12. Guerra #3
—No asoméis la cabeza más de lo necesario —dijo—. Las cabezas no crecen otra vez.
Un mensajero llegó corriendo, los ojos desorbitados y las manos tendidas como quien entrega su propia vida.
—Señor… el agua en la poterna sur… el pozo… se ha enturbiado.
—Que beban vino aguado —respondió Alba—. Y si alguno se queja, que se queje a mí.
Hubo un momento —no duró ni el tiempo que tarda un arcabuz en encender su mecha— en que pareció que el flanco se abriría como una camisa vieja.
Un grupo de franceses alcanzó la base de la muralla bajo el hueco nuevo, y plantaron una escalera.
Dos. Tres. Las puntas de hierro arañaron la piedra buscando encaje.
—¡Fuego de enfilada! —ordenó el duque—. ¡Ahora!
Y el “ahora” fue un latigazo. Dos falconetes, ajustados durante horas para ese ángulo mezquino, vomitaron metralla a ras de parapeto.
Las escaleras vibraron, se soltaron, cayeron como dientes podridos.
Los hombres que iban en ellas bajaron de golpe y sin lamento, y el hueco dejó de ser puerta por un segundo que bastó para que nueve almas confesas apisonaran un poco más de tierra, encajaran dos maderos y se convirtieran en pared donde antes había aire.
Cuando el sol estuvo alto, el calor hizo su parte.
Los cascos de hierro eran hornos, los petos braseros, las miradas malas.
Las moscas, que no entienden de banderas, se dieron un banquete sin blasón.
La pólvora se humedecía en las mechas, y un cabo masticaba un trozo de cuero viejo para hacer saliva.
El duque pidió agua. Bebió un sorbo mínimo, más por costumbre que por sed, y se mojó los labios como si eso importase.
Miró al ingeniero.
—¿Cuánto aguantará ese muro?
—Lo que quiere vuestra excelencia —respondió el italiano.
—Quiero que aguante hasta mañana —dijo Alba—. Para mañana tendremos otra pared detrás de esa. Para pasado mañana, otra más. Pero juro que ni uno solo de esos franceses pisará este lado del muro, y si lo hace, no saldrá vivo para contarlo.
La tarde —porque siempre hay tarde mientras no te maten antes— llegó envuelta en un silencio raro. Los franceses habían bajado el ritmo de fuego. En las murallas, los hombres aprovecharon para respirar sin pólvora. Alguien sacó una bota de vino y la pasó de mano en mano.
El duque de Alba, mientras tanto, escribió con su propia mano una nota breve que dirigiría a Carlos, y que entregó al mensajero que esperaba desde el mediodía.
«Perpiñán resiste. El enemigo prueba. Nosotros aprendemos. Enviaremos cuando sea necesario. Hasta entonces, sostendremos. El ánimo es arma; aquí no falta.»
—Maestre de campo —llamó—. Relevo de puestos. Quiero hombres que vean por la noche. Quiero oídos finos en la acequia. Y que nadie encienda una vela donde no deba. Esta ciudad dormirá a oscuras o no dormirá.
Se hizo de nuevo la noche, con su olor a tortilla fría y a sangre seca, con su miedo sin rostro pegado a las piedras. A lo lejos, en el campamento francés, sonaron algunos cantos. Eran voces no muy distintas de las de los hombres en las murallas: gargantas gastadas, hambre, sueño.
En Perpiñán, una madre rezó por su hijo, un soldado forzó a su suerte con una moneda que salió cruz, un perro aulló hasta que un cabo lo calló de un puntapié y de un insulto. Sobre todo, hubo silencio. Ese silencio espeso que precede al siguiente golpe.
En el adarve, el duque de Alba siguió despierto.
No era hombre de dormir cuando el hierro cantaba.
Caminó despacio, como quien cuenta sus pasos para no sentir que cuenta muertos.
Se detuvo junto a una garita, miró al soldado en su interior —apenas una sombra con ojos— y asintió.
No dijo nada. No hacía falta. Dejó que la mano enguantada acariciase un instante la piedra de la muralla, como se acaricia el lomo de un animal viejo que todavía sabe morder.
La guerra había empezado de verdad. Perpiñán respiraba con dificultad, y cada aliento costaba pólvora, tierra y miedo.
Pero el muro seguía en pie, la bandera no había caído, y el duque seguía caminando sobre la muralla como un hombre que había elegido su lugar en el mundo: allí donde ataban los vientos y el barro tenía memoria de sangre.
A la mañana habría más fuego, más ruido, más órdenes dichas sin gritar.
A la mañana el hambre y el cansancio serían un soldado más en cada compañía.
A la mañana, quizá, alguno de los que ahora dormían con la boca abierta no abriría los ojos.
Pero esa noche, en la ciudad sucia y terca, la defensa había comenzado.
Y con ella, la ley de los hombres del hierro: resistir, medir, clavar, disparar, volver a clavar.
Sin tambores ni trompetas, sin otra música que el latido propio, sin otro consuelo que la certeza de que a veces la dignidad no es un discurso sino un parapeto levantado a oscuras mientras el enemigo respiraba al otro lado.
Y el duque de Alba, que no creía en milagros salvo en los que hacía la gente con las manos, pensó, que ése era un buen principio. Sucio, sí. Pero firme. Como debía ser.