20. Días de luz
Días de luz
Europa ardía.
No era solo una guerra, sino muchas, solapadas en fronteras inciertas y en las mesas donde reyes y legados desenfundaban palabras tan cortantes como las espadas.
En Italia, Francia y el Imperio se medían sin descanso; en Alemania, la Reforma abría heridas nuevas; y en el Mediterráneo, el turco empujaba como una tormenta silenciosa.
Pero en Salamanca, en aquel noviembre frío, todo parecía envuelto en una bruma dorada, como si la ciudad hubiera decidido suspender el mundo exterior.
Porque España celebraba una boda.
Felipe, heredero de un imperio donde no se ponía el sol, iba a casarse con María Manuela de Portugal, infanta lusitana y primogénita de Catalina de Austria, hermana de Carlos.
Catalina… aquella mujer que había pasado casi toda su infancia recluida en Tordesillas junto a su madre, la célebre y trágica Juana de Castilla, la mujer a la que la historia llamaría “la Loca”.
Una hija criada en la sombra. Una hija que creció entre rezos, silencios y las corrientes del Duero.
Y ahora, su hija, una joven flor portuguesa, venía a iluminar la corte castellana.
Salamanca vestida de oro. La ciudad llevaba días transformada.
Las telas colgaban de los balcones como banderas de alegría improvisada.
Las campanas no daban tregua. Los estudiantes de la universidad, siempre ruidosos, habían ideado versos y pequeñas representaciones cómicas para homenajear a la novia. Y el pueblo entero murmuraba:
—Dicen que es hermosa.
—Dicen que es dulce.
—Dicen que su madre fue criada con la reina Juana.
—¿Y sabéis qué? la última reina portuguesa que tuvimos fue muy querida.
El puente romano se llenó de gentes esperando el cortejo portugués. Y cuando este apareció, con sus estandartes verdes y sus capas bordadas, Salamanca estalló en vítores.
María Manuela descendió del carruaje con una gracia que parecía natural, no ensayada. Era apenas una adolescente, pero había en ella una serenidad sorprendente. Su piel clara se ruborizaba con el aire frío de la meseta, y sus ojos, grandes y oscuros, parecían beberse la ciudad.
Al verla, muchos recordaron aquel amor sencillo por las reinas portuguesas del pasado.
—Mira qué joven es… —dijo una anciana—. Y qué mirada tan buena tiene.
Pero quien quedó verdaderamente impresionado fue Felipe. La esperaba al pie de la escalinata de la Catedral Vieja. Había visto retratos, sí. Había escuchado descripciones. Pero ninguna le había preparado para lo que sintió.
No solo era bella. Era luminosa.
—Doña María Manuela —dijo, inclinándose—, bienvenida seáis a Castilla.
—Es un honor, alteza —respondió ella, con su acento portugués que suavizaba cada sílaba.
Felipe sonrió, y quienes lo acompañaban intercambiaron miradas discretas. El príncipe sonreía poco por no decir nada… pero aquel día, la sonrisa le nacía sin esfuerzo.
La Catedral Vieja estaba encendida con miles de velas. El románico de sus muros parecía un antiguo guardián observando a los novios desde la altura de los arcos.
María avanzó hacia el altar con paso leve, casi flotando. Los susurros se apagaron, los estudiantes guardaron silencio por primera vez en días, los nobles contuvieron la respiración.
Cuando Felipe tomó su mano, la miró con esa mezcla de curiosidad y alivio que solo siente quien había imaginado muchas veces un encuentro… pero jamás así.
Ella le sostuvo la mirada. Había timidez, sí. Pero también valor.
El obispo habló largamente, uniendo no solo a dos jóvenes sino a dos coronas, dos casas, dos historias marcadas por la sangre y la política. Pero el mundo parecía reducirse a un espacio pequeño entre ellos dos.
Cuando salieron, la ciudad entera rugió de alegría. Nunca Salamanca había vibrado así.
Los días siguientes fueron un remolino de banquetes, celebraciones y visitas. Pero entre toda la pompa, Felipe descubría pequeños gestos que lo desconcertaban y lo confortaban a la vez.
Una risa suave en un pasillo. Una mirada curiosa al contemplar un códice en la biblioteca. Una conversación tímida sobre Portugal, sobre los recuerdos de su madre Catalina, sobre Tordesillas y las orillas del Duero.
—Mi madre siempre recuerda con cariño a vuestra abuela —dijo un día María mientras cabalgaban hacia Valladolid—. Dice que, pese al encierro, Juana tenía días de ternura. Días en que todo parecía más claro.
Felipe la miró con un brillo que ella no comprendió del todo.
—Mi abuela vio demasiadas sombras —respondió él—. Tal vez vuestra madre aprendió a ver la luz en medio de ellas.
María sonrió.
Y así nació entre ellos una intimidad tímida, suave, que sorprendía al príncipe por lo natural que le resultaba.
Pocos días después de los festejos, partieron hacia Tordesillas para visitar a Juana, un gesto protocolario…
y profundamente personal. Para María, era como volver a un lugar que había marcado a su madre.
