Carlos V. Trilogía Completa 15. El humo de Europa
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15. El humo de Europa

El humo de Europa

La noche llegó pesada, como si el cielo hubiera decidido caerse sobre el bosque.

Un aire tibio y denso se colaba por las galerías de Fontainebleau, anunciando una tormenta.

Los criados andaban con paso de iglesia, temerosos de hacer ruido.

Sabían que cuando el rey estaba de mal humor, lo mejor era que ni los ecos se atrevieran a responderle.

Francisco de Valois, rey de Francia, se sentaba frente a un mapa lleno de alfileres, con la cabeza entre las manos.

El rostro, antaño gallardo y sonrosado, estaba ahora hinchado y gris.

Tenía los ojos rodeados de sombra, los labios secos y las manos manchadas de tinta, incluso se podría decir que su gran estatura había menguado en pocos meses.

De vez en cuando, un gesto de dolor le torcía la boca: el mal de gota lo devoraba por dentro, y cada paso era una batalla perdida.

Pero seguía reinando a puro orgullo, y el odio que sentía por Carlos de Habsburgo, era razón suficiente para hacer el esfuerzo de levantarse de la cama cada mañana.

Sobre la mesa había tres cartas abiertas: Una desde Milán, otra desde Perpiñán, y la última, llegada de Picardía, donde los vigías hablaban de movimiento de tropas al otro lado del canal.

Y sin leerlas el rey sabía que las tres olían a derrota. No quería saber su contenido. No tenía tiempo para mentiras corteses ni súplicas veladas.

—Majestad… —dijo una voz desde la puerta.

Era el canciller Guillaume Poyet, delgado y nervioso, con la expresión de quien vive midiendo las palabras para no morir de ellas.

Tras él, el almirante Annebault, uno de sus pocos hombres que parecía hecho de madera y mar, y el cardenal de Tournon, que traía el rostro tan pálido como su cruz de oro.

—Entrad —gruñó el rey, sin levantar la vista—. Y cerrad la puerta. El viento se cuela con malas noticias.

Obedecieron.

El canciller colocó unos rollos sobre la mesa y los desplegó con cuidado. El sonido del pergamino llenó el silencio.

—Del norte, Majestad —empezó Poyet—. Los ingleses han desembarcado en Calais. Preparan su avance sobre Boulogne. Dicen que Enrique está a punto de firmar su alianza definitiva con el Habsburgo.

Francisco levantó la vista despacio.

—Ese Habsburgo… mi vasallo… debería haberle atravesado con mi espada en el primer momento en que lo vi, cuando no era más que un chiquillo sin sangre en las venas.

—El rey sonrió sin humor —. El hombre que nació en una letrina, con más tierras que alma.

Un pedazo de mierda nacido de una indigestión de su madre, la loca de Castilla

Annebault carraspeó e interrumpió el silencio tras las maldiciones de su señor.

—El enemigo se mueve en tres frentes: En el norte, los ingleses; En el este, los imperiales desde Flandes; Y al sur, el duque de Alba, que mantiene Perpiñán a sangre y fuego. Nuestros hombres de Narbona están exhaustos. Y El Borbón, conde de Enghien pide refuerzos.

El rey lo miró con un gesto que era mitad rabia, mitad resignación.

—Perpiñán —repitió—. Esa maldita piedra. Siempre resistiendo, siempre goteando sangre. Cada vez que miro el mapa, parece que el Rosellón sangra por su herida.

El cardenal se santiguó.

—Dicen que el duque de Alba no duerme, señor.

—Los que sirven al Habsburgo nunca duermen —replicó el rey—. Tienen demasiado miedo de perder lo que roban.

Francisco se levantó. Caminó unos pasos cojeando hasta la ventana. Fuera, el bosque era un tapiz verde bajo un cielo negro. El calor oprimía y un trueno lejano anunció una tormenta.

