18. La bestia indomable
La bestia indomable
La puerta se cerró con un golpe —su autoridad estaba herida.
Francisco se quedó de pie, con la mano en el pomo, midiendo el cuarto como se mide un campo antes de un duelo.
En su cabeza todavía ardía el puerto de Niza, como él lo había querido, y sin embargo, estaba furioso.
No porque ardiera —eso entraba en su cálculo—, sino porque había ardido fuera de su orden.
—He pedido infierno —dijo despacio, sin mirar a ninguno de sus consejeros—, no insubordinación.
El almirante Annnebault, guardaba silencio, Tournon juntó las manos con la compostura automática de quien salvaría almas hasta en un incendio.
El canciller Poyet sostuvo los papeles como si fueran una excusa.
Nadie respiró alto. La columna del orgullo del rey estaba rajada por una grieta vieja: el control.
El infierno le pertenecía por derecho de corona; que un turco decidiese cómo arder, cuándo arder, cuánto arder, le parecía un insulto a la gramática del poder.
Tolón
En Tolón, la lluvia golpeaba la cubierta de la nave insignia, con ese ritmo cansado que tiene el mar cuando aprieta la paciencia de los hombres. Barbarroja estaba de pie, apoyado en la regala, con la barba empapada y la capa echada sobre un hombro.
—El francés quería tacto —dijo Hasán a su espalda.
Barbarroja torció la boca.
—El francés quería espectáculo y eso es lo que le hemos dado.
Miró hacia tierra. Tolón se había convertido en una cama prestada donde nadie dormía bien. En la rada, las galeras del sultán balanceaban sus cuerpos como bestias encadenadas, esperando a ser liberadas.
—¿Sabes qué es lo peor de los reyes cristianos?—preguntó el viejo corsario, sin mirar a Hasán—. Que creen que pueden gobernar a hombres libres.
Hasán alzó un dedo.
—Lo mejor —dijo— es que pagan por adelantado.
Se echaron a reír. Lo justo para que el mar no se sintiera despreciado.
Lyon.
—Envié órdenes —continuó Francisco, paseando de la mesa a la ventana y de la ventana a la mesa—.
Órdenes: palabra que significa ley ¡Mi ley!
. Que el fuego fuese un aviso y no una venganza.
Que la ciudadela se mantuviera bajo sitio, que las barcazas quedaran a salvo para reutilizarlas.
Que los gritos duraran lo justo para que el Habsburgo durmiera inquieto.
Se detuvo y clavó la mirada en Annebault.
—¿Y qué me trae ese sucio Barbarroja? —preguntó—. Una fiesta de puerto. Ha decidido él, mi guerra a su modo. Ganar no basta si no obedeces —dijo—. Eso lo sabe un soldado. También lo sabrá un almirante.
Tolón
—Dicen —avisó Hasán— que en Bruselas cuentan navíos y ducados. Que Doria remienda su soberbia en Génova. Y que el francés quiere que te sientes en Tolón como si fueras un mueble caro. Parece ser que te pagará a cambio de que no hagas nada.
—El francés quiere paradas con compás —Barbarroja escupió al agua—. Yo traigo viento. El viento no sabe de compases ni de paradas.
Miró el cielo. El color del plomo en el Mediterráneo anunciaba cosas que los de tierra confundían con capricho. Para él, era un idioma de muchos inviernos.
—Cuando cambie —dijo—, zarpamos.
—¿Rumbo? —preguntó Hasán.
Barbarroja se pasó el pulgar por los labios, hábito de los que repasan mapas con la mente.
—Constantinopla —respondió—. Y entretanto, aquello que esté a tiro de una boca de bronce. Aquí ya no pintamos nada con los cristianos. Que se maten entre ellos.
Hasán entendió: Nápoles quedaba en la estela como una tentación honesta.
Lyon
La carta de Francisco salió con correos y lacres, cortesías y amenazas envueltas en terciopelo. Moderación, coordinación, respeto a ciertos puntos. El rey no pedía moral; pedía orden. No buscaba disculpas; exigía obediencia. “Infierno, sí —decía—, pero a mi modo.”
—Concluid con esto —remató—: “La corona espera que su almirante atienda sin demora a lo que se le manda.”
Sabía que la palabra almirante le escocería al turco como un collar a un lobo. La dejó a propósito. A veces la diplomacia era un silbido para llamar al perro que no miraba.
La respuesta tardó lo que tarda un viento en aburrirse.
No era carta. Era movimiento: la flota levantando la invernada de Tolón a una hora en que las mujeres todavía buscaban el pan y los notarios el tintero.
Barbarroja dejó muelles contados, clavos menos, gente con el susto en los ojos y ese vacío que queda cuando alguien duerme en tu cama y se marcha sin despedirse.
La ciudad amaneció con el rumor de cadenas arrastradas y la certeza de que el invitado se había marchado con el mantel.
—Ha zarpado —anunció Annebault, entrada la mañana, con la cara de quien informa que la marea no pidió permiso—. Rumbo levante… y sur.
