Carlos V. Trilogía Completa 12. Guerra #2
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12. Guerra #2

La tarde fue cayendo como una sábana sucia.

A ratos el sol asomaba con insolencia entre las nubes de polvo y pólvora y dejaba ver los campos enrojecidos por las amarillas espigas segadas a destiempo por tantos pies; a ratos todo se hacía gris, un teatro sin relieves en el que sólo existían el sonido y el tacto: el hierro contra el hierro, las voces, los latidos acelerados en las gargantas, las lengua resecas.

En la torre, el vigía tocó una campanilla, pequeña, para avisar de un movimiento al oeste.

Nadie la oyó —la guerra es sorda como una losa—, pero el gesto quedó.

—Se nos acercan por la huerta —anunció un sargento—. Quieren probar las tablas por ahí.

—Que prueben —dijo Alba—. A la primera, fuego cruzado desde los dos flancos. A la segunda, callamos y les dejamos creer que entran. A la tercera, granadas de mano.

Las granadas de mano, pequeñas calabazas de hierro llenas de pólvora y metralla, eran el juguete favorito de los brutos.

Hacían un ruido de demonio y dejaban la tierra sembrada de trozos que ya no eran hombres.

Las guardaban como quien guarda pan para días peores.

Aquel día, Alba decidió que ese lujo había que pagarlo pronto.

Llegó la segunda embestida al borde del huerto, entre filas de hortalizas escachadas por botas enemigas.

Los franceses creyeron, por un instante, que el silencio de las troneras era señal de miedo o de sueño, y se echaron adelante con ese fervor breve que da el primer triunfo imaginario.

Entonces llegó el primer lote de granadas, dibujando parábolas sucias en el aire caliente, y todo se hizo carne rota, alaridos, brazos buscando un hombro que ya no estaba, y el grito del oficial que trata de reunir pedazos como si un hombre fuese un jarrón roto.

Los españoles no gritaron. No se gritaba cuando se mataba con oficio.

Se apretaban los dientes y se bajaba la cabeza, y se contaba, casi en silencio, las granadas que quedaban.

Cuando oscureció, la guerra se recogió a sí misma como un animal que se lame las heridas.

Hubo voces —muchas—, hubo sombras que se quedaban en el campo y no volverían a ser otra cosa que sombras.

En la muralla, los hombres empezaron a sentir de nuevo su propio cuerpo: el peso en la espalda, el calor en los pies y el dolor en las manos.

El duque reunió de nuevo a los capitanes. El ingeniero italiano dejó caer sobre la mesa una piedrecita recogida del parapeto y señaló con el bastón.

—Mañana traerán piezas más gordas —anunció—. Hoy solo han tanteado.

—Lo sé —dijo Alba—. Por eso esta noche nadie duerme.

Quiero otro parapeto delante del parapeto, y quiero sacos de arena donde les dolerá más.

Que los hornillos de pólvora estén a media carga y las mechas, secas.

Y que bajen vino aguado a los puestos. A un hombre se le seca la garganta y empieza a pensar en su casa. Yo quiero que piense en su puesto.

—Se habla de traición —se atrevió otro—. Dicen que hay gente en la ciudad que mira a Francia con buenos ojos.

—A la ciudad se la ganará con pan y con miedo —respondió el duque—.

El pan se lo daréis vosotros y el miedo, yo.

Que el pregonero lea al amanecer: A quien encienda una vela en ventana para señalar un camino, le corto la mano.

A quien murmure la palabra “paz”, le haré morder polvo hasta que la escupa ¿Entendido?

No había odio en su voz. Sólo resolución. Alba consideraba la moral una pieza de artillería más: si no disparaba recto, se corregía la puntería; si no servía, se cambiaba; si estallaba en las manos, se enterraba a los muertos, se limpiaba la sangre y se traía otra pieza.

Esa noche, Perpiñán fue un mundo de sombras que iban y venían cargando sacos, arrastrando tablas, levantando muretes que olían a hierba aplastada.

Las mujeres llevaron cubos de agua, paños, algún trozo de pan escondido en el corpiño.

Una anciana pasó junto a la muralla con un manojo de velas y un oficial la detuvo con aspereza.

Ella levantó la barbilla y dijo —sin miedo, sin orgullo, simplemente cansada— que eran para Santa María y para su hijo, que estaba ahí arriba, sobre la piedra.

—Una para Santa María —concedió el oficial—. Las otras para los hornillos de mecha.

El cielo se llenó de estrellas tibias. El campo, más allá de las murallas, respiraba con el mismo ritmo que las bestias cuando duermen.

Los franceses montaban guardias, cambiaban puestos, contaban los cartuchos.

Alguno maldecía en su lengua franca, la mala comida y otro escribía una carta a una mujer que ya había dejado de esperar.

En el borde mismo de la muralla, un soldado español se orinó por el parapeto con una satisfacción pequeña y miserable, un gesto de propiedad sobre la noche.

Al alba, el mundo amaneció con esa luz sucia que traen los días en los que iba a correr sangre.

El vigía de la torre llamó, esta vez sí, con fuerza.

A lo lejos, sobre la loma que el ingeniero había señalado la víspera, los franceses aparecieron ordenados como una sentencia: piezas mayores, cañones de garganta ancha, las cureñas maldiciendo en madera, y los arrieros descosiéndose los riñones en cada bache.

Era un desfile de muerte con cierta elegancia triste.

Los oficiales franceses —muchos con plumas, con guantes ajustados y con la barba bien cuidada— parecían figurantes de una obra noble; detrás de ellos, los hombres sudados y sucios eran la realidad.

—Ahora empieza de verdad —dijo Alba, más para sí que para nadie—. A los puestos.

La primera salva de artillería fue un coro de monstruos.

Las murallas temblaron y el foso hizo pequeñas olas de barro.

Cayeron piedras, se abrieron grietas. Un paño de la barbacana se vino abajo con un suspiro largo, como de anciano que se rinde.

Tras el humo, a través de aquella herida nueva, se vio el campo abierto, y durante un segundo todos los hombres en la muralla sintieron el vacío en el estómago, ese hueco que se hacía cuando se abría una puerta donde no debería haberla.

—¡Ahí! —señaló el duque—. ¡Tapadme eso con tierra y con cuerpos si hace falta!

A lo lejos, un capitán francés —o eso pareció— alzó la espada y gritó algo que no se oyó por encima del estruendo. Sus hombres avanzaron al trote, primero, luego a la carrera, luego a ese paso indeciso que marca el miedo.

Un mozo español se puso a rezar, deprisa, con palabras que se estrellaban unas contra otras, y un sargento le dio una bofetada limpia.

—Después —le dijo—. Reza después. Ahora mata o muere.

Granadas otra vez. Picos de pica clavándose en carne.

Gritos. El olor nauseabundo de algo que se quema y que no es madera.

Un oficial español rodó por la escalera de la poterna con el cráneo abierto, y un tambor siguió tocando con el parche manchado, porque la disciplina era una superstición muy útil.

El duque no se movía del lienzo que mandaba.

No sacó la espada; no la necesitaba. Su arma eran las órdenes, y aquellas llegaban con la nitidez cruel de la geometría.