—¿Y qué dicen desde Italia? —preguntó sin volverse.

Poyet tomó otro pliego.

—De Milán, Majestad. Nuestros espías informan que el marqués del Vasto concentra tropas imperiales. Preparan ofensiva hacia el Piamonte.

—¿Otra vez? —masculló el rey—. Milán es un pozo que traga franceses desde hace veinte años. Cada vez que mandamos un ejército, vuelve convertido en polvo y epitafios.

Francisco aún recordaba con resignación la batalla de Pavía, ocho años atrás, donde fue capturado por las tropas de Carlos. Para él, ese suceso marcó su destino.

Annebault asintió.

—El marqués de Vasto ha reforzado Pavía, Cremona y Lodi. Dicen que el Habsburgo ha prometido aparecer él mismo en Lombardía antes del verano.

Francisco se giró despacio. La luz de la ventana le marcaba los surcos del rostro.

—Que venga —dijo—. Quizá se tropiece con su propia sombra y se ahogue en el Po. Aunque dudo que mi vasallo cumpla con su palabra, como otras tantas veces.

El cardenal de Tournon, siempre prudente, habló en voz baja:

—Majestad…

—¿Qué?

—Verá…

—¡Demonios Tourmon. Habla más alto!

—Sí… sí… El Papa ha expresado su preocupación por los rumores de vuestra alianza con el Turco.

—¡Que el Papa rece! —interrumpió el rey—.Yo no tengo tiempo.

Caminó de nuevo hacia la mesa y golpeó el mapa con el dedo.

—El Habsburgo tiene a Doria en el mar, a Alba en Perpiñán y a su ejército en Milán. Y ahora ha comprado al inglés. Europa entera se arrodilla ante su sombra. Y ¿sabéis qué? Le faltaba un infierno. Pues lo tendrá ¡Me importa una mierda lo que expresen el Papa o cualquier obispo!

Los tres consejeros guardaron silencio. El trueno volvió a rugir, más cerca.

—¿Sabéis quién viene? —dijo el rey, con los ojos brillando de fiebre—. Barbarroja. El viejo lobo de Argel. Zarpó de Constantinopla hace un tiempo y se ha entretenido saqueado Calabria y Cerdeña, y ahora navega hacia Marsella. El Borbón tendrá los refuerzos que pide.

El cardenal se llevó la mano al pecho.

—¿El corsario?

—El almirante del sultán —corrigió el rey—.Nuestro aliado.

—Un enemigo de Dios.

—Un marino —replicó Francisco—.Y más fiel que media cristiandad junta.

Mi hijo, el duque de Orleans es el único en esta maldita guerra que me ha dado una buena noticia al tomar Luxemburgo.

El resto de mis señores lloran como putas primerizas.

Por eso me veo obligado a buscar ayuda al otro lado del mundo.

Annebault, que conocía bien el mar y todo lo que se contaba de él, habló con cautela.

—Se dice que Barbarroja no obedece a nadie, Majestad. Ni siquiera al sultán.

—Entonces encajará bien con nosotros —respondió el rey, sonriendo apenas—. En Marsella, Francisco de Borbón, el conde de Enghien, otro de mis señores que tanto gimotea. Joven, impetuoso, testarudo. Ojalá aprenda algo de ese turco antes de perder la cabeza.

El canciller bajó la voz.

—El pueblo murmurará, señor. Que Francia se ha vendido al enemigo de la cruz, y eso será utilizado por los hugonotes para extender su heregía.

—El pueblo siempre murmura —dijo Francisco—. Y cuando calla, es porque no traman nada bueno, como esconder hugonotes.

Durante unos instantes nadie habló. Solo el tambor de la lluvia golpeando los cristales. El rey seguía mirando el mapa, como si quisiera arrancarle la piel.

