Carlos V. Trilogía Completa 17. El castigo del emperador #2
74%

17. El castigo del emperador #2

Cuando acabó, dejó la pluma y sopló la lámpara lo justo para que la llama se domara sin morir.

Escuchó el viento en las cuerdas de la tienda, como si el mundo tirase por fuera con dedos fríos.

Pensó, que gobernar era aprender a escoger incendios y a demorar fuegos.

Pensó —peor todavía— que los hombres a quienes mandaba creerían que la victoria del día siguiente sería una señal sin comprender que, en el fondo, solo era un cálculo.

El tercer amanecer trajo luz suficiente para ver mejor la suciedad que dejaba la guerra.

El valle entero olía a mecha mojada, a harina de pólvora, a madera reventada y a ese agrio de establo que dejaba el miedo cuando sudaba.

En la loma, con la capa echada sobre el hombro y la barba sin afeitar, Carlos miró la línea de muralla.

Detrás de él, los capitanes hablaban con voz baja, en tres lenguas, sobre ángulos, espesores y tiempos.

La artillería aguardaba a la señal como un perro cuando se le muestra la presa.

—Al bastión del este —dijo.

El primer tiro abrió la mañana con un golpe que hizo vibrar la hierba.

La bala entró en la cara del bastión como una blasfemia.

A los dos latidos, el segundo tiro remachó en casi el mismo sitio, y a los cinco ya no había canto de pájaro que no se hubiese largado a otra provincia.

Los morteros arrojaban sus lumbres por encima, buscando plazas interiores y techumbres.

Sobre las almenas, los de Guillermo se movían como hormigas afligidas: sacaban sacos, empujaban barriles, arrastraban falconetes con cuerdas.

A cada fogonazo imperial, se hacía un silencio dentro de la ciudad, breve, como si la piedra tuviera pulmones.

Granvela llegó con la cara tiznada y los papeles apretados como si fueran pan. No dijo nada. El Emperador tampoco. Niza y Barbarroja les ardían por dentro. Cristianos abriendo la puerta al turco. Lo había dicho la noche anterior sin precisar nombres. La vergüenza ajena también pesaba.

—Acompásenme los tiros —ordenó el maestro de batería—. Tres a tres, a ritmo de misa.

Y el bronce obedeció con esa fidelidad que a veces falta a los hombres.

A media mañana, la brecha dejó de ser grieta para convertirse en boca.

Un desgarro pardo, oblicuo, apenas a una vara sobre el foso, con los bordes vivos, donde el mortero se desmoronaba como pan viejo.

Los zapadores trajeron fascinas y escalas.

Un capitán español, de Vizcaya por el deje, tocó la madera con el pie como si probase una tabla al cruzar un río. Vale, dijo con la cabeza.

—Cuando caiga el humo —anunció el Emperador—, pasad la primera. Mangas a los flancos. Los lansquenetes, al estómago de la herida. Que nadie grite. Que se avance con oficio.

Con oficio. La palabra valía más que cualquier arenga. El oficio de matar sin perder el seso, de no correr donde hay barro. El oficio de no besar medallas mientras trepas, sino mirar los dedos del pie para no quedarse sin ellos.

El humo bajó un instante. Los tambores mordieron el aire. Y la primera compañía entró.

Los arcabuceros iban delante, abriendo con un par de disparos casi con el cañón en la cara del enemigo.

Por las alas, otras mangas aparecieron desde las oblicuas, como zorros que conocen los setos.

Los alemanes llegaron detrás, armados con una selva de picas.

Del lado de Düren, salieron palos, horteras, hombres con morrión que en otra vida venderían clavos y ahora estaban comprando la suya con pólvora.

Desde la loma, Carlos no pestañeaba. No había júbilo ni cólera. El bastión del este se vino abajo por dentro, con ese ruido sucio de los derrumbes pequeños. Los hombres de los tercios empezaron a colarse como agua. Y cuando el agua entraba, de nada servían las llaves.

A media tarde, Düren había perdido la primera corona de piedra. La iglesia mayor ardió antes que la cárcel. El humo iba con incienso y la campana, fundida en su yugo, gritó un sonido que no se olvida.

En la plaza, a empujones de fuego, se mezclaron soldados y vecinos y ese barro único —el de las ciudades que se rinden a la fuerza— comenzó a cubrirlo todo.

Hubo saqueo, porque no hay asalto sin botín, por mucho que los frailes clamen.

Hubo degüellos feos en calles estrechas donde el eco convertía una blasfemia en coro.

Hubo también lo otro, lo carnal, lo que no se escribe y todo el mundo entiende.

Un capitán español se dejó la mano en la cara de un mozo para pararlo; el mozo retrocedió con la vergüenza clavada como una astilla; en otro sitio, un lansquenete se sacó del pecho una medalla de plomo y la apretó al pasar junto a una puerta donde lloraba una niña.

El Emperador dejó su loma y entró por la puerta occidental, cuando ya la resistencia era cosa de esquinas. No desmontó todavía. Pasó al paso del caballo entre fuego y humo. Carlos miró hacia arriba. De un balcón colgaba una colcha con flores que estaban haciéndose negras.

