Carlos V. Trilogía Completa 19. La más cruel de las guerras
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19. La más cruel de las guerras

La más cruel de las guerras

Loa cantos en los minaretes resonaban al atardecer, y el viento traía ecos de oraciones mezcladas con música.

Desde hacía días, la ciudad se preparaba para el gran banquete que el príncipe Mehmed, hijo del Sultán Solimán el Magnífico y de Roxelana, ofrecía en honor de las recientes victorias de su padre en el este del Imperio.

Persia había sido doblegada, las fronteras avanzaban más allá del Éufrates, y las crónicas imperiales hablaban de un Solimán invencible, “el espejo del mundo y sombra de Dios sobre la Tierra”.

Mehmed, joven, apuesto y amado, celebraría aquella gloria como suya, porque el pueblo ya lo veía como heredero.

El palacio de Manisa resplandecía: Había alfombras persas en los corredores, cortinas de seda en los balcones, lámparas encendidas que parecían soles en miniatura.

Los cocineros habían trabajado tres días y tres noches, preparando carnes asadas, frutas confitadas, dulces con miel y jarras de vino traído del Asia Menor. En los patios, los músicos afinaban sus laúdes; los emisarios extranjeros observaban con admiración la magnificencia otomana.

El Imperio estaba en su apogeo, y Mehmed, en el centro de la escena, era su símbolo.

Era un muchacho de rostro sereno y mirada clara.

El sol le doraba el cabello y el amor de su madre lo había hecho confiado.

Creía en la gloria de su linaje, en la justicia de su padre y en la eternidad del Imperio.

A su lado, los visires sonreían con cortesía, los soldados lo miraban con orgullo, y los sirvientes —los mismos que escuchaban rumores en los pasillos— lo veneraban con esa mezcla de lealtad y temor que solo se reserva a los que tienen destino de trono.

Aquella noche, mientras el cielo se teñía de púrpura, el banquete comenzó.

El príncipe, vestido con una túnica de brocado dorado, se sentó en el lugar de honor.

A su derecha, el 16 cadí de la ciudad; a la izquierda, un visir local.

En el centro, una copa de cristal tallado esperaba su primer brindis.

—Por mi padre, el glorioso Solimán —dijo Mehmed, alzando la copa—. Por sus conquistas en el este, por el brillo del Imperio, y por la paz que su espada ha traído a los hombres.

Los cortesanos repitieron sus palabras, y el eco de las copas al chocar sonó como un coro de campanas. El joven bebió, sonriente. Y en ese instante, el destino, silencioso, ya había tomado asiento en la mesa.

Apenas unos minutos después, la faz del príncipe cambió de color. Su sonrisa se borró, su mano tembló. Intentó incorporarse, pero la fuerza lo abandonó. La copa cayó al suelo, rompiéndose en un chasquido breve que heló el aire.

Las conversaciones cesaron. Los músicos dejaron de tocar. Solo se oyó el jadeo del joven, inclinado sobre el mantel, con el rostro pálido y los ojos en blanco.

El capitán de los jenízaros gritó una orden; los sirvientes acudieron. Alguien corrió por los médicos.

En la confusión, el vino derramado dibujó sobre el mármol un rastro oscuro, como una herida.

Los médicos lo atendieron durante horas donde hablaron de una “fiebre súbita”, de “dolor del hígado”, de “miasmas del estómago”.

Nadie se atrevió a decir la palabra prohibida: veneno. Pero no pocos la pensaron.

Tres días duró la agonía.

En su cama, Mehmed deliraba con recuerdos de la infancia: hablaba del mar de Estambul, de su padre, de los halcones de caza. A veces pedía agua, otras llamaba a su madre. Los médicos se turnaban, impotentes.

En la madrugada del cuarto día, el príncipe expiró.

Tenía diecinueve años.

El silencio que siguió fue absoluto. Los visires lloraron en secreto, los soldados bajaron las armas. Manisa entera se cubrió de luto. El pueblo, que tanto lo amaba, salió a las calles con velas encendidas y la noticia viajó más rápido que los mensajeros: el hijo de Solimán había muerto.

El cuerpo fue lavado y ungido con aceite perfumado para después envolverlo en lino blanco y cubrirlo con un manto verde. Sobre su pecho colocaron un libro del Corán y el cortejo fúnebre partió hacia Estambul, escoltado por una compañía de jenízaros en una marcha lenta.

Desde las aldeas, los campesinos salían al borde del camino, se arrodillaban y murmuraban oraciones mostrando sus palmas desnudas al cielo. El rumor del cortejo precedía su paso, y cada ciudad que cruzaban se sumía en silencio.

Al llegar a Estambul, el aire estaba cubierto por una tristeza extraña, pesada, casi irreal.

Topkapi abrió sus puertas de par en par.

Los eunucos aguardaban en fila, las esclavas del harem lloraban.

Y en medio del patio, bajo el cielo encapotado, Roxelana esperaba vestida de blanco, el color del duelo otomano.

Su rostro, casi sin maquillaje, mostraba la belleza cruel de las mujeres que han amado demasiado.

