21. Redención para un hombre de honor
Redención para un hombre de honor
Entre Ceresole d’Alba y las colinas de viñedo, la tierra era un mantel de arcilla reseca donde los ejércitos habían venido a poner los cubiertos del destino.
Hacia el este, una cinta de niebla a ras del suelo parecía cubrir de pudor el campo de batalla; hacia el oeste, el cielo clareaba con una luz sucia, sin promesas.
El marqués del Vasto, Alfonso Dávalos, gobernador del Milanesado, no necesitaba promesas.
Había dormido dos horas —si aquello era dormir— con el mismo sueño deshilachado de siempre: hombres sin rostro que le tendían cartas manchadas de sangre, pliegos doblados donde se leía una orden sencilla: “haced justicia”.
Y él la había hecho como se hace la guerra: con prisa, con orgullo, con mal juicio a ratos.
En alguna parte de su cabeza, una puerta permanecía entornada desde cierto día, cuando su camino se cruzó con el de Antonio Rincón.
Montó a caballo antes de que la escolta si quiera lo supiera.
En la penumbra, la armadura le crujió con ese chasquido íntimo de hierro que vuelve a encajar en la guerra como un hueso en su sitio.
Delante, la vanguardia imperial tomaba posiciones: lansquenetes alemanes con picas que parecían bosques arrancados de raíz; españoles con arcabuces; italianos de compañías del señorío milanés; a la derecha, en la distancia, se adivinaba el movimiento de caballos ligeros bajo caparazones oscuros; a la izquierda, algún estandarte con cruz borgoñona, viejo como la rabia.
Dávalos se pasó los dedos por la barbilla afeitada. Sentía la piel áspera, la noche pegada a los poros. El ayudante se acercó con la voz baja:
—Señor… el enemigo ha desplegado.
Dávalos giró el rostro. En la lejanía, tras la lengua blanquecina de la niebla, la línea francesa comenzaba a dibujarse como un fresco de martirio: suizos con cuadradas de pica compactas, gascones con las mechas de los arcabuces humeantes, gendarmes con acero que olía a París y a orgullo, y la bandera blanca con flores de lis ondulando como si el cielo estuviera bebiendo vino caro.
En el centro —sabía— estaba Francisco de Borbón, conde de Enghien: joven, impetuoso, con esa fe de los que aún no se han roto.
Apretó las riendas. La yegua relinchó, impaciente.
El marqués observó el terreno: ondulado, con hondonadas que podían tragar hombres de un bocado y zanjas de viña seca, No era mal campo para arcabuces; era campo cruel para picas que debían hundirse cuesta abajo.
Las piezas de artillería imperial —pocas para su gusto— se alineaban con parsimonia en una loma con el bronce aún frío.
Dávalos recordaba otros amaneceres: Pavía, Aversa, mil nombres que olían a hierro. Se santiguó sin fe, y luego, con voz seca, dio las órdenes que sabían a manual y a instinto:
—Alemanes al centro. Españoles en mangas por delante de las picas. Italianos a la izquierda con apoyo de artillería. La caballería ligera a mano. Nadie carga sin mi voz. Hoy no he venido a morir, y tampoco he venido a ver morir a mis hombres.
El mensajero salió al galope.
El marqués dejó que el caballo diera dos pasos y se detuvo a oler el aire: pólvora húmeda, cuero, miedo.
La bandola francesa comenzó con el himno seco de sus tambores. La niebla se rompió a golpes de pica suiza en avance en una marea de puntas como aguijones. Por delante, arcabuceros gascones en tiradores sueltos, doblando las rodillas, descargando, retrocediendo, cargando de nuevo.
En la loma, los artilleros imperiales terminaron de calzar las cuñas: una voz, otra, el chisporroteo de la mecha, el fogonazo amarillo que abre un hueco en el aire y el mundo, el rebote de piedra y carne.
Dávalos avanzó al trote con su escolta. Cerca del centro, los lansquenetes se sacudían las legañas con blasfemias que parecían letanías, bajando las picas en el gesto aprendido: selva que camina.
Los españoles delante, rotos por parejas, arcabuz y rodela, buscaban los flancos de las columnas suizas como zorros probando setos.
«La guerra moderna» se decía el marqués, olía más a mecha que a lanza; a pólvora sucia, no a caballería limpia. En las escuelas de guerra de la memoria todavía enseñaban a morir bonito. En el campo, el que vivía era el que disparaba primero y tenía estómago para rematar al caído.
La primera colisión de picas fue un choque de catedrales.
Los suizos hundieron sus hierros con ese furor aprendido en siglos de alquilar su coraje; los lansquenetes alemanes, plantaron la vara con las dos manos, los dientes apretados y los ojos abiertos de más.
Por un instante, todo dejó de existir salvo el crujir de fresno contra fresno, metal contra metal, rodillas contra barro.
La “empuja de pica” duró un latido infinito. Dávalos se inclinó en la montura, con los dedos crispados en la empuñadura.
