Carlos V. Trilogía Completa 22. El día en que los reyes envejecieron #2
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22. El día en que los reyes envejecieron #2

—Yo no me arrodillo ante nadie, Habsburgo. Ni siquiera ante Dios. Y en cuanto a Solimán, al menos cumple su palabra, cosa que no puedo decir de todos los emperadores cristianos ¿Me habláis de embajadores cuando vuestro hombre en Milán ejecutó al mío?

Carlos lo observó sin pestañear.

—No esperaría otra excusa de quien cambia de aliados con la misma facilidad con que cambia de amantes.

—Tened cuidado —dijo Francisco con voz baja—. Las lenguas imperiales también se pudren si se les da mal uso.

—Y los reyes también —replicó Carlos—. Sobre todo los que comparten su trono con un sultán.

Se hizo un silencio entre esos dos hombres que se conocían demasiado bien. Habían compartido el mundo durante treinta años, y aún no habían aprendido a compartir una frase sin veneno. Finalmente los dos respiraron y trataron de retomar la conversación, rebajando la tensión.

—Parece que me tenéis rodeado —dijo Francisco con una sonrisa torcida—. Los ingleses por el norte, vos por el este.

—No es que estéis rodeado, Majestad —replicó el emperador—. Estáis recogiendo el fruto de lo que habéis sembrado… una vez más.

El francés se dejó caer en la silla.

—Hablemos claro, pues. Habéis ganado. ¿Qué queréis de Francia?

Carlos lo miró sin prisa.

—Nada que pueda conservar.

—¿Borgoña? —preguntó Francisco con un destello de orgullo.

—Renuncio a ella —respondió Carlos.

—¿Tan generoso sois?

—No. Solo práctico. Una provincia no vale otra guerra.

—Y sin embargo os habéis pasado la vida buscándola.

El emperador lo observó con calma.

—A veces uno persigue algo solo para entender que no lo necesita..

—O porque no podía tenerlo —replicó Francisco con una sonrisa que era casi una herida.

Carlos dejó caer las manos sobre la mesa.

—Vos, en cambio, renunciaréis a vuestras pretensiones sobre Flandes, Artois, Nápoles y Milán.

—Eso no lo llamaría paz, sino amputación —dijo Francisco.

—Llamadlo como queráis. Yo lo llamo orden.

Francisco bufó.

—También el verdugo mantiene orden.

El silencio volvió a caer entre ambos. Fuera, se oían los cascos de los caballos y las órdenes de los guardias. Dentro, el aire pesaba como plomo.

Carlos habló otra vez:

—Habrá matrimonio entre vuestro hijo, Carlos de Orleans, y una de mis parientas: quizá alguna de mis hijas, quizá mi sobrina María.

—Mi hijo Carlos… tomaréis como yerno un buen general, sin duda tiene madera de rey.

—Por mí será tratado como un hijo.

—Sobre lo que proponéis… ¿Qué será? ¿Matrimonio o vasallaje?

—Alianza, si os suena mejor.

—Suena igual de mal —replicó el rey de Francia.

El emperador apoyó los codos sobre la mesa.

—La dote será territorio: Milán o los Países Bajos, según se acuerde después.

—Milán —interrumpió Francisco—. Si ha de casarse, que sea por algo que huela a Italia, no a cerveza.

Carlos sonrió apenas.

—Entonces habréis conseguido en una boda lo que no lograsteis en veinte años de guerra. Veis… al final no ha sido tan difícil. Nos podríamos haber ahorrado mucha sangre derramada y ducados derrochados.

El francés lo miró con odio.

—Decís eso porque nacisteis emperador… Me corrijo…me arrebatasteis la corona imperial. No sabéis lo que cuesta perder sin haber sido vencido.

—Todos somos vencidos, Majestad. Solo cambia el momento.

Francisco apretó el bastón.

—También queréis que combata la herejía a vuestro lado.

—Así está escrito en la fe de Dios —dijo Carlos.

—En la fe de Roma, querréis decir.

—Roma sigue siendo la casa del mismo Dios.

—¿Incluso cuando vos mismo la habéis saqueado? —replicó Francisco con una sonrisa venenosa recordando el saco de Roma años atrás.

Carlos no respondió.

Sus ojos se enturbiaron un instante, como si aquel recuerdo aún pesara sobre su alma.

Luego habló con frialdad:

—Nadie está limpio en este oficio, Majestad. Ni siquiera vos.

Francisco se inclinó hacia adelante.

—¿Sabéis lo que pienso de vos, Habsburgo?

—Iluminadme.

—Que Dios os hizo poderoso para recordarnos hasta dónde puede llegar la soberbia de un hombre cuando se disfraza de virtud. Con vos Dios demostró que el más significante de los vasallos puede llegar a ser emperador. Sois una lección para que los súbditos crean que pueden aspirar a la grandeza.

—Y yo pienso —dijo Carlos— que os hizo rey para que el mundo viera hasta donde se puede hundir un hombre por su orgullo.

Los dos quedaron en silencio. Uno respiraba con dificultad, el otro con resignación. El odio que los había sostenido durante décadas estaba concentrado entre cuatro paredes.

Finalmente, Francisco apartó la vista.

—Firmemos —dijo con voz cansada—. Que los escribanos hagan su trabajo antes de que muera de aburrimiento o de orgullo.

Carlos asintió.

—De orgullo sería más propio.

Los secretarios entraron, redactaron el acta y dejaron sobre la mesa los pliegos de pergamino. Las plumas rasparon el silencio como cuchillos. Cuando terminaron, ambos firmaron sin mirarse. El emperador selló el documento con su anillo. Francisco hizo lo mismo, con un gesto seco.

Los escribanos se retiraron y los dos reyes quedaron de nuevo a solas.

—Así que esto es la paz —murmuró Francisco.

—La paz no existe —respondió Carlos—. Solo es la pausa entre dos guerras. Eso lo he tenido que aprender de vos.

El francés lo miró largo rato.

—No os respeto, Habsburgo. Pero os entiendo.

—Y yo —replicó Carlos—, aunque no os lo creáis, lamento haber tenido que humillaros tantas veces.

—No lo lamentéis —dijo el francés, levantándose con esfuerzo—. Si algo he aprendido, es que la humillación también enseña.

—¿Qué habéis aprendido?

—A no darme por vencido, pero… aguardad un momento. Sé que no me queda mucho tiempo en este mundo, tal vez parta antes que vos, pero no penséis que cuando yo muera podréis vivir en paz. Mis.. mis hijos reinarán…y, ah por cierto ¿Os habéis enterado ya de la noticia?

—¿Qué noticia?

—Mi nuera, Catalina, está embarazada, y esa criatura en su vientre crecerá con la mayor herencia que lego a los míos. Y no son tierras, ni títulos, es el odio hacia vuestra casa. Así que recordadlo en vuestro ultimo aliento de vida, ni vos ni los vuestros podréis vivir nunca en paz.

Se miraron por última vez, como dos duelistas que ya no tienen fuerzas para empuñar la espada.

—Que Dios os guarde, Majestad de Francia.

—Y a vos, Emperador del medio mundo —replicó Francisco—. Aunque si hay justicia, os tendrá ocupado el resto de los días.

Carlos se giró sin responder. La capa roja rozó el suelo y desapareció tras la puerta.

Francisco lo siguió con la mirada, murmurando apenas:

—Algún día, incluso los dioses se cansarán de los Habsburgo.