—Europa ya no es la misma. Los tiempos cambian —dijo al fin—. Milán en guerra, Perpiñán en ruinas, el norte ardiendo bajo los ingleses. Y el Habsburgo, en medio, bendecido por Roma y por sus banqueros. Si esto no es el infierno para nosotros, le falta poco.

El cardenal juntó las manos.

—El cielo juzgará a Carlos de Habsburgo, Majestad.

Francisco se volvió hacia él.

—El cielo lleva siglos juzgando, Eminencia. Y siempre absuelve a los mismos. O será que Dios está muy ocupado. Así que como buen siervo le haré el trabajo sucio.

El canciller quiso traer algo de razón a la mesa:

—Vuestra Majestad, si Barbarroja llega realmente a Marsella, ¿qué haréis?

—Lo recibiré como se recibe a la tormenta —respondió el rey—. No se puede detener. Solo aprovechar su viento. Dejad que el Habsburgo sienta el olor del humo turco en su frontera.

Annebault lo observaba con atención. Sabía que aquel hombre enfermo y altivo aún era capaz de morder. Francisco se apoyó en la mesa, respirando con dificultad.

—Europa arderá este verano. Y cuando el fuego se apague, tal vez no quede más que ceniza. Pero al menos el Habsburgo arderá conmigo.

El rey salió de la cámara junto a sus consejeros y empezó a andar haciendo resonar sus pasos. Los criados se apartaban al verlo pasar venciendo a su cojera.

El palacio estaba en penumbra, los candelabros ardían bajos, y el mármol del suelo refleja a las sombras como agua estancada.

De una galería cercana, llegaban los murmullos de unas jóvenes voces haciendo que el rey se detuviese.

En otro tiempo habría sorprendido a esas damiselas, las habría seducido y se hubiera desfogado con una de ellas para olvidarse de la guerra, reservándose a otra para el día siguiente.

Pero le sobraban los años y le faltaba energía.

Pero a la que vio al otro lado de la galería, avanzando hacia él y acompañada de dos damas, fue a su nuera Catalina.

Cuando llegó a la altura del rey, hizo una reverencia profunda, con esa mezcla de sumisión y cálculo que solo las mujeres de Florencia sabían dominar.

—Majestad —dijo, con una voz tan baja que parecía una plegaria.

Francisco la observó unos segundos antes de responder.

Había en ella algo que le recordaba a su juventud: la belleza contenida, la inteligencia que se disfraza de obediencia.

Por sus venas corría sangre de banquero y veneno de cardenal.

Una muchacha que había aprendido a sobrevivir rodeada de lobos, y que empezaba a parecerse demasiado a ellos.

—Madame —dijo él al fin—. No os esperaba despierta a estas horas.

—Los truenos no dejan dormir, mi señor —respondió ella con una sonrisa leve—. Y el ruido de las decisiones del reino resuena más fuerte que cualquier tormenta.

El rey la miró con interés.

—¿Espiáis mis consejos?

—Solo escucho las paredes, Majestad. Y en Fontainebleau, hasta las paredes hablan.

Francisco sonrió.

—Tenéis la lengua afilada para ser tan joven.

—He aprendido que en esta corte se sobrevive más con la lengua que con la espada.

El rey apoyó una mano en la pared, disimulando el dolor de su pierna. Catalina lo observó sin disimulo. Vio el temblor de los dedos, la palidez del rostro, la rigidez de la respiración. Bajo el brocado, el hombre más poderoso de Francia empezaba a oler a ceniza. Y eso, pensó, era una buena noticia.

—Decidme, Majestad —preguntó con tono cortés—, ¿traen esperanza los mensajeros de hoy?

Francisco soltó una risa breve.

—La esperanza es un lujo que se gasta pronto. Traen guerra, mi querida nuera. Y de la guerra solo nace humo.

Catalina inclinó la cabeza, pero en sus ojos brilló un destello.

—A veces el humo oculta lo que conviene.

—¿Y qué os conviene a vos, florentina?

—La paz, señor.

