Carlos V. Trilogía Completa 16. Fuego desde el mar #2
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16. Fuego desde el mar #2

Hasán asintió.

—Del este y constante.

—Entonces Dios está de nuestro lado —dijo Borbón.

—¿Cuál de los dos, el vuestro o el mío? —preguntó Barbarroja, sin apartar la vista del mar.

El viento sopló sobre las velas, y las galeras comenzaron a avanzar. Primero un murmullo, luego el trueno de los tambores marcando el ritmo de los remos: tac, tac, tac. El sonido crecía como una respiración monstruosa. Nadie hablaba.

Los remeros, encadenados, bajaban la cabeza: sabían que el primer cañonazo podía convertirlos en brasas humanas.

El primer disparo salió de una bombarda francesa. La piedra voló sobre el mar y se estrelló contra una torre de la muralla, haciendo saltar un trozo de cal. No era un impacto decisivo, pero sí una señal de que el infierno había empezado.

Desde la muralla, el gobernador saboyano —Augustin de Grimaldi, obispo de Grasse— observaba la flota con la cruz en una mano y la espada en la otra.

Tenía el rostro gris y los ojos secos: sabía que estaban solos.

Las tropas imperiales no llegarían a tiempo, y los campesinos se habían refugiado en el castillo con mujeres y niños.

Los hombres de Niza, pescadores la mayoría, tomaban lanzas viejas y ballestas herrumbrosas.

Unos rezaban, otros bebían. Nadie huía. La ciudad, al fin y al cabo, no tenía adónde ir.

A media mañana, el mar era humo. Las galeras se acercaban en semicírculo, disparando sin descanso, haciendo que las murallas devolvieran el eco de los impactos como si la piedra gritara.

Borbón avanzaba entre el fuego con la capa recogida, gritando órdenes a un capitán gascón que apenas podía oírle.

En cubierta, un artillero francés recargaba su culebrina mientras los turcos cantaban una oración que hablaba del paraíso.

Barbarroja sonreía. Cada vez que una torre se derrumbaba, movía los labios en silencio: era una plegaria al mar, o un cálculo de las pérdidas del botín.

Hasán le hablaba al oído sin dejar de observar.

—El muro sur se abre.

—Aguarda—respondió el almirante turco—. Que la ciudad se desangre un poco más.

En tierra, los franceses desembarcaban por la playa, arrastrando piezas de artillería, emplazando los primeros cañones pesados al abrigo de una huerta arrasada. Borbón bajó de su caballo, cubierto de polvo y sudor.

—Apuntad a las troneras —ordenó—. Y no paréis hasta que caiga la torre.

Un capitán lo miró, dudando.

—¿Y los turcos?

—Que hagan su trabajo —respondió el conde, sin mirarlo.

Al mediodía, la muralla sur estaba abierta. Los defensores caían sobre los escombros, empapados de cal y sangre. La campana de la iglesia seguía sonando, un repique seco que nadie atendía ya.

Barbarroja dio la orden. Las galeras soltaron las rampas. Sus hombres avanzaron entre el humo blandiendo las cimitarras. Y tras ellos, los infantes franceses con las banderas de la flor de lis ennegrecidas, mezclando el mar y la tierra en un solo rugido.

Borbón cabalgaba detrás de los suyos con el rostro manchado de hollín y la espada desenvainada.

Vio caer a un capitán, luego a otro. A su derecha, Hasán subía por una brecha con una antorcha encendida, guiando a los turcos como si la muerte lo esperase arriba con un frío abrazo.

A su paso, los proyectiles saboyanos caían como lluvia.

Uno le rozó el cuello, pero siguió sin pestañear.

Estaban locos, pensaba el Borbón. Esos turcos no tenían ni orden ni estrategia ni táctica, no tenían aprecio ni a la vida propia. Pero lo que sí traían con ellos, era el caos de la tormenta.

Dentro de la ciudad, las calles eran estrechas trampas de humo.

Los defensores se replegaban hacia la plaza mayor, desesperados por creer que la tierra se abría bajo sus pies, trayendo consigo el infierno.

Las casas ardían. Los niños gritaban. Un caballo sin jinete cruzó la calle con la crin en llamas.

Los hombres de Barbarroja saqueaban lo que encontraban, daba igual si se trataba de cofres, vírgenes o cadáveres.

Los franceses trataban de mantener el orden, pero ese aliado no entendía de banderas ni cadenas de mando. Borbón llegó a pensar que Francia había vendido su alma al mismísimo diablo.

En el convento de Santa Reparata, las monjas se encerraron en la capilla.

Hasán derribó la puerta de un golpe —sabia las riquezas que escondían los lugares santos —.

Dentro, el humo y el incienso eran la misma cosa.

Las religiosas miraban al pirata mallorquín sin hablar.

Una, joven y pálida, le alzó un crucifijo.

Hasán se detuvo un segundo y enseguida bajó su cimitarra.

—Apagad el fuego —dijo a los suyos—. Esto no arde hoy.

Y salió sin mirar atrás.

Borbón lo vio pasar desde la plaza y pensó, por un instante, que aquel infiel era diferente al resto.

Al caer la tarde, la ciudad baja estaba tomada. Las calles eran ríos de humo, los cadáveres, montículos. Barbarroja ordenó incendiar los almacenes y las llamas se elevaron como banderas de guerra.

Borbón llegó al muelle entre chispas y gritos.

—¡Detened eso! ¡Estamos convirtiendo la victoria en barbarie!—rugió—. ¡Hay franceses dentro… y, la gente de la ciudad, no merece tal castigo!

Hasán contemplaba la escena desde la pasarela de una galera.

—Ya no hay franceses. Solo fuego —Izir Barbarroja se encogió de hombros.

—¡Os di órdenes!

—Y yo di las mías —respondió—. Dije que quemaran la ciudad y eso han hecho mis hombres.

Borbón levantó la espada amenazando a Barbarroja, pero Hassan se acercó a su espalda

—Guarda tu acero, conde… será lo mejor.