29. El zorro de Sajonia
El zorro de Sajonia
El verano había dejado los campos del Elba cubiertos de polvo y moscas. Alemania hervía.
En el sur, el emperador Carlos V reunía sus tropas para someter a la Liga de Esmalcalda, aquella confederación de príncipes protestantes que, desde hacía años, desafiaba su autoridad.
En el norte, el viejo equilibrio de las casas alemanas se resquebrajaba como una pared húmeda.
Y entre las grietas, Mauricio de Sajonia, joven, astuto, ambicioso, observaba.
Tenía veinticinco años, la sonrisa prudente de quien sabe callar a tiempo, y unos ojos de acero frío que parecían medir distancias incluso cuando miraban rostros.
No creía en Lutero ni en Roma, ni en más dios que el poder.
Pero conocía el valor del gesto, del símbolo, del juramento pronunciado en el instante justo.
Y sobre todo, conocía a su primo, Juan Federico: orgulloso, lento para la intriga, confiado en que la sangre de los Wettin pesaba más que la astucia.
Mauricio sabía que no era así. Sabía que la sangre, en tiempos de guerra, se derrama antes de que se recuerde.
El calor apestaba a hierro y sudor en los patios del castillo de Dresde. Los herreros golpeaban sin descanso, los carreteros cargaban pertrechos y los capitanes aguardaban órdenes. Mauricio se paseaba entre ellos con paso lento, midiendo cada mirada.
No había declarado nada aún.
Oficialmente, Sajonia permanecía neutral entre el Emperador y la Liga de Esmalcalda.
Pero los rumores corrían más rápido que los mensajeros:
—El joven duque trata con los imperiales.
—Se ha reunido con el emperador.
—Dicen que piensa atacar a su propio primo.
Los rumores, como el fuego, solo necesitan aire. Y Mauricio los dejaba respirar.
Aquella tarde, el canciller Heinrich von Brück, un hombre enjuto, de rostro anguloso y barba gris, entró en su despacho con un gesto preocupado.
—Alteza, la Liga espera vuestra ayuda —dijo sin preámbulo—. El Magnánimo confía en vos. Si permanecéis en silencio, lo tomará por traición.
Mauricio lo observó como quien evalúa a un mensajero antes de decidir si le corta la lengua o le paga.
—¿Traición? —repitió con calma—. Brück, en este imperio la traición es cuestión de punto de vista. Mi primo ha jurado proteger a Alemania de los ejércitos imperiales. Yo protegeré Sajonia de la ruina. Ambos cumplimos nuestra palabra.
—Pero vuestra palabra… —se atrevió el canciller.
—Vale más que la suya —interrumpió Mauricio—, porque yo aún no se la he dado a la Liga Esmalcalda
Y con eso bastó.
Días después, un emisario imperial llegó de Innsbruck. Venía escoltado por jinetes españoles de rostro curtido y capa raída. Traía una carta con el sello de Carlos V y el perfume acre de la diplomacia vieja.
Mauricio la leyó dos veces.
El emperador ratificaba su promesa. Le ofrecía algo que ningún Wettin sensato habría rechazado: el título electoral de Sajonia, si ayudaba al Imperio a derrotar a su primo Juan Federico, jefe militar de la Liga.
“Con la gracia de Dios y del Sacro Imperio”, decía el documento, “los bienes de los rebeldes pasarán a manos de los fieles”.
Mauricio sonrió sin levantar la vista. Los fieles. Qué palabra tan cómoda. En ella cabían los ambiciosos, los prudentes y los cobardes.
Levantó la pluma, escribió su respuesta con tinta firme y seca:
“ Sajonia servirá al Emperador con la espada y la razón.
A cambio, el Emperador servirá a Sajonia con justicia.”
La justicia, en boca de un príncipe, es una moneda con dos caras. Mauricio acababa de lanzarla al aire.
Durante las semanas siguientes, Dresde se transformó en un cuartel.
Los caminos hacia el sur bullían de caravanas.
Los talleres de Leipzig no daban abasto fundiendo cascos, herrando caballos, cosiendo estandartes con el doble león de los Wettin y en los establos, los corceles resoplaban, inquietos por el olor de la guerra.
Mauricio pasaba las noches en su estudio, sobre un mapa extendido del Alto Elba: A un lado, las posesiones de su primo; al otro, sus propias tierras, separadas por líneas tan delgadas como una cicatriz.
Los capitanes lo miraban trazar rutas con la pluma como quien dibuja una partida de ajedrez.
—Tomaremos Meissen primero —decía—. No se espera ataque desde el norte.
—¿Y si vuestro primo regresa de Baviera? —preguntaba uno.
—Para cuando decida volver, ya no tendrá a dónde regresar.
El tono era sereno, casi cordial. Solo los más viejos comprendían el frío que escondían esas palabras.
A finales de septiembre, la orden de marcha fue sellada. La justificación oficial: “asegurar las fronteras del Electorado ante la anarquía provocada por la Liga”.
Nadie en Sajonia lo creyó, pero todos callaron. En la corte, callar era sobrevivir.
En la víspera de la invasión, Mauricio cenó solo. Tenía delante una copa de vino tinto y una vela temblorosa. El escribano esperaba a su lado con un pergamino limpio.
—Dictad el edicto —ordenó
Mauricio apoyó los dedos sobre la mesa.