Francisco no levantó la voz. Era peor.
—Ha contestado —dijo—. A su modo.
Sur de Italia.
La galera de bandera cortó el Golfo de Nápoles con la insolencia de los que conocen la profundidad a ojo. Barbarroja estaba de pie, sin manto, la camisa pegada al pecho por el agua en suspensión. Hasán sonrió con los ojos.
—Castellammare —dijo—. Pozzuoli. Sorrento. Elige.
—Elige tú —concedió Hizir—. Hoy tengo ganas de tradición.
La imagen del Vesubio estaba detrás, como una espalda enorme. Del lado de tierra, las campanas sonaron con esa alarma torpe que es mezcla de misa y miedo. Monasterios que corren, torres que señalan, marineros que se acuerdan de súbitas devociones. Hasán marcó con dos dedos el objetivo.
Lyon
En Lyon, cuando llegó el recado —“Nápoles ha sufrido la visita del turco”—, Francisco cerró los ojos un instante.
Barbarroja le había dado lo que cualquier ministro pediría y cualquier sacerdote le reprocharía: una herida al Habsburgo.
Privadamente, era un golpe útil. Públicamente, era un argumento contra él.
—El Emperador proclamará al mundo que soy siervo del Turco. Lo que me indigna —dijo, despacio— es que no obedeció. Yo doy el infierno. No lo pido. No se me regala. Se ejecuta.
»Escribid —ordenó al fin—. No a Barbarroja. Al sultán. Con frases como amistad, utilidad, mutuo respeto. Y un inciso: “vuestra flota actuará en adelante conforme a las órdenes que broten de la razón del rey de Francia.”
Poyet tomó la pluma. Tournon frunció el ceño: escribir a Solimán era abrir otra puerta al infierno. Annebault asintió en silencio: el mar se gobierna a veces por carta, a veces por viento; en ninguna de las dos se manda de verdad.
Nave de Barbarroja.
En el Mar Jónico, la flota tomó aguas abiertas con el alivio de los que vuelven a su idioma. Hasán volvió a hacer la contabilidad, y esta vez sonrió con descaro. Estambul se adivinaba lejos, como un rumor de forjas y oro. Barbarroja lo olió, como los viejos huelen la lluvia antes de que caiga.
—¿Y volverías a dormir en casa de franceses? —preguntó Hasán, mirando la estela que dejaban atrás.
—Si pagan y obedecen… —dijo el corsario—. Si no, que esperen a Doria. Y cuando volvamos a sus puertos no volveremos como sumisos visitantes. Tomaremos todo lo que queramos.
Lyon.
Lyon oyó el rumor como se oye una campana a lo lejos.
Barbarroja se había marchado. Tolón pasaba a la memoria como una vergüenza útil y Niza seguía goteando ceniza en cartas y sermones.
Francisco caminó solo por la galería. Los cuadros, familiares como viejas mentiras, le devolvían miradas pintadas.
Se detuvo frente a una batalla bordada en lana.
—Quería el infierno y me trajo un incendio sin compás —se dijo—. La próxima vez, que lo traiga otro. O lo haré yo.
Nave de Barbarroja.
Oriente lo recibió con la luz que solo nace cuando los minaretes deciden la hora.
Barbarroja entró en Constantinopla como entran los hombres que no piden permiso: saludó lo justo, miró a quien debía mirar, prometió lo que sabía que cumpliría.
Solimán le escuchó con paciencia. Hizir no se inclinó demasiado.
Ya era suficiente reverencia repartir el botín
Lyon
Esa noche, en Lyon, Francisco durmió mal, pero no peor que otras. Más que por la gota por la ira, y porque llegaron más malas noticias.
Dos líneas bastaron: Düren ha caído; Guillermo de Cléves ha pedido perdón a Carlos de Habsburgo
—Nuestro protegido —dijo, muy despacio— ha aprendido a arrodillarse en alemán.
Dejó la hoja en la mesa, como quien deja un animal muerto.
Afuera tañían campanas de oficio. Dentro, Tournon juntó los dedos y no se atrevió a juntarlos más.
Montmorency vio la vena en la sien del rey y escogió respirar por la nariz, corto y al ritmo del peligro.
Annebault apartó el papel con dos dedos, como si siguiera caliente.
—Majestad —dijo el almirante—, no es solo la caída de Düren. Es la manera. Carlos lo ha hecho teatro: firma, humillación pública en Venlo. Quieren que todo el mundo sepa que el protector de Cléves no protege ni el lomo de su sombra.
—Es un mensaje —añadió Tournon—. Para nuestros amigos. Y para nuestros enemigos.
El rey clavó el dedo en el mapa, justo entre Asti y Ceresole, donde la tinta de los ríos se parecía a la de la sangre cuando se seca.
—El mensaje ya lo he leído —dijo—. Me escribe el Habsburgo con pólvora. Responderé con hierro.
Se enderezó. La mano abierta sobre la cartografía parecía una garra paciente.