Para Felipe, era una mezcla de deber y afecto, pues dentro del laberinto doloroso de la historia de su familia, sentía afecto por Juana, con una ternura difícil de explicar.
El palacio se levantaba sobre el río. Aún había belleza en él, pero también un cansancio evidente.
Los guardias anunciaron su llegada y los pasos resonaron en los pasillos silenciosos.
Juana estaba sentada junto a una ventana, mirando el Duero. Su figura, envuelta en mantos, tenía algo frágil y, al mismo tiempo, digno.
Al escuchar las pisadas, levantó la mirada.P vio a Felipe. Y entonces ocurrió algo singular: los ojos de la reina, que a veces parecían mirar hacia un punto que nadie más veía, se enfocaron, nítidos, presentes.
—Mi niño… —susurró, y su voz tenía el temblor de los recuerdos.
Felipe se acercó rápido y tomó su mano.
—Abuela… —dijo con una suavidad que nadie escuchaba en él salvo en contadas ocasiones.
Luego Juana vio a María Manuela.H un instante de inmovilidad. Un parpadeo lento. Una exhalación que parecía abrir una puerta interior.
—Eres… eres tú Catalina… no, no espera. Debes ser hija de Catalina… —dijo la reina, como quien encuentra una hebra perdida.
María sintió un escalofrío.
—Sí, majestad —respondió—. Mi madre siempre os recuerda con amor.
Juana parpadeó otra vez. Y extendió su mano hacia ella.
María se acercó despacio, temblando un poco. Tomó la mano de la reina con ambas manos, cálidas y jóvenes.
—Bienvenida, niña… —dijo Juana—. Tu madre jugaba aquí, en este mismo jardín, cuando era más pequeña que tú.
María tragó saliva. Felipe sintió que algo en su pecho se aflojaba. Y, por un instante, los tres protagonistas de tres generaciones heridas, se encontraron en un punto de luz
Decidieron salir al jardín, pese al aire frío. Juana caminaba apoyada en el brazo de Felipe, y María los acompañaba del otro lado. El jardín estaba casi desnudo por el invierno, pero aún mantenía rosales secos y fuentes silenciosas.
—Catalina me traía flores cuando apenas sabía hablar —dijo Juana, mirando los rosales—. Me decía “para ti, madre”.
—Lo sigue diciendo —susurró María.
Juana la miró, y por un segundo, su mente se aclaró por completo.
—Tú te le pareces —dijo la reina—. En la dulzura. Y en la mirada.
María llevó una mano al pecho, emocionada. Felipe observaba la escena con un nudo inesperado en la garganta. Nunca, en toda su vida, había visto a su abuela así: conectada, tranquila, casi… feliz. Era como si la presencia de María hubiera abierto una ventana que llevaba décadas cerrada.
En un momento espontáneo, Juana tomó la mano de María y luego la de Felipe, y las unió sobre su regazo, apretándolas con fuerza.
—No dejéis que la oscuridad os toque —les dijo con voz clara—. Sed luz el uno para el otro.
Un silencio profundo siguió. Ni los pájaros se atrevieron a cantar.
Felipe no supo qué responder. María tampoco. Pero ambos sintieron que algo sagrado acababa de ocurrir. Algo que estaba fuera del protocolo, fuera de la historia, fuera incluso del tiempo. Tal vez ese fuese el día más feliz de Felipe en mucho tiempo.
De regreso al palacio, Juana ya parecía cansada, desdibujándose de nuevo en su propio mundo. Pero cuando Felipe se inclinó para despedirse, ella murmuró:
—Hoy he visto a Dios en vosotros.
Felipe se quedó helado y María besó la mano de la reina, profundamente conmovida.
Salieron del palacio con el corazón lleno.
En el carruaje, ya de vuelta hacia Valladolid, María apoyó la cabeza en el hombro de Felipe. No como un acto premeditado, sino natural, inevitable.
—Gracias por llevarme —susurró ella.
—Gracias por… devolverla un poco —respondió él, incapaz de fingir la emoción.
Ella levantó la cabeza solo lo justo para verlo mejor.
—¿Estáis bien, mi señor?
—Estoy… —respiró hondo—. Estoy feliz, María.
Por primera vez en mucho tiempo, lo decía sin reserva, sin prudencia, sin pensar en su deber o su destino.
Solo feliz.
Plenamente.
Ella sonrió y volvió a recostarse sobre él mientras el carruaje avanzaba por la meseta dorada de Castilla, iluminado por una luz fría y limpia.
Su padre le dijo que su amor por su madre había sido una excepción dentro del deber.
Pero él se sentía afortunado por haber encontrado el amor en aquella alianza.
Ya todo lo demás daba igual. Daba igual que Europa siguiera en guerra.
El mundo continuaba lleno de incertidumbres.
Pero para Felipe, ese día, aquel instante junto a María y la mirada clara de su abuela…
Fue un día de luz.U día que recordaría toda su vida.