Hizo seña a las mangas españolas. De la hondonada a la derecha salió un vaho de humo con hombres dentro: arcabuceros morenos con mechas vivas, que se dejaron ver un segundo, se plantaron en media vuelta y vomitaron fuego a bocajarro contra el flanco suizo.
Fue una descarga sucia, desordenada, pero eficaz; el costado de la columna se deshilachó como tela vieja.
En un compás de instinto, otra manga hizo lo mismo a la izquierda.
El centro era un carpintero loco: picas destrozadas, hombres que empujan, retroceden, tropiezan y vuelven a empujar, con las hileras aullando en tres idiomas.
La caballería francesa amago sobre el ala izquierda imperial; los gendarmes pesados, bajo estandartes de damasco, bajaron lanzas con ese refinamiento cruel de los salones: morir no estaba en su programa.
—Que sientan el hierro en los riñones —dijo el marqués, sin subir la voz.
Esa batalla debía ganarse.
La artillería del Borbón empezó a cantar entonces desde una loma opuesta.
Cañones cortos que buscaban nudos de hombres.
El primer pelotazo serio desparramó media compañía italiana; el segundo levantó la tierra bajo la comitiva del marqués y lanzó a un alférez al suelo como si fuese un muñeco de paja.
Dávalos no miró al caído. No por desprecio, sino porque si miraba a uno, iba a tener que mirarlos a todos.
—Señor —la voz del maestre de campo alemán le rozó el oído—. Están cediendo.
Miró esperando una buena noticia. Pero no eran las picas de los suizos las que retrocedían.
Eran sus lansquenetes alemanes los que cedían.
En la derecha, la caballería imperial, consiguió morder un bajo del terreno y asomar por el costado francés.
Un estandarte de flor de lis se inclinó como un lirio cortado.
Dávalos sintió el viejo cosquilleo: el lugar donde la batalla decide si te deja vivir honorablemente o te convierte en estatua con leyenda dulce.
Había ganado y perdido bastante como para saber que el azar, decide a menudo por razones que nada tienen que ver con las virtudes militares.
Borbón respondió descargando artillería a metralla en diagonal y lanzando a los gascones contra los jinetes que se habían atrevido a oler su flanco.
La niebla ya no existía. Solo humo. La mañana había llegado del todo, pero el sol no mandaba: mandaban las mechas encendidas y los gritos. Dávalos, en la cresta de la loma, decidió que ya estaba bien de sostener y tocaba romper.
—¡La reserva! —dijo—. ¡Adelante!
No era gran cosa: cien y pico lanzas con más voluntad que hierro bueno; dos piezas que aún no habían escupido su bilis; un contingente español de reserva, bajo un alférez con cara de confesor malo.
Bastó para empujar un tramo. Bastó para hacer dudar un estandarte francés, que tembló lo justo para que el marqués creyera —por un solo latido— que aquella victoria iba a ser suya.
El latido siguiente le devolvió a la realidad: en la izquierda, sus italianos comenzaban a plegarse ante suizos que se habían rehacido y giraban como una puerta bien aceitada. En el centro, los lansquenetes rompían de verdad en ciertos puntos, y solo la costura española mantenía la tela.
Entonces pasó lo que luego cuentan en las tabernas con el aire de quien ha visto al diablo: dos columnas de picas—lansquenete y suiza—, igualadas y furiosas, se abrieron como si se buscaran el costado, y arcabuceros que aguardaban a la espalda entraron en el corredor.
La trampa fue doble y simultánea en ambos bandos en algún tramo del frente; el tajo cruzado de fuego convirtió el pasillo de picas en matadero.
Dávalos, desde su silla, vio hombres caer hacia atrás con los brazos abiertos, como si estuviesen abrazándose a la muerte.
—Ya está —murmuró.
No lo dijo con tragedia. Lo dijo con honestidad.
Había comandado bastante como para reconocer ese quiebro: la línea no soltaba, pero tampoco crecía.
Y el enemigo, con más piezas, con mejor frescura en su segunda línea, con su juventud en el centro, empezaba a creer que era el vencedor de la batalla.
La caballería francesa quiso volver a la carga por tercera vez —porque a la tercera, dicen, Dios mira— y otra vez encontró mosquitas españolas que picaban en los ojos.
El conde de Borbón maniobró con su centro con una elegancia feroz.
El marqués pensó que si sobrevivían los dos, algún día se saludarían de lejos con un gesto breve, como hacen los que se han observado el ánimo a través del humo.
La tarde cayó de golpe sobre el campo batalla: nubes bajas de pólvora. La artillería francesa seguía dándole a los nudos, sin lujos. Las picas ya eran garrotes. Los arcabuces, palos calientes. Y las órdenes, aspavientos.
—Marqués. La izquierda se abre.
Giró la cabeza. Era verdad. Una media luna suiza se había colado entre el italiano y el alemán. Dávalos empujó con su propia escolta.