— A los fieles súbditos de Sajonia y del Imperio: por mandato del Emperador y por la salvación de la paz. Se ordena ocupar los territorios bajo el mando del rebelde Juan Federico, a fin de preservar el orden, la fe y la justicia. Todo acto en contra será considerado traición.
El escribano escribió sin respirar.
Mauricio añadió, casi en un susurro:
—Y poned también… que todo soldado que robe o ultraje será ahorcado. No quiero campesinos rezando por mi primo.
El hombre asintió, aunque ambos sabían que en guerra nadie distingue entre justicia y pillaje.
Luego, Mauricio se levantó, abrió la ventana. A lo lejos, las antorchas de los campamentos titilaban como un enjambre de luciérnagas.
«Todo empieza mañana» pensó. «Y todo termina igual: con sangre»
La madrugada del 2 de octubre, las tropas de Mauricio cruzaron el río. Un amanecer pálido cubría el agua, tan quieta que reflejaba las lanzas como si fueran agujas de vidrio.
En cabeza marchaban los lansquenetes, hombres de todas partes: flamencos, suizos, bohemios. Tras ellos, los piqueros sajones y la caballería ligera. Los tambores no sonaban; el silencio era su bandera.
Al llegar a la otra orilla, el capitán Schwendi —un veterano con más cicatrices que dientes— se volvió hacia su señor.
—Alteza, ya estamos en tierra del Magnánimo —dijo.
Mauricio asintió.
—Entonces que sepa que sus tierras tienen un nuevo amo.
Y sin mirar atrás, espoleó el caballo.
El primer objetivo era Meissen, joya del Elba, antigua residencia de los Wettin. La ciudad, rodeada de murallas viejas, no ofreció resistencia. El gobernador, desconcertado, recibió a Mauricio en la puerta oriental con un grupo de notables.
—Señor, ¿venís en paz o en guerra? —preguntó el anciano alcalde.
Mauricio desmontó despacio, sacudió el polvo del manto.
—En paz —respondió—. Pero en paz del Emperador.
Firmó decretos, cambió guarniciones, confiscó los almacenes de grano, y al día siguiente, sus banderas ondeaban sobre el castillo de Albrechtsburg.
Los cronistas dirían que no se derramó sangre.
No mencionaron los cuerpos de dos centinelas colgados del puente, por “haber insultado al nuevo elector”.
Y así, el miedo se extendió más rápido que los mensajeros.
Desde Meissen, Mauricio giró al sur. En Leipzig, segunda ciudad del electorado, la guarnición de su peimo se preparó para resistir, pero la moral estaba quebrada. Los notables locales, comerciantes y burgueses, sabían leer el viento: el Emperador vencía, y apostar por el perdedor era ruina.
Cuando los jinetes de Mauricio aparecieron en la colina de Petersberg, la milicia ciudadana abandonó las murallas y los cañones quedaron mudos.
Al mediodía, el estandarte de Mauricio ondeaba en la torre principal.
Mauricio entró a caballo, con el casco bajo el brazo, flanqueado por piqueros de uniforme verde. La multitud observaba, silenciosa, como si presenciara una misa fúnebre.
Un niño arrojó una piedra que rebotó en el adoquinado, sin alcanzar al duque. Mauricio ni siquiera giró la cabeza.
Al caer la noche, envió mensajeros en todas direcciones:
“A todos los pueblos y villas del Electorado:
la guerra no es contra vosotros, sino contra la rebelión.
Guardad lealtad y viviréis en paz bajo la protección del Emperador.”
Las copias se clavaron en puertas de iglesias y mercados. Debajo de cada una, alguien escribió con carbón:
“ Traidor .”
El único punto de resistencia real fue 21 Torgau, donde el conde von Eberstein, leal a Juan Federico, cerró las puertas y juró defender la fortaleza. Allí, por primera vez, la guerra mostró su rostro.
Durante dos días, los cañones tronaron sobre las murallas. Mauricio, siempre prudente, observaba desde una colina con su catalejo.
A su lado, el capitán Schwendi mascaba tabaco.
—Son buenos hombres —dijo el veterano—. Luchan por su señor.
—Y mueren por su testarudez —replicó Mauricio—. Si todos los hombres fueran leales, no habría imperios.
Al tercer día, Torgau ardió.
Las llamas devoraron las casas de madera y los depósitos de grano. Mauricio ordenó apagar el incendio solo cuando el último estandarte del Magnánimo cayó entre las brasas.
Entró entre las ruinas con gesto impasible, un niño de diez años lo observaba desde un portal carbonizado.
El duque se detuvo, lo miró un instante.
—Busca a tu madre —dijo.
Y siguió caminando.
En noviembre, casi toda Sajonia estaba bajo su control. Mauricio escribió a Carlos V desde Leipzig, en tono de victoria contenida:
“ Sacra Majestad:
Vuestros enemigos han sido apartados del camino.
Sajonia os pertenece, y con ella la paz del norte.
Espero que la justicia imperial cumpla su parte.”
Carlos respondió semanas más tarde con un mensaje lacónico:
“ El Imperio recuerda a sus fieles.”
Pero la recompensa tardaría en llegar. El emperador estaba ocupado en derrotar al grueso de la Liga, aún necesitaba mantener las apariencias.
Mauricio debía esperar. Y esperar era lo único que detestaba.
Notas
21. ↩ Ciudad alemana situada al noroeste del estado de Sajonia, también conocida como Turgovia.