Carlos V. Trilogía Completa 16. Fuego desde el mar
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16. Fuego desde el mar

Fuego desde el mar

El Mediterráneo ardía como una espada al rojo vivo. El aroma de la pólvora acompañaba a la sal marina. Las galeras francesas se mecían en el puerto de Marsella, con los remos alzados, negras y heridas como bestias agotadas.

Barbarroja había zarpado de Constantinopla con ciento veinte galeras, y el rumor de su paso se extendía como una plegaria maldita por las costas cristianas, en una procesión de fuego y violencia.

A cada puerto que tocaba, dejaba humo, cadenas y cadáveres.

Primero cayó Reggio, luego Tropea, San Lucido, Amantea, y más tarde Lipari y Ponza.

Y en cada bahía, el mismo rito: cañones al amanecer, saqueo antes del mediodía, y silencio al caer la noche.

Los templos eran arrasados con la calma de quien quema cartas viejas, los monjes eran vendidos como esclavos, las mujeres, muchas violadas y otras encadenadas en cubierta para ser vendidas o para el divertimiento posterior, y los niños metidos en jaulas de remo.

Las costas del sur de Italia, aliadas del emperador, quedaron reducidas a humo y miedo. Los faros encendían su fuego para avisar de su llegada. Y cada aldea que escapaba al saqueo lo hacía sólo porque el viento soplaba en dirección contraria.

En Calabria, un fraile anciano se arrodilló ante una imagen ennegrecida de la Virgen y murmuró:

—Dios los detendrá.

Pero Dios, esa semana, estaba ocupado en Flandes.

Francisco de Borbón, conde de Enghien, observaba el mar desde el muelle, inmóvil, con la capa agitándose al viento.

Era joven —veinticuatro años apenas—, pero su mirada tenía la frialdad de un hombre que había envejecido en pocas campañas.

Su rostro era fino y severo, y su barba incipiente no conseguía borrar el aire de nobleza en los rasgos.

Llevaba el cabello oscuro, recogido bajo un casco bruñido, y un leve tic en la comisura del labio, herencia de la cólera mal contenida.

Tenía la estampa de los viejos retratos de familia, pero sin el aura de victoria.

Los Borbones siempre parecían estar esperando una gloria que nunca llegaba.

Él, sin embargo, estaba convencido de que el destino podía forzarse a golpe de acero.

Y si Dios no quería darle una victoria, pensaba arrancársela al mar.

Cuando la flota de Barbarroja apareció en el horizonte de Marsella, el amanecer era una herida sobre el agua, rugiendo con el sonido de los tambores otomanos a un ritmo de remo y de guerra.

Primero se vieron los mástiles, luego las velas, y por último el humo que traían consigo.

Ciento diez galeras, algunas tan grandes que parecían fortalezas flotantes.

Un bosque de velas rojas, negras y verdes.

Y en el centro, la enseña de la media luna.

—Por la Virgen… —murmuró un soldado francés.

—Por el oro que le pagamos al sultán —corrigió Borbón, sin apartar la vista.

Cuando la galera insignia se acercó al muelle, el silencio se hizo tan pesado que ni las gaviotas se atrevieron a gritar. Hizir Barbarroja descendió de su nave, envuelto en su capa escarlata. Su barba brillaba como fuego bajo el sol del mediodía.

Detrás de él caminaba Hassan, su lugarteniente, vestido de negro, con la mirada fría del que ha visto demasiadas costas arder. El almirante turco avanzó con paso lento, sin apartar la vista del puerto.

—Así que esto es Francia —dijo con ironía—. Huele a vino y a soberbia.

Borbón avanzó unos pasos. El brillo del acero bajo el sol le daba una presencia solemne, casi teatral, pero en el fondo de la mirada había cansancio, y algo peor: desconfianza. Sabía que aquel hombre viejo—aquel pirata vestido de príncipe— no obedecía a nadie salvo a sí mismo.

—Bienvenido a Francia, almirante —dijo con un tono que sonaba a todo menos a bienvenida.

Barbarroja no respondió.

Lo observó, de arriba abajo, con la calma del que ha sobrevivido a cien tormentas.

—No he venido por vuestra bienvenida, sino por el oro que vuestro rey prometió. —Entonces esbozó una sonrisa —. Tengo entendido que hace unas semanas hubo un combate naval ¿Vos sois el que perdió contra Doria?

Borbón apretó los dientes.

—Fui el que luchó contra cuarenta galeras con diez naves bajo mi mando—respondió—. Y aún vivo para contarlo.

El turco sonrió aún más, mostrando los dientes de oro.

—Eso no os convierte en héroe. Solo en un hombre corriente al que no alcanzó bala.

El silencio posterior olía a pólvora vieja.

—No estáis en Constantinopla —replicó el francés—. Aquí no se habla con insolencia a un príncipe de sangre.

—Y tú —dijo Barbarroja, sin perder la sonrisa— no estás en la corte. Aquí manda el mar.

—Tendréis vuestro oro y la gloria de servir a Francia.

—Vuestra gloria me importa poco.

Durante unos segundos, nadie respiró. Luego el corsario avanzó, extendió la mano y añadió en un tono más bajo:

—La guerra no exige amistad. Tratemos de entendernos lo mejor posible.

Se dirigieron al viejo arsenal. Los marineros habían desalojado los almacenes para la reunión entre los dos aliados y sus hombres de confianza.

Sobre una mesa hecha con tablas de mástil, un mapa del Mediterráneo se extendía bajo un viejo candelabro que acompañaba a la luz diurna de la puerta abierta, desde donde se veían las galeras otomanas ancladas como un ejército dormido.