—Barbarroja se ha ido. Bien. El mar huele a cuentas pendientes y a orgullo genovés. Europa es tierra, y se gana con botas y pan. —Miró a Montmorency—. ¿Dónde está el marqués de Vasto?
—En el Piamonte, señor —respondió el condestable con sequedad—. Cose guardias entre Carignano y Asti. Espera, como un perro al sol, a que gastemos el ánimo en 15 Picardía y Artois.
Francisco sonrió sin humor.
—Entonces lo despertaremos. Lyon no es ciudad para llorar. Es puente. Y este puente lleva a Italia.
A Annebault le rozó una comisura: volver a la guerra que entiende da alivio a los marinos que obedecen.
—Necesitamos suizos, señor —dijo el almirante—. Y artillería corta que suba cuestas. Pan en Bresse, forraje en Dauphiné. Si vamos a morder, hay que llegar con dientes.
—Y oficios con los príncipes italianos —añadió Tournon—. Los neutrales nos rezan en voz baja y al Habsburgo le ponen flores en la puerta. Si prometemos poco y cumplimos deprisa, cambian de salmo.
El rey hizo un gesto de asentimiento. No muy visible, lo justo.
—Montmorency: tres cuerpos en Lyon y Vienne.
Quiero ver banderas en una semana. Que los intendentes hagan su trabajo, que para eso no sangran.
—Se volvió a Annebault—. Vos, al Ródano.
Remontad lo que podáis; el resto, por tierra.
Culebrinas y falconetes. No quiero piezas que se mueran atascadas en la primera colina.
—A Tournon—. Vuestras cartas a Suiza y a las ligas: pagad al contado.
Sin sermones. Con ducados. Y al Papa, con incienso y números: paz en boca y silencio en las manos.
Poyet ya corría en seco con la pluma. Montmorency carraspeó, la voz grave de quien ha aprendido a decir solo lo que conviene:
—Ese joven conde puede cubrir el norte, señor, Francisco de Borbón, pide guerra como los caballos piden camino. Si Vasto se confía, podemos sacarlo a cielo raso y romperle a la antigua. Quiere resarcirse por su derrota ante Doria y verse obligado a compartir cubierta con el turco.
La palabra romper dejó un sabor limpio en el cuarto.
Francisco se acercó a la ventana. El Ródano pasaba gris, con ese aire de animal viejo que nunca se equivoca de dirección.
Los mensajeros entraban y salían en la galería con la prisa de los que creen cambiar el mundo con su trote. El rey habló sin volverse:
—Guillermo… ese cobarde se ha entregado. Lo ha hecho en mi nombre, aunque no lo sepa. Y el Habsburgo la ha escrito su humillación con letra grande para que la lean bien todos —Se giró—. Bien. Vasto leerá hoy una letra distinta.
Tournon tanteó la resistencia de la cuerda:
—Majestad, el dinero…
—La palabra pesa más —lo cortó el rey—. Y cuando rompamos al Vasto, el dinero vendrá solo. Los que permanecen neutrales en esta guerra, no creen en Dios: creen en la suerte. Sí ven que la suerte nos sonríe, cambiarán las tornas.
Hubo un silencio en el que se oyeron las botas de un capitán en el corredor. Annebault lo rompió con una frase.
—El Ródano sube. Si sube más, nos dará alas. Si baja, nos dará barro.
—A mí me da igual el agua —replicó Francisco—. Lo que no me da igual es el tiempo. Hoy es nuestro. Mañana, ya veremos de quién.
Montmorency asintió con la seriedad de quien acepta que le pongan hierro en las manos. Tournon tomó aire: los pecados urgentes tienen absoluciones rápidas. Poyet alzó la pluma:
—¿Cómo cerramos, señor?
El rey miró el mapa una vez más, justo donde el Piamonte parece un puño, y dijo con esa voz que no admite réplica:
—Con órdenes . A Borbón: hacia el Piamonte. Al encuentro del marqués del Vasto. Al enemigo, donde respira.
Luego, más bajo, para los suyos:
—Y que en las tabernas digan esto: lo de Cléves fue una afrenta; la respuesta se sirve en Italia.
Se volvió hacia la puerta. El aire de Lyon entró como una hoja fría. Annebault recogió los papeles. Montmorency puso la mano en la empuñadura con ese gesto que tiene menos de valentía que de costumbre. Tournon pensó en Roma, en Dios, en los hombres; eligió a los hombres, como casi siempre.
—Majestad —dijo alguien—, ¿y París?
Francisco sostuvo un segundo la pregunta en el aire, como quien pesa una piedra en la mano.
—París no se defiende con palabras —respondió—. Se defiende atacando. Hoy atacaremos a Vasto.
Caminó hacia la salida. En el umbral, se detuvo un latido. Sin mirar atrás, dejó la frase que los escribanos repetirían con gusto y los soldados entenderían a su manera:
—Si Europa arde, que arda donde yo decida.
Notas
15. ↩ Región del norte de Francia.