Carlos V. Trilogía Completa 12. Guerra
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12. Guerra

Guerra

Pasó lo inevitable.

Porque en Europa, cuando los reyes jugaban a la paz durante demasiado tiempo, la guerra acababa por aburrirse de esperar después de meses oliendo el miedo y el orgullo.

No hubo ni trueno ni presagio, solo mensajeros sudorosos, pliegos sellados con cera roja y caballos extenuados dejando el polvo en los caminos de Flandes, de Milán, de Castilla….

Francisco de Valois había dado la orden, y el eco de su voz corrió como un veneno por todas las fronteras del imperio. La paz firmada años atrás, en Niza, se rompía, y el mundo —ese mundo cansado de rezar y de sangrar— volvía a abrir su herida.

El calor llegó a Perpiñán antes que la guerra.

Bajó desde las sierras con el aliento seco del verano y se quedó tendido sobre los huertos.

Cuando los primeros mensajeros dejaron caer la noticia de que los franceses avanzaban.

Los vecinos miraron al cielo buscando refugio, pero solo vieron buitres dibujando círculos con paciencia.

A primera hora, con el sol gateando por detrás de las murallas, Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba llegó sin trompetas y entró por la puerta de Notre-Dame de la Real, sobre un caballo oscuro y un silencio de campaña que llevaba consigo.

No traía fanfarrias, pensaba que las fanfarrias solo eran para quienes necesitaban que los viesen.

Traía hombres de carne gastada y botas polvorientas.

Marchaban detrás de él, en columnas que parecían pegadas al empedrado.

Compañías enteras de picas, arcabuces, sargentos a voces y alféreces con las banderas acurrucadas contra el mástil.

Fernando Álvarez de Toledo miró la ciudad como un herrero examina una herramienta antes de volver a usarla.

Traía consigo un mapa doblado siete veces, escrito con las anotaciones de la letra menuda de un ingeniero lombardo que hablaba de baluartes y terraplenes como si nombrase a santos; pero el duque prefería los muros a la tinta.

Recorrió con paso lento la línea de muralla, la barbacana, el foso, deteniéndose aquí y allá, para señalar con dos dedos que los hombres a su alrededor entendían como una orden.

—Fascinas aquí — dijo sin levantar la voz, señalando un ángulo flaco donde el terreno hacia una panza peligrosa —. Dos gabiones más en el saliente. Y quiero un parapeto de tierra en esa banqueta antes de que caiga la tarde.

El escribano que iba tras él, con las tablas en la que apoyaba la pluma, temblaba por la importancia de cada palabra, pues el duque de Alba no repetía.

El duque reunió a sus capitanes y maestres de campo en una sala pobre con paredes encaladas donde alguien había colgado un crucifijo torcido. Sobre la mesa extendió el mapa con los dedos de una mano, y con la otra pesó el compás, que el ingeniero italiano le alargó sin palabras.

—Vendrán por aquí —dijo Alba, marcando con el compás la lengua de tierra al norte, donde la pendiente permitía colocar baterías—. O aquí.

»Harán zanjas de aproximación, parapetos, y abrirán bocas de lobo para traer carros con pólvora. Pueden intentar un golpe de mano por el río si encuentran el vado.

»No se engañen: han venido con hambre y con prisa. Les daremos sed y tiempo.

Nadie dijo nada. Los capitanes miraban el mapa, meditativos —algunos por entender de verdad, otros por fingirlo—, y guardaban ese respeto de perros viejos ante un amo que sabe dónde morder.

El duque no alzaba la voz; no lo necesitaba.

Se movía con la seguridad de los que han enterrado a demasiados hombres propios para desperdiciar una palabra.

—¿Cuántos son los franceses? —se atrevió a preguntar un oficial joven.

—Los suficientes —respondió Alba, sin levantar los ojos —. Y demasiados si les dejamos entrar en la ciudad.

La ciudad tenía varias puertas, con nombres que sonaban a campanas: Notre-Dame de la Réal, Campo Santo, Canet.

Alba sabía que el enemigo no siempre entraba donde la muralla era más débil; a veces entraba donde la gente era más floja.

Por eso ordenó que se duplicaran vigías, que nadie bebiera más de una medida de vino antes de puesto el sol, que las llaves de las puertas durmieran bajo la almohada de un capitán sobrio.

Aquella tarde alzaron los primeros parapetos de tierra apisonada, clavaron estacas, entretejieron fascinas.

En el foso, hombres con las pantorrillas en el barro empujaban carretas y maldecían en todos los idiomas del imperio.

El ingeniero italiano caminaba con un bastón de medir, señalando con la punta del hierro dónde poner un gabión, dónde abrir una tronera.

Hablaba poco, y cuando lo hacía se le entendía justo lo necesario: las matemáticas, el ángulo de rebote de una bala, el vuelo de la metralla.

Los soldados lo miraban con una mezcla de respeto y superstición.

Al caer la tarde, llegó el primer aviso. Desde la torre de Santa María, donde el aire era un poco menos espeso y el horizonte parecía una lámina que alguien hubiese limpiado con un paño, el vigía gritó lo que todos esperaban y nadie quería oír.