—¡Atrás, coño! —dijo a los suyos en un castellano que había aprendido en curtidos y juegos de mesa—. ¡Atrás, en orden. Nadie corre. El que corre hoy, mañana no come!
La jornada se decantó despacio hacia el francés.
No fue un derrumbe; fue esa manera en que el agua, por testaruda, vence a la piedra.
Hacia el mediodía, Dávalos aceptó la derrota con los dientes apretados y el cuello erguido.
Dio la orden de retirarse en orden hacia la línea de Carignano, escudos hacia atrás, arcabuces de tapón, banderas en alto.
Se detuvo un instante en lo alto de una cresta a mirar.
Ceresole quedaba atrás, con sus collados como olas de tierra y aquel humo que no terminaba de subir.
Al Borbón —lo imaginó— también se estaría deteniendo a mirar, consiguiendo esa victoria que canta la guerra y niega la política: ganaría el campo, no la campaña.
Pronto el Habsburgo y el Inglés entrarían en Francia y todas las glorias de ese día se volverían cuentas en la mesa de otro.
Pero esa mañana, entre viñas y barro, el conde francés había vencido y el marqués de Vasto había perdido sin deshonra.
No era mal epitafio para un día.
—Señor —susurró el ayuda—. Sus órdenes a Milán.
Dávalos tragó saliva. Milán era un animal grande que reclamaba dueño cada amanecer. Escribió con voz:
—Diréis que mantenemos orden y que el enemigo ha sangrado lo bastante como para pensárselo dos veces. Que no hemos vencido, pero que el marqués de Vasto responde con su cabeza si se rinde.
El ayuda hizo ademán de partir. Dávalos lo detuvo con la mirada.
—Y que el marqués pide perdón otra vez por lo que debe —añadió, sin mover un músculo—. Ya me entendéis.
Mil veces pediría perdón por ejecutar a un hombre sin consultar a su emperador.
El hombre no entendía —o sí—; pero asintió con el respeto de quien no pregunta al que se le ve el pozo por dentro.
El marqués espoleó. Mientras bajaban hacia la línea, el mundo le dio aquella claridad que a veces concede al derrotado: la razón por la que uno sigue: en la madrugada alguien tiene que poner los cubiertos en la mesa de la historia, aunque nadie quiera comer.
A media tarde, la línea imperial estaba donde el marqués quería: en sitio defendible, con piezas otra vez calzadas, manga nueva hecha de tercios viejos, banderas en su sitio. El Borbón no empujó más. Suficiente sangre por un día.
Mientras, en ambos bandos, sucedía lo que ocurre en la guerra entre batalla y batalla.
Los suizos hacían recuento con sus cruces rojas en charcos; los gascones contaban historias antes de que fueran mentira; los caballeros —los que quedaban— se desmontaban con las rodillas temblonas de los hombres que han usado caballo como pared; los italianos y españoles se sentaban a la sombra raquítica de una viña, sacaban pan y vino del mismo saco, reían un chiste malo, cuchicheaban el parte de guerra.
En los dos lados, la música era la misma.
El marqués del Vasto se bajó solo del caballo, a un lado del camino, detrás de un olmo.
Se quitó el guante derecho, apoyó la mano en la corteza y respiró.
Metió los dedos en el bolsillo interno de la coraza, sacó el papel doblado que llevaba siempre pegado al pecho: la respuesta imperial a su expiación de años atrás.
“El Emperador tiene por cierto vuestro celo. Quedad en su gracia si servís con obras”.
No había perdón escrito. Había trabajo. Esas letras habían sido su guía y su castigo. Hoy había servido con obras. No bastó.
El marqués volvió a guardarse el papel. Miró el campo hasta que la retina dejó de filtrar: hombres como ramas rotas, armas como costillas.
Pensó en el Habsburgo, ropa negra, ojos cansados, en un mapa sobre mesa.
Pensó en María de Hungría, en Doria, en Flandes, en Perpiñán.
Pensó —sí— en Francisco de Borbón, ese enemigo impetuoso que le recordaba a él mismo en su juventud.
«Bien luchado, muchacho» dijo para dentro. Nunca lo escribiría.
—Marqués —la voz del ayuda—. Hay que escribir a Su Majestad.
Dávalos se volvió. Sin mirar al papel y dictó:
—A la augusta mano del César. La jornada de Ceresole ha sido adversa. La infantería ha peleado como es de esperar del Imperio. Sostengo Carignano con el resto. Pido licencia para reparar compañías y cartuchos. Pido también que Vuestra Majestad me tenga por deudor de otra batalla.
Calló. Añadió, tras un segundo:
—Y de sus antiguas culpas.
El paje levantó la cabeza. Dávalos lo taladró con los ojos.
—Escribe lo primero. Lo segundo lo sabes tú y lo sé yo.
El joven asintió, tragó saliva y se fue.