puedo.

El niño estaba saliendo entre sangre y llanto, entre el agotamiento y la extenuación.

—¡Empuja, alteza, empuja!

—¡Otra vez, señora!

—¡Más!

Un último grito quebró el aire como una lanza.

Y entonces… silencio. Un silencio espeso, insoportable.

—¿El niño…? —susurró una dama.

El médico levantó un bulto pequeño, casi inmóvil. Un niño delgado, con la piel casi transparente.

Respiraba… pero apenas.

—Traedlo a su alteza —ordenó.

Felipe vio entrar al médico con el recién nacido. Vio la expresión del hombre. Y supo que no era el triunfo que esperaba.

—¿Mi hijo? —preguntó con un hilo de voz.

El niño lloró débilmente. Un sonido corto, frágil, como un pajarillo herido.

El médico no supo mentir:

—Está vivo, señor. Pero… su alteza la princesa necesita cuidados urgentes.

Felipe sostuvo al niño. Su hijo. Carlos. Lo miró un segundo. Solo un segundo. Aquel cuerpecito temblaba, respiraba con dificultad, las facciones tensas por un parto demasiado duro. Y entonces un nuevo grito recorrió el palacio. El grito de María.

Felipe entregó el niño sin pensarlo dos veces.

—Cuidadlo —ordenó.

Y corrió hacia la estancia de su esposa.

María estaba pálida. Pálida como solo están quienes se van. El sudor se había secado dejando la piel fría. Los médicos murmuraban entre ellos: fiebre, infección, enrojecimiento, peligro.

Felipe se acercó a su esposa. Ella abrió los ojos. Quiso sonreír… no pudo.

—¿Nuestro hijo? —preguntó con un hilo que apenas era aire.

—Vive —dijo Felipe—. Vive, María. Gracias a ti.

Ella cerró los ojos, aliviada.U lágrima rodó por su sien.

—Quiero… verlo —susurró.

Felipe tragó saliva. Él tampoco tenía fuerzas.

—Lo traerán, mi amor. Lo verás. Descansa.

Pero no lo vería.

El niño sería llevado a otra estancia, lejos de los riesgos de infección.

Las mujeres mayores insistieron. Los médicos también.M deliraba ya de fiebre.

Felipe dudó. Dudó como nunca en su vida.

—Es lo mejor —le dijeron.

Y él, incapaz de distinguir entre amor y miedo, entre deber y esperanza…Aceptó.

María jamás vería a su hijo.

Los trece días siguientes fueron un descenso lento hacia un abismo inevitable. La fiebre subía. Las fuerzas bajaban. Las plegarias se repetían.

Felipe pasaba horas junto a la puerta, sin entrar, sin irse. No podía verla consumirse. No podía dejarla sola.

María deliraba. Llamaba a su madre, Catalina. Nombraba flores que nadie conocía.

—Felipe… —susurró una noche—. Que Dios… te dé luz…

Él quiso responder. Pero no pudo. La voz se le rompía antes de salir.

El último amanecer, María exhaló un suspiro que no volvió. El palacio quedó en silencio.

Felipe caminó hasta la sala donde habían llevado al niño. Carlos dormía. Pequeño, frágil, ajeno a la tragedia que lo rodeaba.

Felipe lo miró. Debería haber sentido amor. Debería haber sentido ternura. Pero en lugar de eso, sintió algo punzante, oscuro, casi insoportable.

Dolía. Dolía mirar al niño y ver la ausencia de María.Dolía verlo y recordar sus gritos. Dolía verlo y saber que su nacimiento había sido el precio de la muerte de la princesa. Felipe dio un paso atrás. Y otro.

Las damas esperaban que lo tomara en brazos. Los médicos esperaban instrucciones. Los clérigos esperaban palabras piadosas. Pero él… él no podía.

—Encargaos de él —dijo, sin mirar más.

Se volvió. Cerró la puerta. Y no la abrió durante mucho, mucho tiempo.

El principe sentía que sería señor de medio mundo como su padre. Pero a cambio Dios le arrebataría todo lo que amase: primero su madre, Isabel, y después María. No. No podía permitirse amar.

El príncipe Felipe velaba el cuerpo de su esposa muerta.

La joven María Manuela de Portugal yacía en una cámara demasiado grande para su cuerpo frágil.

Las luces temblorosas de las velas multiplicaban sombras que parecían dolerse con él.

A los pies del lecho ardía un crucifijo, y un fraile murmuraba salmos con la voz apagada por el sueño.

Nadie osaba romper aquel aire pesado de sacristía y pena.

El cuerpo reposaba cubierto por un sudario de encaje.

Solo asomaban la frente pálida y la línea del mentón.

Felipe, inmóvil, observaba esa piel que ya no respiraba.

A veces cerraba los ojos, como si quisiera dejar de mirar, pero el deber y la culpa lo obligaban a seguir contemplando.

Porque un príncipe no lloraba, pero recordaba.

Y Felipe recordaba.

María Manuela había llegado de Portugal apenas dos años antes, apenas una niña. Su matrimonio había sido de Estado, como todos los suyos. La vio por primera vez el día de su boda. Él tenía diecisiete años; ella, quince.

Cumplieron con su obligación y concibieron un heredero. Pero el parto la destrozó. Murió a los pocos días, dejando en el mundo y en Felipe un vacío que ni el poder ni la devoción lograrían llenar.

El príncipe se inclinó y miró por última vez el rostro de su esposa. Le pareció que dormía, pero había una frialdad en la piel que no dejaba lugar a ilusiones.

—Rezad por ella —dijo al fraile, sin levantar la voz.

Luego dio media vuelta y se alejó despacio, con la capa negra rozando el suelo como una sombra más.

Fuera, el aire nocturno de Toledo permanecía inmóvil. En el cielo, la luna parecía un ojo vigilante sobre los tejados. Felipe no alzó la vista. No creía ya en señales divinas, solo en la pesada aritmética de los destinos que se escribían en las cancillerías.