—¡Polvo al norte!

Mucho polvo. Columnas. El rumor llegó como un murmullo de feria mala, adelantándose a la propia visión de la infantería francesa: tambores lejanos, ese golpe seco que parecía el latido amplificado de una criatura enemiga, y destellos de metal que abrían tajos de luz en el campo.

En los muros se alzaron morriones, se peinaron mechas, se revisaron eslabones.

Los hombres encontraron cada uno su puesto como si siguieran el rastro de herrumbre que sus cuerpos habían dejado en días anteriores.

El duque subió a la muralla principal, apoyó una mano en la piedra que devolvía caliente el calor del día, y miró sin emoción aparente.

En el fondo de sus ojos, sin embargo, había algo parecido a una satisfacción fría.

No es que le gustara la guerra; simplemente, allí todo era claro.

En la guerra, a diferencia de los despachos, nadie podía fingir ser quien no era durante mucho tiempo.

—Capitanes —dijo—. Cada uno a su sitio. Hoy no se muere por gloria. Hoy se muere, si hace falta, para que el de al lado viva.

El primer cañonazo francés sonó como un portazo de gigante.

La bala, una masa obscena de hierro, vino sacando pecho por el aire, gruñendo, y se estrelló en el borde de la muralla con un chasquido de piedra rota.

La metralla se abrió como una flor negra y los hombres se encogieron por instinto, cubriéndose el rostro.

—¡A vuestras piezas! —ordenó Alba, sin moverse—. ¡Quemadme el polvo con mesura. No quiero bravucones. Quiero acertadores !

Los artilleros, medio sordos por su propio oficio, apoyaron mechas, ajustaron cuñas, soplaron sobre los fogones.

El cañón devolvió la cortesía con una tosecita seca que vibró en el estómago de todos, y una nube de humo dulce y asqueroso, olor de pólvora que se mete en los ojos y los llena de lágrimas sin permiso.

Al otro lado, allá donde la línea francesa desplegaba banderas recortadas contra el cielo de verano, se levantó polvo nuevo.

Algo —alguien— había caído. No importaba quién.

El fuego se hizo conversación. Las balas iban de un lado y del otro, el trueno subía por las piernas y vaciaba el pecho de los hombres; arcabuces que hablaban de tú a tú con los mosquetes galos en ráfagas de rabia.

Alba veía a través del humo al enemigo como figuras de teatro movidas por hilos de luz. Le pareció ver, por un momento, un caballo blanco encabritado, el brillo de un peto, la silueta de un oficial con una pluma roja.

En la poterna oriental, cinco soldados, trabajaban en levantar una banqueta de tierra a toda prisa.

Clavaban estacas, apisonaban con las palas, sudaban como mulas y maldecían en catalán y castellano.

El ingeniero italiano apareció por detrás con su bastón y sin saludar empujó con el pie el borde de la banqueta.

—Más pendiente —dijo en su español roto —. Cuanto más plana esté la tierra, más balas entrarán.

—Y no queremos que la bala nos plante un beso —respondió un veterano con esa ironía sucia de los que han dejado de esperar favores del cielo.

—Menos hablar —apuntó un sargento—. Más cavar.

Cavaron. El barro se metió bajo las uñas, la tierra se pegó a las lenguas, y la guerra afiló su primera dentellada.

En el ángulo norte, un corneta francés lanzó una nota aguda que se metió por debajo de la ropa como una aguja.

Al poco, se vieron avanzar las primeras mangas de arcabuceros, a saltos, buscando los suelos blandos, las lomas, el abrigo de los olivos; detrás, piqueros de corazas viejas y cascos remachados, algunos con la pluma ladeada por orgullo.

Se acercaban en ese baile sin gracia que es la vida bajo fuego: un paso, dos, agacharse, respirar, levantarse, correr, tirar, caer.

Alba lo observaba todo con esa serenidad feroz que sólo da la costumbre.

Se había quitado el guante derecho para palpar con los dedos la piedra de la aspillera, como si la muralla fuese una criatura viva cuyo pulso quisiera sentir.

Ordenó que cuatro compañías hicieran fuego a intervalos —no todo a la vez, nunca todo a la vez—, y mandó a un capitán veterano, a reforzar la puerta de Canet con veinte corazas y dos falconetes.

—¡Y que me cierren el paso de la acequia! —añadió—. Como entre un carretero con pólvora por ahí, me lo pagan con su pellejo.

Llegó un mensajero con un recado de la plaza del mercado: había miedo entre los tenderos, corrían rumores de que los franceses habían prometido perdón a quien abriera una puerta por la noche. Alba lo escuchó, ni siquiera frunció el ceño, y dio la orden que había venido madurando desde la mañana.

—El cura que bendiga a quien quiera —dijo—. Yo pondré un arcabuz detrás de cada bendición. A partir de ahora, cualquiera que se acerque a una cerradura sin contraseña, será ejecutado sin juicio.