Cuando vio el cuerpo de su hijo, gritó. Un grito que rompió el aire y detuvo las oraciones. Corrió hasta la litera, apartó los tejidos y se inclinó sobre él para acariciarle el cabello, la frente, las manos frías.

—Mi hijo... —susurró—. Mi vida. Mi luz.

Los eunucos se retiraron y las mujeres se cubrieron el rostro. Durante horas, Roxelana permaneció allí, inmóvil, llorando en silencio hasta que el dolor se volvió furia.

—Ha sido ella —murmuró. Luego levantó la cabeza—: ¡Ha sido Mehidevran! ¡La madre de Mustafá! ¡Esa mujer que me odia! ¡No pudo tocarme a mí, y ha matado a mi hijo!

Nadie respondió. Los visires bajaron la vista. Solo el eco de su voz quedó flotando en la sala.

Solimán, el gran sultán, llegó. Había dejado atrás el esplendor de las campañas, los vítores, los títulos. Era un hombre vencido, con la barba desordenada y los ojos enrojecidos.

Cuando vio el cuerpo de su hijo, se detuvo. Durante un instante, el Sultán del mundo pareció no entender lo que veía. Luego se inclinó y tocó el rostro del joven como si con ese gesto pudiera devolverle la vida.

—Mi Mehmed… —murmuró.

Su voz se quebró y los soldados apartaron la mirada. Roxelana, de pie junto al féretro, temblaba. Cuando él la vio, abrió los brazos y ella corrió hacia él, hundiéndose en su pecho.

—Nos lo han arrebatado, mi señor —dijo entre sollozos—. ¡No ha sido la voluntad de Alá, ha sido la mano de esa mujer!

—Shhhh… —Solimán la abrazó con fuerza, acariciándole el cabello—.No digas más. No ahora.

—¡Sí, ahora! —insistió—. ¡Mehidevran lo juró! ¡Que su hijo Mustafá sería el único heredero! ¡Y ahora el mío yace muerto!

Solimán la apartó con suavidad y le tomó el rostro entre las manos. La miró a los ojos, y por un instante, el poder desapareció, solo quedaba el hombre, el amante.

—Roxelana… mi luna, mis estrellas —dijo con voz baja—, mi corazón está contigo. Tu dolor es el mío, pero no permitas que el odio lo gobierne. No acuses sin certeza, no juzgues sin prueba. No conviertas el amor de un hijo en la semilla de la venganza.

Ella sollozó, aferrándose a él.

—¿Y si tengo razón?

—Entonces Alá lo sabrá.

—¿Y tú? Tú qué eres la sombra de Alá en la tierra —preguntó ella, desesperada—. ¿Tú me creerías?

Él bajó la mirada.

—No necesito creer o dudar. Solo amarte.

La abrazó de nuevo. Ella apoyó la frente en su pecho, y por un momento, los dos quedaron unidos en un silencio que ni el Imperio entero habría podido romper.

El cuerpo de Mehmed fue velado durante tres días en la sala del tesoro, alumbrado por unas lámparas que ardían sin descanso.

Solimán pasaba las noches allí, sentado junto al féretro, en silencio.

De vez en cuando, murmuraba una oración o acariciaba el borde del ataúd, como si aún pudiera sentir la respiración de su hijo al otro lado.

Roxelana no se separó del cuerpo. Se negaba a comer, a dormir. A veces lloraba en silencio; otras, simplemente lo contemplaba, perdida entre recuerdos. El palacio entero se movía a su alrededor como un sueño. Solo el dolor era real.

Cuando llegó el día del entierro, la procesión partió hacia la mezquita.

Solimán caminó detrás del féretro a pie, bajo la lluvia, sin corona y sin escolta, solo con un manto oscuro y la mirada fija en el suelo.

A su lado, Roxelana lo acompañaba, descalza, vestida de blanco.

En el sepulcro, el Sultán dejó una flor sobre la tumba.

Su voz, cuando habló, era apenas un susurro.

—He conquistado reinos —dijo—. Pero no he sabido guardar a mi hijo.

Roxelana apoyó la cabeza en su hombro y él la rodeó con un brazo.

Esa noche, el palacio permaneció en penumbra. Roxelana entró en los aposentos del sultán sin que nadie la anunciara — no lo necesitaba —.Solimán estaba solo, frente a una lámpara encendida, con la mirada perdida en el vacío.

Ella se arrodilló junto a él.

—Prométeme —le dijo— que harás justicia.

—Haré lo que deba, por Alá y por ti —respondió él.

—No —susurró ella—. Hazlo por él. Por Mehmed.

Solimán no respondió. Le tomó la mano y la besó. Su gesto era más de súplica que de promesa.

Pasaron la noche juntos, sin hablar: Roxelana soñó con su hijo caminando por los jardines de Topkapi; Solimán, con un trono vacío bajo un cielo sin luna.

Porque a veces, incluso los emperadores descubren que el amor —como el poder— no protege de nada. Solo deja marcas.

Notas

16. ↩ En el Imperio Otomano, era un juez o magistrado que aplicaba la ley islámica.