Carlos V. Trilogía Completa 13. En busca de alianzas #2
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13. En busca de alianzas #2

También muchos colaboradores cercanos se encontraron con un final abrupto en sus vidas. Uno de los últimos Thomas Cromwell, decapitado en la torre de Londres. Daba igual posición o rango. Nadie escapaba de la ira del rey Inglés.

El Tudor dejó tras de sí a cinco mujeres y un heredero: Eduardo. Y dos hijas —María e Isabel—, que sobrevivían al margen de los caprichos del padre, aprendieron desde niñas que en palacio se respiraba mientras el rey lo permitiese.

Inglaterra había cambiado con ellas. Desde que Enrique rompió con Roma y se proclamó cabeza de su propia iglesia, el país vivía suspendido entre la fe y el miedo.

Los monjes habían sido expulsados, las abadías saqueadas, los altares destruidos.

Los hombres de conciencia callaban o huían.

Y la cruz que antes miraba a Roma, miraba ahora a Londres.

El Papa lo había excomulgado; el emperador lo despreciaba; y Francia, siempre dispuesta a medir el pulso del caos, jugaba a la alianza cuando convenía.

En ese tablero, Chapuys caminaba con pies de plomo. El embajador había aprendido que negociar con Enrique era como discutir con un incendio: cuanto más aire se le daba, más devoraba.

La audiencia comenzó a media mañana. Enrique aguardaba sentado en el trono, con su pierna enferma envuelta en vendajes y los dedos cargados de anillos. Sus ojos eran pequeños y crueles.

Cuando vio entrar a Chapuys, hizo un gesto que tanto podía significar un saludo como una amenaza.

-—El hombre de mi sobrino. Siempre tan puntual. Me agrada la puntualidad. Es una cualidad que no abunda ¿Sois también breve?

Chapuys se inclinó con una reverencia medida.

—Vuestra Majestad sabe que el emperador prefiere los hechos a las cortesías.

Enrique rió con una tos seca.

—Mi sobrino prefiere muchas cosas, pero a veces olvida que no las tiene. —Se reclinó en el trono—. Yo ya tengo mis propios problemas ¿Sabéis lo que están haciendo mis hombres en el norte?

—Vuestra majestad castiga a Escocia —respondió el embajador.

El rey sonrió satisfecho.

—Escocia es la daga en mi costado. Francisco de Francia los mueve como marionetas, y su rey, Jacobo Estuardo, a preferido besar el culo del Papa que estrechar mi mano.

—Dicen que su ejército ha sido vencido en 11 Solway Moss —recordó el embajador.

—Vencido y desecho —asintió Enrique Tudor —. Ese rey murió poco después, el pobre necio. Me deja una hija recién nacida. María, se llama como su abuela. Ofreceré casar a mí hijo Eduardo con esa niña escocesa, y si rehúsan, los escoceses volverán a probar el sabor del hierro inglés.

»Como veis yo ya tengo mis propios problemas, pero estoy dispuesto a escuchar. Decidme, embajador. ¿Qué ofrece mi sobrino Carlos para que el rey de Inglaterra levante su espada otra vez contra Francia?

El tono era burlón, pero los ojos no.

Chapuys eligió sus palabras como quien pisa en arenas movedizas.

—Su Majestad Imperial desea recordaros que Francia es hoy el enemigo común. Vuestro antiguo aliado se ha unido a los enemigos de Dios. Solimán y Francisco beben del mismo cáliz. Si Francia vence, Inglaterra será la siguiente.

El rey tamborileó con los dedos sobre el brazo del trono.

—Ah, el turco… —dijo—. Ese perro que ladra en las puertas de Viena mientras vosotros rezáis para que no entre. ¿Y qué hará mi sobrino por mí si yo decido salvaros el pellejo?

Chapuys levantó la cabeza.

—Ofrece una alianza. Promete compartir los frutos de la victoria. Y garantiza que ninguna paz se firmará sin vos.

El rey sonrió con dientes amarillos.

—Palabras. Mi sobrino sabe hacer promesas con la misma facilidad con que las rompe. Se comprometió a casarse con mi hija María, y faltó a su honor, eligiendo a la princesa portuguesa.

El embajador lo sostuvo con la mirada.

—El César cumple las promesas que valen sangre, Majestad. No las que valen oro.

Hubo un silencio.

El sonido lejano de las campanas se filtró por las ventanas.

El rey observó al diplomático largo rato, hasta que el gesto se volvió casi íntimo, casi humano.

—Decidme, Chapuys —murmuró—, ¿aún lloran en España por mi Catalina?

La pregunta cayó como una piedra en el agua.

El embajador no se movió.

—La recuerdan con respeto, señor.

—Respeto —repitió el rey—. Qué palabra tan vacía. —Bajó la voz—. Le di veinte años de mi vida. Y ella me dio una hija que me odia.

Chapuys no respondió. Sabía que aquella herida seguía supurando.

Enrique levantó la vista.

—Mi hija María me evita. Reza por mi alma, como si ya estuviera muerto. Isabel, en cambio, tiene mis ojos. Pero también los de su madre, la bruja adultera que decapité. —Se inclinó hacia adelante—. Decidme, embajador: ¿creéis que Dios perdona a los reyes?

—Dios perdona a quien le conviene —dijo Chapuys, sin levantar la voz.

El rey soltó una carcajada breve. Cuando la risa se apagó, el silencio volvió con un peso nuevo.

—Escuchadme bien, Chapuys. Si mi sobrino quiere mi ayuda, tendrá que pagarla. Quiero Calais asegurada. Quiero dinero. Y quiero que se reconozca a mi hijo como legítimo heredero del trono inglés, sin interferencias papistas.

El embajador asintió con cuidado.

—Haré llegar vuestras condiciones.

—Y decidle —añadió el rey—, que si alguna vez el Papa vuelve a hablar de excomunión, enviaré mi flota a Roma y le haré besar la mano de un inglés.

Chapuys inclinó la cabeza.

—Lo recordaré, Majestad.

—Hacedlo. —El rey se reclinó, cansado—. Y decidle también que no confío en los amigos, pero sí en los enemigos que me temen.

El embajador se retiró lentamente, consciente de que había estado ante un hombre que confundía la soberbia con la fe y la venganza con la justicia.

En la puerta, se volvió un instante.

El rey lo miraba desde la sombra del trono, con la expresión de quien ya había decidido que el mundo, si no podía gobernarlo, al menos ardería con él.

Chapuys se marchó con la sensación de que tal vez Dios, había dejado de mirar hacia Inglaterra hacía mucho tiempo.

Notas

9. ↩ Ciudad perteneciente al actual departamento francés de Perpiñán

10. ↩ Ciudad perteneciente al departamento francés de Pirineos Orientales.

11. ↩ Área de turberas situada en la frontera entre Escocia e Inglaterra