16. Fuego desde el mar #3
El francés temblaba de rabia y envainó su espada. Sabía que eran pocos los hombres que habían desafiado al mismísimo Barbarroja y habían vivido para contarlo. Hizir le sonrió y se abrió paso frente a él para seguir dando instrucciones a sus hombres.
En la ciudadela, los saboyanos seguían resistiendo. El obispo Grimaldi, cubierto de polvo, se negaba a rendirse. Desde las murallas altas disparaban lo que quedaba de pólvora, y por la noche arrojaban aceite hirviendo. Cada intento de asalto era una carnicería.
Borbón observaba las murallas desde una colina, con los ojos enrojecidos por el humo.
—No cederán —dijo.
—Cederán —replicó Hasán—. Todo cede, si se quema bastante.
—¿Y cuántos hombres morirán hasta que se rindan?
—Los suficientes para que los que queden sepan obedecer.
Tres días duró el asedio. Tres noches de fuego, oraciones y sangre. Y en el cuarto amanecer, el viento cambió. Soplaba ahora del oeste, trayendo humo hacia el mar, mientras las galeras se balanceaban bajo el olor de los muertos.
Los turcos estaban exhaustos; los franceses, diezmados. Borbón ordenó un alto al fuego. Barbarroja no protestó: solo miró la ciudadela humeante con fastidio.
—Demasiada piedra para tan poco oro —murmuró.
Hasán se acercó al conde.
—El castillo no caerá.
—Lo sé. Ya os lo dije.
—Entonces nos iremos.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo..
La noche del 22 de agosto, las tropas comenzaron a reembarcar.
El mar estaba en calma, Borbón cabalgó hasta la playa y vio como las galeras turcas partían ya con antorchas en los mástiles.
En las cubiertas, prisioneros encadenados, cofres, odres de vino y mujeres llorando se convirtieron en el botín que Hizir le mostraba al mundo.
Barbarroja subió a bordo de su nave mientras Hasán lo seguía, revisando los cabos con la serenidad del hombre que siempre sobrevive.
El turco se detuvo un instante, mirando hacia tierra y Borbón lo alcanzó.
El conde había sido testigo de la crueldad de los piratas. Incluso llegó a sentir pesar por todas esas mujeres a las que se llevarían lejos de sus hogares. Las más hermosas, algunas casi niñas, serían las más desgraciadas.
—¿Y ahora? —preguntó el conde.
—Ahora espero que el viento cambie.
—¿Y si no cambia?
—Entonces arderá otra ciudad.
El francés lo miró largo rato con inquina.
—Algún día el mar se cansará de vos. Pagaréis por todas vuestras atrocidades y cuando esos suceda arderéis en el infierno para toda la eternidad.
—Ese día no lo verás —replicó el corsario. Moriréis pronto desangrado porque alguien os contará la lengua.
—¿Seréis vos? — preguntó el conde y desenvaino su espada
—¿Yo? — Barbarroja desenvaino su cimitarra —. Yo no os cortaría la lenguam lo que haría sería sacar vuestras entrañas y mearme en ellas.
Hasán se interpuso entre ambos. Alzó la mano y se dirigió a Barbarroja.
—Lo primero son los negocios con los cristianos.
Barbarroja gruñó y enfundó la cimitarra.
Hassan sostuvo la mirada al Borbón hasta que también guardó su espada.
—El mar no se cansa, conde —dijo Hassan—. Solo olvida. Y en cuanto al infierno… el infierno es esto.
Cuando las galeras se perdieron en la distancia, Niza seguía ardiendo. El humo subía en columnas lentas hacia un cielo gris. En la ciudadela, el obispo Grimaldi levantó una cruz ennegrecida y dio gracias por seguir vivo. Las campanas repicaron en señal de luto.
Borbón observaba el horizonte desde un promontorio. Detrás de él, su caballero de compañía le tendió una copa, pero la rechazó.
—Decid en la corte —murmuró— que hemos vencido.
El soldado asintió.
Borbón lo miró sin expresión.
—Y que Dios nos perdone por ello.
De camino a 13 Düren, semanas después, el emperador Carlos leyó la noticia con el rostro impasible.
Nicolás de Granvela aguardaba, de pie, a su lado.
—Niza ha caído, Majestad —dijo el consejero.
—¿Y quién la tomó?
—El turco, con ayuda de Francia.
El emperador suspiró.
—Entonces el mundo ha perdido la razón.
Miró hacia las alturas, donde el cielo era del mismo gris que en Niza, y el viento soplaba del oeste.
—Decid a Doria que zarpe —ordenó—. Y que le recuerde a Francia y al turco que el mar no tiene amigos.
En Tolón, Barbarroja fondeaba sus galeras bajo las murallas francesas.
Los franceses habían entregado la ciudad a sus infieles aliados, y ahora los turcos paseaban por sus calles, bebían su vino y rezaban en sus iglesias.
Hizir mandaba sin título en aquella ciudad, y los habitantes aprendieron a mirar al suelo cuando lo veían pasar.
Una tarde, Barbarroja observaba el mar desde su camarote. Hasán entró sin anunciarse.
—Los franceses murmuran —dijo.
—Siempre lo hacen.
—Dicen que este pacto los avergüenza.
—También el oro mancha, y nadie deja de usarlo.
El corsario se levantó.
—En unas semanas, zarparemos.
—¿A dónde? —preguntó Hasán.
—Donde el viento me lleve. Quizá a España, quizá al infierno.
En Roma, el Papa maldecía en voz baja.
En Estambul, el sultán sonreía.
En París, el rey Francisco firmaba cartas con tinta y vergüenza.
Y en Niza, entre los escombros, las campanas seguían sonando.
Notas
13. ↩ Ciudad alemana situada en el estado de Renania, muy cerca de la frontera con Bélgica y los Países Bajos.