Francisco de Borbón apoyó las manos en el mapa. Sus ojos recorrieron la costa dibujada con tinta, buscando en el papel la dignidad que el mar le había arrebatado semanas antes, cuando fue derrotado por Andrea Doria.

Hizir, en cambio, se acomodó en una silla y entrelazó los dedos de sus manos sobre su regazo. Era más un hombre de acción que de preparativos.

—El duque de Alba sigue resistiendo en Perpiñán desde hace un año —comenzó Borbón.

—Perpiñán —repitió Barbarroja con un gesto de fastidio —. Un nombre más.

—Un muro más —añadió Hassan —. Y un muro que no cae, obliga a cambiar de camino.

El Borbón se volvió hacia el.

—¿Vuestro capitán os permite hablar cuando no se os pregunta?

—Mi capitán me paga por hablar cuando los demás callan —dijo paseando sus ojos por todos los oficiales franceses.

Hizir sonrió sin intervenir.

Borbón golpeó el mapa con el puño.

—¡No podemos atacar las Españas mientras el duque de Alba resista! No contaremos con apoyo en tierra. Nuestros hombres mueren de fiebre en el Rosellón, y el viento y Andrea Doria nos debilitarán antes de llegar al Cabo de Creus.

—Entonces no ataquéis España —dijo Barbarroja, con calma—. Atacad donde duela y no esperen.

—¿Dónde?

Barbarroja se inclinó hacia delante y observó el mapa.

—Aquí —respondió el almirante otomano, deslizando el dedo por la costa hasta Niza.

El Borbón frunció el ceño.

—¿Niza? Una plaza de Saboya. Es pequeña, sin valor.

—Aliada del emperador cristiano —recordó Barbarroja—. Y ese Carlos no tiene pequeñas heridas. Todas supuran oro.

Borbón lo observó con frialdad.

—Vos queréis riquezas inmediatas, no estrategia.

—Quiero fuego —corrigió el turco—. Lo demás viene después.

El silencio pesó un instante. Fuera, el viento agitó las velas del puerto.

—Niza es un guijarro —dijo Borbón al fin—. No nos abrirá el camino a España.

—Pero debilitará al emperador cristiano —replicó Barbarroja

Hasán desenrolló el pergamino que sostenía en su mano y mostró un croquis torpe de la costa. Lo había trazado con carbón sobre cuero curtido: bahía de Villefranche, murallas, torres, caminos.

—Veo que ya habíais elegido vuestro objetivo de antemano —observó el Borbón.

Hassan lo ignoró y continuó con su exposición.

—Los muros son viejos. Las almenas, bajas. Si el viento sopla del este, podemos desembarcar en media jornada. Un grupo por tierra, otro por mar. Nuestras naves bombardearán y vosotros escalaréis.

Borbón se inclinó sobre el mapa.

—¿Y qué hay de Doria?

—En Génova —dijo Barbarroja—, remendando sus galeras. El viejo huele la tormenta y se esconde.

—¿Y si sale?

—Entonces lo quemaremos junto a la ciudad y todas sus naves.

El conde alzó la vista.

—¿Cuántos hombres traéis?

—Ciento veinte galeras, dieciséis mil bocas y hambre para tres días —contestó el corsario.

Barbarroja se levantó. Su sombra llenó la estancia como un presagio.

—Vuestros reyes hablan de guerras santas, condes y ducados. El mío habla menos y actúa más. Y yo no necesito santos ni mapas: sólo viento y fuego.

—Y oro —añadió Borbón.

Barbarroja sonrió, mostrando un diente de oro.

—El oro es la sal del mundo, monseñor. Si no lo tienes, te pudres.

El francés se irguió.

—No os equivoquéis, almirante. Francia no es vuestra esclava.

—Ni el mar es tu siervo.

El tono fue cortés, pero la amenaza estaba en el aire. Hasán, al fondo, seguía repasando el mapa con el cuchillo. El sonido del acero raspando cuero sonaba como un reloj de arena.

—Niza —dijo Barbarroja, sin apartar la mirada de Borbón—. La tomaremos en una semana o menos. Y después, si el viento sopla a favor, pondré mis velas frente a Barcelona.

Barbarroja se acercó a la mesa. Su mano, grande y oscura, sacó una daga curva. La clavó en el mapa con un golpe seco, justo sobre el dibujo de Niza. El pergamino se estremeció.

—Aquí arderá —dijo el turco—. Y cuando arda, recordad que fue el viento quien lo quiso.

Hasán enrolló el mapa, arrancó la daga y la limpió con el borde del manto.

—Partiremos al amanecer —anunció.

Costas de Niza. 5 de agosto de 1543.

El amanecer llegó con un sol desganado que se alzaba sobre la costa de Provenza. El mar, inmóvil, parecía una lámina de plomo. En la rada, ciento sesenta galeras esperaban la orden de avanzar. Eran un mosaico de maderas, remos y blasfemias.

Desde la costa, las murallas de Niza —blancas y todavía intactas— parecían dormidas.

En la galera insignia, Barbarroja miraba el horizonte con calma.

A su lado, Hasán, repasaba una lista con los dedos ennegrecidos de tinta.

Más atrás, Francisco de Borbón permanecía en pie, con los ojos clavados en la costa.

Llevaba el rostro cubierto por la sombra del casco, y el gesto contrariado.

Se sentía incómodo por compartir cubierta con esos enemigos de Dios.

—¿Viento del este? —preguntó el conde.