22. El día en que los reyes envejecieron
El día en que los reyes envejecieron
El verano había llegado a Francia con el polvo de los ejércitos y el rumor de los cascos de los caballos en los caminos.
Por el norte, los ingleses del Tudor sitiaban Boulogne, y al este, el emperador Carlos de Habsburgo —rey de España, señor de Alemania, de Italia y del Nuevo Mundo— avanzaba hacia el corazón del reino francés con la paciencia de un hombre que ha aprendido que la victoria no se grita: se impone por cansancio.
Las aldeas ardían tras su paso, las torres de las iglesias se rendían al sonido de los tambores imperiales, y los soldados hablaban del César con un respeto que mezclaba miedo y admiración.
A su alrededor, una Europa entera parecía hecha para sostenerlo: alemán en el acento, español en la sangre, borgoñón en el orgullo y flamenco en la nostalgia.
Un hombre dividido, pero que había logrado lo que ningún otro antes: que su nombre pesara más que las fronteras.
Francisco de Valois, rey de Francia, lo sabía.
Lo había sabido desde hacía años, desde Pavía, desde Madrid, desde cada carta que le recordaba que su enemigo no solo era un hombre, sino una idea: la de un imperio universal, un poder que hablaba en todos los idiomas y rezaba a un solo Dios bajo una sola corona.
El Consejo del Rey francés, se reunió esa tarde en Fontainebleau. Los secretarios entraban y salían con despachos que ya no traían esperanza, solo urgencias. El canciller Du Bellay sostenía un mapa cubierto de alfileres, cada uno marcando un avance enemigo.
—Majestad —dijo, inclinándose—, los imperiales han tomado Saint-Dizier. Se dirigen hacia Reims. Si continúan, París quedará a menos de veinte jornadas.
Francisco, sentado en su sillón, no respondió. Tenía el rostro pálido, la barba descuidada y la mirada fija en un punto del suelo. En su mano derecha, la sortija de oro con la flor de lis giraba lentamente entre los dedos.
—¿Y los ingleses? —preguntó al fin, sin levantar la vista.
—En Calais, señor. Han tomado Boulogne. Y se dice que el rey Enrique se dispone a marchar sobre Montreuil.
Se hizo un silencio únicamente roto por el sonido de las plumas escribiendo.
—Así que el Habsburgo por el este y el inglés por el norte —murmuró el rey—. Dos reyes cristianos que se reparten mi reino como mercaderes de vino. Dos buitres revoloteando sobre el mismo cadáver.
Du Bellay guardó silencio. Sabía que no había respuesta posible.
El rostro del monarca, antaño hermoso, se había vuelto duro y fatigado.
—Decidme —continuó el rey—, ¿qué dicen nuestros aliados?
—El Papa guarda silencio. Venecia también.
—Y los suizos.
—Han pedido más oro del que tenemos.
Francisco sonrió, sin alegría.
—Siempre piden más. Hasta Dios parece pedir más cuando se le reza en tiempos de derrota.
El condestable Anne de Montmorency, hombre de guerra y de heridas, dio un paso adelante.
—Si concentramos las fuerzas del norte y fortificamos la ribera del Marne, París podría resistir.
Francisco giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Resistir? ¿A qué precio, Montmorency? No me interesa morir defendiendo un muro.
—Majestad…
—Callad —lo interrumpió el rey—. El Habsburgo no quiere París. Lo conozco lo suficiente. Quiere a Francia de rodillas. Y lo peor es que tal vez lo consiga.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier consejo. Las velas se consumían lentamente sobre la mesa. El rey cerró los ojos un instante. Cuando volvió a hablar, su voz sonó ronca, más vieja que su edad.
—He combatido a ese hombre desde hace más de veinte años. He perdido, he jurado, he roto juramentos, he reconstruido ejércitos y alianzas. Cada vez que creí que lo tenía lejos, regresó como una sombra. Y ahora, cuando apenas puedo caminar, vuelve para cruzar mi frontera.
Du Bellay intentó aliviarlo.
—También él envejece, Majestad.
—Sí —replicó Francisco—. Pero el cansancio del César pesa menos que mi vergüenza.
Se levantó con dificultad, apoyándose en el bastón y caminó hasta la ventana. Afuera, el jardín de Fontainebleau seguía verde, indiferente al desastre.
—Decidme, Du Bellay, ¿cómo llaman los hombres a un rey que pierde todas las guerras pero sigue reinando?
El canciller vaciló.
—Sabio, quizás.
—No. Lo llaman viejo.
Durante un instante, el silencio fue absoluto. El rey miró hacia el horizonte, luego murmuró:
—Enviad un emisario al emperador. Pedid parlamento. —Y añadió, con un hilo de voz: —Dios sabrá que lo intenté todo.
El sol de agosto caía oblicuo sobre los campos del norte de Francia. El ejército imperial avanzaba con paso firme, dejando tras de sí aldeas humeantes y cosechas arrasadas. Los estandartes del Imperio y de Borgoña se mecían al viento, rojos y negros como la sangre seca.
El emperador Carlos V cabalgaba al frente, con la armadura polvorienta y el semblante de quien carga un mundo entero sobre los hombros.
A su lado, Antonio de Granvela, escribía notas en un pequeño libro de cuero.
—Señor —dijo Granvela—, Saint-Dizier ha caído. Los franceses retroceden hacia Soissons. Crépy está a la vista. Si seguimos, París será nuestra.
