13. En busca de alianzas
En busca de alianzas
Llovía. La lluvia siempre volvía.
Caía fina, obcecada sobre los tejados de Bruselas, lavando los escudos imperiales que colgaban ennegrecidos por el humo del invierno.
En el palacio ducal, donde las chimeneas humeaban con desgana. Carlos escuchaba las últimas noticias, con el rostro de piedra. Estaba acostumbrado a malas noticias sin pestañear.
El viejo Nicolás de Granvela estaba frente a él con los papeles en la mano y la capa aún húmeda por el camino que había recorrido desde la Cancillería. Le acompañaba si hijo Antonio, quien estaba aprendiendo para suceder al padre en el oficio de suceder al emperador.
El canciller sabía que no hacía falta leerle mucho a Carlos. Bastaba con decir los nombres. Solo eso bastaba cuando el mundo se deshacía a pedazos.
—Perpiñán resiste, César —dijo sin preámbulos. —El duque de Alba mantiene las posiciones. Ha rechazado tres asaltos y las murallas sé sostienen.
—¿Qué hay de las malas noticias?
— 9 Salses ha caído. 10 Thuir también. En el valle del Têt, los franceses queman aldeas y arrasan cosechas.
Carlos no habló. El sonido de la lluvia bastaba por respuesta.
En la mesa, el mapa del sur estaba abierto y cubierto de gotas de cera, como un campo de heridas.
—El duque pide pólvora y trigo —añadió Granvela padre.—. Y oro, claro. Siempre oro —ironizó mirando a su hijo.
El emperador alzó los ojos, cansados pero firmes.
—El oro se acaba. El hambre no. —Hizo una pausa—. ¿Y el norte?
—Peor, Majestad. En Flandes, Carlos, el duque de Orleans ha tomado Rhionville, Luxemburgo está rodeada. Los franceses saquean hasta Artois, vuestra hermana María me escribe con frecuencia: dice que el miedo se palpa en los mercados.
Carlos se acercó a la ventana.
Bajo el cristal, los canales eran líneas de plomo.
—Flandes arde —murmuró—. El sur sangra. Y aún habrá quien diga que Dios está con nosotros.
Nicolás de Granvela no respondió. Había aprendido que con el emperador los silencios eran más útiles que las oraciones.
—¿Y en Italia? —preguntó al fin Carlos.
—El marqués del Vasto mantiene el Milanesado. Pero los franceses concentran hombres en el Piamonte. Génova pide ayuda. El Papa mira y calla.
Carlos asintió, sin sorpresa.
—El Papa siempre mira y calla. Sabe que las llaves del cielo abren todas las puertas si se paga bien. En ese sentido incluso puedo llegar a entender a los seguidores de Lutero.
—Si el Milanesado cae, el Santo Padre, por conveniencia, bendecirá a Francisco en lugar de a vos. Pero confiemos en el marqués de Vato. Es un hombre capaz.
—Sin duda es mejor soldado que gobernador. —Carlos aún tenía en cuenta la ejecución de Antonio Rincón que había mandado Vasto sin consultarle —. Sé que lo dará todo en el campo de batalla y que si los franceses cruzan el Piamonte, encontrarán barro y sangre.
El consejero continuó:
—También llegan noticias del este, señor. De Hungría.
Carlos se volvió, atento.
—Habla.
—El hermano de Vuestra Majestad, el rey Fernando, pide socorro. Los otomanos han cruzado el Drava. Han saqueado Valpó y ponen cerco a Pécs. Los croatas están exhaustos.
El emperador frunció el ceño.
—Solimán no descansa. Mientras nosotros nos degollamos entre cristianos, él avanza.
Granvela hizo un leve gesto de asentimiento.
—Así es, señor. Hungría sangra mientras Francia sonríe.
—¿Alguna noticia del mar?
—Los corsarios de Barbarroja se han dejado ver en el Tirreno. Si las sospechas de Vasto sobre esa alianza entre Francisco y el turco son ciertas, tendremos un problema más, y ese problema se aproxima a nuestras costas.
Carlos apoyó las manos sobre el mapa. El cuero de sus guantes crujió.
—Demasiados frentes —dijo en voz baja—. Ningún imperio puede resistir tanto tiempo abierto por los cuatro costados.
El silencio volvió, roto solo por el rumor de la lluvia sobre los cristales. El emperador se dejó caer en la silla. Nicolás de Granvela aguardó, sabía que después de esos silencios llegaban las decisiones.
—¿Qué hay de Londres? — preguntó Carlos al fin, sin mirarlo.
—Enrique Tudor duda, Majestad. Habla de honor y de fe, pero piensa en oro y alianzas.
Carlos miró a Granvela hijo.
—¿Vos que opináis? ¿Sois tan bien consejero como vuestro padre.
Antonio de Granvela carraspeó.
— Si se lo proponemos tal vez se una a nosotros en esta guerra, pero querrá garantías como Calais y ayuda naval. Querrá promesas que no podemos cumplir del todo.
—Sí. Sois tan apto como vuestro padre —.Carlos sonrió sin alegría.
»Ese Tudor hablando de honor. Recuerdo cuando en el pasado nos dejó solos contra Francia.
Y por no hablar de la herejía que ha establecido en su reino.
El Tudor nunca creyó en Dios, sólo en los tratados que lo favorecen.
— miró al padre y al hijo de reojo—. Pero Francia también es su enemigo. Si el orgullo no lo ciega, vendrá.
Granvela hijo, cruzó los brazos, reflexivo.
—Podríamos enviar a nuestro embajador, Chapuys a negociar. Él conoce los humores del rey Tudor. Pero habrá que ofrecerle algo más que palabras.
