Carlos V. Trilogía Completa 17. El castigo del emperador
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17. El castigo del emperador

El castigo del emperador

Era una marcha donde solo se escuchaba el golpe hueco de las culatas contra los carros, el resuello de las bestias y el murmullo cansado de miles de hombres que comprendían que la jornada, fuese como fuese, terminaría con humo en los pulmones.

Entre los surcos levantados por la lluvia y el paso de las ruedas, el barro tenía el color de la sangre coagulada. En algún lugar, muy lejos, un gallo se atrevía a cantar como si fuera tiempo de vendimia y no de pólvora.

Carlos, señor de demasiadas coronas y cada vez de menos sueño, montaba un caballo blanco que parecía tan resignado como su jinete.

Había dormido poco, con ese descuido del cuerpo que la costumbre vuelve oficio, y traía en la boca ese sabor acerbo de los amaneceres de guerra: metal, vino barato y una oración que no termina de pronunciarse.

La guardia borgoñona lo flanqueaba con mil estandartes aún enrollados para no llamar a la vanidad antes del trabajo.

Al otro lado de una lengua de niebla, Düren se insinuaba tras las lindes de mimbre y los prados oscuros: torres cuadradas, tejados de pizarra, murallas bajas que parecían clavadas en la tierra como dientes. El Emperador señaló con la barbilla, sin teatralidad.

—Allí está.

Lo sabían todos, pero el gesto era necesario para convertir el paisaje en objetivo.

A su alrededor, capitanes alemanes, italianos y españoles aguardaban las órdenes con ese respeto silencioso que nace de la costumbre.

Un par de cuervos, dueños antiguos de la región, siguieron al ejército desde una higuera raquítica, con paciencia aguardaban un festín.

La vanguardia había salido antes: compañías de lanzas ligeras para barrer sotaventos y apriscos, y un puñado de ingenieros italianos con mirada de albañil que tomaban medidas con cuerdas y ojos.

Detrás, en columna, lansquenetes con picas que parecían bosques arrancados y españoles de arcabuz y rodela.

En el centro, la artillería con piezas fundidas en Lieja, de bronce amarillo, con bocas negras que inspiraban el mismo respeto que los abismos.

Antonio de Granvela, con el sombrero ladeado alargó una carta a la montura del Emperador.

—De Bruselas, Majestad.

—¿Has tenido noticias de tu padre?

—Tiene alguno de esos achaques de la edad. Pero está bien.

—Cuando le escribáis enviadle mis saludos y decidle que puede estar tranquilo, que vos me servís tan bien como él.

Carlos tomó la carta sin dejar de mirar la línea borrosa de Düren. Decidió no abrirla todavía. Las malas noticias no cambiaban con la prisa, y esa ciencia la aprendió antes que el latín. Apretó con los muslos el flanco de su montura. El caballo obedeció con discreción.

Duren, pensó, masticando el nombre como si fuera un hueso.

Duren y la marca de Juliers. El hijo de su padre y con más ambición.

Guillermo de Cléves, el mismo que ahora creía oler el viento de Francia y se hacía aliado de un rey que abrazaba a los turcos como hermanos.

Francia con Barbarroja… Una mueca de cansancio le endureció la boca.

En la imaginación, vio las velas del almirante otomano erguidas sobre la Provenza como una blasfemia consentida.

Ese Guillermo de Cléves fue un antiguo súbdito y se había convertido en un nuevo enemigo. Aprovechó la guerra para aliarse a Francisco y ver cumplidas sus aspiraciones. Un príncipe protestante más que se había atrevido a ir más allá. Debía castigarle.

El Emperador dejó que su ejército hiciera lo que todos los ejércitos hacen antes del primer cañonazo: orinar, escupir, ajustar correas, y recordar a las mujeres sin permitirse nostalgia.

En la retaguardia, un cura bendecía mechas y almas con el mismo ademán; en una carreta, un herrador juraba en dos idiomas contra un clavo rebelde.

La guerra, vista de cerca, tenía menos epopeya y más oficio.

A media mañana, la niebla se alzó sobre los prados como una sábana, y Düren se mostró entera.

La bandera del duque Guillermo ondeaba en la torre mayor.

Un grupo de milicianos caminaba sobre las almenas con arcabuces de mecha que a esa distancia parecían palos de pastor.

La ciudad parecía esa clase de enemigo que siempre engañaba al que se fiaba de las apariencias.

—Dice el mensajero que no se rinden —anunció Granvela.

—Lo suponía. Traed a los ingenieros —ordenó el Emperador—. Y que la artillería tenga agua y mecha de sobra. Hoy hablaremos con pólvora.

El campamento floreció alrededor de la idea de asedio, con zanjas en dos líneas —paralela y aproximación—, baterías en tres alturas, baterías de mortero para el interior.

Los italianos trazaron ángulos sobre la tierra con punteros de madera como si dibujaran una iglesia.

Los artilleros midieron distancias en pasos.

Los españoles cavaron con la obstinación de quien quería vivir un día más.

Hacia el sur, en la distancia, un bosque se oscurecía con la llegada de leña cortada para cureñas y palizadas.