—Mentís con elegancia.

—He nacido en Florencia, Majestad. Allí hasta los pecados se pintan al fresco.

El rey la miró con una mezcla de ternura y desconfianza.

Aquella muchacha era un espejo del tiempo: tan frágil por fuera, tan afilada por dentro.

Recordó a su hijo Carlos , ausente en el norte jugando a general bajo las banderas que él mismo había bordado.

También a Enrique, su heredero, tan preocupado en otras cuestiones.

—¿Dónde está mi hijo? —preguntó.

Catalina no respondió. Una sombra se dibujó en su rostro.

—Supongo que se ha perdido en los aposentos de Diana de Poitiers ¿No es así? — preguntó el rey.

Catalina quiso desviar la conversación y se recompuso.

—He escuchado que vuestro hijo Carlos está obteniendo buenos resultados. Seguro que volverá victorioso.

—Victorioso… —repitió Francisco, saboreando la palabra como si le resultara extraña.

La observó en silencio unos instantes más.

La muchacha sostenía su mirada sin pestañear y aquello le gustó.

En los ojos de ella no había miedo, era más bien cálculo lo que encontró.

Y eso, en un mundo que se deshacía, era casi una forma de valentía.

Sería una buena cualidad si un hijo lo heredase de ella.

—Cuando Enrique vuelva a tus aposentos —dijo el rey al fin, acercándose un paso—, quiero un nieto.

Catalina inclinó la cabeza, sin apartar los ojos de los suyos.

—Eso solo Dios puede decidir, Majestad.

—Dios se demora —replicó el rey—. Y yo envejezco deprisa. No tenéis nada que envidiar a la dama de Portiers. Tal vez tengáis otras cualidades que aún no sabéis para atraer a mi hijo a vuestra alcoba.

El silencio se alargó, espeso. Catalina bajó la vista, pero no cedió del todo.

—Haré cuanto pueda, señor.

—Eso espero —respondió él, con un tono entre orden y súplica—.Francia necesita futuro y mi linaje aire fresco.

Ella asintió, muy despacio.

—Entonces me esforzaré más para cumplir con vuestra voluntad.

—Seguro encontráis la manera —dijo Francisco.

El rey sonrió con cansancio.

—No temáis, Madame. Si el Habsburgo no nos arranca la corona, mi hijo la heredará. Y vos con ella. Jugad bien vuestras cartas, porque el tablero está lleno de lobos… y alguna loba.

—En Florencia jugábamos con serpientes.

—Peor para las serpientes.

El rey se giró hacia el ventanal.

—Marchaos, Catalina. Y rezad, si aún creéis en algo. El mundo se está preparando para arder.

Ella hizo una reverencia.

—En los incendios, Majestad, sobreviven los que saben cuándo apartarse del fuego.

Él rió, sin alegría.

—Eso lo diría un Médici.

—Y también un rey —respondió ella.

El silencio volvió. Catalina se retiró, flotando en su paso lento y seguro, con la mirada perdida en la espalda encorvada del monarca. Sabía que aquel hombre, por más títulos que tuviera, estaba más cerca del sepulcro que del trono. Y eso, en el fondo, la reconfortaba.

Cuando el sonido de sus pasos se perdió en el corredor, Francisco se quedó solo.

Y apoyó la mano en la pared. El temblor le subió desde la rodilla hasta el hombro.

Se dolió y miró el reflejo que el espejo devolvía.

Ahí encontró un rey cansado, un cuerpo que se apagaba, un hombre al que el poder ya le pesaba más que la gloria.

Pensó en su hijo Enrique y en aquella muchacha florentina que acababa de marcharse. Y en ella vio ambición, poder y supervivencia. Tres palabras que, en su reino, valían más que la lealtad.

—Dios te ampare, hijo mío —murmuró—.Cuando esa mujer reine, no sabrás si dormir con una daga bajo la almohada.