Carlos alzó la vista hacia la lluvia.
—Ofrecedle lo que quiera, dentro de lo que no nos arruine. Un enemigo más no lo puedo permitir.
—Y si Inglaterra entra en guerra, señor, ¿qué le prometemos? —preguntó Antonio Granvela.
—Lo que siempre se promete a los reyes que no saben esperar: victorias que aún no existen.
El consejero bajó la mirada, anotando mentalmente la orden. La política era, al fin y al cabo, el arte de aplazar desastres. O al menos eso era lo que siempre le solía decir su padre.
—Nicolás —dijo Carlos tras un rato—, ¿cuántas veces crees que he oído la palabra “resiste”?
—Demasiadas, señor.
—Exacto. —El emperador miró el mapa—. Perpiñán resiste, Luxemburgo resiste, Milán resiste, Hungría resiste… Y todos me escriben pidiendo lo mismo: dinero, pólvora y fe.
—Y vos les dais todo —dijo Granvela padre.
Carlos sonrió, sin orgullo.
—Les doy tiempo. Lo demás se lo quita la guerra.
Se levantó. Caminó hasta la chimenea. El fuego se había reducido a brasas, y el aire olía a humo y humedad.
—Si el turco presiona a Fernando en el este, y Francia nos golpea en el sur y el norte, tendremos que elegir —dijo el emperador—. ¿Qué preferís, Antonio —dirigió la pregunta al hijo—: perder el honor o perder el imperio?
Antonio Granvela lo miró con frialdad borgoñona.
—El honor, señor, se escribe en mármol. El imperio, en carne. Si hemos de salvar algo, que sea lo que sangra.
Carlos asintió despacio.
—Sabía que dirías eso. —Lo miró un instante—. Me servirás tan bien como lo ha hecho tú padre.
Carlos hizo un gesto y Antonip Granvela se dirigió a la mesa y tomó la pluma. El emperador dictó.
—Al rey Fernando, mi hermano: He sabido de la amenaza turca. No puedo enviaros hombres ahora, pero sí fe. Resistid como yo resisto. Si el Imperio cae, que lo haga luchando por ambos extremos.
Granvela hijo, escribió en silencio, la pluma raspando sobre el pergamino.
—A don Fernando Álvarez de Toledo, mi buen duque de Alba: Vuestra resistencia honra a los nuestros. Mantened Perpiñán. Si las murallas caen, que no caiga el ánimo. El Emperador os sigue.
»Al marqués del Vasto, en Milán: Soportad. El enemigo tiene prisa. Que cada día de espera sea su derrota.
»A Eustache Chapuys, en Londres: Decid a Enrique que el enemigo común se mueve. Si Francia gana, Inglaterra será la siguiente. El Imperio no olvida a sus aliados.
Cuando hubo terminado, Antonio Granvela guardó las cartas.
—¿Ninguna carta para el norte?
El hijo miró primero a Carlos y después dirigió sus ojos a su padre que negó con la cabeza.
—En el norte solo hay derrota. Y la derrota no sé escribe, se asume.
Carlos se quedó mirando las brasas.
El rostro, a contraluz, parecía tallado en piedra y cansancio.
—Sabéis —dijo al fin—, cuando era joven soñaba con unir a la Cristiandad. Ahora sólo intento que no se desangre del todo.
—El poder es eso, Majestad —respondió Granvela padre—: contener lo que se rompe, hasta que otro venga y lo rompa otra vez.
El emperador sonrió con esa ironía triste que sólo tienen los hombres que ya han entendido el precio de sus victorias.
—Y aun así seguimos.
Fuera, la lluvia redobló su música sobre los cristales.
En el sur, Perpiñán resistía.
En el norte, Luxemburgo ardía.
En Italia, el marqués del Vasto aguardaba el golpe.
Y en el este, los turcos seguían avanzando.
En Bruselas, bajo aquella luz de plomo, el emperador de medio mundo se quedó solo, observando el mapa con la mirada de quien sabe que los reinos, como los hombres, terminan envejeciendo por dentro antes de caer por fuera.
Londres. Unas semanas después.
En la capital del reino, la niebla era más espesa que el pecado.
Se arremolinaba sobre el Támesis con el color de la ceniza vieja.
En el palacio de Whitehall, las antorchas ardían todo el día porque la luz del sol no bastaba.
Y dentro de sus muros, entre tapices húmedos y braseros humeantes, un rey envejecido vivía en su isla, con sus propias leyes y su propia iglesia.
Enrique Tudor, octavo de su nombre, había vivido tiempos mejores,.
Estaba obeso, enfermo y lleno de heridas que no cicatrizaban.
Pero aún conservaba una mirada de animal que no sabía rendirse.
El trono lo había hecho cruel, y la soledad, desconfiado.
Y sus actos, le habían convertido en un monarca al que nadie se atrevía a contradecir en voz alta.
Eustache Chapuys, embajador del emperador, lo sabía bien.
Hacía más de una década que servía en Inglaterra, y había visto pasar ante sí los rostros de las mujeres que el rey amó y enterró con la misma ceremonia.
Catalina de Aragón, la esposa legítima, hija de los Reyes Católicos y tía del propio emperador, fue repudiada tras veinte años de matrimonio.
Ana Bolena, la hechicera, coronada reina con el orgullo de la herejía y decapitada en un amanecer sin rezos.
Jane Seymour, la blanca, la única que le dio lo que más anhelaba: un hijo varón.
Y tras ella, otras sombras: Ana de Cleves, la alemana mal recibida; Catalina Howard, la niña imprudente que pagó la belleza con la cabeza.