Ya con el sol alto, Granvela se acercó otra vez con los pliegos lacrados. Esta vez, el Emperador los abrió.

—De Marsella —dijo el consejero—. Y de Bruselas. Y del Canal.

Carlos leyó despacio. No hizo aspavientos. Dejó el papel en la mesa de campaña y bebió un sorbo de vino tibio, sin gusto.

—Barbarroja sigue con sus naves amarradas —dijo, como quien enuncia el clima—. Y Niza sigue ardiendo. Es indecente que un rey se llame cristiano y bese la mano que sostiene la cimitarra. —No necesitaba decir el nombre de Francisco: bastaba con nombrar la indecencia.

—De Bruselas —continuó Granvela—: de vuestra hermana María, manda reservas al Rin. Hay inquietud en Amberes. Las ciudades piden garantías. Los recaudadores resoplan.

—¿Y la otra carta?

—Del canal, César… —se atrevió el consejero—. Enrique Tudor juega a nuestro favor, pero juega como siempre: consigo. Hay preparativos en Calais y Boulogne. Si acuerda calendario, nos da la mano para empujar a Francia contra la pared.

—Si Inglaterra se nos entrega de veras —dijo el Emperador, ahora sí mirando a los ojos de su consejero—, no nos quedará otra que marchar sobre París.

Lo dijo sin el menor brillo de vanidad. No era una bravatada.

Era contabilidad. París, lo sabía como todos, era más que una ciudad: era la palabra de Francia, su bolsa, su papel sellado, su liturgia y su orgullo.

Tomarla no era conquistar piedra: era sacarle la voz a un reino.

Dejó que la frase flotara en la tienda lo justo.

—Primero Düren —remató Carlos, bajando la voz—. Para que quede claro que el Imperio no admite duques profetas.

A media tarde el primer cañón habló. Fue un sonido antiguo, de trueno domesticado. La bala dio en el bastión oriental y un geranio salió despedido de una ventana, lo que a un soldado le arrancó una risa breve que nadie secundó.

En la muralla, un par de hombres con morrión miraron hacia el campo, y un tercero agitó un estandarte raído.

La segunda pieza respondió; la tercera lo siguió.

La jornada se convirtió en una conversación de bronce y piedra.

Los morteros lanzaron bocados por encima de las casas, hacia el interior.

Y Düren —que era terca— comenzó a contestar con falconetes que escupían hierro corto: aullidos inútiles que hacían daño si acertaban una suposición.

El Emperador, desde una loma, con la capa cruzada, vigiló sin parpadear.

No le gustaban los espectáculos de guerra, pero conocía su tarea: mirar hasta comprender el tempo del enemigo.

Respiró el humo de mechas con paciencia, aceptando ese residuo en la garganta que convierte la voz en piedra hacia la noche.

Al caer el sol, una brecha comenzaba a merecer ese nombre: una herida sucia en la piedra, a dos varas por encima del foso, con sangre de mortero reciente y polvo que olía a demolición.

Los arcabuceros españoles se arrimaron a tramos, lansquenetes probaron el margen con el extremo de la pica como quien tantea el espesor del hielo.

Algún grito se acuchilló entre el humo y nadie lo recogió del suelo.

La noche cayó y las antorchas dibujaron culebras de luz a lo largo de las trincheras.

En la tienda imperial, la lámpara de aceite hacía una luz de bodega.

Granvela trajo vino y papeles y permaneció de pie hasta que el Emperador le señaló el banco.

Hablaron de cifras, que es otra manera de hablar de hombres.

—María manda cartuchos y harina —dijo el consejero—. Ha cerrado puertos. Pide, con diplomacia de hermana, que esto sea rápido. Y que no olvidemos Flandes.

Se quedaron un instante en silencio, como si escucharan al Rin moverse por debajo de la lona. El Emperador tomó una pluma.

—Si Inglaterra se suma, —empezó —, debemos concentrar todas nuestras fuerzas en París. Será la única manera de acabar con esta maldita guerra.

El consejero dejó el vaso en la mesa. No añadió Amén, pero sonó igual.

La lona crujió con una ráfaga de viento. En el exterior pasaron, dejando sombras, dos capataces con haces de mechas al hombro. Un capellán cruzó el resquicio con una mirada inútil; no buscaba almas, buscaba permiso. El Emperador le hizo un gesto breve de bendición mecánica y volvió a los papeles.

—Niza duele —dijo de pronto, con esa sinceridad hosca de quien no se la concede a menudo—. Por lo que significa, duele. Cristianos abriendo los puertos para que los turcos maten a otros cristianos.

»Mañana —, antes de la tercera campanada, batería al bastión del este. Y mangas al foso con fascinas. Quiero que amanezcan con la certeza de que esto no es un aviso. Es una decisión… y quiero que los tercios entren con todo en la ciudad.

El consejero inclinó la cabeza y se marchó. El emperador se quedó solo, con el humo del brasero y el papel delante. Afuera, el campo respiraba en esa ronquera de miles de cuerpos cansados que se dejaban caer por turnos. Tomó la pluma y empezó a escribir a su hermana, María.