Carlos no respondió. El viento agitaba su capa carmesí; en sus ojos había fatiga y reflexión, no entusiasmo.
—No deseo París, Antonio. No necesito tomarla para que sepa que puedo hacerlo.
El consejero lo observó, desconcertado.
—Vuestra clemencia no será recordada.
—Tampoco mis victorias —replicó el emperador—. Solo los impuestos y las tumbas.
Esa tarde llegó un mensajero desde el frente del Rin. Traía una noticia inesperada: Renato de Chalón, príncipe de Orange, había muerto combatiendo bajo las banderas imperiales.
El heredero de sus títulos y sus tierras fue su primo, un muchacho de once años llamado Guillermo de Nassau, debía ser puesto bajo la tutela del Emperador.
Carlos leyó el despacho en silencio. Luego levantó la mirada hacia Granvela.
—Quiero conocerlo, que lo traigan aquí. Después lo llevaré conmigo a Bruselas.
—¿Queréis tomarlo como pupilo?
—No. Como advertencia del tiempo —dijo el César, y dobló el pergamino.
Semanas más tarde, en el campamento imperial instalado cerca de Crépy, el muchacho fue presentado. Vestía de negro, con una cruz bordada al pecho. Su cabello, de un rubio casi anaranjado, brillaba bajo el sol del norte. Se arrodilló ante el emperador y besó su mano con respeto.
—Os saludo, Majestad —dijo con voz firme, impropia de su edad.
Carlos lo observó un largo instante.
—¿Cuántos años tienes?
—Once, señor.
—Entonces tienes el futuro que yo ya he perdido.
El niño levantó la mirada, sorprendido por el tono del César. En ella se cruzaron admiración e inteligencia.
—Serviré a Vuestra Majestad con lealtad —dijo Guillermo.
—Todos los hombres dicen eso antes de aprender lo que cuesta servir —respondió el emperador con una media sonrisa.
Granvela, que asistía a la escena, tomó nota mental de aquel diálogo. No sabía que acababa de presenciar el primer encuentro entre el Emperador más poderoso de la cristiandad y el muchacho que, años después, levantaría un continente contra su herencia.
Aquella noche, Carlos escribió una carta a su hermana María de Hungría, regente de los Países Bajos:
“ He tomado bajo mi cuidado a un joven de la casa de Nassau
Dicen que es inteligente, y lo parece. Tiene una mirada que no se rinde. Tal vez el futuro del Imperio dependa de ojos así”
Doblando el papel, el emperador suspiró.
—La victoria huele a ceniza, Antonio —dijo a Granvela—. Y cada niño que heredo me recuerda que el tiempo también conquista
El 18 de septiembre, el ejército imperial ocupó Crépy-en-Laonnois sin resistencia. Los franceses habían huido antes del amanecer. El emperador entró a caballo y encontró las calles vacías y las puertas de las casas abiertas como heridas.
—Basta —ordenó—. No saquearéis nada. No quiero París, ni oro, ni gloria. Solo silencio.
Granvela lo miró con admiración y un punto de inquietud.
—El silencio, señor, es lo único que los hombres no saben agradecer.
Carlos sonrió apenas.
—Entonces que aprendan.
Un mensajero llegó desde Fontainebleau. Traía una carta del rey de Francia.
Francisco I pedía negociación.
El emperador la leyó sin emoción.
—El orgullo también se arrodilla, solo que tarda más —dijo—. Preparad la reunión.
Crepy. Unos días después.
La sala era pequeña, con las paredes desnudas y una única mesa entre ambos. No había tapices ni cortesanos, solo dos reyes viejos frente a frente, cada uno con su propio fracaso a cuestas.
Francisco había entrado primero. Vestía de negro, apoyado en su bastón, la pierna vendada por la gota. Su rostro aún conservaba restos de belleza, pero la enfermedad le había robado el esplendor y dejado en su lugar un rictus amargo.
Al ver a su némesis, Carlos de Habsburgo apenas se levantó. Sus ojos, de un gris fatigado, parecían medir distancias que iban más allá del mapa de Europa.
—Habsburgo —dijo Francisco, sin inclinarse—. Al fin puedo hablaros sin que medie un ejército entre nosotros.
Carlos asintió lentamente.
—Valois —respondió—. Aunque en vuestro caso, los ejércitos solían hablar mejor que vos. Me alegra que hayáis accedido a parlamentar, creo que vos, como yo, estáis cansados de perder.
Francisco forzó una sonrisa.
—Perder… Es una palabra que vos pronunciáis con demasiada comodidad.
—He perdido muchas cosas, Majestad —replicó el emperador—. Pero nunca mi fe. Vos sí.
El golpe cayó seco. Francisco lo sostuvo con los ojos.
—¿Fe? ¿Os referís a Roma, a ese Papa que os teme más que al Infierno?
—Me refiero a Dios —dijo Carlos con calma—. Al mismo Dios al que vos vendisteis vuestra alma cuando pactasteis con el Turco una alianza ¿Tanto me odiáis para vender de esa manera vuestra dignidad?
El francés frunció el ceño.
—Ah, ya veo. Volvemos a ese viejo sermón.
—No es un sermón, Valois —replicó Carlos, apoyando ambas manos sobre la mesa—. Es una vergüenza.
»Aliarse con Solimán, enemigo de toda la cristiandad, mientras mi hermano derramaba sangre imperial en Viena para detenerlo. Vuestros embajadores bebían su café en Estambul mientras los míos morían bajo los estandartes de la Media Luna.
Francisco levantó el mentón.