—Buscad al duque —dijo, por fin.

Lo encontraron anocheciendo, a las afueras, con un grupo de caballeros. No había en Guillermo gesto de héroe malogrado. Había barro en la capa, hollín en la frente, ojos como platos y esa respiración de pez que hacen los hombres cuando la realidad, por fin, se les pone encima.

Intentó hablar antes de arrodillarse; no le dio tiempo a elegir sus palabras. Lo empujó su propia rodilla. La espada se le cayó en el barro con un ruido de lata.

Lo trajeron a la tienda imperial con más manos de las que hacían falta.

—Ma… majestad… —arrancó, sin saber qué país quería agradar.

—Aquí no hay Majestad —respondió Carlos, sin levantar la voz—. Aquí hay Imperio. Lo que quiere decir orden.

Se hizo un silencio y Guillermo tragó, con la nuez bailándole en la garganta. Todo lo que había estado ensayando —discursos, agravios, razones— se le había caído de los bolsillos en el primer latido. Miró a derecha y a izquierda como si esperara que alguien le soplara la lección.

—Yo… he sido mal aconsejado… —dijo por fin, encontrando la vía estrecha del cobarde—. Me llevaron a creer… que era posible… que las antiguas libertades… Mi deber con mis tierras… El rey de Francia… prometió… protección…

Cada palabra era un tropiezo. No supo respirar donde correspondía. Un hombre inteligente hubiera preferido el silencio. Un hombre digno, el corte rápido. Guillermo no era ni lo uno ni lo otro. Era un duque con miedo.

Carlos no lo interrumpió. Cuando acabó el balbuceo, el Emperador señaló el papel y la pluma.

—Esto es lo que hay. Rompéis vuestra alianza con Francia.

Evidentemente renunciáis a todo socorro del Turco.

Os sometéis a la ley del Imperio… la única ley.

Pagáis costas, entregáis plazas donde convenga para la seguridad común.

Pedís perdón en público y yo fingiré que os lo concedo.

Lo firmaréis ahora y mañana lo repetiréis en 14 Venlo para que lo oigan los que tienen oído y servir de ejemplo para todo aquel que quiera seguir vuestro camino.

Ese es el orden. Si queréis fe, la verdadera, no la de Lutero, id a la iglesia cuando terminemos.

Guillermo miró la pluma como una arma que no supiera manejar

El duque empezó un sollozo breve que contuvo con un carraspeo torpe. Hizo por incorporarse, como si quisiera defender lo que fuera que le quedaba. Dos guardias dieron un paso. El Emperador hizo un gesto mínimo para detenerlos.

—No vine a humillaros —dijo Carlos —. Vine a poner un límite. El Imperio no es una opinión. Es una frontera. Cuando un duque cree que puede inventarse a Dios y al derecho en la misma tarde, arde Europa. Y ya tenemos bastantes incendios.

Guillermo asintió muchas veces, con la expresión del niño al que por fin le han dicho qué se espera de él.

Tomó la pluma. La mancha del primer trazo se abrió como una herida.

Escribió su nombre torcido, en el sitio donde los notarios le marcan la cruz a los analfabetos.

No lo era. Pero el miedo quita caligrafías.

—Mañana —cerró Carlos, con la voz otra vez quieta— en Venlo repetiremos.

Lo oirán los holandeses y los alemanes y los banqueros.

Se escribe para los papeles, se habla para los hombres.

Hoy no hemos hablado. Hoy habéis pedido perdón.

Si lo entendéis, viviréis. Si no, vendré a buscaros de nuevo, y la próxima vez, perderéis algo más que tierras y honores.

—En…entendido.

Carlos hizo un gesto a Granvela, que aguardaba junto a la entrada como una sombra. El consejero tomó la pluma, secó la tinta, puso el lazo. Guillermo intentó decir gracias, y no le salió. Lo sacaron con la misma torpeza con la que lo habían traído.

Carlos salió al exterior. La noche había caído entera.

Los soldados se movían como sombras que supieran hacia dónde.

Un capitán de caballos largos arrastraba una pieza a terreno más firme con sogas y blasfemias.

Un cura levantó un crucifijo que parecía cansado.

Carlos se caló la capucha. Anduvo sin escolta veinte pasos, hasta el borde desde el que se veía la ciudad entera, y se quedó quieto.

Allí estaba la toma: el precio cobrado, el papel firmado, la frontera cerrada por ahora.

No había música. Sólo el crepitar de la madera y el chirrido de una carreta que alguien empujaba sin ganas.

El Emperador miró hacia el oeste. No se veía Francia, pero estaba allí.

Tras colinas, tras mapas, tras palabras.

París no aparecía, pero pesaba como una promesa amarga.

—Mañana Venlo —dijo para dentro, como quien apunta en un margen—. Y después, si Dios e Inglaterra quieren… París.

Notas

14. ↩ Ciudad situada al sureste de los Países Bajos en la provincia de Limburgo.